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Del otro lado

Por Karen Valdez | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Hacía frío y llovía. Las calles estaban casi vacías, y el sonido de la lluvia se mezclaba con el de los autos que pasaban a lo lejos. Tomé el camino largo por el golf, sin prisa. Escuché a la chanchita detenerse en la estación de La Unión. Luego, un trueno sacudió los árboles.
Pasé frente a una casa vieja. Un gato negro me observó desde la ventana y siseó. Le sonreí.
—También me alegra verte.
Seguí caminando por las calles de Villa Golf, tan familiares para mí, dejando que mis pasos me llevaran de vuelta a casa.
Los autos estacionados me indicaron que había llegado. La lluvia se hizo más intensa cuando vi mi antiguo hogar. Hacía muchos años que ya no era mío, pero algunas cosas nunca dejan de sentirse como tal.
En el viejo portón verde había gente vestida de negro. Entraban y salían, hablaban en voz baja, lloraban. Pasé entre ellos sin que nadie me prestara atención. No quería escuchar sus lamentos ni ver sus rostros, no estaba allí para despedirme.
Entré a la sala y lo vi. Un ataúd ocupaba el centro de la habitación.
Esperé a que la gente se alejara y me acerqué para apoyar los nudillos sobre la madera.
Toc, toc, toc.
Nada.
Volví a golpear.
Esta vez, desde el interior, llegó la respuesta.
Sonreí.
—Papá, ¿estás ahí?
Levanté la tapa. Allí estaba él. Más viejo, pero con el mismo rostro de siempre. Por un instante volví a ser aquel niño que lo esperaba, buscando su mano.
Sus ojos se abrieron lentamente.
—¿Hijo…? —murmuró.
—Sí. Vine a buscarte.
Intentó incorporarse y le tendí la mano. Sus dedos se cerraron alrededor de los míos con la misma fuerza de siempre.
—¿Cuánto tiempo pasó?
—Mucho tiempo.
Miró alrededor. Las personas seguían llorando, ajenas a nosotros.
—¿Ellos no pueden vernos?
Negué con la cabeza.
—Todavía no.
Entonces me miró como si hubiera comprendido.
—¿Ya es hora?
Sonreí.
—Es hora de irnos.
Lo ayudé a salir del ataúd. Caminamos juntos hacia la puerta, despacio al principio. Luego, su paso se volvió firme.
Antes de cruzar el umbral, se detuvo.
—¿Adónde vamos?
Apreté su mano.
—A descansar. Del otro lado.
Él sonrió.
Salimos bajo la lluvia. Detrás quedaron el funeral y las voces de quienes aún no comprendían que él ya no estaba allí.
Y que yo tampoco estaba.

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La sonrisa de Burt Lancaster

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


—Abuela, ¿vos sabías que el 20 de octubre de 1994, el mismo día que nació Ezeiza, murió el actor Burt Lancaster? —le pregunté a Achebe apenas entré a su casa.
—Ni idea, Afrosito. Ese es el yanqui de las películas de cowboys, ¿no?
—Ese mismo. Tenía ochenta.
—¡Linda sonrisa! ¿De qué murió?
—De un infarto.
—¿Y no había ninguna ambulancia cerca?
Me acomodé en la silla del living. A veces, los comentarios de Achebe me provocan cierta perplejidad.
—Burt Lancaster ganó un Oscar por Elmer Gantry y estuvo nominado por De aquí a la eternidad. Trabajó hasta grande.
—¿Nunca se jubiló?
—Los actores no se retiran, abuela. Miralo al vecino Pietro, que sigue triunfando en la calle Corrientes.
—Acá, si te ven trabajar después de cierta edad, dan por sentado que no llegás a fin de mes. Allá, a los ochenta, seguís haciendo películas.
—Lancaster fue uno de los grandes actores de su generación.
—Era un hombre atractivo —dijo la abuela y después agregó—: ¿Por qué andás investigando?
—Me pidieron que escribiera algo sobre Ezeiza y el 20 de octubre de 1994. Como no se me ocurría nada original, googleé y apareció su biografía. Estoy un poco mareado.
—Contá que vino a filmar a la Argentina y pasó por el aeropuerto, donde se enamoró de mí, que era su fan. La relación no prosperó, porque no quise dejar al abuelo, que también era buen mozo.
—Eso es mentira.
—Es ficción, Afrosito. No me hagas explicar más. Además, en la zona hay muchos escenarios para un western. Sobran extras y hasta tenemos al Sheriff.
—Lancaster trabajó en grandes producciones, abuela. Tendría que hablar de eso. ¿Cómo podría relacionarlo con Ezeiza?
—¿Agarró muchos dólares?
—Supongo que sí, abuela.
—Entonces, por lo menos, se fue tranquilo. Acá hubiera sufrido con la mínima.
—No sé si uno se va tranquilo cuando se muere, abuela.
—¿Protestó alguna vez?
Abrí la boca, pero no supe qué responder sin empeorarlo todo.
Ella siguió hablando:
—Mi tío Jacinto llegó a los cien años. Vivía en Suárez, era tambero y se deslomaba trabajando. Él merecía un Oscar. Escribí eso.
—¡Estamos hablando de una figura internacional! De Jacinto no queda ni una foto.
—Cada uno tiene sus méritos.
—Burt Lancaster dejó una obra inolvidable.
—El tío Jacinto también: me enseñó la receta de las milanesas —respondió y me ordenó—: Abrí el freezer.
—¿Qué más puedo contar de Burt Lancaster?
Achebe señaló la puerta blanca llena de imanes.
—Sacá el tupper, poné la sartén y comamos en honor a Jacinto.
—Si Burt Lancaster viviera en Ezeiza, ¿qué le dirías?
La abuela pensó un instante:
—Que las milanesas de Hollywood son puro papel pintado.

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La mujer policía

Por Carlos Renoldi | Esto No Está Chequeado | Dibujo: Carlos Renoldi | #FiccionesEzeicenses


El mes pasado hicimos una parada turística en Belén, un pueblito de Catamarca, sobre la ruta 40. Nos detuvimos en la plaza central, estacionamos y caminamos un poco buscando algún lugar donde comer algo.
Bajo la sombra de los árboles, detectamos una antigua motocicleta BMW con sidecar. En su tanque decía: “Policía”.
—Qué raro que tengan esta máquina tan vieja en uso como patrulla —le dije a la Corta, mi esposa, y me dispuse a sacar algunas fotografías para el recuerdo.
Mientras apreciaba tan bella máquina, muy bien cuidada y con algunos llamativos adornos tipo colectivero, una mujer policía me observaba seria desde la puerta de la comisaría, a unos cincuenta metros. Ni bien saqué el celular y tomé una foto, se me vino al humo gritando:
—¡¡Señor, señor, nooo, nooo, no se puede hacer eso!!
—¿Qué cosa? —dije, sorprendido.
—No se puede sacar fotos a la moto.
—¿Cómo que no se puede? Es una moto
—protesté.
Con mirada autoritaria, agrandó sus ojos verdes y dijo:
—No estoy autorizada. Puede tener problemas.
Miré a mi esposa sonriendo y bajé el celular asintiendo para no comprometerla. Ambos sabíamos que ya tenía una imagen. Pensé en decirle “¿acaso es un arma secreta?”, pero nos retiramos amablemente.
Después de almorzar a pocos metros nos fuimos, no sin antes darle otra miradita a la hermosa moto y a la bella policía que seguía vigilante en su puesto.
Tomamos la ruta continuando nuestro viaje. A pocos kilómetros, a un costado del camino nos sorprendió la moto estacionada, con la mujer policía a su lado. Le toqué bocina y continuamos preguntándonos cómo había llegado hasta allí antes que nosotros.
Diez kilómetros más adelante allí estaba, nuevamente, en la misma postura. Nos dio cosita. Quince kilómetros más y la volvimos a ver, así hasta que pasamos la frontera de Catamarca.
Esta semana me pareció distinguirla en Spegazzini, al lado de la 205, en la zona de la estación. Yo iba con mi camioneta. Creo que me saludó.
Cuando llegué a casa busqué la foto en el celu y la eliminé. Agradecí no haber tenido tiempo de subirla al Facebook.

(*)El relato y la ilustración forman parte de La palabra inquieta.

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La vela de Achebe

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Visité a la abuela Achebe y me contó que mi tía Nuria le pidió que prendiera una vela por mi primo. Cansado de alquilar, está viendo de conseguir un crédito para tener casa propia.
—Tu tía me metió en un lío bárbaro —me lanzó Achebe, mientras encendía la tele con el control remoto para tener el noticiero de fondo.
—¿Por qué, abuela? —le pregunté, puse la pava y comencé a batir el Arlistán.
—Yo nunca prendo velas. Rezo para ayudar a la gente. Soy devota de Nuestra Señora de la Concepción Aparecida. Pero Nuria me enredó y me dijo que era muy importante la velita para el futuro de tu primo Luquiño.
—¿Y qué hiciste?
—El lunes, el día que Luquiño iba con Fla al banco, me levanté a las nueve y puse una vela en el candelabro verde que tengo por si se corta la luz. La dejé sobre la estufa a leña donde está la imagen de la Aparecida. Yo le pongo papel de diario en la base. Cuando se consume, se quema el papel y ahí queda. Tu tía vino al mediodía y se alarmó porque la vela se estaba terminando. Paseó el candelabro por la casa a los gritos, llenó de humo todo y dijo que me había salvado de un incendio. ¡Loca, loca, tu tía! Muy teatrera.
—¿Y después?
—Me contó que recién los iban a atender a las dos de la tarde. “¡Hay que poner otra vela!”, le dije a tu tía. Entonces ella prendió una y me aclaró que la iba a controlar. La volvió a poner sobre la estufa, en el pasillo. Dejó las ventanas abiertas por el humo. Almorzamos juntas y, cuando vi en la tele que eran las dos de la tarde, le dije a tu tía: “¡Es la hora!”. “¿De qué?”, respondió. ¡Ay, ay, tu tía! “¡¿Para qué prendimos la vela?!”, la reté. Ahí se acordó. Comimos el postre y, cuando fue al baño, se dio cuenta de que la vela se había apagado. La prendimos a los apurones.
—¡Qué desastre, abuela! —comenté—. Al final, Luquiño y Fla se quedaron sin ayuda. ¿Sabés qué pasó con el crédito?
Achebe tomó un sorbo de Arlistán y comió una masita seca de Misia Paula. Miró un rato cómo chocaban dos autos en la tele, me comentó que pronto le darían el alta a Mirtha Legrand y después me contestó:
—Tu tía me contó que se había equivocado. ¡La semana que viene van al banco! Le mandé un mensaje a Luquiño para que me avise directo.
—¿Y la vela? —pregunté.
—Decidí prenderla recién cuando tenga el horario preciso. Es un peligro que le den un préstamo a cualquiera.

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La historia del Cine Marea

Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


La historia oficial suele enterrar hechos peculiares. Así ocurre con el Cine Marea, propiedad de Guillermo Festa, alias Guillote. El local abrió a mediados de 1972, sobre la calle French, con el estreno de Había una vez un circo. Guillote repartió volantes a rolete y puso un aviso en el programa radial de Sánchez Parra, pero apenas vendió tres tickets. Con las siguientes funciones la convocatoria no mejoró. El negocio se venía abajo cuando Guillote metió volantazo comercial.
—Mi primera peli condicionada la vi en el Marea —reivindica Alberto Churrúa, vecino de La Unión—. ¡Flor de experiencia! Lástima no puedo mencionar el título en este prestigioso medio.
Las funciones de trasnoche resultaron un éxito. Reventaban de espectadores que, a pesar de la oscuridad, usaban lentes negros y alzaban los cuellos de sus sacos. En el 73, el Marea incorporó casino, barra y revistería.
—¡Estaba buenísimo! —se entusiasma Churrúa—. Terminaban las pelis y yo me quedaba en la ruleta hasta que salía el sol.
Guillote empezó a ser reconocido en el mundo del cine alternativo. Organizaba festivales especializados donde invitaba a prestigiosos cineastas y actores. Su fama llegó al punto donde se lo mencionaba como futuro candidato a intendente.
Pero con el éxito llegaron detractores en medio de la convulsionada década del 70. La grey católica elevó una queja a la Diócesis de Lomas de Zamora, que se contactó con el curita local. El sacerdote se habría horrorizado ante la mención de “un recinto satánico en pleno Ezeiza”. Y se horrorizó más cuando oyó que la comunidad lo acusaba a él mismo de ser asiduo del local.
—Nada que ver —se atajó el cura—. Ya me ocupo.
Tras diversas protestas y demandas, el Marea bajó la persiana. La última sesión se dedicó a grandes éxitos votados por amigos de la casa. No faltaron ni timba, ni tragos ni lágrimas. Guillote repartió las revistas y huyó de la ciudad. Se desconoce su paradero.
—Nadie es profeta en su tierra —acaba Churrúa mientras se seca las lágrimas—. Más de un señor que hoy anda de traje y corbata pasó noches enteras en ese cine. Podrán callarlo, sin embargo hay impactos que superan las palabras. Marea dejó huella. Huella invisible, sí. Pero huella al fin.

La última cuenta

 Por Jason Borges | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses



El sol se esconde y la noche, que es el espejo de la sombra, me sorprende en Paso de la Patria y José Hernández. Camino hacia la 205, minado por la superstición y por el eco implacable de una leyenda urbana que alguien cifró en mi memoria.
La jornada ha sido interminable, igual que esos laberintos de arena que imagino en la vigilia.
Detrás percibo un andar, leve y sistemático, que persevera. Infiero que pertenece a un mozo del bar El Kibón a quien no pagué el último café. Abandoné la mesa con la secreta convicción de que me quitaría la vida en algún paso a nivel, pero la cobardía o la piedad de mí mismo me obligaron a postergar la decisión. Sigo vivo, si es que no se trata de una ilusión de la memoria, aun cuando habito la certidumbre de haber muerto hace ya muchos años.
Mi próxima existencia, prometo, será distinta: liquidaré las deudas del cuerpo y del espíritu, y hasta la propina.
Envuelto por las tinieblas trato de huir y pienso que acaso exista una orden secreta de inmortales que acorralan a los suicidas, impidiendo que escapemos impunes de las minucias de este mundo.
El olvido tal vez sea una ciencia rigurosa. En enciclopedias apócrifas traficadas por Frank Chino y la Pirata Domínguez se habla de una secta que custodiaba las cuentas pendientes de los difuntos, juzgando que nadie tiene derecho a la nada si aún debemos una moneda de cobre, un instante de atención hacia algún ser querido o un saldo en Mercado Pago. 
No descarto que este perseguidor sea un atributo de mi propia culpa, una simetría atroz proyectada por la oscuridad sobre el asfalto gastado.
Llego a la barrera de Pravaz. No hay autos ni trenes a la vista. Los pasos de mi cazador no cesan y no me animo a mirar hacia atrás.
Cruzo las vías y apuro la marcha rumbo a Villa Guillermina, sabiendo que toda huida es una forma del regreso y que en alguna esquina, donde el café, los bares y la penumbra sean meras palabras, el mozo de El Kibón me entregará la cuenta y yo no tendré más remedio que saldarla.

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El deporte es salú

Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Hace unos días vino a La Palabra la Pirata Domínguez y me pidió un feca. Nos sentamos a la mesa y ella contó que en un toque tenía box en el gimnasio de Santiago Varas. Le pregunté por el origen de esa afición por las piñas.
—De mi infancia en Suárez —aclaró y dio un sorbo—. Cuando era piba, no había ni el celular, el emepetré, el emepecuatro, el wachin steijin joupen vaidor, el pikir jouldem boul, la computadora, el procón, la redy. Son todos aparatos que median entre la realidad del hombre y la vida real. La juventud era sana, todas las tardes nos juntábamos los pibes del barrio (seríamos diez) y nos agarrábamos a trompadas. Había que entretenerse, Torosaurio. Esto no le gustaba a un cura que había llegado de Buenos Aires, al que le llamábamos “Paz”. Decía que éramos la barbarie encarnada. Sarmientino, el hombre. Una vuelta intentó civilizarnos.
—¿Cómo?
—Organizó una búsqueda del tesoro. La idea era que laburemos en conjunto y aprendamos a dirimir nuestras diferencias de forma aburrida. Buscamos por todos lados: en la estación de Suárez, en el almacén La Simbólica, en la ferretería de los Bórtoli, en la iglesia y hasta en las zanjas. Al final encontramos el tesoro en el baño de la casa del cura. Era un cofre de pinotea. Para abrirlo tuvimos que hacer fuerza entre todos.
—¿Adentro qué había?
—Un papel que decía “El verdadero tesoro es ser buenos compañeros”.
—¡Qué maravilla! —me reí.
—¡¿Maravilla?! ¡Un insulto a nuestra inteligencia! Agarramos al cura y lo reventamos a trompadas. Quedó peor que Kosovo. Se zafó y tomó el primer tren a Buenos Aires. De arriba nos gritó que estábamos todos poseídos. Así es la curia: la culpa siempre la tiene el diablo. Nunca más vimos a Paz. A partir de ahí, nadie nos discutió los churrascazos. Fuimos muy felices.
—Mire qué lindo —la cargué—. ¿Y conserva ese puño, Pirata?
No hice tiempo a reaccionar. De la nada me vi desparramado por el piso, gritando de dolor y agarrándome la nariz. Miré mi mano: ensangrentadísima.
La Pirata se limpió los nudillos izquierdos con una servilleta.
—Mucho emepetré pero usted no frena una piña, Torosaurio —dijo. Se levantó y fue hasta la salida—. Los de mi época sí tenemos reflejos. Ahora dígame, ¿conservo el puño?
Abrió la puerta y se fue.

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La mano maldita

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses #CuentoReseña


Entré a la cocina de La Palabra y me encontré con Chela en la punta de la mesa, ojeando un libro. En la portada aparecía una melena rubia y un brazo musculoso. Una malla de cuero con picos de metal cubría el antebrazo y una mano que sostenía el mástil de una guitarra eléctrica.
Apenas me vio, Chela lanzó:
—¡Esto está buenísimo! A Chicho le va a encantar. Beto y Ruocco son más pop.
—¿Qué es eso? —le pregunté y encendí la hornalla para poner la pava y cebar unos mates.
—Me lo dio Torosaurio. Dijo él que es el regalo por mis ochenta.
Me acerqué y leí la tapa: La mano maldita. Ficciones metaleras. 2ª edición ampliada(1).
—Torosaurio es la mano maldita —murmuré y puse en la calabaza la bombilla y la yerba, que humedecí con agua fría.
Chela apoyó el libro sobre el mantel negro y empezó a pasar las páginas chochísima.
—Acá hay de todo: la historia de un padre y un hijo unidos por Iron Maiden, un Bar Mitzvá con música de Black Sabbath, viajes en el tiempo, zombis, terror con magia negra, la aventura de unos uruguayos para ver a Slayer, jugosas anécdotas y hasta experimentos a lo Frankenstein. Es una antología de la vida misma.
La vi tan entusiasmada que le pregunté:
—¿Dónde puedo conseguir un ejemplar?
—Clara Beter tiene una tienda virtual, con envíos a todo el país y diversas formas de pago. Los metaleros fanáticos pueden aprovechar a conseguirlo en la mismísima 13ª Feria del Libro Heavy 2026, el próximo sábado 10 de octubre, en Espacio Rincón (Rincón N° 1330, CABA).
—¿Es cara la entrada?
—¡Es gratis, Afrosito! ¡¡Gratarola, entendés!! Arranca a las 14 horas y hay charlas, exposición de fotos y artes plásticas, música en vivo, teatro, stands de libros, artesanías, ropa y mucho más. Nosotros vamos a ir con tu abuela Achebe, que quiere conseguir una remera de V8. Le gusta Betito Zamarbide.
—Buen plan —comenté y le di un amargo a Chela.
—Torosaurio nos explicó que podemos viajar en tren hasta Constitución y ahí caminar dieciséis cuadras o, bien, tomar un Uber. Yo quiero conocer a Gito Minore y a María Inés Martínez, los editores. Gito hizo el prólogo y metió un cuentazo sobre la amistad, Rob Halford y una tabla ouija.
—Loco eso —comenté y se me ocurrió preguntar—: ¿Desde cuándo te gusta el heavy metal?
Chela no respondió, pero me mostró su hombro izquierdo y percibí la imponente furia de un motor en la pampa bonaerense: tatuados en la piel, Iorio, Ozzy y Pappo tomaban mate alrededor de un fogón.

(1) La mano maldita tuvo una 1° edición en 2018 (que se agotó) con diez relatos de Gustavo Zavala (“Iron Maiden, mi viejo y yo”), José María Marcos (“Donde las hormigas”), Daniel Salinas Basave (“Ya no quedan más cojones”), Kike Ferrari (“Fuerza demencial”), Alexis Cuzme (“Alguien robó mis recuerdos mientras dormía”), Emiliano Scaricacciottoli (“Las facultades y la electricidad”), Mauricio Vallejo Márquez (“Shabat Black”), Juan Ignacio Pisano (“Zombi”), Juan M. Solá Sloan (“Relámpago en la oscuridad”) y Gito Minore (“Leather Rebel”). A esta 2° edición se le sumaron tres voces: Romina Poses (“Un viaje a Wacken”), Violeta García (“Al cuarto para las cinco”) y Eliana Soza Martínez (“Conmigo para siempre”).

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Borges y el secreto de la longevidad

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


El otro día pasó por La Palabra el Pollo de Spegazzini para contarme que estuvo en una charla sobre Jorge Luis Borges, con motivo del Día del Lector. La fecha recuerda que el 24 de agosto de 1899 nació el célebre escritor. Justo en ese momento estaba el agente Frank Chino, quien —a partir de su admiración por Oku No Hosomichi (autor de Los haikus del tiempo)— ha comenzado a leer poesía con fervor. 
—Analizamos el soneto “Buenos Aires, 1899”, que empieza así: “El aljibe. En el fondo la tortuga” —comentó el Pollo en la redacción.
—¡¡Qué interesante!! —intervino Frank, entrando en éxtasis—. ¡¡Qué maravilla!! Toda la poética concentrada en una línea: el aljibe tiene un fondo físico, oscuro, distante. La tortuga está abajo, pensando, enfrentando sus límites. Borges, genio, sitúa ese escenario en 1899, el año de su nacimiento, como si cada vida estuviera concentrada en un solo instante.
—El conferencista contó... —prosiguió el Pollo, pero el detective lo interrumpió, con los ojos desorbitados y la cara roja:
—La lentitud de la tortuga, puesta en un aljibe por Borges, se vuelve casi inmovilidad, o, tal vez, un atisbo de la inmortalidad.
—Claro, claro —dijo el Pollo, un poco mareado—. El conferencista contaba... —insistió, y Frank volvió a frenarlo:
—En la conocida fábula, la tortuga avanza lento y termina venciendo a la liebre por su perseverancia. Acá, en cambio, su movimiento parece suspendido. Podría sugerir una alegoría sobre la finitud de los humanos.
Nos quedamos mudos ante la exposición de Frank, hasta que me animé a preguntarle al Pollo:
—¿Y qué decía el conferencista?
—El verso evocaría una anécdota de su madre, doña Leonor. Ella contaba que en Buenos Aires, en cada aljibe, había una tortuga. En Montevideo se colocaban sapos. Era un método para asegurarse que el agua estuviese potable. Si los animales vivían, el agua era apta para el uso humano. Doña Leonor, que falleció a los 99 años, recomendaba el agua de tortuga, y le contó a su hijo que en Buenos Aires, cuando alguien quería alquilar o comprar una casa, preguntaba: “¿El aljibe tiene tortuga?”. Y le decían: “Sí, señor, esté tranquilo”.
Obviando los dichos del Pollo, Frank dijo:
—La tortuga es un símbolo asociado a la longevidad y a la paciencia. —y, tras abrir la puerta y poner un pie en la vereda, agregó—: En este soneto, que los ignorantes nunca apreciarán en su total dimensión, Borges nos muestra el aljibe como un depósito de los siglos. Otra forma de decir que los hombres estamos destinados a perdernos en nuestro propio laberinto.

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La historia de Roque Etcheverry

Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Roque Etcheverry, vecino de Sol de Oro, era dueño de una prodigiosa memoria.
—Alto resentido —califica el almacenero Rubén Núñez en diálogo con este medio—. Una vez le vendí sin querer una leche vencida y me lo refregaba siempre.
Roque jamás perdonaba una injuria. A pesar de sus siete décadas, echaba humo al recordar cuando con tres años Papá Noel no le trajo su anhelado triciclo De Vito HP 503 de origen lituano. Todos los 25 de diciembre Roque hacía un brindis por la destrucción de San Nicolás, los reyes magos, los arbolitos de Navidad y cada detalle relacionado con las Fiestas. En 1994 decidió construir una catapulta para derribar el trineo de Papá Noel. Una vez en el suelo, lo reventaría a tortazos y quemaría los regalos.
—Estuvo meses hablando de lo mismo —continúa Núñez—. Nadie lo aguantaba. Menos los chicos. Dos por tres lo cascoteaban.
Roque fabricó su catapulta y la cargó con una bolsa llena de ladrillos. La medianoche del 25, agarró un telescopio y ojeó el cielo. Salvo fuegos artificiales y estrellas, nada. Hasta que por el sur apareció surcando el firmamento a toda velocidad una luz roja brillante. Ni bien Roque la tuvo a tiro, le arrojó el proyectil. La luz hizo una pirueta y esquivó el bulto. Roque maldijo su suerte y notó sorprendido que la refulgencia expulsaba un objeto sobre él.
—Una bomba —aclara Núñez—. Hizo ¡pum! y ya no hubo ni catapulta ni casa ni Roque. Todo Sol de Oro salió a festejar.
Donde se alzaba el hogar de Roque quedó un agujero que los vecinos transformaron en lagunita artificial. Ahí se convocan todas las navidades para festejar entre asado, regalos, vino y música.
En cuanto al papel de Papá Noel en el bombardeo, el empresario del Polo Norte nunca aclaró si participó. La Palabra intentó contactarlo sin suerte. Fuentes no oficiales afirman que, al repartir regalos por lugares picantes, Papá Noel siempre va armado y es preferible no perturbar su paciencia.
—Ni idea quién tiró el bombazo —cierra Núñez—, pero nos sacó de encima a un insufrible y de yapa conseguimos lugar para festejar. Si eso no es un regalo de Navidad, no sé qué es.

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Retórica musical en el barro

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


En algún lugar de Ezeiza podemos encontrar, si escuchamos con claridad, a un maestro de música poco convencional: un enseñante retórico.
Bruno y Agustina, iniciando el camino de convertirse en guitarristas, guiados por leves susurros de la existencia casual de este maestro de música, se aliaron con una misma finalidad: encontrarlo.
Un miércoles de lluvia, por la mañana, sin saber muy bien cómo, dieron con él en el barrio La Porteña.
—¿Será acá? —preguntó Agus, preocupada por la Fender en su espalda.
—Creo que sí —le respondió Bruno, poniendo su mano derecha en forma de arco cerca de su oreja—. Las gotas lo dicen.
Ambos rieron después de ese comentario. Mientras tanto, un muchacho delgado y alto, caminando como si fuese a caerse, tiraba del mango de un portón metálico que sonaba con cada gota que caía en una nota diferente.
Indecisos, Agus y Bruno siguieron al maestro hasta el interior de una casa demasiado grande para una sola persona.
—Es por la acústica —fue su respuesta cuando intuyó la pregunta en sus invitados—. No se preocupen por el barro de sus zapatillas. Me dice de ustedes justo lo que necesito saber —concluyó.
La teoría se impartía de forma metafórica, y la práctica, de forma intuitiva. Frases como: “Toquen las notas del cantar de un gorrión saliendo de su nido después de siete días de lluvia”; “¿Qué notas componen la ducha después de dejar correr el agua siete segundos?”; “Deduzcan los tiempos percutivos idiófonos en el croar de ese sapo”; “¿Cuántos bemoles hay cuando lloramos de risa? ¿Y de dolor?”, establecían la elástica extrañeza de las clases.
Agustina y Bruno aprendieron canciones improbables, escucharon el tempo de sus nombres y abrazaron el ruido de ahogados silencios.
Intrigado, Bruno le consultó al maestro musical retórico si Agustina y él eran sus únicos estudiantes. La respuesta fue afirmativa, explicando que recibía visitas, siempre con el calzado más impoluto posible. Y, por lógica, no eran aceptados. Afirmó que el barro tiene su propia música, canciones tristes y felices, de esfuerzos y esmeros, de buenos valores, de esperanza.
—El rechinar del barro de sus zapatillas canta eso y más. ¿Cómo no voy a disfrutar de la mejor música, junto a excelentes personas, a través de la amplia acústica de mi casa?

(*)Coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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Capturado por un plato volador

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


El otro día pasó por la oficina el agente Frank Chino y me contó que está leyendo, muy entusiasmado, el libro Capturado por un plato volador, publicado por el sello Ignotas.
—Es una obra maravillosa —comenzó explicando, mientras apoyaba su maletín en el escritorio de la recepción—. Salió por entregas en el semanario Hechos en el Mundo, a partir de diciembre de 1954. Ese periódico anunció que el autor es Leslie Hoover y que, en Estados Unidos, el libro vendió más de 250 mil ejemplares en doce horas.
—Esas cifras son de otro planeta —le dije a Frank, quien abrió el maletín y sacó un ejemplar con un hombrecito verde y cabezón en la tapa.
—Te lo traje —señaló y me lo entregó—. Leslie cuenta que unos gamianos se lo llevaron en su nave para estudiarlo. Su planeta está en vías de extinción y quieren mudarse. Les cuesta adaptarse a nuestro ecosistema. Por eso cazan especímenes humanos para ver si aprenden algo sobre nuestro organismo.
—Todo esto ocurrió hace mucho, en los años 50, ¿no? Capaz que ya pasó de moda el asunto y se arrepintieron de venir —le contesté.
Frank hizo como si no me hubiera oído y continuó:
—En el prólogo, Alejandro Agostinelli sugiere la posibilidad de que Hoover hubiera contado la posta. Si es así, se trata un testimonio pionero sobre platos voladores. Si es literatura, sería una de las primeras obras argentinas de ciencia ficción. Pienso que toda esta cháchara es para ocultar la verdad.
—Me estoy mareando, Frank —le dije—. ¿Cuánto te debo?
—Es un regalo. Disfrutalo mientras puedas. Es una joya, a la altura de El interplanetario atómico, de Jorge Alberto Duclout; Cinco hombres en Marte, de F. H. Casullo; y Primer mensaje extraplanetario, de Franck G. Robertson, todas publicaciones de la colección Los Exhumados.
—¿Qué importancia tienen estos títulos?
Frank me miró fijo.
—Si los gamianos aún están buscando un lugar donde vivir, hay que estar atentos. Quizá podamos hacer negocios con ellos. Cobrarles tasas municipales. Para eso se aprobó el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones y hay un lío tremendo con la ley de inviolabilidad de la propiedad privada. Tienen armas poderosas, grandes adelantos médicos y son telépatas.
Me quedé aturdido ante tantos datos. Frank cerró su maletín.
—¡Hable de este trabajo! ¡Recomiéndelo! ¡Urgente! —me ordenó—. Hay que abrir conciencias. A diario están llegando gamianos, reptilianos y otras yerbas, y no nos damos cuenta.
—¿Dónde se puede comprar?
—Busque en internet: @edicionesignotas es la dirección en Instagram. Ignotas tiene una tienda virtual con envíos a todo el país. Con buenos precios y calidad.
—¿Qué hago si los gamianos vienen por acá?
Frank abrió la puerta de la calle y, antes de marcharse, dijo:
—Dígales que compren el libro. Así, por lo menos, se enteran de que estamos bien informados.

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Discusiones bajo la luna llena

Por Carlos Renoldi| Esto No Está Chequeado | Ilustración: Carlos Renoldi | #FiccionesEzeicenses


Se iba terminando el 2025. Mi libro La palabra inquieta estaba a punto de salir de imprenta y, una noche de luna llena, alguien me preguntó de qué hablaban mis escritos. Expuse algunas cosas y, de pronto, la discusión de “Dios sí, Dios no” empezó a ponerse picante.
Estábamos con Gladys en el patio de una peña, compartiendo una larga mesa con amigos, allegados y otros desconocidos, todos amantes de la música, la poesía, el baile.
Mientras exponía los motivos que me llevan a pensar en que no puede existir un creador omnipresente, una señora mayor del interior tucumano, que conocemos desde hace años, me respondió que Dios era el creador del cielo, las estrellas y todo eso.
Hablé del azar y la evolución; ella, que va a misa todos los domingos, me interrumpió diciendo:
—Dígame, Carlito, ¿qué ve en la luna? 
Y miró hacia el cielo, que esa noche de diciembre estaba claro y limpio.
Giré la cabeza y observé, como queriendo ver algo que ella veía, una cara, qué sé yo, y le dije:
—Veo sombras, cráteres —enumeré—. Las sombras son las partes donde el sol no la ilumina.
—No —me cortó—. Se ve el pesebre.
Me causó gracia la inesperada revelación y no pude ocultar la risa.
—¡No se ría, Carlito! No sea irrespetuoso —me retó—. La luna fue creada por Dios para que el hombre pueda ver el campo y sus animales durante la noche.
—Doña, la luna no tiene luz propia —comenté.
—¡¿Cómo que no?! ¡¿No ve cómo está brillando?! ¡¿O usted es ciego?! —lanzó, enojada.
Tratando de contener la risa, le dije:
—La luna es un satélite que refleja la luz del sol. La vemos gracias a que el sol la alumbra.
Le expliqué lo mejor que pude cómo funciona el sistema solar, pero ella, enojada y poniéndose de pie para retirarse de la conversación, respondió:
—Sí, claro... El sol alumbra la luna, ¡qué pavada! Las cosas que hay que escuchar hoy en día. ¡¿No ve usted que ahora es de noche?! No sea inorante, Carlito.

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El reino de los ecos

Por Victoria Paniagua(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Por Victoria Paniagua(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses

En el reino de los ecos, donde las palabras cobran vida y se convierten en burbujas de colores, tres niños llamados Jax, Pomni y Kinger(1) exploraban el Bosque Susurrante.
Jax se detuvo ante algo que sobresalía del suelo. No tenía forma definida. Se sentía frío al tacto y vibraba con un zumbido bajito.
—No sé qué es este pendorcho —dijo Jax, intentando encontrarle un uso—. No parece una herramienta ni tampoco una fruta del bosque.
Pomni, que siempre escuchaba los murmullos de los árboles, se acercó con cautela.
—Tengan cuidado —comentó—. Acabo de escuchar un rumor muy extraño en el Bosque de los Susurros. Dicen que alguien robó el sonido de las risas de los niños y lo escondió en un objeto como ese.
Kinger, que era muy pragmático, resopló con fuerza.
—¡¡Eso es absurdo!! ¿Cómo alguien va a robar las risas de los niños? Pomni, ¡deberías dejar de creer esos cuentos!
Mientras discutían, un duende parlanchín apareció de la nada. Colgado de una rama, comenzó a recitar poemas sin rima y a cantar canciones desafinadas a gritos, sin detenerse ni un segundo. Les estaba dando un fastidio insoportable: su voz era tan persistente que los niños no lograban ni siquiera escuchar sus propios pensamientos. Jax, desesperado por un poco de paz, decidió tomar acción.
—¡¡Ey, duende! —le gritó—. Si saltás hacia la Cascada de Cristal y gritás al revés, vas a encontrar una montaña de caramelos infinitos.
El duende, creyendo aquel engaño, salió corriendo hacia la cascada, gritando palabras al revés con todas sus fuerzas, perdiéndose en la espesura.
Los tres niños se sentaron bajo un árbol, disfrutando finalmente del silencio del Bosque Susurrante, preguntándose si alguna vez descubrirían qué era realmente aquel objeto que los había unido en esa extraña aventura.
Tiempo después, ese árbol sería el pulmón, el alma y el corazón de los Bosques de Ezeiza.

(*)Concurre al Taller Municipal de Literatura y Escritura (Infantil-Juvenil), coordinado por Marco Millán.
(1)Personajes de The Amazing Digital Circus.

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Scaloni convocó a Harry Toshiba

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Tras la entrega de trofeos y medallas de la Copa del Mundo, Harry Toshiba fue citado de urgencia por Lionel Scaloni.
El mentalista ezeicense se estaba retirando del estadio de New Jersey con su tele de 20 pulgadas en un carrito cuando recibió un WhatsApp de uno de los colaboradores más cercanos del entrenador. En el inesperado mensaje se le pedía que se acercara a una sala de conferencias del estadio.
Harry llegó al lugar y en la puerta lo atendió el propio Scaloni, quien le contó que conocía su trayectoria, que sabía de su Premio al Mejor Mentalista de Qatar 2022 y que le habían hablado de su trabajo de acompañamiento astral a la selección. Harry apenas balbuceó unas torpes frases de admiración y el deté de Pujato le explicó:
—Necesito que hables con los muchachos. Dieron lo máximo y, aunque saben que el segundo puesto es importante, se sienten apenados por no haberle podido ganar a España.
Harry entró al salón. El plantel entero, con Messi a la cabeza, estaba en silencio. Dibu, De Paul y Enzo lloraban sin consuelo. Paredes seguía bufando como un perro lastimado. El mentalista no se animó a pronunciar ni un “buenas tardes” por miedo a que el saludo les pareciera una ironía.
Apoyó la tele de 20 pulgadas sobre una mesa que enfrentaba al auditorio. Con nerviosismo, pero también con cierta templanza, pidió un alargue y encendió el aparato. Respiró hondo y concentró todas sus fuerzas para que la estática dejara lugar a otras imágenes.
En la pantalla aparecieron primero Passarella levantando la copa y después Maradona cargando el trofeo sobre los hombros de un hincha argentino. Enseguida surgió Italia 90: los penales atajados por Goyco y el seleccionado cantando el Himno e insultando a los italianos. La final de Brasil 2014 se mezcló con la Copa América de 2021.Los goles más significativos de la campaña de Qatar 2022 fueron el preludio de Messi alzando el oro, llevado en andas por el Káiser y luego por el mismísimo Diego. En un torbellino, las postales en movimiento se entreveraron con infinidad de hinchas festejando en distintas ciudades, nenes y nenas desbordados de alegría por los goles.
Extasiados, los jugadores y los integrantes del cuerpo técnico trocaron las lágrimas y los gestos adustos por rostros colmados de plenitud. La pantalla les siguió mostrando la felicidad que acababan de sembrar y que, en el porvenir, dará frutos en ellos, en sus familias, en las amistades y en tantos desconocidos que vibraron durante estos años. Todos se pudieron ver más canosos, contando anécdotas, riéndose y recibiendo afecto en distintos momentos de su vida.
Harry decidió retirarse del recinto y dejar al equipo en esa intimidad. Cerrando una etapa junto al plantel, le regaló a Scaloni la famosa tele de 20 pulgadas.
Iba a decirles “gracias” antes de irse, pero otra vez prefirió callarse y llevarse en sus retinas las caras de esos hombres volviendo a iluminarse como chicos.
Las palabras sobraban en la tarde del domingo.

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El perro mundialista

Por Rosana Ramos | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Durante la remontada de Argentina frente a Egipto en el Mundial 2026, la locura fue tan grande que doña Chela olvidó un detalle: su perro Simón quedó del lado de afuera de la casa.
Con el pitazo final estallaron los cohetes, las bocinas y los gritos por la victoria 3-2 tras ir perdiendo 0-2. Las ventanas vibraron, los vecinos salieron con banderas celestes y blancas y una caravana improvisada comenzó a recorrer las calles.
Simón, lejos de asustarse, sintió el llamado de la gloria. Enfundado en su camiseta oficial de la Selección, levantó las orejas como si hubiera escuchado el Himno Nacional y enfiló decidido hacia el Parque Central de Ezeiza.
En el camino pasó frente a un kiosco de French donde le regalaron unas galletitas, esquivó una fila de autos tocando bocina y recibió innumerables caricias como si fuera campeón del mundo.
Varios vecinos lo vieron avanzar solito y comenzaron a fotografiarlo y filmarlo. Un motociclista lo reconoció y le gritó “¡Vamos, Simón!”. El perro respondió con un trote orgulloso. En cuestión de minutos, las redes sociales se llenaron de imágenes del adorable pichicho, con infinidad de mensajes. Algunos usuarios aseguraban que era “el primer perro convocado de emergencia por Scaloni”, mientras otros juraban haberlo visto dirigir una hinchada entera desde una vereda. Un comerciante incluso colgó una foto de Simón en su muro de Instagram con la leyenda: “Acá pasó el héroe de cuatro patas”. Cada nueva publicación sumaba cientos de comentarios y corazones, y el nombre de Simón empezó a circular por grupos de WhatsApp como si se tratara de una celebridad.
Cuando doña Chela se acordó de Simón y no lo vio por ningún lado, sintió un escalofrío. Salió corriendo por el barrio llamándolo a los gritos, preguntó en el almacén, en la remisería y hasta en una parada de colectivo. Un vecino le mostró el celular: “¿No es este?”. Chela lo reconoció enseguida y casi se desmaya.
Uno de sus videos era viral. Allí estaba su amado Simón: ni perdido ni desorientado. Hacía pogo en la ruta, frente a la estación, con un grupo de hinchas, saltando feliz como uno más bajo un enorme cartel improvisado que rezaba: “Furor por Simón, el perro mundialista”.

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Que nadie deje de alentar

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


El psíquico ezeicense Harry Toshiba, quien viajó a Estados Unidos para seguir de cerca a la selección de Scaloni, se comunicó con La Palabra para contar cómo se vive el Mundial 2026 en el universo de las fuerzas invisibles, tras la victoria de Argentina por 3-2 frente a Egipto. 
La semana pasada partió desde el Aeropuerto un chárter especial para darle apoyo al equipo. Viajaron expertos con la misión de levantar un escudo protector para que los jugadores y los hinchas puedan desplegar al máximo sus habilidades. Con la meta de encauzar energías, Harry llevó su televisor de tubo de 20 pulgadas, que suele mantener a punto en Panza Hermanos. Luego de acompañar la victoria ante Cabo Verde, se trasladaron a Atlanta para el cotejo contra los Hijos del Nilo. 
—Nos instalamos en una de las tribunas bajas y trabajamos desde temprano. La tarea fue difícil y ardua porque había muchos seguidores de Ra, Nut, Anubis, Horus y Hathor operando en el estadio. Yo me puse una careta de Messi para dirigir las acciones y, de paso, por si me enfocaba la tele. Quiero mantener mi cara lejos de la fama. Lucía Archiboldo repitió frases de Scaloni para generar vibras positivas; Zulema Gianegra intervino en infinidad de grupos de WhatsApp y redes sociales mediante frecuencias vibracionales, memes y otros artefactos digitales; Bram Foguista convenció a fantasmas de la Guerra de la Independencia de Estados Unidos para hinchar por los libres del sur. El Pollo de Spegazzini armó un streaming junto a los amigos de El Campeón del Sur y Chumbazo TV, y relató todo el partido en décimas espinelas. 
—¿Y por qué se nos complicaron tanto las cosas? —le pregunté, intrigado.
Harry respiró profundo y explicó: 
—En el minuto 15 del primer tiempo, la diosa Bastet distrajo al Cuti y a Lisandro, y permitió que Yasser Ibrahim pusiera el 1-0. Después, Amón-Ra le susurró algo al oído a Lionel Messi y Mostafa Shoiber atajó el penal con la ayuda de Osiris. Nos propusimos contrarrestar estas maniobras, pero nos tenían contra las cuerdas. Cada vez que anulábamos una manija aparecía otra. A los 22 del segundo tiempo, Mostafa Ziko, guiado por Thot, marcó el 2-0. Decí que logramos bloquear algunos conjuros porque, si no, la historia hubiera sido peor. 
—¿Y qué hicieron para dar vuelta esta tendencia? —La tele de tubo de 20 pulgadas no quiso arrancar en el primer tiempo —reveló Harry—. Mediante una comunicación urgente con Hugo Panza, pudimos encenderla durante la pausa de hidratación del complemento. Al principio, la pantalla estaba muerta, llena de estática, hasta que aparecieron hinchas en blanco y negro, que se mezclaron con imágenes coloridas del 78, del 86 y del 2022. Eso ayudó a frenar a Egipto, pero faltaba algo… Entonces vimos las canchas de tierra y los arcos sin redes. El barro, las camisetas gastadas, los alambrados caídos, los vestuarios sin revocar, el mate cocido, las caritas de las pibas y los pibes soñando. El dios Potrero fue el que, al final, nos salvó. 
Al cierre de esta edición, Harry Toshiba y la delegación de expertos estaban planificando cómo ingresar temprano al Kansas City Stadium para ayudar a Argentina frente a Suiza, en los cuartos de final. Toshiba decidió no brindar ningún pronóstico. Solo pidió que nadie, en ningún rincón, deje de alentar.

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Toshiba vs. Kwaku Bonsam

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Harry Toshiba, reconocido psíquico ezeicense que recibió el Premio al Mejor Mentalista Qatar 2022, viajó de urgencia a Estados Unidos para ayudar al equipo de Scaloni en su compromiso contra Cabo Verde, a jugarse este viernes en el Hard Rock Stadium de Miami.
De acuerdo con lo informado por mi abuela Achebe, Toshiba partió para enfrentar al peligroso brujo Nana Kwaku Bonsam, quien confesó haber hechizado al goleador inglés Harry Kane para que no convirtiera ningún tanto frente a Ghana. Ese partido terminó sin goles y el delantero del Bayern Múnich se mostró muy distraído. Envalentonado por este resultado, el místico pronosticó la eliminación de Argentina a manos de los Tiburones Azules.
—¡Soy el brujo más poderoso del mundo! Después de neutralizar a Kane, ya hice todos los trabajos para que Cabo Verde elimine al equipo argentino y siga avanzando.
Achebe me contó que Toshiba se trasladó en un chárter especial junto a una comitiva de asesores convocados por el Chiqui. Entre ellos viajaron Lucía Archiboldo, que tiene un consultorio sobre la calle San Lorenzo; Zulema Gianegra, mentalista que hace trabajos por WhatsApp; Clotilde Chisseira, alquimista de barrio El Tala; y Bram Foguista, vecino experto en fantasmas y vampiros. También llevaron a la Pirata Domínguez, que conoce mucho de relaciones públicas; al agente Frank Chino, por sus contactos con la CIA; y Roberto Esquivel, el Pollo de Spegazzini, que suele cautivarnos con sus payadas.
—¿Cuál es el plan, abuela?
—Harry busca armarle un escudo protector a la selección de Scaloni para que todos los jugadores y los hinchas argentinos puedan mostrar sus habilidades al máximo. Lleva su tele de tubo de 20 pulgadas para encauzar las energías. Si el brujo trabaja con maldiciones, nosotros responderemos con olas albicelestes.
Chiqui invitó a mi abuela a viajar, pero ella prefirió alentar desde acá.
—Este diablo es muy poderoso y debemos trabajar, desde todas las latitudes, para aprovechar su mayor debilidad: pierde la concentración cuando se enfrenta a los bombos y los cánticos de una hinchada cosmopolita.
—¿Y para qué llevaron al Pollo? —pregunté.
—¡Es nuestra arma secreta! —reveló Achebe—. Hace años que opera a favor de Argentina desde Spegazzini. Les tira buena onda cuando vienen al predio de la AFA. Si algo falla el viernes, Toshiba conectará la mente del Pollo con la de Bonsam para que reciba un shock. Él ya preparó una décima espinela para hacerlo naufragar:

Por más famoso que seas,
brujo Nana Kwaku Bonsam,
tus manijas fallarán;
el equipo tiene ideas
pa’ vencer lo que planeas.
Con la banda de Lionel,
una hinchada, pura piel,
y con Diego desde el cielo,
va a vibrar el mismo suelo,
¡¡lo dice el Pollo Esquivel!!

Toshiba les pide a los lectores y las lectoras que repitan esta plegaria gaucha antes del partido y durante el entretiempo.
Todo suma a la hora de salir a la cancha.

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Imaginando a Catalina



Una tarde de otoño te pensé, forjé tu alma, amoldé tu espíritu y, como lo hace el artesano que despaciosamente pule la figura, te di forma y nombre. Te doté de una personalidad como no hay otra igual. Te di un tiempo, un espacio y un lugar. Eras mi creación perfecta: naciste del susurro lento entre la mente y el latido del corazón.
Recuerdo la tormenta, la puerta del granero azotada despiadadamente por el viento. Tú, parada, mirando a través de la ventana con el candelero en la mano. Encerrada en la habitación, recuerdo las glicinas destrozadas rodando sobre el piso de ladrillos del patio; recuerdo el molino, el jardín, el Padrenuestro que tu boca temerosa repetía sin cesar, pero no puedo recordarte por completo: solo pequeños fragmentos vienen a mí.
Ahora te he perdido, y mi mente me castiga con el olvido; no puedo construirte de nuevo. El susurro no es el mismo; tu imagen se ha borrado, tal como se apagan los colores en una foto vieja.
Te busco, pero no estás. Me obligo a pensarte una vez más, pero no es lo mismo: aparece otra Catalina, una que no quiero. Yo busco a la primera, la que inspiró a la musa que dormía. Yo busco a la que se vistió de negro y juntó las calas chamuscadas, aquella que embarró sus pies camino al cementerio. Yo busco a la que nació del susurro lento entre la mente y el corazón.
Te busco en la rueda del molino, en el vestido a lunares, en la claridad del día, en el tenebroso aullido de la noche.
Yo busco a Catalina, a aquella a quien el verbo se negó en la boca, porque no era poesía. Su destino apaciguó su alma y la hizo frágil, quebrantó su voluntad y la hizo tierna.
Yo quiero a Catalina, la que despertó a la musa que dormía. Aquella del amor tardío, que la sorprendió una tarde, bajo el jazmín de la plaza. Onorio, que suele caminar por allí, la vio sentada a solas con sus pensamientos.

(*)Vecina de Ezeiza que dejó textos inéditos y que su familia va subiendo al blog www.nellyfiasque.blogspot.com

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La manija de Harry Toshiba

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Ayer miércoles vino Harry Toshiba a nuestra redacción, manijeado por el 3-0 de Argentina frente a Argelia en el Kansas City Stadium.
—¡Ese Joachim Klement no sabe nada! —tiró Harry apenas entró a nuestra redacción, envuelto en una bandera argentina, rodeado de papelitos que orbitaban por su cabeza y portando en brazos su célebre televisor de 20 pulgadas.
—¡¿Quién?! —dijimos a coro Torosaurio, Beto y yo, ocupados en el cierre de la edición.
—¡Burros! —gritó Harry, fuera de sí, irreconocible, quien siempre se ha caracterizado por la serenidad y la templanza—. ¡Klement es un chanta! Anda presumiendo que acertó a los ganadores de los tres últimos mundiales.
—Ah —dijo Beto y se metió en internet a buscar quién era el fulano.
—Ese personaje —siguió Harry— dice que el próximo campeón va a ser Países Bajos. ¡¿Vieron a los tipos jugar el otro día contra los japoneses?! Empataron 2-2 y tuvieron suerte de no perder.
—Siempre tienen buen equipo los holandeses —opinó Torosaurio, estrenando su título de analista deportivo—. Ya estuvieron en tres finales.
—Sí, pero perdieron en todas —respondió Harry—: en 1974, 2-1 ante Alemania; en 1978, 3-1 con Argentina; y en 2010, 1-0 frente a España. No tienen chances.
—Acá en internet —lanzó Beto mirando la compu— dicen que Klement es “un destacado economista y escritor alemán, que cuenta con más de veinte años de experiencia en servicios financieros globales”.
—¡Un trucho! —ladró Harry y pidió un alargue para su tele.
Tan alterado estaba que obedecimos sin hacer ningún comentario. Además, queríamos que encendiera el aparato para conocer algo del futuro. Damos fe de que, con él, Harry vaticinó el triunfo de Argentina en el Mundial de Qatar 2022.
Cuando al fin prendió el equipo, en la pantalla apareció estática.
—¡Ven! —nos dijo apretando los dientes y con ojos rojos—. ¡Ven lo que les digo!
Nos miramos desorientados. No entendíamos nada, y fue Torosaurio quien se animó a preguntar:
—¿Qué tenemos que ver?
—¡Por favor, despierten! —bramó Harry—. Estas señales muestran que el futuro es incierto y necesitamos unirnos. ¡Hay que apoyar a Scaloni, Messi y todo el equipo! Es la única manera de vencer a la banca internacional que nos hace vivir en una mátrix. Klement y sus cómplices quieren vencernos en el plano astral.
La puerta de la oficina se abrió de golpe y entraron Frank Chino, Jade Jung, Dezz, Chela, Muscio, Condenanza, los contadores Pintos y Vega, Panza, Renoldi, Millán, Pietrobelli, Eliana, Verónica, Garriga, Tomassini y Digital Snatch. Mientras cantaban “Muchachos”, bailaban y hacían pogo. Por la ventana se sumaron el Pibe Gómez, la Faure, Juan Carlos, el Loco Marcelo, Ruocco, el Negro Cortez, Sammu y otras tantas voces, provenientes de infinidad de barrios.
En la redacción, el televisor empezó a parpadear al ritmo de la hinchada y, en otro punto del planeta, un sueño albiceleste sacó a Klement de su plácida siesta.

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