Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses
Con veintitantos años y recién graduado, Kevin estaba comenzando su carrera laboral con grandes expectativas y excelentes promedios. Tenía una buena familia y una vida social activa. Era querido por todos y contaba con un amplio círculo de amigos. No había nada fuera de lo convencional o cercano a lo trágico, y no había presión alguna sobre su vida. Sin embargo, Kevin no era feliz, aunque no sabía el porqué ni cómo poner su desazón en palabras, dentro de un marco teórico que coincidiera con la lógica y la razón.
Aguardó unos cinco minutos a su pareja, Delfina, en la entrada del Club Tristán Suárez. Ella los había anotado a ambos para hacer natación. Después de saludar a varias personas, sonriendo para guardar las apariencias, entró a los baños para prepararse. Aprovechó el ruido del agua de la ducha y la intimidad para llorar. Al salir, vio a un señor mayor.
—Buenos días, joven, no se ve usted muy bien —dijo el anciano sin mirarlo.
—Hola, el agua está un poco fría, tenga cuidado —respondió Kevin en automático, mientras se refregaba la cara más de lo necesario con su toalla para disimular los ojos hinchados.
—Gracias por el aviso. No voy a usarla. Me preparo para entrar en la puerta muerta.
Kevin se quedó parado, observando al anciano, quien señaló hacia el fondo. Desgastada, sin manija y con mucho óxido, la última puerta evidenciaba no haberse usado ni reparado por mucho tiempo.
El anciano se puso de pie y caminó a pasos lentos. Antes de cruzar la desusada entrada, dijo:
—Estaba esperando que salieras. Para que funcione, alguien más tiene que saber sobre su existencia. No duele. No hay regreso, es como ir a dormir.
Sin entender del todo lo que sucedía, Kevin se quedó curioso. Fue hasta la puerta y, al abrirla, no había nada: solo un cuartito vacío sin puertas ni ventanas. Aceptando lo que sugería la situación, Kevin pensó que no estaría mal terminar con su inexplicable sufrimiento y toda su gran mentira. “No duele” quedó como un eco en el húmedo baño del natatorio. “Para que funcione, alguien más tiene que saber sobre su existencia”.
Acompañado por un lúgubre silencio interrumpido por tímidas gotas rompiéndose en el suelo, Kevin volvió a sentarse en los bancos del vestuario.
Esperando.
(*)Coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.
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