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Retórica musical en el barro

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


En algún lugar de Ezeiza podemos encontrar, si escuchamos con claridad, a un maestro de música poco convencional: un enseñante retórico.
Bruno y Agustina, iniciando el camino de convertirse en guitarristas, guiados por leves susurros de la existencia casual de este maestro de música, se aliaron con una misma finalidad: encontrarlo.
Un miércoles de lluvia, por la mañana, sin saber muy bien cómo, dieron con él en el barrio La Porteña.
—¿Será acá? —preguntó Agus, preocupada por la Fender en su espalda.
—Creo que sí —le respondió Bruno, poniendo su mano derecha en forma de arco cerca de su oreja—. Las gotas lo dicen.
Ambos rieron después de ese comentario. Mientras tanto, un muchacho delgado y alto, caminando como si fuese a caerse, tiraba del mango de un portón metálico que sonaba con cada gota que caía en una nota diferente.
Indecisos, Agus y Bruno siguieron al maestro hasta el interior de una casa demasiado grande para una sola persona.
—Es por la acústica —fue su respuesta cuando intuyó la pregunta en sus invitados—. No se preocupen por el barro de sus zapatillas. Me dice de ustedes justo lo que necesito saber —concluyó.
La teoría se impartía de forma metafórica, y la práctica, de forma intuitiva. Frases como: “Toquen las notas del cantar de un gorrión saliendo de su nido después de siete días de lluvia”; “¿Qué notas componen la ducha después de dejar correr el agua siete segundos?”; “Deduzcan los tiempos percutivos idiófonos en el croar de ese sapo”; “¿Cuántos bemoles hay cuando lloramos de risa? ¿Y de dolor?”, establecían la elástica extrañeza de las clases.
Agustina y Bruno aprendieron canciones improbables, escucharon el tempo de sus nombres y abrazaron el ruido de ahogados silencios.
Intrigado, Bruno le consultó al maestro musical retórico si Agustina y él eran sus únicos estudiantes. La respuesta fue afirmativa, explicando que recibía visitas, siempre con el calzado más impoluto posible. Y, por lógica, no eran aceptados. Afirmó que el barro tiene su propia música, canciones tristes y felices, de esfuerzos y esmeros, de buenos valores, de esperanza.
—El rechinar del barro de sus zapatillas canta eso y más. ¿Cómo no voy a disfrutar de la mejor música, junto a excelentes personas, a través de la amplia acústica de mi casa?

(*)Coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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El ladrón de libros

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Por suerte, la Casa de la Cultura de Villa Golf me quedaba re cerca. Llegué temprano al taller de los lunes. Tenía que hacer pis, así que pregunté en la entrada y me indicaron dónde estaba el baño.
Justo cuando iba hacia allí, me frené de golpe. Había visto de reojo muchos libros. Muchísimos. Un chico bajito, de rulos abultados, leía sentado detrás de una mesa.
—Hola, ¿querés pasar? —me preguntó al notar que me había quedado quieto.
Entré, hipnotizado por aquella cantidad de eso que yo no tenía.
—Si sos estudiante de algún taller —dijo el chico, sin levantar demasiado la vista de su lectura—, podés llevarte dos libros y traerlos cuando termines de leerlos.
¿Traerlos de vuelta?
Miré los estantes. Eran demasiado lindos para devolverlos.
El chico volvió a concentrarse en su libro. Yo me quedé observando las repisas y empecé a calcular. Al cabo de unos minutos ya tenía elegidos cinco ejemplares: uno por su tamaño, dos por las ilustraciones, otro porque parecía nuevo y el último porque parecía muy viejo.
Fui sacando y poniendo, moviendo y desordenando. El truco estaba en el caos.
Cuando estuve seguro de que nadie me observaba, me di vuelta y salí caminando con torpeza. Llevaba los libros escondidos entre la ropa.
—Tengo que ir al baño —mentí.
En lugar de volver, me fui a mi casa. Le dije a mi mamá que la clase se había suspendido y me encerré en mi habitación a contemplar mi botín.
No sabía si iba a leerlos. Nunca había sido un gran lector.
Volví a esa biblioteca.
Y después volví otra vez.
Más de una vez repetí la misma rutina.
Ese año pasé de tener cero libros a tener veinticuatro.
Empecé a leerlos. Descubrí que me gustaban. Después conocí bibliotecas más grandes, más amplias, con mejores catálogos. Al terminar la secundaria ya tenía cuatrocientos quince libros.
Con el tiempo me volví más selectivo. Dejé de elegir por el tamaño o por las tapas. Aprendí a buscar autores, editoriales y traducciones.
De adulto, viviendo solo en un departamento alquilado, rodeado de libros y algunos vicios, encontré en ellos mi razón de ser. Aquello que de chico no había sabido comprender.

***

Radio 10 informa: Tras el misterioso fallecimiento del famoso crítico literario argentino, galardonado fuera y dentro del país, la rueda de prensa ha dado a conocer parte del peritaje realizado en el último domicilio conocido del occiso, ubicado en la provincia de Buenos Aires: “En el departamento de la víctima hemos encontrado doce mil quinientos ochenta y tres libros catalogados por distintas bibliotecas públicas y privadas que, en su momento, los habían denunciado como extraviados o sustraídos. ¿Justicia poética por mano propia? Por el momento desconocemos el alcance de esta evidencia”.

(*)Coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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La puerta muerta

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Con veintitantos años y recién graduado, Kevin estaba comenzando su carrera laboral con grandes expectativas y excelentes promedios. Tenía una buena familia y una vida social activa. Era querido por todos y contaba con un amplio círculo de amigos. No había nada fuera de lo convencional o cercano a lo trágico, y no había presión alguna sobre su vida. Sin embargo, Kevin no era feliz, aunque no sabía el porqué ni cómo poner su desazón en palabras, dentro de un marco teórico que coincidiera con la lógica y la razón.
Aguardó unos cinco minutos a su pareja, Delfina, en la entrada del Club Tristán Suárez. Ella los había anotado a ambos para hacer natación. Después de saludar a varias personas, sonriendo para guardar las apariencias, entró a los baños para prepararse. Aprovechó el ruido del agua de la ducha y la intimidad para llorar. Al salir, vio a un señor mayor.
—Buenos días, joven, no se ve usted muy bien —dijo el anciano sin mirarlo.
—Hola, el agua está un poco fría, tenga cuidado —respondió Kevin en automático, mientras se refregaba la cara más de lo necesario con su toalla para disimular los ojos hinchados.
—Gracias por el aviso. No voy a usarla. Me preparo para entrar en la puerta muerta.
Kevin se quedó parado, observando al anciano, quien señaló hacia el fondo. Desgastada, sin manija y con mucho óxido, la última puerta evidenciaba no haberse usado ni reparado por mucho tiempo.
El anciano se puso de pie y caminó a pasos lentos. Antes de cruzar la desusada entrada, dijo:
—Estaba esperando que salieras. Para que funcione, alguien más tiene que saber sobre su existencia. No duele. No hay regreso, es como ir a dormir.
Sin entender del todo lo que sucedía, Kevin se quedó curioso. Fue hasta la puerta y, al abrirla, no había nada: solo un cuartito vacío sin puertas ni ventanas. Aceptando lo que sugería la situación, Kevin pensó que no estaría mal terminar con su inexplicable sufrimiento y toda su gran mentira. “No duele” quedó como un eco en el húmedo baño del natatorio. “Para que funcione, alguien más tiene que saber sobre su existencia”.
Acompañado por un lúgubre silencio interrumpido por tímidas gotas rompiéndose en el suelo, Kevin volvió a sentarse en los bancos del vestuario.
Esperando.

(*)Coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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Leer sin receta médica

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Once de la mañana en la rampa del teatro municipal. Julio es el primero en arribar. Un suave vapor se dibuja en su cara al respirar. Valentín y Theo llegan juntos, hablando por lo bajo.
—¿Qué onda? ¿Hace mucho que llegaste? —pregunta Theo, guardando sus auriculares en el morral.
—Unos quince minutos —responde Julio—. Estoy revisando la lista.
—Bueno, vamos antes de que suban los precios —dice Valentín, sonriendo exageradamente.
Los tres se han reincorporado al Taller de Escritura y Literatura Municipal y se enteraron de que el profesor ahora toma exámenes difíciles. Para estas fechas, ofrece una lista de cinco escritores locales (amigos de la biblioteca del taller), e indica que deben leer, al menos, un libro de cada uno de ellos. Voces actuales y vecinales registradas en prosa literaria con sus matices socioculturales se llama el apéndice del nuevo módulo por el cual se rige el taller.
Cruzan la calle. Entran en la Farmacia Punto de Salud, ubicada en Avellaneda 74. No tardan mucho en salir y dirigirse a la comodidad del anfiteatro. El sol empieza a calentar el ambiente. Se sientan; llevan dos bolsas blancas con cajitas de diferentes tamaños y las estudian minuciosamente.
—Yo tengo El vuelo del gorrión, de Cintia Delgado —comenta Theo, sacando la caja más grande de todas, con sesenta pastillas—. Efectos secundarios: pérdida de memoria y heredar una fortuna.
—Interesante —le responde Julio, mientras inspecciona la única cajita completamente negra del montón—. Antes de la oscuridad, de Max Ribeiro. Efectos adversos posibles: insomnio y éxito al escribir guiones de televisión.
—Miren, acá hay hongos fluorescentes —dice Valentín, muy emocionado—. Darken, bajo sombras y cenizas, de Noelia Salcedo. Parece que te ayuda a controlar la ansiedad cuando no hay luz.
Theo saca otra caja, celeste y delgada. Sonríe y comenta:
—Bancá. Yo quiero empezar con El pis necesita marketing, de Lucas Barreña. Efecto secundario: ir al baño con mayor frecuencia y sobrepensar con voz mental cada cosa minúscula que hacemos, riéndonos de ello.
Julio saca el equipo de mate, mientras Valentín extrae de la bolsa blanca la última cajita.
—El secreto de Aramí, de Miguel Eduardo Salvatierra. Efectos: tener una conexión mística con personas del pasado, posible delirio y coimetrofobia.
Risas de por medio, comienzan a compartir historias. Tienen todo lo necesario: mates, un sol suave y la certeza de que, no importa cómo, leer es genial.

(*)Coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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La música de la lluvia

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses




Hace unos veinte años, un joven estudiante del Instituto Cultural Tristán Suárez recibió, a modo de préstamo, una guitarra criolla: un instrumento bastante viejo, de sonido metálico y enlatado, y de muy mal aspecto. A Esteban siempre le había fascinado la música, y fue en su adolescencia cuando, además de escuchar los géneros más variados, también se propuso interpretarlos. Un amigo suyo fue el hacedor del préstamo, en un acto cargado de confianza y esperanza.
Esteban aprovechó cada momento disponible para aprender: endureció las yemas de sus dedos, incorporó la matemática del tempo y sufrió con las primeras cejillas del dedo índice de su mano izquierda. Unos meses después, un día de lluvia, devolvió la guitarra a su amigo con la noticia de que ya tenía una propia encargada. Su primera guitarra —acústica, azul y liviana como una nube— lo cambió todo.
La música y Esteban se convirtieron en parte de lo mismo. Muchos instrumentos surgieron después de las guitarras: teclado, bajo, charango, ukelele. Incluso, Esteban comenzó a cantar.
Así fue creciendo una pintura de sí mismo, donde se veía teniendo su propio estudio: una habitación que, viviera donde viviera, estuviese dedicada a los instrumentos y a las canciones.
En la actualidad, el departamento en el que Esteban reside tiene, en efecto, dos habitaciones. Una la había pensado para su pasión artística, pero la realidad y los menesteres de la vida adulta pusieron difícil este sueño.
Pese a que la meta parecía truncarse, se lo podía ver a Esteban en el pequeño balcón de la habitación extra, durante las tardes de tormenta, con su guitarra acústica azul, acompañando la lluvia con afinados acordes, a la espera de algo.
Desde hace poco sabemos que no se trataba de algo, sino de alguien. En dicha pieza ahora duerme su hijo, ajeno a lo vivido por Esteban en la adolescencia, pero esencial para el presente. Hoy, durante las precipitaciones, se los puede ver en el balcón, escuchando juntos la música de la lluvia.

(*)Concurre al Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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Crónicas de Nadie

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Se levantó, haciendo crujir sus huesos. El mendigo se subió el cinto y decidió seguir caminando toda la noche.
Atravesando la entrada del Paseo La Trocha, distinguió el débil resplandor de un fuego oculto en un pozo. Había un puñado de gente acurrucada alrededor de una olla.
—Hola, ¿por qué pasás de largo tan silenciosamente? ¿Quién sos? —preguntó una voz joven.
—Nadie —contestó el viajero—. Solo un mendigo.
—No es seguro andar solo a estas horas —replicó la voz—. Aquí hay sitio para descansar, si aceptás.
Era una noche sin luna. El anciano tardó en distinguir la figura del muchacho, quien, acercándose, lo miró a la cara y agregó:
—¿Puedo ofrecerte algo para tomar?
—Un poco de agua, si les sobra.
—Tenemos vino.
Hacía mucho tiempo que el viejo no probaba vino, y sabía que no era lo mejor para el estómago vacío.
—Agradezco el ofrecimiento. Prefiero agua.
—Un poco de agua primero y vino después —insistió el joven, y llevó al mendigo hasta un barril.
El viajero se agachó y bebió casi con desesperación. El frescor y la dulzura del agua lo revitalizaron.
—Se nota que llevás tiempo en la calle. ¿Cómo te llamás?
El mendigo volvió a sorprenderse. Hacía años que no le preguntaban su nombre. Tanto, que tuvo que pensarlo.
—Nadie —contestó por fin.
—Yo me llamo Ariel —respondió el anfitrión, acercando al anciano al fuego—. Ellas son Reina, Ivonn y Jacqueline. Ellos: Federico, Carlos, Daniela, Dolores y Fernando.
Ariel le sirvió vino a Nadie en un vaso de lata. Después le dio un plato con un porción de arroz. Era una comida sencilla y no había mucha cantidad, pero a Nadie le pareció un banquete. Fue demasiado para el mendigo: las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas y se perdieron en su desprolija barba blanca.
Ariel lo vio y se apresuró a preguntar:
—¿Qué te sucede?
—Soy un idiota —dijo Nadie, como si hablara para sí mismo—. Hacía mucho tiempo que no se portaban tan bien conmigo.
Ariel sonrió y le puso una mano en el hombro.
—No tengo nada que darles —murmuró el anciano.
El anfitrión ensanchó la sonrisa y le dijo:
—Somos un grupo especial. Lo que más valoramos nosotros es una cosa que todo el mundo posee.
El hombre vio que las caras que había alrededor del fuego alzaban los ojos para mirarlo, expectantes.
—Queremos escuchar tu historia —anunció Ariel.
La visita empezó a hablar. En el relato había amor, felicidad, decepciones, dolor, anécdotas. Al terminar, todos se quedaron mudos, mirándose unos a otros. Cuando amanecía, para ellos y para sí mismo, Nadie se había convertido en Alguien.

(*)Concurre al Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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Habla un libro

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses

Qué irónica es la vida… Usa bastón, pero anda en bicicleta. Esa frase quedó retumbando en mi memoria como un ruido molesto e incesante. Me hizo pensar en cuántas inconsistencias dentro de nociones lógicas nos rodean y forman parte de la realidad. ¿Debería ser un impedimento humano el poder darle tracción a un mecanismo rotatorio si, para mantener cierto equilibrio o estabilidad, hace falta un suplemento constituido de rígida madera?
Suelo hacerme muchas preguntas constantemente. Tal vez se relacione con que soy un libro filosófico que explora la historia de la metafísica. Esa puede ser una posible respuesta a tantos interrogantes persistentes. También puedo atribuirle esto a mi nuevo hogar: desde hace un par de meses resido en la Biblioteca El Arte de Leer, en la Casa de la Cultura, en Villa Golf. Me alojo en una pequeña habitación de cuatro paredes, con repisas repletas de ejemplares escolares, infantiles, académicos y ficcionales, muchos más antiguos que la misma Municipalidad de Ezeiza. Todos convivimos perfectamente, siendo funcionales a nuestra esencia. En largos momentos en que no somos leídos, conversamos e intercambiamos ideas, vivencias y dudas. Son las mejores ocasiones para hacernos preguntas.
El discurso tragicómico de la persona que nos trajo aquí influenció la pregunta con la que inicié la conversación que tengo ahora con ustedes. Su discurso, comúnmente, suele detenerse en historias o eventos inusuales que aparecen dentro de ciertas estructuras. Al ser mi deber romper con constructos humanos (que se refieren a hechos infrecuentes como andar en bici normalmente mientras se hace uso de un bastón al descender de ella), no dudé en apropiarme del interrogante que le surgió a un transeúnte (cuando estábamos en un semáforo) al ver al joven creador de nuestra casa.
La conclusión a la que advierto llegar no es para nada una respuesta como tal. Más bien, es la posibilidad de preguntar y repreguntar constantemente, siendo fiel a mí mismo. De este modo seguiré siendo un símbolo de la posibilidad mientras sigan surgiendo situaciones atípicas dentro de la lógica humana.

(*) Coordinador del Taller de Escritura y Literatura (Adultos) de la Municipalidad de Ezeiza.

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La máquina holística

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


En la peatonal de Ezeiza, donde hace algunos años funcionaba el bar Kibón, se encuentra un punto de encuentro clave para casi todas las transacciones realizadas por internet en la zona. Lugar público, fácil de ubicar y parte del recorrido que muchos hacen a diario.
Hace unos días, a Ezequiel Pelliza Goicochea, profesor de secundaria, un estudiante le pasó el dato de un conocido de su hermano, quien ofrecía una máquina de escribir muy barata y bastante rara. La compra le resultaba muy atractiva para venderla después más cara.
El nombre del vendedor, David Balcarce, le resultaba algo conocido a Ezequiel. Con más de diez años de docencia, ese nombre podría pertenecer a muchísimas personas. Sin perder tiempo concretaron una cita en la peatonal, un jueves por la mañana.
Mientras caminaba despacio por llegar quince minutos antes, Ezequiel reflexionaba sobre lo que le había comentado su estudiante: “La máquina de escribir del tal Balcarce es holística”. Conocía el concepto por su preparación docente y por ser mencionado en el programa de radio “La venganza será terrible”, donde sintetizaron su sentido con la frase: “Un sistema es mucho más que la suma de las partes”. Nada de eso interfería en su interés por la máquina, todo se resumía en el costo y el nombre del vendedor, quien llegó puntual y muy bien vestido, mal afeitado y con unas ojeras muy marcadas.
Mientras Ezequiel revisaba la máquina (la cual estaba inmaculada tanto en el color negro mate como en la cinta y las teclas), Balcarce le comentaba que el mismo modelo fue usado por escritores como Hesse para El lobo estepario, Dolina para Crónicas del Ángel Gris o Mishima para El color prohibido.
—Ella va escribir las novelas que nunca concretaste.
De todo el discurso de venta, la mención de Dolina fue lo único que le quedó a Ezequiel, suficiente para realizar la compra.
Ya en su casa, haciendo espacio en la biblioteca de la sala para poner la máquina de escribir, captó con su vista periférica el libro Antes de la oscuridad, de Max Ribeiro, escritor de Ezeiza, amigo suyo de la infancia. Descripciones literarias creadas por Max aparecieron en su cabeza. Luego surgió el nombre del personaje de la novela, acompañado por una fuerte punzada en su frente: David Balcarce.

(*) Coordinador del Taller de Escritura y Literatura (Adultos) de la Municipalidad de Ezeiza.

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El pescador de no lectores

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #ficcionesezeicenses


Es imposible imaginar una institución escolar sin algún mito impregnado en sus paredes, pasillos, pupitres o pizarrones. La Escuela Primaria N° 2 Canale de Tristán Suarez se destaca por ser cuna de muchas historias. Una se relaciona con el nacimiento de un método: la pesca de los no lectores, arte propio de las prácticas del lenguaje, también aplicado a otras materias en distintos niveles.
Se dice que el primer docente en hacer ejercicio de esta herramienta didáctica fue Rosaberto Sarllán, personaje multifacético entre la enseñanza y la dirección, “un nómada curricular”, para quienes entienden. Es difícil definir las materias impartidas por Rosaberto. Tampoco se sabe con certeza si fue maestro, profesor, preceptor o inspector. Según la historia oficial, fue un poco de todo en distintos momentos.
Lo que queda claro es la rareza del método aplicado sutilmente por fuera de la currícula. Las reglas son las siguientes: el aula se observa como un lago, si es de agua limpia o turbulenta dependerá del comportamiento del estudiantado. Con paciencia, el docente debe observar el habla circundante, acumular información sobre el entorno de los hablantes, sus posibilidades, las zonas de entretenimiento y de recolección informativa. Habiendo elegido un material de lectura adecuado para cada situación, se deja a flote una boya simbólica y se espera. Al momento de la evaluación con toda la información adquirida y el estudio del comportamiento, resulta muy fácil distinguir entre quienes realmente fluyeron en la lectura y quienes, por el contrario, buscaron torpemente evitar la dura tarea. En esas respuestas cargadas de artilugios memorísticos, conversaciones breves con los que sí leyeron, e incluso quienes se aventuraron en El rincón del vago para buscar resúmenes de los libros, resulta una pesca exitosa.
Inspirado por colegas docentes como Cristina Ruiz, Mabel Albondanza, Gustavo Skatecki, César Miralia y su música, Rosaberto pudo pescar a gusto.
Sería interesante encontrar una variable contemporánea del método, en relación con el uso del ChatGPT y cualquier forma de evitar el anzuelo del pescador de no lectores. Pero esa ya es otra historia.

(*) Coordinador del Taller de Escritura y Literatura (Adultos) de la Municipalidad de Ezeiza.

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El micrófono metafísico

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #ficcionesezeicenses


Los eventos literarios, al igual que cualquier movimiento artístico, tienen actividades únicas, propias de sí, parte de su identidad. 
Los micrófonos abiertos son una de esas actividades innatas del universo literario, casi siempre como cierre o intermedio luego de alguna charla o presentación, que propone una exposición de escritos breves leídos al público presente, sin ningún tipo de devolución inmediata. 
Recientemente se llevó a cabo en Ezeiza el primer Festival Contarte, organizado por la Biblioteca Pública Alfonsina Storni. Como cierre de los dos días del evento, se realizaron extraños micrófonos abiertos, con lecturas estéticas, rítmicas, sensibles, políticas, entre otras formas. 
Lo peculiar tiene que ver con su realización tangible. El establecimiento cuenta con las herramientas básicas para dicha actividad: un parlante, un cable auxiliar, un micrófono y un pie. Por alguna coincidencia mística, todos los elementos se encontraron previo a la organización, excepto el elemento principal. 
Para los organizadores, este hecho desafortunado no se interpuso entre sus intenciones, y propusieron, de todas formas, realizar un micrófono abierto sin micrófono, con todos los elementos técnicos en sus lugares y reemplazando uno de ellos por fuerza colectiva: una energía metafórica tan fuerte que superó las expectativas de las nociones más propias de la literatura viva. 
De este modo se constituyó el primer micrófono metafísico en Ezeiza, un acontecimiento extraído de algún mundo surrealista al alcance de la mano, donde las voces que surgieron todavía resuenan en las paredes de la Biblioteca Storni, susurros vibrantes en los ventanales, aplausos frenéticos pueden sentirse en las ramas del viejo árbol a la mitad del patio. Incluso, y rompiendo muchas reglas físicas y temporales, si se presta muchísima atención, pueden encontrarse adentro de los libros voces de las personas que los leyeron alguna vez.

(*)Dicta un Taller de Escritura en la Biblioteca Storni. 11-3002-9540.

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El mundo onírico de la Biblio Storni

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #ficcionesezeicenses


Desde las cuatro de la tarde llueve impetuosamente, es verdad que me apasionan los regresos a casa en mi bicicleta acompañado de una suave llovizna. Ahora, con fuertes vientos fríos que sacuden un continuo manantial de millares de gotas descendentes a altas horas de la madrugada, me genera preocupación. Preocupación intensa y penetrante, como una voz susurrante portadora de todos los males posibles resultantes de una fuerte tormenta. 
No logro conciliar el sueño, se aleja de mí con cada gota destruyéndose en el techo, ni la oscuridad ni el calor de la compañía logran refugiarme de mis pésimos pensamientos, la mayoría centrados en la Biblioteca. Hace algunos días pude familiarizarme con uno de mis sitios favoritos, la Biblioteca Alfonsina Storni, histórica de Ezeiza, ahora reubicada en la esquina de Laprida y Liniers. Un nuevo hogar con nuevos desafíos, un nuevo edificio con su historia, sus formas, sus problemas. En el recinto áulico del nuevo establecimiento, donde se guardan la mayoría de los libros de ficción, pensado como lugar de lecturas y sueños, un resguardo del mundo real, bautizado como el mundo onírico de la Biblioteca Storni. Se guardan también algunos problemas estructurales que derivan en la peor de las consecuencias para un espacio de dichas características. Agua y humedad. Cada día de lluvia es una lotería en donde esos libros y sus universos posibles corren peligro. 
En esto se entretienen mis pensamientos, esta inquietud mantiene mis ojos abiertos, ojos cansados y enrojecidos. Con cada relámpago, la línea caótica de posibilidades se tuerce más y más, guiándome por el mundo onírico de la Storni, viendo detenidamente cada libro, como si fuese la última vez que alguien los ve; autores olvidados, libros tan o más viejos que el mismo municipio, tesoros del arte literario en completo riesgo, gota a gota. El miedo, el frío y el tiempo me abruman, ahogándome en el insomnio profundo más doloroso, sin ninguna salida aparente. 
Un rayo que lo ilumina todo cae muy cerca, y el ruido es tan devastador que me despierta. 

(*)Brinda un Taller de Escritura Creativa y una Clínica de Obra en la Biblioteca Storni. Consultas: 11-3002-9540. 

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De Tristán Suárez a Japón

Por Nómada Eme(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #ficcionesezeicenses


Cuántas personas en la historia, en el tiempo de los seres humanos, pueden afirmar con toda certeza haber cumplido su más ferviente sueño, ese deseo rebosante de anhelo atosigado y ambición desmedida.
Esta es la historia de Emanuel, un joven común y corriente, nacido en Tristán Suárez, descendiente de inmigrantes, laburante y excelente persona. Ema desde joven se destacó por ser entusiasta, estudioso y metódico. Nos conocimos de adolescentes con algún que otro cruce previo, teniendo en común tres grandes campos: tocar el mismo instrumento musical (somos valientes adeptos del violín); el ciclismo de ruta (todo lo que sé en relación a las bicis, su mantenimiento y cuidado, posturas, recorridos, es conocimiento que vino de él); y por último: Japón. 
En términos coloquiales, Emanuel es un otaku, una persona fanática de la cultura japonesa. Ama su idioma, comidas, literatura, religión, etcétera. 
Una tarde de hace algunos años, mientras lavábamos las bicis, Ema me contó que quería irse a vivir a Japón. De inmediato se puso a estudiar el idioma de forma institucional. Ahorró hasta el último centavo. Vendió cada cosa convertida en objeto sin uso para concretar su aparente partida. 
Tenía un discurso desquiciado. Casi nadie lo tomaba en serio. ¿Quién podía pensar que afrontaría el costo de ir hasta allá y superaría los mecanismos necesarios para establecerse y acostumbrarse a ese reinicio total y completo? “Es un capricho, un sueño de otaku”, pensaba mucha gente a su alrededor. 
Contra todo pronóstico y cualquier ecuación teórica caótica, Ema lo consiguió y ya lleva dos años y algunos yenes viviendo en Ueda, en la prefectura de Nagano, comiendo con palitos, pedaleando con su bici cerca del monte Fuji, inclinando su cabeza cada vez que saluda, tomando cerveza de arroz, hablando con su inodoro, entre otras exóticas costumbres.  
De mi amigo Emanuel aprendí varias cosas. Hay una que, por lejos, es la central: si tengo un sueño (una visión del futuro que quiero) y este se ve completamente difuso e irrealizable, debo esforzarme en volverlo real. Es clave no perder esa perspectiva ni esa seguridad que motivarán cada paso hasta lograr alcanzar eso tan esperado. Es algo muy parecido a mi yo de hace unos años, queriendo escribir cuentos y relatos en un diario. 

(*)Seudónimo de Marco Millán, coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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PODCAST LITERARIO | El temblor de las palabras


Marco Millán, coordinador del taller municipal de Escritura y Literatura, comenzó el podcast literario “El temblor de las palabras”, junto a Theo, Valentín y Julio. Algunos de los capítulos (que ya pueden oírse online en el canal de YouTube de Marco Millán) están dedicados a “Los personajes (I y II)”, “Ciencia ficción” y “Esto no está chequeado (sección de La Palabra de Ezeiza)”. Compartimos el episodio donde Marco, Theo, Valentín y Julio cuentan cómo nació la relación del taller con la sección de La Palabra de Ezeiza, reflexionan sobre lo que significa escribir para un periódico de información general y leen algunos de los textos escritos para ese segmento.

 

Los colores no tienen gérmenes

Por Nómada Eme(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Desde hace algunos días, el inesperado comportamiento de una pequeña ha comenzado a propagarse al resto de sus compañeros durante los recreos en el Jardín de Infantes Nº 902 Almafuerte, de Tristán Suárez.
Tenemos indicios de que en el patio, dentro de un gran zapato de fibra de vidrio, se está gestando una nueva rama de la filosofía: la retórica infantilística. Se trata de una derivación del modelo discursivo de Aristóteles, en el que una idea es disfrazada en cierta confusión lingüística, para limitar la cantidad de subjetivaciones propias del mundo adulto. Francesca Millán es la fundante y tiene la meta de unir Ezeiza con otros distritos vecinos. 
Por la tarde, entre lunes y miércoles, Fran y un variado grupo de infantes ingresan al zapato a discutir y debatir sobre algún tema en particular, cotidiano, onírico, metafísico, etcétera. Increíblemente, dichos infantes cargan en sus mentes con el conocimiento de referentes como Nietzsche, Schopenhauer, Preciado, Derrida o Segato.
Francesca explora sobre ellos en la biblioteca de su tío, aunque algunas veces tiene que pedirle a su hermano que le alcance algún libro en particular. Los ensayos académicos son los que están en la parte más alta de la biblioteca. 
Toda esta descripción es, en principio, una suposición. Fueron varias las señales que me llevaron a dicha hipótesis, formas en la lectura de Francesca sobre material alfabético, estructuras de comportamiento no-aleatorias, y como base una frase que quedará marcada en la historia de la retórica infantilística: “Los colores no tienen gérmenes”. 
Para una mente adulta, el término “germen” es un error discursivo por intentar decir “género”. Pero, acaso, puede significar que el género, como una construcción social (visto desde una perspectiva crítica), sea un conjunto de virus o bacterias que pueden causar enfermedades. Transportando el aspecto biológico al psicológico, intercambiando la salud física por la salud mental, la frase “los colores no tienen gérmenes” posee sentido. 
Después de este enfoque, llego a una sola conclusión: esta nueva corriente filosófica, gestada en las infancias, sólo puede tener un resultado. Revolución.

(*)Seudónimo de Marco Millán, coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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Entre hormigas y nubes

Por Nómada Eme(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Todo tiene que hacerse lo antes posible, el modo apresurado de empezar-hacer-terminar nuestras actividades es insaciable. La reflexión se me presentó en una situación de espera. Me encontraba en uno de mis lugares y momentos favoritos, un día fresco de octubre, a las cuatro de la tarde, en el Parque Los Álamos, con uno o dos libros a mano. 
Aun con todo ese conjunto y sus posibilidades, la lectura no surgió. Me perdí observando a un grupo de hormigas negras. Las envidiaba. Estaban fuera de la noción humana del tiempo, mandatos sociales, la ética. Obviamente son ajenas a la metafísica del amor, el arte y la duda, pero ahí radicaba mi juicio: ¿Valdrá la pena?
La respuesta tal vez estaba ahí: entre los bancos de colores, el pasto de un amigable verde, las sombras de los árboles, hormigas llevando trozos de hojas, otras explorando, marcando el camino del resto de sus hermanas, todo en completo equilibrio con acciones que, a simple vista, se ven desordenadas, pero, desde otra perspectiva, representan un completo orden socio-natural.
Tuve que alzar la mirada para desprenderme de eso que no se ve hasta que lo ves. Y me topé con un paisaje completamente distinto y parcialmente similar: las nubes. Con suavidad de desplazamiento, dibujos cambiantes, juego entre el blanco y el gris, esas nubes me llevaron a un hilo de pensamiento bastante similar al de las hormigas, aunque mucho más abrumador. No tienen ninguna característica social cultural o natural a la cual responder, toman la forma que quieran, bajan a la tierra cuando el momento llega y vuelven a formarse cíclicamente. Creí envidiarlas del mismo modo.
Volviendo la vista a uno de los libros, me di cuenta de lo trascendente de mis posibilidades. Este mismo escrito es producto de eso: una potencial respuesta dentro de la condición humana que estimula, invita, motiva. Lo valioso de no perder la comparativa, la contemplación y la duda —el movimiento en la quietud—, fue la conclusión que me llevé conmigo ese día fresco de octubre, a las cuatro de la tarde, en el Parque Los Álamos, entre hormigas y nubes.

(*)Seudónimo de Marco Millán, coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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Inmortalidad en las palabras

Por Nómada Eme(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


El color negro es un muy buen aliado de los ciclistas, sobre todo en las mañanas frías e intensas de junio. Así pedaleaba, todo de negro, incluso la bicicleta estaba bañada de este color tan sobrio. Me dirigía al hogar de mi pareja, cortando paso por los bordes del Cementerio Municipal de Ezeiza, donde abruma la solemnidad, sin semáforos, tráfico, o cualquier vestigio demasiado urbano, demasiado humano en realidad.
En el punto medio del recorrido me encontré reflexionando, mientras el viento hacía bailar cientos de semillas de flores silvestres, que acompañaron mi visión hacia las verdes tumbas, tan contrarias a mi vestimenta. Al contemplarlas, sistemáticamente ordenadas, comencé a pensar en el tiempo, en las personas, en los propósitos, en los mandatos, en los cambios, en lo que es y lo que fue. Cada pedaleada añadía algo más al hilo de pensamiento. ¿Cuánto falta para que mi cuerpo termine en este lugar? Era una pregunta que casi había olvidado, reemplazada por alguna distracción rutinaria, eso que hacemos para justificar que estemos siendo algo que existe.
El silencio del lugar, interrumpido por la cadena de mi bicicleta, fue abrazado por mi sentencia. Sería totalmente ingenuo buscar algún tipo de respuesta dentro de mí que no sea la lógica y racional: sé con toda certeza que en algún momento, tarde o temprano, ahí voy a estar. Y al mismo tiempo, en ningún lugar.
Quizás estas palabras sean lo único que quede de mi ser, junto con lo que escriba, con todo lo que se convierta en algo propio, la esencia simbólica, mi alma alfabética codificada en cuentos, en universos que surjan de mis pensamientos.
Cada vez que mis palabras se lean —en algún posible libro, en los borradores que ya comencé a archivar, en algún cuadro de un familiar, en este mismo momento mientras ojeás este cuento, envolviendo huevos de algún almacén, o con el papel a punto de ser consumido por el fuego del domingo—, existirán entonces como algo vivo, al menos hasta que termine, además de mí, todo lo demás.

(*)Seudónimo de Marco Millán, coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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Números en las sombras

Por Nómada Eme(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Recuerdo cuando mi profesor de Escritura y Literatura leyó en clase un cuento de Haruki Murakami llamado “El pueblo de los gatos”. Estaba totalmente fascinado con el mundo gatuno fantástico. ¿Qué diría él ahora? También me viene a la mente la novela Soy un gato de Natsume Soseki, que cuenta la historia de un gato hablante conviviendo con un docente de clase media. 
La visión asiática (considerando a Egipto dentro de Asia) de los felinos domésticos es por lejos la más acertada, tanto como guardianes del más allá, o como fieles mascotas totalmente humanizadas. En ambos casos se plantea el mundo con gatos pensantes, ocurrentes, sintientes. 
Mi gato Kurai tiene todas esas características, sobre todo ahora que la sociedad mutó. Hoy se cumplen cuatro años desde la creación de S.O.I.D (Sistema Ontológico Inteligente Diferencial), o, como se lo llamaba en su momento, “dios reverso”. Se trata de una inteligencia artificial programada para crear un mapa único de probabilidades, dejando obsoleta la Teoría del Caos. 
Ningún ser humano, ni siquiera sus creadores de la Universidad de Ezeiza, pudieron prevenir la cantidad de cambios que esta tecnología traería. 
Les uniques en pie somos aquelles que nunca terminamos de encajar en su ecuación binaria, donde los negros y blancos, el bien y el mal, el amor y el odio, los hombres y las mujeres, debían dejar de existir. 
Cada vez hay menos matices. Kurai sigue conmigo y es a quien más amo en el mundo. Él, al igual que los gatos para Murakami o Soseki, guarda en su sombra a todas esas personas que ya no están, esas personas binarias, calculadas, numeradas, que quedaron atrás desde la puesta en marcha del SOID. 
Soy consciente de que sin el amor y sin el odio de Kurai, sin sus estructuras y contradicciones, yo nunca podría haber sobrevivido.

(*)Seudónimo de Marco Millán, coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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Un viaje en el omniverso

Por Nómada Eme(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Seguro llego. Uso la bici para todo. Fui a lugares donde nunca pensé ir, en la distancia o por la zona. Todo ese entrenamiento tiene que servir para algo. Voy con una bici de ruta, aun con mi delantal de maestro, incómodo para pedalear. Por suerte para mí, las calles de El Trébol son cómodas y relativamente vacías. En quince minutos tengo que estar ahí. 
Llego bastante sudado pero lo puedo disimular con desodorante. Mientras encadeno mi bicicleta a un poste, noto que la rueda de adelante pierde aire. Bastante. Por suerte tengo una cámara de repuesto, muy útil en las bicis de ruta. Solamente tengo que cambiarla. La eficiencia está de mi lado, aunque pierdo la tuerca de la cámara en un hormiguero, al que tengo que rociar con el desodorante para desarmarlo, y después mato hormigas que se me suben al brazo izquierdo.
Sacudo el polvo de mi morral cuando veo tirado dentro de un cesto de basura una tostadora. Si creen que es la tostadora la que llama mi atención, déjenme decirles que no es así. Varios tubos vidriosos y de colores salen de uno de los lados, acompañan circuitos expuestos y complejos. 
Parece que alguien intentó arreglarla sin ningún manual. Me acerco para ver más en detalle el entramado de cables y colores. El botón de encendido parpadea, tiene una luz roja que me incita a tocarlo, como un guiño permisivo e hipnótico, tan funcional que olvido el motivo del viaje y sólo pienso en apretarlo. Aprieto. 
En un instante siento que floto, caigo, me expando, me ahogo. Escucho los ruidos de electrones y protones instantáneamente chocando entre sí. Veo colores que conocía y otros que no, solos y todos juntos. 
Al volver a cierta normalidad, me aterro al ver la forma en la que regreso. Soy una hormiga, una insignificante hormiga roja cuestionablemente inteligente.
El horror continúa cuando me noto junto a otras hormigas, en el brazo izquierdo de mi yo del pasado, momentos antes de ser aplastado. 

(*)Seudónimo de Marco Millán, coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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El amor humanizado

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Daiana me gusta muchísimo. La conozco desde salita rosa: con sus rulos brillantes, su diente torcido y tierno, sus lunares chiquititos que no se ven si hay mucho sol. Todavía no me animo a declararme, somos como familia. Hoy le tengo que cuidar a su hijo. Bueno, a su mascota. Un gato. Pensaba en escribirle una carta a Daiana y dársela cuando regrese a buscar a su hijo gatuno, prueba de mis sentimientos ocultos delicadamente disimulados.
—Pescado no, hígado sí, agua fresca todo el día y que por lo que más quieras no salga solo —me dice pasándome el felino. Qué lindo es ver sus labios moverse de forma tan caótica y asimétrica.
—Sí, sí —digo sosteniendo con dificultad al abultado y andrajoso gato. Las mascotas nos proporcionan una sensación de bienestar emocional a través del amor incondicional que brindan. Son una gran compañía y consuelo para las personas que viven solas, como Daiana. Me resulta totalmente válido el concepto de sentimientos en los animales, tienen circuitos y estructuras neurológicas que generan conciencia, aunque a los humanos nos cueste interpretar lo que sienten.
Daiana me saluda y se aleja. La miro atontado, sacando fotografías mentales. De la nada escucho:
—Bueno, todo muy lindo, bastante empalagoso y totalmente cliché. Me voy. No los soporto, no la soporto más.
Tardo en entender, en notar lo que acaba de pasar, en identificar quién fue el interlocutor. Bajo la mirada. El desprolijo gato me araña con desgano.
—Dale, soltame que tengo que hacer del dos. En esta cuadra ya están las mejores zonas con pasto marcadas, tengo que caminar hasta el Parque Los Álamos, está bastante lejos. Son como trescientos veinte pasos para mí.
Asustado, lo suelto y lo veo alejarse, tan lento y suave como si fuese una caricatura de una anciana tortuga, hacia la misma dirección desde donde lo trajo Daiana, cuando había una supuesta familiaridad, un supuesto amor con lazos tan o más fuertes y complejos, que el amor entre seres humanos. Me quedo inmóvil, sin poder reaccionar. Por mi cabeza pasa todo y nada al mismo tiempo. 
Sólo una cosa es segura: hasta un caracol se arrastraría más rápido que este gato.

(*)Coordina el Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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La lógica atípica de nosotros y los sueños

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


“Siempre me resultó interesante el lapso de tiempo desde que uno se despierta, hasta esa reconexión con la realidad, en la que las estelas del sueño, sus migas y sensaciones, se van perdiendo e intercambiando por las que interpretan nuestros sentidos conscientes”, pensó Matías mientras desayunaba lo que le había preparado Laura. 
Matías googleó información sobre los sueños. Se convenció de la teoría freudiana sobre las represiones del yo y el superyo, que son expuestas por el subconsciente derivando en síntomas como sueños y pesadillas. 
“Lo que nosotros recordamos no son los sueños, es lo que nuestro consciente entiende de los sueños, lo que acomoda de una forma cuasilógica, o racional —razonó Matías—. De no existir este filtro, los sueños serían una sucesión de hechos sin tiempo ni espacio definidos”.
 Matías no dejaba de deslizar su pulgar en la pantalla de su smartphone, devorando conocimientos simbólicos, al tiempo que su alimento tangible y físico se enfriaba. 
La noche anterior, Matías se había soñado a sí mismo, pero encontrándose en el cuerpo de su compañera (Laura), la cual esperaba algo o alguien, aunque no sabía qué. En la primera parte del recuerdo de sus sueños, Matías (siendo Laura) se encontró a orillas del mar, mirando un barco acercándose a la orilla. Matías esperó por mucho tiempo, parado en ese mismo lugar con vista al barco que nunca llegaba. Le surgió una certeza de que tenía que hacer algo, ¿pero qué? Sus cabellos, similares al rojizo cabello de Laura, rozaban su vista periférica. Bajo sus pies el piso fue reemplazado por tablas de madera. A lo lejos había dos grandes riscos bastante cerca uno del otro. Difícilmente el barco lograría pasar por allí. “Tal vez la espera tenía que ver con eso”, evaluó Matías al recordar.
“¡Es la última vez que le preparo el desayuno! —dijo Laura para sí, mientras miraba a Matías ensimismado—. En vez de un ‘Gracias, Lau, todo está muy sabroso’, o ‘A la noche me toca a mí, ¿vamos a cenar cerca de la estación, a La Pasión de Rosas?’ se queda pasmado con su teléfono, sin saber que en unos meses solo él va a poder preparar los desayunos. Que me encuentro en la espera, en la dulce espera”. 

(*) Coordina el Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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