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La última cuenta

 Por Jason Borges | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses



El sol se esconde y la noche, que es el espejo de la sombra, me sorprende en Paso de la Patria y José Hernández. Camino hacia la 205, minado por la superstición y por el eco implacable de una leyenda urbana que alguien cifró en mi memoria.
La jornada ha sido interminable, igual que esos laberintos de arena que imagino en la vigilia.
Detrás percibo un andar, leve y sistemático, que persevera. Infiero que pertenece a un mozo del bar El Kibón a quien no pagué el último café. Abandoné la mesa con la secreta convicción de que me quitaría la vida en algún paso a nivel, pero la cobardía o la piedad de mí mismo me obligaron a postergar la decisión. Sigo vivo, si es que no se trata de una ilusión de la memoria, aun cuando habito la certidumbre de haber muerto hace ya muchos años.
Mi próxima existencia, prometo, será distinta: liquidaré las deudas del cuerpo y del espíritu, y hasta la propina.
Envuelto por las tinieblas trato de huir y pienso que acaso exista una orden secreta de inmortales que acorralan a los suicidas, impidiendo que escapemos impunes de las minucias de este mundo.
El olvido tal vez sea una ciencia rigurosa. En enciclopedias apócrifas traficadas por Frank Chino y la Pirata Domínguez se habla de una secta que custodiaba las cuentas pendientes de los difuntos, juzgando que nadie tiene derecho a la nada si aún debemos una moneda de cobre, un instante de atención hacia algún ser querido o un saldo en Mercado Pago. 
No descarto que este perseguidor sea un atributo de mi propia culpa, una simetría atroz proyectada por la oscuridad sobre el asfalto gastado.
Llego a la barrera de Pravaz. No hay autos ni trenes a la vista. Los pasos de mi cazador no cesan y no me animo a mirar hacia atrás.
Cruzo las vías y apuro la marcha rumbo a Villa Guillermina, sabiendo que toda huida es una forma del regreso y que en alguna esquina, donde el café, los bares y la penumbra sean meras palabras, el mozo de El Kibón me entregará la cuenta y yo no tendré más remedio que saldarla.

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El deporte es salú

Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Hace unos días vino a La Palabra la Pirata Domínguez y me pidió un feca. Nos sentamos a la mesa y ella contó que en un toque tenía box en el gimnasio de Santiago Varas. Le pregunté por el origen de esa afición por las piñas.
—De mi infancia en Suárez —aclaró y dio un sorbo—. Cuando era piba, no había ni el celular, el emepetré, el emepecuatro, el wachin steijin joupen vaidor, el pikir jouldem boul, la computadora, el procón, la redy. Son todos aparatos que median entre la realidad del hombre y la vida real. La juventud era sana, todas las tardes nos juntábamos los pibes del barrio (seríamos diez) y nos agarrábamos a trompadas. Había que entretenerse, Torosaurio. Esto no le gustaba a un cura que había llegado de Buenos Aires, al que le llamábamos “Paz”. Decía que éramos la barbarie encarnada. Sarmientino, el hombre. Una vuelta intentó civilizarnos.
—¿Cómo?
—Organizó una búsqueda del tesoro. La idea era que laburemos en conjunto y aprendamos a dirimir nuestras diferencias de forma aburrida. Buscamos por todos lados: en la estación de Suárez, en el almacén La Simbólica, en la ferretería de los Bórtoli, en la iglesia y hasta en las zanjas. Al final encontramos el tesoro en el baño de la casa del cura. Era un cofre de pinotea. Para abrirlo tuvimos que hacer fuerza entre todos.
—¿Adentro qué había?
—Un papel que decía “El verdadero tesoro es ser buenos compañeros”.
—¡Qué maravilla! —me reí.
—¡¿Maravilla?! ¡Un insulto a nuestra inteligencia! Agarramos al cura y lo reventamos a trompadas. Quedó peor que Kosovo. Se zafó y tomó el primer tren a Buenos Aires. De arriba nos gritó que estábamos todos poseídos. Así es la curia: la culpa siempre la tiene el diablo. Nunca más vimos a Paz. A partir de ahí, nadie nos discutió los churrascazos. Fuimos muy felices.
—Mire qué lindo —la cargué—. ¿Y conserva ese puño, Pirata?
No hice tiempo a reaccionar. De la nada me vi desparramado por el piso, gritando de dolor y agarrándome la nariz. Miré mi mano: ensangrentadísima.
La Pirata se limpió los nudillos izquierdos con una servilleta.
—Mucho emepetré pero usted no frena una piña, Torosaurio —dijo. Se levantó y fue hasta la salida—. Los de mi época sí tenemos reflejos. Ahora dígame, ¿conservo el puño?
Abrió la puerta y se fue.

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La mano maldita

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses #CuentoReseña


Entré a la cocina de La Palabra y me encontré con Chela en la punta de la mesa, ojeando un libro. En la portada aparecía una melena rubia y un brazo musculoso. Una malla de cuero con picos de metal cubría el antebrazo y una mano que sostenía el mástil de una guitarra eléctrica.
Apenas me vio, Chela lanzó:
—¡Esto está buenísimo! A Chicho le va a encantar. Beto y Ruocco son más pop.
—¿Qué es eso? —le pregunté y encendí la hornalla para poner la pava y cebar unos mates.
—Me lo dio Torosaurio. Dijo él que es el regalo por mis ochenta.
Me acerqué y leí la tapa: La mano maldita. Ficciones metaleras. 2ª edición ampliada(1).
—Torosaurio es la mano maldita —murmuré y puse en la calabaza la bombilla y la yerba, que humedecí con agua fría.
Chela apoyó el libro sobre el mantel negro y empezó a pasar las páginas chochísima.
—Acá hay de todo: la historia de un padre y un hijo unidos por Iron Maiden, un Bar Mitzvá con música de Black Sabbath, viajes en el tiempo, zombis, terror con magia negra, la aventura de unos uruguayos para ver a Slayer, jugosas anécdotas y hasta experimentos a lo Frankenstein. Es una antología de la vida misma.
La vi tan entusiasmada que le pregunté:
—¿Dónde puedo conseguir un ejemplar?
—Clara Beter tiene una tienda virtual, con envíos a todo el país y diversas formas de pago. Los metaleros fanáticos pueden aprovechar a conseguirlo en la mismísima 13ª Feria del Libro Heavy 2026, el próximo sábado 10 de octubre, en Espacio Rincón (Rincón N° 1330, CABA).
—¿Es cara la entrada?
—¡Es gratis, Afrosito! ¡¡Gratarola, entendés!! Arranca a las 14 horas y hay charlas, exposición de fotos y artes plásticas, música en vivo, teatro, stands de libros, artesanías, ropa y mucho más. Nosotros vamos a ir con tu abuela Achebe, que quiere conseguir una remera de V8. Le gusta Betito Zamarbide.
—Buen plan —comenté y le di un amargo a Chela.
—Torosaurio nos explicó que podemos viajar en tren hasta Constitución y ahí caminar dieciséis cuadras o, bien, tomar un Uber. Yo quiero conocer a Gito Minore y a María Inés Martínez, los editores. Gito hizo el prólogo y metió un cuentazo sobre la amistad, Rob Halford y una tabla ouija.
—Loco eso —comenté y se me ocurrió preguntar—: ¿Desde cuándo te gusta el heavy metal?
Chela no respondió, pero me mostró su hombro izquierdo y percibí la imponente furia de un motor en la pampa bonaerense: tatuados en la piel, Iorio, Ozzy y Pappo tomaban mate alrededor de un fogón.

(1) La mano maldita tuvo una 1° edición en 2018 (que se agotó) con diez relatos de Gustavo Zavala (“Iron Maiden, mi viejo y yo”), José María Marcos (“Donde las hormigas”), Daniel Salinas Basave (“Ya no quedan más cojones”), Kike Ferrari (“Fuerza demencial”), Alexis Cuzme (“Alguien robó mis recuerdos mientras dormía”), Emiliano Scaricacciottoli (“Las facultades y la electricidad”), Mauricio Vallejo Márquez (“Shabat Black”), Juan Ignacio Pisano (“Zombi”), Juan M. Solá Sloan (“Relámpago en la oscuridad”) y Gito Minore (“Leather Rebel”). A esta 2° edición se le sumaron tres voces: Romina Poses (“Un viaje a Wacken”), Violeta García (“Al cuarto para las cinco”) y Eliana Soza Martínez (“Conmigo para siempre”).

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Borges y el secreto de la longevidad

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


El otro día pasó por La Palabra el Pollo de Spegazzini para contarme que estuvo en una charla sobre Jorge Luis Borges, con motivo del Día del Lector. La fecha recuerda que el 24 de agosto de 1899 nació el célebre escritor. Justo en ese momento estaba el agente Frank Chino, quien —a partir de su admiración por Oku No Hosomichi (autor de Los haikus del tiempo)— ha comenzado a leer poesía con fervor. 
—Analizamos el soneto “Buenos Aires, 1899”, que empieza así: “El aljibe. En el fondo la tortuga” —comentó el Pollo en la redacción.
—¡¡Qué interesante!! —intervino Frank, entrando en éxtasis—. ¡¡Qué maravilla!! Toda la poética concentrada en una línea: el aljibe tiene un fondo físico, oscuro, distante. La tortuga está abajo, pensando, enfrentando sus límites. Borges, genio, sitúa ese escenario en 1899, el año de su nacimiento, como si cada vida estuviera concentrada en un solo instante.
—El conferencista contó... —prosiguió el Pollo, pero el detective lo interrumpió, con los ojos desorbitados y la cara roja:
—La lentitud de la tortuga, puesta en un aljibe por Borges, se vuelve casi inmovilidad, o, tal vez, un atisbo de la inmortalidad.
—Claro, claro —dijo el Pollo, un poco mareado—. El conferencista contaba... —insistió, y Frank volvió a frenarlo:
—En la conocida fábula, la tortuga avanza lento y termina venciendo a la liebre por su perseverancia. Acá, en cambio, su movimiento parece suspendido. Podría sugerir una alegoría sobre la finitud de los humanos.
Nos quedamos mudos ante la exposición de Frank, hasta que me animé a preguntarle al Pollo:
—¿Y qué decía el conferencista?
—El verso evocaría una anécdota de su madre, doña Leonor. Ella contaba que en Buenos Aires, en cada aljibe, había una tortuga. En Montevideo se colocaban sapos. Era un método para asegurarse que el agua estuviese potable. Si los animales vivían, el agua era apta para el uso humano. Doña Leonor, que falleció a los 99 años, recomendaba el agua de tortuga, y le contó a su hijo que en Buenos Aires, cuando alguien quería alquilar o comprar una casa, preguntaba: “¿El aljibe tiene tortuga?”. Y le decían: “Sí, señor, esté tranquilo”.
Obviando los dichos del Pollo, Frank dijo:
—La tortuga es un símbolo asociado a la longevidad y a la paciencia. —y, tras abrir la puerta y poner un pie en la vereda, agregó—: En este soneto, que los ignorantes nunca apreciarán en su total dimensión, Borges nos muestra el aljibe como un depósito de los siglos. Otra forma de decir que los hombres estamos destinados a perdernos en nuestro propio laberinto.

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La historia de Roque Etcheverry

Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Roque Etcheverry, vecino de Sol de Oro, era dueño de una prodigiosa memoria.
—Alto resentido —califica el almacenero Rubén Núñez en diálogo con este medio—. Una vez le vendí sin querer una leche vencida y me lo refregaba siempre.
Roque jamás perdonaba una injuria. A pesar de sus siete décadas, echaba humo al recordar cuando con tres años Papá Noel no le trajo su anhelado triciclo De Vito HP 503 de origen lituano. Todos los 25 de diciembre Roque hacía un brindis por la destrucción de San Nicolás, los reyes magos, los arbolitos de Navidad y cada detalle relacionado con las Fiestas. En 1994 decidió construir una catapulta para derribar el trineo de Papá Noel. Una vez en el suelo, lo reventaría a tortazos y quemaría los regalos.
—Estuvo meses hablando de lo mismo —continúa Núñez—. Nadie lo aguantaba. Menos los chicos. Dos por tres lo cascoteaban.
Roque fabricó su catapulta y la cargó con una bolsa llena de ladrillos. La medianoche del 25, agarró un telescopio y ojeó el cielo. Salvo fuegos artificiales y estrellas, nada. Hasta que por el sur apareció surcando el firmamento a toda velocidad una luz roja brillante. Ni bien Roque la tuvo a tiro, le arrojó el proyectil. La luz hizo una pirueta y esquivó el bulto. Roque maldijo su suerte y notó sorprendido que la refulgencia expulsaba un objeto sobre él.
—Una bomba —aclara Núñez—. Hizo ¡pum! y ya no hubo ni catapulta ni casa ni Roque. Todo Sol de Oro salió a festejar.
Donde se alzaba el hogar de Roque quedó un agujero que los vecinos transformaron en lagunita artificial. Ahí se convocan todas las navidades para festejar entre asado, regalos, vino y música.
En cuanto al papel de Papá Noel en el bombardeo, el empresario del Polo Norte nunca aclaró si participó. La Palabra intentó contactarlo sin suerte. Fuentes no oficiales afirman que, al repartir regalos por lugares picantes, Papá Noel siempre va armado y es preferible no perturbar su paciencia.
—Ni idea quién tiró el bombazo —cierra Núñez—, pero nos sacó de encima a un insufrible y de yapa conseguimos lugar para festejar. Si eso no es un regalo de Navidad, no sé qué es.

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Retórica musical en el barro

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


En algún lugar de Ezeiza podemos encontrar, si escuchamos con claridad, a un maestro de música poco convencional: un enseñante retórico.
Bruno y Agustina, iniciando el camino de convertirse en guitarristas, guiados por leves susurros de la existencia casual de este maestro de música, se aliaron con una misma finalidad: encontrarlo.
Un miércoles de lluvia, por la mañana, sin saber muy bien cómo, dieron con él en el barrio La Porteña.
—¿Será acá? —preguntó Agus, preocupada por la Fender en su espalda.
—Creo que sí —le respondió Bruno, poniendo su mano derecha en forma de arco cerca de su oreja—. Las gotas lo dicen.
Ambos rieron después de ese comentario. Mientras tanto, un muchacho delgado y alto, caminando como si fuese a caerse, tiraba del mango de un portón metálico que sonaba con cada gota que caía en una nota diferente.
Indecisos, Agus y Bruno siguieron al maestro hasta el interior de una casa demasiado grande para una sola persona.
—Es por la acústica —fue su respuesta cuando intuyó la pregunta en sus invitados—. No se preocupen por el barro de sus zapatillas. Me dice de ustedes justo lo que necesito saber —concluyó.
La teoría se impartía de forma metafórica, y la práctica, de forma intuitiva. Frases como: “Toquen las notas del cantar de un gorrión saliendo de su nido después de siete días de lluvia”; “¿Qué notas componen la ducha después de dejar correr el agua siete segundos?”; “Deduzcan los tiempos percutivos idiófonos en el croar de ese sapo”; “¿Cuántos bemoles hay cuando lloramos de risa? ¿Y de dolor?”, establecían la elástica extrañeza de las clases.
Agustina y Bruno aprendieron canciones improbables, escucharon el tempo de sus nombres y abrazaron el ruido de ahogados silencios.
Intrigado, Bruno le consultó al maestro musical retórico si Agustina y él eran sus únicos estudiantes. La respuesta fue afirmativa, explicando que recibía visitas, siempre con el calzado más impoluto posible. Y, por lógica, no eran aceptados. Afirmó que el barro tiene su propia música, canciones tristes y felices, de esfuerzos y esmeros, de buenos valores, de esperanza.
—El rechinar del barro de sus zapatillas canta eso y más. ¿Cómo no voy a disfrutar de la mejor música, junto a excelentes personas, a través de la amplia acústica de mi casa?

(*)Coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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Capturado por un plato volador

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


El otro día pasó por la oficina el agente Frank Chino y me contó que está leyendo, muy entusiasmado, el libro Capturado por un plato volador, publicado por el sello Ignotas.
—Es una obra maravillosa —comenzó explicando, mientras apoyaba su maletín en el escritorio de la recepción—. Salió por entregas en el semanario Hechos en el Mundo, a partir de diciembre de 1954. Ese periódico anunció que el autor es Leslie Hoover y que, en Estados Unidos, el libro vendió más de 250 mil ejemplares en doce horas.
—Esas cifras son de otro planeta —le dije a Frank, quien abrió el maletín y sacó un ejemplar con un hombrecito verde y cabezón en la tapa.
—Te lo traje —señaló y me lo entregó—. Leslie cuenta que unos gamianos se lo llevaron en su nave para estudiarlo. Su planeta está en vías de extinción y quieren mudarse. Les cuesta adaptarse a nuestro ecosistema. Por eso cazan especímenes humanos para ver si aprenden algo sobre nuestro organismo.
—Todo esto ocurrió hace mucho, en los años 50, ¿no? Capaz que ya pasó de moda el asunto y se arrepintieron de venir —le contesté.
Frank hizo como si no me hubiera oído y continuó:
—En el prólogo, Alejandro Agostinelli sugiere la posibilidad de que Hoover hubiera contado la posta. Si es así, se trata un testimonio pionero sobre platos voladores. Si es literatura, sería una de las primeras obras argentinas de ciencia ficción. Pienso que toda esta cháchara es para ocultar la verdad.
—Me estoy mareando, Frank —le dije—. ¿Cuánto te debo?
—Es un regalo. Disfrutalo mientras puedas. Es una joya, a la altura de El interplanetario atómico, de Jorge Alberto Duclout; Cinco hombres en Marte, de F. H. Casullo; y Primer mensaje extraplanetario, de Franck G. Robertson, todas publicaciones de la colección Los Exhumados.
—¿Qué importancia tienen estos títulos?
Frank me miró fijo.
—Si los gamianos aún están buscando un lugar donde vivir, hay que estar atentos. Quizá podamos hacer negocios con ellos. Cobrarles tasas municipales. Para eso se aprobó el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones y hay un lío tremendo con la ley de inviolabilidad de la propiedad privada. Tienen armas poderosas, grandes adelantos médicos y son telépatas.
Me quedé aturdido ante tantos datos. Frank cerró su maletín.
—¡Hable de este trabajo! ¡Recomiéndelo! ¡Urgente! —me ordenó—. Hay que abrir conciencias. A diario están llegando gamianos, reptilianos y otras yerbas, y no nos damos cuenta.
—¿Dónde se puede comprar?
—Busque en internet: @edicionesignotas es la dirección en Instagram. Ignotas tiene una tienda virtual con envíos a todo el país. Con buenos precios y calidad.
—¿Qué hago si los gamianos vienen por acá?
Frank abrió la puerta de la calle y, antes de marcharse, dijo:
—Dígales que compren el libro. Así, por lo menos, se enteran de que estamos bien informados.

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Discusiones bajo la luna llena

Por Carlos Renoldi| Esto No Está Chequeado | Ilustración: Carlos Renoldi | #FiccionesEzeicenses


Se iba terminando el 2025. Mi libro La palabra inquieta estaba a punto de salir de imprenta y, una noche de luna llena, alguien me preguntó de qué hablaban mis escritos. Expuse algunas cosas y, de pronto, la discusión de “Dios sí, Dios no” empezó a ponerse picante.
Estábamos con Gladys en el patio de una peña, compartiendo una larga mesa con amigos, allegados y otros desconocidos, todos amantes de la música, la poesía, el baile.
Mientras exponía los motivos que me llevan a pensar en que no puede existir un creador omnipresente, una señora mayor del interior tucumano, que conocemos desde hace años, me respondió que Dios era el creador del cielo, las estrellas y todo eso.
Hablé del azar y la evolución; ella, que va a misa todos los domingos, me interrumpió diciendo:
—Dígame, Carlito, ¿qué ve en la luna? 
Y miró hacia el cielo, que esa noche de diciembre estaba claro y limpio.
Giré la cabeza y observé, como queriendo ver algo que ella veía, una cara, qué sé yo, y le dije:
—Veo sombras, cráteres —enumeré—. Las sombras son las partes donde el sol no la ilumina.
—No —me cortó—. Se ve el pesebre.
Me causó gracia la inesperada revelación y no pude ocultar la risa.
—¡No se ría, Carlito! No sea irrespetuoso —me retó—. La luna fue creada por Dios para que el hombre pueda ver el campo y sus animales durante la noche.
—Doña, la luna no tiene luz propia —comenté.
—¡¿Cómo que no?! ¡¿No ve cómo está brillando?! ¡¿O usted es ciego?! —lanzó, enojada.
Tratando de contener la risa, le dije:
—La luna es un satélite que refleja la luz del sol. La vemos gracias a que el sol la alumbra.
Le expliqué lo mejor que pude cómo funciona el sistema solar, pero ella, enojada y poniéndose de pie para retirarse de la conversación, respondió:
—Sí, claro... El sol alumbra la luna, ¡qué pavada! Las cosas que hay que escuchar hoy en día. ¡¿No ve usted que ahora es de noche?! No sea inorante, Carlito.

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El reino de los ecos

Por Victoria Paniagua(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Por Victoria Paniagua(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses

En el reino de los ecos, donde las palabras cobran vida y se convierten en burbujas de colores, tres niños llamados Jax, Pomni y Kinger(1) exploraban el Bosque Susurrante.
Jax se detuvo ante algo que sobresalía del suelo. No tenía forma definida. Se sentía frío al tacto y vibraba con un zumbido bajito.
—No sé qué es este pendorcho —dijo Jax, intentando encontrarle un uso—. No parece una herramienta ni tampoco una fruta del bosque.
Pomni, que siempre escuchaba los murmullos de los árboles, se acercó con cautela.
—Tengan cuidado —comentó—. Acabo de escuchar un rumor muy extraño en el Bosque de los Susurros. Dicen que alguien robó el sonido de las risas de los niños y lo escondió en un objeto como ese.
Kinger, que era muy pragmático, resopló con fuerza.
—¡¡Eso es absurdo!! ¿Cómo alguien va a robar las risas de los niños? Pomni, ¡deberías dejar de creer esos cuentos!
Mientras discutían, un duende parlanchín apareció de la nada. Colgado de una rama, comenzó a recitar poemas sin rima y a cantar canciones desafinadas a gritos, sin detenerse ni un segundo. Les estaba dando un fastidio insoportable: su voz era tan persistente que los niños no lograban ni siquiera escuchar sus propios pensamientos. Jax, desesperado por un poco de paz, decidió tomar acción.
—¡¡Ey, duende! —le gritó—. Si saltás hacia la Cascada de Cristal y gritás al revés, vas a encontrar una montaña de caramelos infinitos.
El duende, creyendo aquel engaño, salió corriendo hacia la cascada, gritando palabras al revés con todas sus fuerzas, perdiéndose en la espesura.
Los tres niños se sentaron bajo un árbol, disfrutando finalmente del silencio del Bosque Susurrante, preguntándose si alguna vez descubrirían qué era realmente aquel objeto que los había unido en esa extraña aventura.
Tiempo después, ese árbol sería el pulmón, el alma y el corazón de los Bosques de Ezeiza.

(*)Concurre al Taller Municipal de Literatura y Escritura (Infantil-Juvenil), coordinado por Marco Millán.
(1)Personajes de The Amazing Digital Circus.

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Scaloni convocó a Harry Toshiba

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Tras la entrega de trofeos y medallas de la Copa del Mundo, Harry Toshiba fue citado de urgencia por Lionel Scaloni.
El mentalista ezeicense se estaba retirando del estadio de New Jersey con su tele de 20 pulgadas en un carrito cuando recibió un WhatsApp de uno de los colaboradores más cercanos del entrenador. En el inesperado mensaje se le pedía que se acercara a una sala de conferencias del estadio.
Harry llegó al lugar y en la puerta lo atendió el propio Scaloni, quien le contó que conocía su trayectoria, que sabía de su Premio al Mejor Mentalista de Qatar 2022 y que le habían hablado de su trabajo de acompañamiento astral a la selección. Harry apenas balbuceó unas torpes frases de admiración y el deté de Pujato le explicó:
—Necesito que hables con los muchachos. Dieron lo máximo y, aunque saben que el segundo puesto es importante, se sienten apenados por no haberle podido ganar a España.
Harry entró al salón. El plantel entero, con Messi a la cabeza, estaba en silencio. Dibu, De Paul y Enzo lloraban sin consuelo. Paredes seguía bufando como un perro lastimado. El mentalista no se animó a pronunciar ni un “buenas tardes” por miedo a que el saludo les pareciera una ironía.
Apoyó la tele de 20 pulgadas sobre una mesa que enfrentaba al auditorio. Con nerviosismo, pero también con cierta templanza, pidió un alargue y encendió el aparato. Respiró hondo y concentró todas sus fuerzas para que la estática dejara lugar a otras imágenes.
En la pantalla aparecieron primero Passarella levantando la copa y después Maradona cargando el trofeo sobre los hombros de un hincha argentino. Enseguida surgió Italia 90: los penales atajados por Goyco y el seleccionado cantando el Himno e insultando a los italianos. La final de Brasil 2014 se mezcló con la Copa América de 2021.Los goles más significativos de la campaña de Qatar 2022 fueron el preludio de Messi alzando el oro, llevado en andas por el Káiser y luego por el mismísimo Diego. En un torbellino, las postales en movimiento se entreveraron con infinidad de hinchas festejando en distintas ciudades, nenes y nenas desbordados de alegría por los goles.
Extasiados, los jugadores y los integrantes del cuerpo técnico trocaron las lágrimas y los gestos adustos por rostros colmados de plenitud. La pantalla les siguió mostrando la felicidad que acababan de sembrar y que, en el porvenir, dará frutos en ellos, en sus familias, en las amistades y en tantos desconocidos que vibraron durante estos años. Todos se pudieron ver más canosos, contando anécdotas, riéndose y recibiendo afecto en distintos momentos de su vida.
Harry decidió retirarse del recinto y dejar al equipo en esa intimidad. Cerrando una etapa junto al plantel, le regaló a Scaloni la famosa tele de 20 pulgadas.
Iba a decirles “gracias” antes de irse, pero otra vez prefirió callarse y llevarse en sus retinas las caras de esos hombres volviendo a iluminarse como chicos.
Las palabras sobraban en la tarde del domingo.

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El perro mundialista

Por Rosana Ramos | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Durante la remontada de Argentina frente a Egipto en el Mundial 2026, la locura fue tan grande que doña Chela olvidó un detalle: su perro Simón quedó del lado de afuera de la casa.
Con el pitazo final estallaron los cohetes, las bocinas y los gritos por la victoria 3-2 tras ir perdiendo 0-2. Las ventanas vibraron, los vecinos salieron con banderas celestes y blancas y una caravana improvisada comenzó a recorrer las calles.
Simón, lejos de asustarse, sintió el llamado de la gloria. Enfundado en su camiseta oficial de la Selección, levantó las orejas como si hubiera escuchado el Himno Nacional y enfiló decidido hacia el Parque Central de Ezeiza.
En el camino pasó frente a un kiosco de French donde le regalaron unas galletitas, esquivó una fila de autos tocando bocina y recibió innumerables caricias como si fuera campeón del mundo.
Varios vecinos lo vieron avanzar solito y comenzaron a fotografiarlo y filmarlo. Un motociclista lo reconoció y le gritó “¡Vamos, Simón!”. El perro respondió con un trote orgulloso. En cuestión de minutos, las redes sociales se llenaron de imágenes del adorable pichicho, con infinidad de mensajes. Algunos usuarios aseguraban que era “el primer perro convocado de emergencia por Scaloni”, mientras otros juraban haberlo visto dirigir una hinchada entera desde una vereda. Un comerciante incluso colgó una foto de Simón en su muro de Instagram con la leyenda: “Acá pasó el héroe de cuatro patas”. Cada nueva publicación sumaba cientos de comentarios y corazones, y el nombre de Simón empezó a circular por grupos de WhatsApp como si se tratara de una celebridad.
Cuando doña Chela se acordó de Simón y no lo vio por ningún lado, sintió un escalofrío. Salió corriendo por el barrio llamándolo a los gritos, preguntó en el almacén, en la remisería y hasta en una parada de colectivo. Un vecino le mostró el celular: “¿No es este?”. Chela lo reconoció enseguida y casi se desmaya.
Uno de sus videos era viral. Allí estaba su amado Simón: ni perdido ni desorientado. Hacía pogo en la ruta, frente a la estación, con un grupo de hinchas, saltando feliz como uno más bajo un enorme cartel improvisado que rezaba: “Furor por Simón, el perro mundialista”.

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Que nadie deje de alentar

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


El psíquico ezeicense Harry Toshiba, quien viajó a Estados Unidos para seguir de cerca a la selección de Scaloni, se comunicó con La Palabra para contar cómo se vive el Mundial 2026 en el universo de las fuerzas invisibles, tras la victoria de Argentina por 3-2 frente a Egipto. 
La semana pasada partió desde el Aeropuerto un chárter especial para darle apoyo al equipo. Viajaron expertos con la misión de levantar un escudo protector para que los jugadores y los hinchas puedan desplegar al máximo sus habilidades. Con la meta de encauzar energías, Harry llevó su televisor de tubo de 20 pulgadas, que suele mantener a punto en Panza Hermanos. Luego de acompañar la victoria ante Cabo Verde, se trasladaron a Atlanta para el cotejo contra los Hijos del Nilo. 
—Nos instalamos en una de las tribunas bajas y trabajamos desde temprano. La tarea fue difícil y ardua porque había muchos seguidores de Ra, Nut, Anubis, Horus y Hathor operando en el estadio. Yo me puse una careta de Messi para dirigir las acciones y, de paso, por si me enfocaba la tele. Quiero mantener mi cara lejos de la fama. Lucía Archiboldo repitió frases de Scaloni para generar vibras positivas; Zulema Gianegra intervino en infinidad de grupos de WhatsApp y redes sociales mediante frecuencias vibracionales, memes y otros artefactos digitales; Bram Foguista convenció a fantasmas de la Guerra de la Independencia de Estados Unidos para hinchar por los libres del sur. El Pollo de Spegazzini armó un streaming junto a los amigos de El Campeón del Sur y Chumbazo TV, y relató todo el partido en décimas espinelas. 
—¿Y por qué se nos complicaron tanto las cosas? —le pregunté, intrigado.
Harry respiró profundo y explicó: 
—En el minuto 15 del primer tiempo, la diosa Bastet distrajo al Cuti y a Lisandro, y permitió que Yasser Ibrahim pusiera el 1-0. Después, Amón-Ra le susurró algo al oído a Lionel Messi y Mostafa Shoiber atajó el penal con la ayuda de Osiris. Nos propusimos contrarrestar estas maniobras, pero nos tenían contra las cuerdas. Cada vez que anulábamos una manija aparecía otra. A los 22 del segundo tiempo, Mostafa Ziko, guiado por Thot, marcó el 2-0. Decí que logramos bloquear algunos conjuros porque, si no, la historia hubiera sido peor. 
—¿Y qué hicieron para dar vuelta esta tendencia? —La tele de tubo de 20 pulgadas no quiso arrancar en el primer tiempo —reveló Harry—. Mediante una comunicación urgente con Hugo Panza, pudimos encenderla durante la pausa de hidratación del complemento. Al principio, la pantalla estaba muerta, llena de estática, hasta que aparecieron hinchas en blanco y negro, que se mezclaron con imágenes coloridas del 78, del 86 y del 2022. Eso ayudó a frenar a Egipto, pero faltaba algo… Entonces vimos las canchas de tierra y los arcos sin redes. El barro, las camisetas gastadas, los alambrados caídos, los vestuarios sin revocar, el mate cocido, las caritas de las pibas y los pibes soñando. El dios Potrero fue el que, al final, nos salvó. 
Al cierre de esta edición, Harry Toshiba y la delegación de expertos estaban planificando cómo ingresar temprano al Kansas City Stadium para ayudar a Argentina frente a Suiza, en los cuartos de final. Toshiba decidió no brindar ningún pronóstico. Solo pidió que nadie, en ningún rincón, deje de alentar.

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Toshiba vs. Kwaku Bonsam

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Harry Toshiba, reconocido psíquico ezeicense que recibió el Premio al Mejor Mentalista Qatar 2022, viajó de urgencia a Estados Unidos para ayudar al equipo de Scaloni en su compromiso contra Cabo Verde, a jugarse este viernes en el Hard Rock Stadium de Miami.
De acuerdo con lo informado por mi abuela Achebe, Toshiba partió para enfrentar al peligroso brujo Nana Kwaku Bonsam, quien confesó haber hechizado al goleador inglés Harry Kane para que no convirtiera ningún tanto frente a Ghana. Ese partido terminó sin goles y el delantero del Bayern Múnich se mostró muy distraído. Envalentonado por este resultado, el místico pronosticó la eliminación de Argentina a manos de los Tiburones Azules.
—¡Soy el brujo más poderoso del mundo! Después de neutralizar a Kane, ya hice todos los trabajos para que Cabo Verde elimine al equipo argentino y siga avanzando.
Achebe me contó que Toshiba se trasladó en un chárter especial junto a una comitiva de asesores convocados por el Chiqui. Entre ellos viajaron Lucía Archiboldo, que tiene un consultorio sobre la calle San Lorenzo; Zulema Gianegra, mentalista que hace trabajos por WhatsApp; Clotilde Chisseira, alquimista de barrio El Tala; y Bram Foguista, vecino experto en fantasmas y vampiros. También llevaron a la Pirata Domínguez, que conoce mucho de relaciones públicas; al agente Frank Chino, por sus contactos con la CIA; y Roberto Esquivel, el Pollo de Spegazzini, que suele cautivarnos con sus payadas.
—¿Cuál es el plan, abuela?
—Harry busca armarle un escudo protector a la selección de Scaloni para que todos los jugadores y los hinchas argentinos puedan mostrar sus habilidades al máximo. Lleva su tele de tubo de 20 pulgadas para encauzar las energías. Si el brujo trabaja con maldiciones, nosotros responderemos con olas albicelestes.
Chiqui invitó a mi abuela a viajar, pero ella prefirió alentar desde acá.
—Este diablo es muy poderoso y debemos trabajar, desde todas las latitudes, para aprovechar su mayor debilidad: pierde la concentración cuando se enfrenta a los bombos y los cánticos de una hinchada cosmopolita.
—¿Y para qué llevaron al Pollo? —pregunté.
—¡Es nuestra arma secreta! —reveló Achebe—. Hace años que opera a favor de Argentina desde Spegazzini. Les tira buena onda cuando vienen al predio de la AFA. Si algo falla el viernes, Toshiba conectará la mente del Pollo con la de Bonsam para que reciba un shock. Él ya preparó una décima espinela para hacerlo naufragar:

Por más famoso que seas,
brujo Nana Kwaku Bonsam,
tus manijas fallarán;
el equipo tiene ideas
pa’ vencer lo que planeas.
Con la banda de Lionel,
una hinchada, pura piel,
y con Diego desde el cielo,
va a vibrar el mismo suelo,
¡¡lo dice el Pollo Esquivel!!

Toshiba les pide a los lectores y las lectoras que repitan esta plegaria gaucha antes del partido y durante el entretiempo.
Todo suma a la hora de salir a la cancha.

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Imaginando a Catalina



Una tarde de otoño te pensé, forjé tu alma, amoldé tu espíritu y, como lo hace el artesano que despaciosamente pule la figura, te di forma y nombre. Te doté de una personalidad como no hay otra igual. Te di un tiempo, un espacio y un lugar. Eras mi creación perfecta: naciste del susurro lento entre la mente y el latido del corazón.
Recuerdo la tormenta, la puerta del granero azotada despiadadamente por el viento. Tú, parada, mirando a través de la ventana con el candelero en la mano. Encerrada en la habitación, recuerdo las glicinas destrozadas rodando sobre el piso de ladrillos del patio; recuerdo el molino, el jardín, el Padrenuestro que tu boca temerosa repetía sin cesar, pero no puedo recordarte por completo: solo pequeños fragmentos vienen a mí.
Ahora te he perdido, y mi mente me castiga con el olvido; no puedo construirte de nuevo. El susurro no es el mismo; tu imagen se ha borrado, tal como se apagan los colores en una foto vieja.
Te busco, pero no estás. Me obligo a pensarte una vez más, pero no es lo mismo: aparece otra Catalina, una que no quiero. Yo busco a la primera, la que inspiró a la musa que dormía. Yo busco a la que se vistió de negro y juntó las calas chamuscadas, aquella que embarró sus pies camino al cementerio. Yo busco a la que nació del susurro lento entre la mente y el corazón.
Te busco en la rueda del molino, en el vestido a lunares, en la claridad del día, en el tenebroso aullido de la noche.
Yo busco a Catalina, a aquella a quien el verbo se negó en la boca, porque no era poesía. Su destino apaciguó su alma y la hizo frágil, quebrantó su voluntad y la hizo tierna.
Yo quiero a Catalina, la que despertó a la musa que dormía. Aquella del amor tardío, que la sorprendió una tarde, bajo el jazmín de la plaza. Onorio, que suele caminar por allí, la vio sentada a solas con sus pensamientos.

(*)Vecina de Ezeiza que dejó textos inéditos y que su familia va subiendo al blog www.nellyfiasque.blogspot.com

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La manija de Harry Toshiba

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Ayer miércoles vino Harry Toshiba a nuestra redacción, manijeado por el 3-0 de Argentina frente a Argelia en el Kansas City Stadium.
—¡Ese Joachim Klement no sabe nada! —tiró Harry apenas entró a nuestra redacción, envuelto en una bandera argentina, rodeado de papelitos que orbitaban por su cabeza y portando en brazos su célebre televisor de 20 pulgadas.
—¡¿Quién?! —dijimos a coro Torosaurio, Beto y yo, ocupados en el cierre de la edición.
—¡Burros! —gritó Harry, fuera de sí, irreconocible, quien siempre se ha caracterizado por la serenidad y la templanza—. ¡Klement es un chanta! Anda presumiendo que acertó a los ganadores de los tres últimos mundiales.
—Ah —dijo Beto y se metió en internet a buscar quién era el fulano.
—Ese personaje —siguió Harry— dice que el próximo campeón va a ser Países Bajos. ¡¿Vieron a los tipos jugar el otro día contra los japoneses?! Empataron 2-2 y tuvieron suerte de no perder.
—Siempre tienen buen equipo los holandeses —opinó Torosaurio, estrenando su título de analista deportivo—. Ya estuvieron en tres finales.
—Sí, pero perdieron en todas —respondió Harry—: en 1974, 2-1 ante Alemania; en 1978, 3-1 con Argentina; y en 2010, 1-0 frente a España. No tienen chances.
—Acá en internet —lanzó Beto mirando la compu— dicen que Klement es “un destacado economista y escritor alemán, que cuenta con más de veinte años de experiencia en servicios financieros globales”.
—¡Un trucho! —ladró Harry y pidió un alargue para su tele.
Tan alterado estaba que obedecimos sin hacer ningún comentario. Además, queríamos que encendiera el aparato para conocer algo del futuro. Damos fe de que, con él, Harry vaticinó el triunfo de Argentina en el Mundial de Qatar 2022.
Cuando al fin prendió el equipo, en la pantalla apareció estática.
—¡Ven! —nos dijo apretando los dientes y con ojos rojos—. ¡Ven lo que les digo!
Nos miramos desorientados. No entendíamos nada, y fue Torosaurio quien se animó a preguntar:
—¿Qué tenemos que ver?
—¡Por favor, despierten! —bramó Harry—. Estas señales muestran que el futuro es incierto y necesitamos unirnos. ¡Hay que apoyar a Scaloni, Messi y todo el equipo! Es la única manera de vencer a la banca internacional que nos hace vivir en una mátrix. Klement y sus cómplices quieren vencernos en el plano astral.
La puerta de la oficina se abrió de golpe y entraron Frank Chino, Jade Jung, Dezz, Chela, Muscio, Condenanza, los contadores Pintos y Vega, Panza, Renoldi, Millán, Pietrobelli, Eliana, Verónica, Garriga, Tomassini y Digital Snatch. Mientras cantaban “Muchachos”, bailaban y hacían pogo. Por la ventana se sumaron el Pibe Gómez, la Faure, Juan Carlos, el Loco Marcelo, Ruocco, el Negro Cortez, Sammu y otras tantas voces, provenientes de infinidad de barrios.
En la redacción, el televisor empezó a parpadear al ritmo de la hinchada y, en otro punto del planeta, un sueño albiceleste sacó a Klement de su plácida siesta.

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¡A la carga, mis valientes!

Por Carlos Renoldi(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Carlos Renoldi | #FiccionesEzeicenses


Algunas veces al año, el tío Meca venía a los pagos de Ezeiza a comer un costillar. Según él, era más rico que los de Gualeguay. “Tiene gusto a chancho” lanzaba y nosotros pensábamos que tal vez tenía razón a causa de la alimentación.
A sus 80 años, como todo viejo, le gustaba repetir sus historias de juventud. Aunque ya las habíamos oído varias veces, le pedíamos que las vuelva contar. Nos causaba mucha gracia cómo se poseía en su relato.
Una era de su época de policía rural novato. Comandaba la tropa un comisario que soñaba con dirigir un ejército, pero debía conformarse con un sargento y el tío como único soldado de tropa.
Una noche, el ejército del comisario, el sargento y el tío patrullaban la zona montados a caballo.
Se detuvieron en la oscuridad a unos cincuenta metros de un rancho donde estaba en pleno esplendor una fiesta donde el gauchaje bailaba en un patio de tierra, al compás de algunas guitarras y una acordeón, iluminados por faroles a kerosene.
El comisario se acercó sigiloso a la multitud y detuvo su corcel en el centro de la pista de baile. Mientras se producía un tremendo silencio, advirtió en voz alta y clara:
—La cosa es hasta las doce de la noche. Lo dice la ley.
—Sí, sí, comisario, no se haga problemas —contestaron algunos, bastante alegres.
El comisario se retiró adonde lo aguardaba su tropa.
Los tres esperaron el paso del tiempo, bajo el manto de la noche.
Cuando estaba por llegar la medianoche, el comisario volvió a entrar al patio de tierra donde nadie parecía haber escuchado su advertencia.
—¡Son las doce menos cinco! —gritó—. ¡Hay que terminar la fiesta!
—No hay problema, comisario —decían los concurrentes, casi burlándose.
El comisario una vez más giró su caballo y volvió a retirarse. Reunido con el sargento y el tío Meca, esperaron esos cinco minutos.
Pasado ese tiempo, el comisario ordenó a su caballería:
—¡Desenvainen, patriotas! —y apuntando con su sable a fiesta, que seguía como si nada, gritó a toda voz—: ¡A la carga, mis valientes!

(*)El relato forma parte de La palabra inquieta.

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El ladrón de libros

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Por suerte, la Casa de la Cultura de Villa Golf me quedaba re cerca. Llegué temprano al taller de los lunes. Tenía que hacer pis, así que pregunté en la entrada y me indicaron dónde estaba el baño.
Justo cuando iba hacia allí, me frené de golpe. Había visto de reojo muchos libros. Muchísimos. Un chico bajito, de rulos abultados, leía sentado detrás de una mesa.
—Hola, ¿querés pasar? —me preguntó al notar que me había quedado quieto.
Entré, hipnotizado por aquella cantidad de eso que yo no tenía.
—Si sos estudiante de algún taller —dijo el chico, sin levantar demasiado la vista de su lectura—, podés llevarte dos libros y traerlos cuando termines de leerlos.
¿Traerlos de vuelta?
Miré los estantes. Eran demasiado lindos para devolverlos.
El chico volvió a concentrarse en su libro. Yo me quedé observando las repisas y empecé a calcular. Al cabo de unos minutos ya tenía elegidos cinco ejemplares: uno por su tamaño, dos por las ilustraciones, otro porque parecía nuevo y el último porque parecía muy viejo.
Fui sacando y poniendo, moviendo y desordenando. El truco estaba en el caos.
Cuando estuve seguro de que nadie me observaba, me di vuelta y salí caminando con torpeza. Llevaba los libros escondidos entre la ropa.
—Tengo que ir al baño —mentí.
En lugar de volver, me fui a mi casa. Le dije a mi mamá que la clase se había suspendido y me encerré en mi habitación a contemplar mi botín.
No sabía si iba a leerlos. Nunca había sido un gran lector.
Volví a esa biblioteca.
Y después volví otra vez.
Más de una vez repetí la misma rutina.
Ese año pasé de tener cero libros a tener veinticuatro.
Empecé a leerlos. Descubrí que me gustaban. Después conocí bibliotecas más grandes, más amplias, con mejores catálogos. Al terminar la secundaria ya tenía cuatrocientos quince libros.
Con el tiempo me volví más selectivo. Dejé de elegir por el tamaño o por las tapas. Aprendí a buscar autores, editoriales y traducciones.
De adulto, viviendo solo en un departamento alquilado, rodeado de libros y algunos vicios, encontré en ellos mi razón de ser. Aquello que de chico no había sabido comprender.

***

Radio 10 informa: Tras el misterioso fallecimiento del famoso crítico literario argentino, galardonado fuera y dentro del país, la rueda de prensa ha dado a conocer parte del peritaje realizado en el último domicilio conocido del occiso, ubicado en la provincia de Buenos Aires: “En el departamento de la víctima hemos encontrado doce mil quinientos ochenta y tres libros catalogados por distintas bibliotecas públicas y privadas que, en su momento, los habían denunciado como extraviados o sustraídos. ¿Justicia poética por mano propia? Por el momento desconocemos el alcance de esta evidencia”.

(*)Coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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El lector de haikus

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


El martes pasó por nuestra oficina un hombre de traje, con un maletín, anteojos negros, una cicatriz en la sien y un chicle en la boca. Estábamos con Beto, Chela y Torosaurio tomando mates y comiendo magdalenas cuando, sin mayores preámbulos, se presentó:
—Soy el agente especial Joe Frank Chino. ¿Dónde puedo encontrar a Oku No Hosomichi?
—¡¿Quién?! —respondió Beto, como vocero de todos nosotros.
—El que escribe “Los haikus del tiempo” en la contratapa —aclaró Joe.
—¡Los anunnakis! Así los llama Renoldi —exclamó Chela, con una sonrisa.
—¡Renoldi es un hippie! —señaló el visitante—. Debe ser cómplice.
—¿De qué? —preguntó Beto.
—Esos haikus son una mala influencia para nuestra juventud —precisó Frank Chino.
Con la intención de que la charla no se empantanara, le dije:
—¿Señor, podría explicarnos qué necesita?
El agente apoyó su maletín sobre el escritorio de la recepción. Puso una clave y quitó la traba. Sacó un ejemplar de La Palabra de la semana pasada y leyó:
—Jueves 21 de mayo: Versos helados, / el cactus de los vientos / abre sus ojos. Se dan cuenta del peligro, ¿no? —enfatizó Joe, masajeándose la cicatriz y sin dejar de mascar el chicle.
Nos miramos desorientados durante un largo rato, hasta que me animé a lanzar:
—Perdón, señor Frank Chino, no entendemos.
—¡Así anda el mundo! ¡Brutos! ¡Mandriles! ¡Ensobrados! ¡La batalla cultural! —gritó—. Estas líneas buscan inocular una peligrosa subjetividad revolucionaria. Hablan de un mundo congelado por la presunta alienación capitalista. ¡Hay que frenar este tipo de expresiones! ¡Su objetivo es demoler occidente!
—¿Eh? —lanzó Beto, que se había distraído mirando el celular.
—Les leo otro —anunció Joe—: Lápices grises / dibujan horizontes / sobre la escarcha. ¡Clarísimo! Otro sucio intento de instalar una tensión dialéctica: la escarcha puede derretirse y el dibujo puede borrarse, pero el acto mismo de crear horizontes ya plantea una provocación. La figura de los lápices grises, como infiltrados entre los obreros, es central en la tradición trotskista, que busca crear una vanguardia a la espera de una crisis.
—Claro, claro —intervino Torosaurio, tratando de evitar que Frank Chino continuara.
—¡¡Y escuchen el tercero de la semana pasada!! —arremetió—. Ranchitos blancos, / entre troncos macizos. / Un sol a cántaros. ¡Inmoral! ¡Obsceno! ¡¿Lo ven?! Representa una realidad social donde la pobreza convive con la rebelión. Los ranchitos dejan de ser lugares pintorescos para convertirse en espacios donde habita una amenaza. ¡Entréguenme ya a Oku No Hosomichi! —vociferó al cerrar su alocución.
En medio de un clima de tensión, Torosaurio le explicó:
—No sabemos dónde vive. Él manda los haikus por email.
Joe Frank Chino sacó un sobre del maletín y lo dejó arriba del escritorio.
—Dénselo. Él va a entender —dijo y se marchó dando un portazo.
Torosaurio abrió el sobre y leyó:
—Nubes espías, / el verano dormita. / Puede llover. Firma: Su Máximo Admirador.
Salimos a la vereda para ver si lográbamos frenar al agente y hacerle algunas preguntas. Quizá podía ser un lindo personaje para las ediciones del verano. Con Torosaurio corrimos hasta la esquina de Tucumán y Deán Funes, pero ya no se veía por ningún lado.
Como los grandes poetas incomprendidos, Joe Frank Chino escribió una estela lírica en el aire y nos dejó a solas con el misterio.

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Se viene el Mundial

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Pronto arrancará la Copa Mundial de Fútbol 2026 y la selección argentina tendrá el desafío de defender la copa obtenida en Qatar 2022. En el partido inaugural se enfrentarán México y Sudáfrica, el jueves 11 de junio, en el estadio Azteca. Argentina debutará contra Argelia el martes 16 de junio, en el Kansas City Stadium.
En el anterior Mundial, Harry Toshiba —vecino de Ezeiza y amigo de Hugo Panza— recibió el Premio al Mejor Mentalista Qatar 2022 por haber vaticinado que Argentina ganaría la Copa por tercera vez. El gurú aseguró haber visto imágenes del futuro en su televisor de 20 pulgadas, un aparato de tubo gris al que, según confesó entonces a la prensa, debía hablarle “con respeto y paciencia”.
Con motivo de la llegada del Mundial 2026, volví a contactar a Harry para que me hablara de lo que vendrá. Tras algunas evasivas, aceptó, aunque con una condición: no grabarlo ni sacarle ninguna foto para mantener su rostro en el anonimato. Solo me permitió tomar apuntes. Nos reunimos una noche en Los Primos, el bar del Club Ezeiza. Para la charla trajo su vieja televisión envuelta en una tela negra, la apoyó sobre una silla y la enchufó con la ayuda de un alargue.
Pidió un café cortado y un vaso de soda.
—Desde hace un año estoy desencontrado con la tele —me dijo apenas entramos en confianza—. Como es habitual, empecé a hablarle del Mundial para que me diera data. Yo también tengo mi orgullo y quiero ganar el Premio al Mejor Mentalista 2026. Le conté que este año hay 48 selecciones y 109 partidos repartidos entre México, Canadá y Estados Unidos. Pero las respuestas son muy extrañas.
—¿Por ejemplo?
—Le pregunté cómo iba a salir Argentina en el primer partido y apareció Messi dándole la mano a Donald Trump. Le pedí que me mostrara algo de la fiesta inaugural y emergió Messi cuando visitó al Papa Francisco en 2013. Le volví a preguntar y me tiró cientos de imágenes de Messi con Maradona, con fans ignotos, con cientos de famosos, ofreciendo publicidades, dando reportajes… pero nada más.
Harry hizo una breve pausa y miró la pantalla apagada.
—Antes era distinto. En Qatar 2022 me tiró la posta enseguida. Me mostró jugadas enteras. El penal de Montiel lo vi seis meses antes. Ahora todo viene mezclado. El fútbol se le cruza con otras cosas.
—¿Con qué?
—Primero pensé que se estaba rompiendo el tubo —comentó, y le dio un golpecito al costado del aparato—. La tele me empezó a mostrar noticias del mundo. Tanques. Drones. Gente corriendo entre edificios destruidos. Bombardeos, incendios, mares desbordados. Pantallas de computadoras repletas signos. Gente discutiendo con máquinas. La tele parece obsesionada con otros temas, como si el Mundial no alcanzara para darnos un respiro.
—¿No viste nada de la selección? ¡¿En serio?!
—Algo. Vi a una inteligencia artificial con la cara de Mauro Viale llorando…
—¿De tristeza o de alegría?
—No sé. Desfilaron otros periodistas deportivos muertos hablando de distintos mundiales: José María Muñoz, Dante Panzeri, Ernesto Cherquis Bialo, Julio Ricardo, Marcelo Araujo. Y muchas veces Messi hablando a la cámara. Con una frase.
—¿Qué decía?
—“El mundo cambió”.
Durante unos segundos no dije nada. En la televisión del bar pasaban un compacto de Qatar 2022: el gol de Di María, atajadas del Dibu, los penales, Messi levantando la copa.
—¿Y entonces? —pregunté—. ¿Argentina puede ser campeón de nuevo?
Harry sonrió por primera vez en la entrevista.
—Mirá… en estos años hubo nuevas guerras, crisis, inflación, ataques a la salud y a la educación, problemas graves con el medio ambiente, máquinas que hablan, fantasmas de perros, presidentes y líderes muy raros, crueles… hay un malestar generalizado… Aun así, millones de personas en breve mirarán una pelota rodar a nivel global. Eso debe querer decir algo.
—¿Pero la tele qué dice?
El mentalista suspiró.
—Que el campeón del mundo 2026 va a salir de un país donde todavía la gente se emociona cuando sus compatriotas dan lo mejor de sí, pese a las dificultades.
La pantalla, apoyada sobre la silla, se encendió sola. Primero vimos estática. Después, una imagen borrosa con papelitos, cánticos distorsionados y la copa en alto.
Cuando la ilusión nos hacía dibujar algún rostro conocido en las retinas, la luz se cortó en todo el barrio.
En cuanto volvió, Harry Toshiba y la tele se habían esfumado.

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La palabra inquieta

Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Carlos Renoldi | #FiccionesEzeicenses


El lunes pasó por La Palabra el músico y escritor Carlos Renoldi. Lo invité a tomar un feca y le pregunté si tenía alguna anécdota para el diario.
—¡Obvio! —respondió Renoldi entre sorbo y sorbo—. Tengo una de 2010, cuando visité Disneylandia en California. Un sábado almorcé comida mexicana en el hotel y fui al parque. Me subí a una montaña rusa con Pluto, anduve en bote con el Capitán Garfio y jugué al golf con Aladín. A la tarde, el almuerzo hizo efecto y pasé un rato largo en el baño. Cuando salí, el parque había cerrado. Vagué pidiendo ayuda a los gritos y nada. ¡Un desastre! Encontré una puerta herrumbrosa y me mandé. Pasé a una sala oscura, con cables colgando del techo y disfraces de Mickey desparramados. Encontré una heladera. Pensé que quizás ahí había agua, así que abrí. ¡No sabe lo que encontré!
—¡¿Qué, Renoldi?! ¡¿Qué?! Tanto suspenso me sube la ansiedad.
—¡El cadáver congelado de Walt Disney, Torosaurio! ¡El creador de la marca Disney! ¡Y tenía las manos de Perón!
—¡¿Posta?!
—¡Mire que no voy a reconocer semejantes manos! Ahí apareció un guardia de seguridad. Me llevó a las patadas al aeropuerto y me deportó.
—¿Qué hacían las manos de Perón encajadas al cuerpo de Disney?
—Especulo que es una estrategia para crear un híbrido justicialista-cinematográfico. De ahí vienen las películas de zombis. Piense, Torosaurio: los muertos vivos constituyen un monstruo colectivo imposible de frenar. Eso remite al poder de las masas. ¡Hace décadas que Hollywood bombardea con películas peronistas! Todavía no dilucido si esos mensajes son a favor o en contra. Veremos el efecto. Quizás un día nos levantemos y el mundo sea peronista.
—¡Qué historia, Renoldi! ¿Dónde puedo leer más anécdotas suyas?
(Lo que sigue es posta, lectores. Está chequeado).
—En mi nuevo libro, Torosaurio. Se llama La palabra inquieta y reúne todos los escritos que saqué en “Esto no está chequeado”, más unos cuantos nuevos. ¡A usted le va a encantar! Cuenta con artistas invitados y un gran prólogo del reconocido conferencista Fernando Farías.
—¿Va a haber presentación?
—Más vale. Este viernes 15 de mayo acá mismo, en Tucumán 142, a las 19, acompañado por la gente de La Palabra y Patio al Sur. Sammu anunció empanadas y bebidas a precios populares. ¡Mil gracias por el feca, Torosaurio! La próxima menos fuerte, por favor.

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