Ya puede conseguirse en todos los kioscos de diarios y revistas del distrito de Ezeiza (Barrio Uno, Canning, José María Ezeiza, Tristán Suárez y Carlos Spegazzini) la edición papel Nº 1620 del semanario La Palabra de Ezeiza del jueves 26 de febrero de 2026. Valor: $700.
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Nueva edición | 26-02-26
La historia de Eladio Osman
—Eladio Osman fue un gran mago hasta que sufrió una maldición bien jodida. La manija lo hundió en la depresión y le causó la enemistad de muchos vecinos de Sol de Oro —dijo la Pirata Domínguez, en su última visita a La Palabra—. Picado por un mosquito que transportaba una sustancia milenaria, el tipo se convertía en una especie de antena que provocaba la desaparición de elementos a su alrededor los días de luna llena.
Con Torosaurio, Chaquetón y el Loco Renoldi no sabíamos si cerrarle la puerta de la redacción para siempre o reírnos del tremendo bolazo que habíamos escuchado. En la indecisión, nos quedamos mudos, mirándola como pavotes. La Pirata, parada en el marco de la entrada, siguió:
—Al principio nadie lo notó. Ni el propio Eladio. La primera luna llena se llevó un juego de llaves y un frasco de Arlistán. Eladio creyó haberlos perdido a causa de los tres litros de malbec que había tomado esa misma noche. En la segunda luna desaparecieron diez bicicletas en domicilios cercanos. En la tercera, se evaporó la máquina de cortar pasto del Zurdo, que le hacía el parque, y también el motor de agua de una maestra. Recién ahí Eladio ató cabos: el zumbido en los oídos desde que bajó la fiebre de la mordedura, la estática en la piel los días de luna llena y los objetos reapareciendo en sus pesadillas.
La Pirata hizo una pausa para darle intriga al asunto, esperando que le preguntáramos algo. Al ver nuestra apatía, agregó sola:
—Eladio empezó a encerrarse los días de luna llena, sumido en el miedo a que lo descubrieran. Chucherías y artículos de valor se perdían y, en el barrio, lo marcaron. Algunos decían que, como nadie lo contrataba, se estaba dedicando a la rapiña. Gianegra fue la primera que habló de la maldición del Mosquito Egipcio, enviado por algún ilusionista enemigo, y propuso un exorcismo urgente, pero nadie le hizo caso. Los chicos inventaron un juego: dejar latas o botellas cerca de la casa de Eladio y apostar cuáles sobrevivirían. Con el tiempo, nos habituamos a las pérdidas y hubo un período de calma.
—¿Cuándo ocurrió todo esto? —le pregunté, como para despedirla.
—Desde el 98 o el 99 hasta diciembre de 2001, cuando estalló la crisis. Me acuerdo perfecto: el 30 fue luna llena y, un poco alborotados por el clima de la época, fuimos con Gianegra y unos fomentistas a aplicarle el tratamiento. Cuando llegamos, donde se ubicaba su casa había un terreno baldío, colmado de pastizales.
El Loco Renoldi se subió a la moto al escuchar el desenlace del relato. Oímos el rugido del motor mientras huía. Chaquetón protestó: “¡¡Tendríamos que estar discutiendo sobre el cierre de fábricas, la reforma laboral, los despidos, la baja de salarios, el maltrato a los jubilados y el desfinanciamiento de la educación, la investigación y la salud, en vez de escuchar semejante estupidez!!”. Y se marchó en su bici. Torosaurio se metió en la oficina y puso en YouTube el disco Ácido argentino a todo volumen. Yo me quedé a su lado.
—Acuérdense —dijo la Pirata, a los gritos, compitiendo con la voz de Claudio O’Connor cantando “Vientos de poder”—. Nos acostumbramos a todo. Siempre. Hasta que, al final, las cosas terminan y nos queda la sensación de haber sido parte de un mal sueño o de un cuento un tanto destartalado.
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Nueva edición | 19-02-26
Ya puede conseguirse en todos los kioscos de diarios y revistas del distrito de Ezeiza (Barrio Uno, Canning, José María Ezeiza, Tristán Suárez y Carlos Spegazzini) la edición papel Nº 1619 del semanario La Palabra de Ezeiza del jueves 19 de febrero de 2026. Valor: $700.
El sexto sentido de Hugo
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Nueva edición | 12-02-26
Ya puede conseguirse en todos los kioscos de diarios y revistas del distrito de Ezeiza (Barrio Uno, Canning, José María Ezeiza, Tristán Suárez y Carlos Spegazzini) la edición papel Nº 1618 del semanario La Palabra de Ezeiza del jueves 12 de febrero de 2026. Valor: $700.
El pueblo escondido
A unos dos mil metros, hay una curva a la derecha, pero también se ve en esa esquina un camino en desuso, con pasto y arbustos, apenas con una huella. Se nota que nadie, o casi nadie, circula por allí. Siempre me intrigó, aunque nunca me animé a investigar.
Sin embargo, la otra tarde vi un rastrojero celeste que entraba lento al camino abandonado, y sin saber por qué, me metí despacio, intrigado. A pocos metros, el camino parecía curvarse hacia la izquierda, impidiendo ver más allá de cincuenta metros. Seguí tranquilo, admirando el paisaje tupido de eucaliptos, espinillos y altos pastizales. Qué camino raro, redondeado. Aunque no lo veía, oculto por la curva, se escuchaba el ronroneo del rastrojero delante de mí.
Después de haber andado unos veinte minutos (cosa que me resultó extraña, porque en ese tiempo ya debería haber llegado a Máximo Paz), vi un cartel viejo y oxidado: “Pueblo Escondido, 100 metros”.
Continué, y allí estaba: un pequeño caserío alrededor de una hermosa plaza. Vi al hombre del rastrojero descargando mercadería en lo que parecía un almacén de ramos generales. Me detuve a pocos metros.
—Buenas —dije, bajando la pata de la moto.
—Buenas —respondió el hombre, de boina y bombacha, mientras levantaba una caja de Hesperidina y entraba al almacén—. ¿Qué lo trae por acá?
—Curiosidad. Siempre quise saber adónde llevaba este camino —dije, mientras levantaba una caja para ayudarle.
—Ah, mire usté… —respondió el gaucho.
—Chiquito el pueblo —comenté, buscando conversación.
—Ajá, ocho casas. Y algunas están vacías —dijo, cargando otra caja—. ¿No quiere tomar algo?
—Bueno, ¿qué tiene?
—Tome —dijo, mientras me destapaba una Pritty—. La casa invita. Siéntese y disfrute.
Mientras tomaba mi gaseosa, miraba las casas que, aunque pocas, no parecían abandonadas. Había dos o tres por cada cuadra alrededor de la plaza. Los carteles decían: “Comisaría”, “Hospital”, “Funeraria” y “Restaurante”.
De pronto, salió del hospital un enfermero con uniforme blanco y un estetoscopio colgado al cuello. Con una gran sonrisa se acercó a la puerta del almacén y preguntó en voz alta:
—¿Todo bien, che?
—Sí, andá tranquilo —se escuchó desde dentro del almacén.
Momentos después, se cruzó el parrillero del restaurante, fumando un cigarro de hoja. Se detuvo en la puerta del almacén y, sonriendo también, preguntó:
—¿Prendo el fuego, che?
—Nooo, todavía no, esperá un poco… —se escuchó desde adentro.
Ya me sentía extraño, no entendía nada y hasta me daba un poquito de cosa. Saboreando el último sorbo de mi Pritty, vi salir al enterrador de la funeraria, con su traje negro y su galera. Como los anteriores, se detuvo sonriendo en el umbral de la puerta del almacén y, dejando de fumar su pipa, preguntó:
—¿Alguna novedad, che?
—No… todavía no…
Me despedí del gaucho, agradeciendo el refresco, y me dirigí hacia el cartel que indicaba “Ezeiza”, tranquilo y pensando en lo raro de la situación. A poco andar por ese camino, me encontré con el mismo rastrojero, pero esta vez con un cartel: “Policía”.
El agente me detuvo. Con una sonrisa, me pidió el registro. Lo miró, me miró y, con amabilidad, me dijo:
—Vaya nomás… todavía le queda tiempo.
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Nueva edición | 05-02-26
Ya puede conseguirse en todos los kioscos de diarios y revistas del distrito de Ezeiza (Barrio Uno, Canning, José María Ezeiza, Tristán Suárez y Carlos Spegazzini) la edición papel Nº 1617 del semanario La Palabra de Ezeiza del jueves 5 de febrero de 2026. Valor: $700.
La acumuladora
—Sí, Mabel. Es más, le puse un llavero de plástico con tu nombre —responde Ángel, sonriendo, esquivando con cuidado el tono vergonzoso del pedido, como si ambos supieran que esa escena se repite más de lo deseable, como un acuerdo sin pronunciar.
Mabel sale de la cerrajería acariciando el bronce caliente de su llave doble paleta, dorada y áspera. Disfruta cada vez que tiene una llave nueva en sus manos, como si ese objeto mínimo pudiera todavía abrir algo más que una puerta. Por un rato huele al taller mecánico de su papá: a grasa vieja, a metal limado, a aceite derramado. También a los almanaques de vedettes de cejas finas y siliconas esféricas que colgaban torcidos en la pared, que hoy se funden entre la humedad y aniversarios que se quedaron sin festejo.
Sube las escaleras del edificio y entra al 2º B. Empuja la puerta que acaba de abrir, pero se traba con los bultos de ropa que no usa; sin embargo, abrigan su soledad. Caminar entre camisas apiladas, papeles vencidos, botellas de plástico, llaves sueltas y almanaques fuera de fecha es una tarea lenta, casi un ritual. Extraña dormir en una cama. Hace años que no puede entrar a su habitación ni a la que había sido de su padre, ahora colonizadas por montañas de cosas que no se anima a tirar, por miedo a que algo esencial desaparezca con ellas.
Debe ser una de las pocas personas a las que nunca les falta un ingrediente. Entre el caos organizó un locro. Las legumbres se remojaron en tachos apoyados sobre diarios amarillentos; el cerdo lo cortó en un pequeño espacio ganado entre el mate, el aceite y el vino. La hornalla tiene el honor de cocinar el locro más rico de Boedo: hierve, salpica papeles, perfuma la casa, se hunde entre montañas de apegos que crujen con el calor.
Encontrar un tupper en la casa de Mabel sería una tarea desafiante para cualquiera. Pero ella estira el brazo y saca uno entre las camisas, como si supiera exactamente que estaba ahí, como si todo ese desorden tuviera un orden secreto. Abre la bolsa, acomoda bien el tupper, suma dos pancitos, se apura. Sale otra vez, llave en mano, para llevarlo a la cerrajería. Ángel va a almorzar algo calentito, comida casera. Y eso, por hoy, alcanza.
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