Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses
El otro día tenía dolor de cabeza. Estaba bostezando sin parar en la cola de la verdulería cuando Lucía Archiboldo, amiga de mi abuela Achebe, me dijo que, a lo mejor, había pescado el mal de ojo.
—Llevame las bolsas a casa y te curo —me indicó.
Caminamos juntos hasta su vivienda sobre San Lorenzo, donde tiene un kiosquito. Pasamos a su consultorio, en el patio, bajo una parra.
—Acá nos reunimos con tu abuela Achebe. Desde que toma cursos por internet, descubrimos que tiene dones para desarrollar.
Lucía agarró un plato hondo marrón, lo llenó con agua de la canilla y volcó un chorrito de aceite común. De acuerdo con las figuras que se formaron en el líquido, confirmó el diagnóstico.
—Estás recontra mal. Gente pesada —lanzó, y se hizo la señal de la cruz.
Luego puso una mano en mi frente y procedió al tratamiento mediante oraciones.
—Encerrate en tu pieza y quedate en silencio durante treinta minutos. El daño se va a evaporar.
Dos horas después, el malestar continuaba. Le conté a la abuela Achebe que Lucía Archiboldo me había intentado curar.
—Qué raro. Ella es muy buena. Andá a ver a Zulema Gianegra, mentalista. Nunca falla.
Previo whatsapp de la abu, Gianegra me recibió. Fiel a su estilo, me cobró por anticipado a través de Mercado Pago y, mediante la bola de cristal, descubrió que había sido atacado por fuerzas oscuras.
—Los chichis de Guillermina te sacaron de eje. Tu cabeza va a explotar de tanta presión.
Puso unas ramas secas en una ollita, las prendió fuego con un encendedor chino y procedió a la sanación mediante mucho humo.
—Vas a estar diez puntos —anunció.
Al rato deambulaba por Tucumán, lagrimeando, bañado en transpiración y un tanto intoxicado.
En casa, el mal de ojo no aflojaba. Decidí googlear una solución y visité el sitio donde la abuela Achebe toma cursos. Encontré un método infalible para que los chichis la cortaran con el acoso.
Cuando estaba a punto de atrapar una araña para comérmela con salsa de tomate, apareció la abuela.
—Dejá eso. No va a andar. Pasó de moda —señaló Achebe—. Andá urgente a la salita y preguntá por mi amiga Elisa. No veas a otra persona.
—¿Ella es tarotista, astróloga, sanadora, adivinadora, vidente?
—Es médica —me respondió la abuela.
La visité sin perder más tiempo. Hábil, Elisa me interrogó a fondo y descubrió que tenía un ataque de hígado por mezclar huevos fritos con chocolatada, papas bravas, cerveza y mate dulce.
Me recomendó beber abundante agua y evitar los fritos, los picantes y las grasas. Me dio algo para el ataque hepático y un calmante para la migraña.
—Tomá esto y descansá.
Llegué a casa y seguí sus recomendaciones. Me acosté con la luz baja y me desmayé. Dormí hasta el otro día. Amanecí como nuevo. La abuela Achebe entró temprano a ver mi estado de salud.
—Qué suerte que viste a mi amiga la doctora. Era la única capaz de ayudarte.
—Claro que era la única. Las otras son unas chamuyeras —dije, molesto por haberme dejado llevar por las ideas de Achebe y sus amistades, gente fascinada con las predicciones de Solari Parravicini, los registros akáshicos y hasta los fantasmas de los perros muertos.
—Mercurio retrógrado hizo estragos —explicó Achebe—. Lucía es una geminiana de pura cepa; Gianegra, una clásica Aries; y el dueño de la web, un libriano típico. Los tres fueron afectados por las alineaciones del cosmos. ¿Sabés por qué pudo curarte Elisa, la doctora?
—¡Porque se dedica a la ciencia! —exclamé—. ¡¿Por qué otra cosa va a ser?!
Achebe me respondió:
—¡No entendés nada! La doctora tuvo éxito porque los de Sagitario resultaron inmunes a la energía negativa de marzo.
—Llevame las bolsas a casa y te curo —me indicó.
Caminamos juntos hasta su vivienda sobre San Lorenzo, donde tiene un kiosquito. Pasamos a su consultorio, en el patio, bajo una parra.
—Acá nos reunimos con tu abuela Achebe. Desde que toma cursos por internet, descubrimos que tiene dones para desarrollar.
Lucía agarró un plato hondo marrón, lo llenó con agua de la canilla y volcó un chorrito de aceite común. De acuerdo con las figuras que se formaron en el líquido, confirmó el diagnóstico.
—Estás recontra mal. Gente pesada —lanzó, y se hizo la señal de la cruz.
Luego puso una mano en mi frente y procedió al tratamiento mediante oraciones.
—Encerrate en tu pieza y quedate en silencio durante treinta minutos. El daño se va a evaporar.
Dos horas después, el malestar continuaba. Le conté a la abuela Achebe que Lucía Archiboldo me había intentado curar.
—Qué raro. Ella es muy buena. Andá a ver a Zulema Gianegra, mentalista. Nunca falla.
Previo whatsapp de la abu, Gianegra me recibió. Fiel a su estilo, me cobró por anticipado a través de Mercado Pago y, mediante la bola de cristal, descubrió que había sido atacado por fuerzas oscuras.
—Los chichis de Guillermina te sacaron de eje. Tu cabeza va a explotar de tanta presión.
Puso unas ramas secas en una ollita, las prendió fuego con un encendedor chino y procedió a la sanación mediante mucho humo.
—Vas a estar diez puntos —anunció.
Al rato deambulaba por Tucumán, lagrimeando, bañado en transpiración y un tanto intoxicado.
En casa, el mal de ojo no aflojaba. Decidí googlear una solución y visité el sitio donde la abuela Achebe toma cursos. Encontré un método infalible para que los chichis la cortaran con el acoso.
Cuando estaba a punto de atrapar una araña para comérmela con salsa de tomate, apareció la abuela.
—Dejá eso. No va a andar. Pasó de moda —señaló Achebe—. Andá urgente a la salita y preguntá por mi amiga Elisa. No veas a otra persona.
—¿Ella es tarotista, astróloga, sanadora, adivinadora, vidente?
—Es médica —me respondió la abuela.
La visité sin perder más tiempo. Hábil, Elisa me interrogó a fondo y descubrió que tenía un ataque de hígado por mezclar huevos fritos con chocolatada, papas bravas, cerveza y mate dulce.
Me recomendó beber abundante agua y evitar los fritos, los picantes y las grasas. Me dio algo para el ataque hepático y un calmante para la migraña.
—Tomá esto y descansá.
Llegué a casa y seguí sus recomendaciones. Me acosté con la luz baja y me desmayé. Dormí hasta el otro día. Amanecí como nuevo. La abuela Achebe entró temprano a ver mi estado de salud.
—Qué suerte que viste a mi amiga la doctora. Era la única capaz de ayudarte.
—Claro que era la única. Las otras son unas chamuyeras —dije, molesto por haberme dejado llevar por las ideas de Achebe y sus amistades, gente fascinada con las predicciones de Solari Parravicini, los registros akáshicos y hasta los fantasmas de los perros muertos.
—Mercurio retrógrado hizo estragos —explicó Achebe—. Lucía es una geminiana de pura cepa; Gianegra, una clásica Aries; y el dueño de la web, un libriano típico. Los tres fueron afectados por las alineaciones del cosmos. ¿Sabés por qué pudo curarte Elisa, la doctora?
—¡Porque se dedica a la ciencia! —exclamé—. ¡¿Por qué otra cosa va a ser?!
Achebe me respondió:
—¡No entendés nada! La doctora tuvo éxito porque los de Sagitario resultaron inmunes a la energía negativa de marzo.
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