Blog | La Palabra de Ezeiza
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Nueva edición | 23-04-26
Resonancia
Debo decir que era la segunda que me hacía y, en la anterior, no tuve ningún inconveniente; no experimenté la sensación de encierro (claustrofobia) que muchas personas suelen sufrir. En consecuencia, fui muy tranquilo, firmé la autorización, me coloqué la bata en el vestidor y, a los pocos minutos, ingresé al resonador. El médico radiólogo me había tratado con mucha amabilidad, así que estaba sumamente tranquilo. Cuando empecé a oír los sonidos más intensos, no sé cómo, recordé una noticia que había leído dos horas antes, acerca de un hombre que estuvo cuatro horas encerrado, a oscuras, en un estrecho ascensor y que fue rescatado con un cuadro de deshidratación. De repente, sentí sed, muchísima sed, y la necesidad de respirar aire, más del que tenía disponible dentro del resonador. Intenté pensar en otra cosa, que viajaba en un globo aerostático, que respiraba la pureza del aire de un bosque, pero no lo logré. En mi cabeza, solo una idea se había instalado: quería salir de allí, de inmediato, que pararan el estudio; no podía seguir teniendo esas paredes del cubículo encima de mi nariz y pecho, esa escasa luz artificial, sumada a los ruidos ensordecedores que se repetían de manera demoníaca.
Pulsé el botón de llamada para avisarle al médico que no me sentía bien; nada sucedió. Pulsé otra vez, y otra y otra. ¿El botón estaría funcionando? Como pude, realicé movimientos con mis pies; no quería dañar el resonador, pero tenía que comunicarme de algún modo. Levanté, hasta donde pude, las rodillas; tampoco hubo respuesta. La desesperación, a esta altura, era absoluta y, como último intento, empecé una serie de golpes con mi mano izquierda y los pies, hasta donde podía. Noté que el botón de llamada se había desprendido, lo cual me preocupó aún más. ¿Qué pasaba con el radiólogo? ¿Se había ido? ¿Y Alejandra? ¿Acaso ella tampoco registraba mis pedidos de auxilio? A los pocos segundos, perdí el conocimiento y quedé inmovilizado.
Supe luego que me sacaron unos quince minutos más tarde, cuando el estudio terminó. Al abrir los ojos, me encontré con la sonrisa de Alejandra y la mirada amable del médico. Los acompañaba un señor con una camisa carísima y zapatos relucientes. Se presentó:
—Soy Luciano Funes, representante de la firma Lugens Medical Corporation, los fabricantes de este resonador. Le agradezco su paciencia y le pido que nos disculpe por cualquier molestia ocasionada, pero estamos haciendo una prueba de control de calidad de nuestro producto: necesitamos saber cómo reacciona ante un paciente desesperado y con un ataque de claustrofobia. Nos alegra comprobar que resiste todos los golpes del paciente y que incluso puede albergarlo muy bien en caso de desmayo. ¿Se sintió cómodo al perder el conocimiento? Seguro que sí: nuestros productos son excelentes. Ahora quiero regalarle este vale para una pizza de mozzarella; puede disfrutarla en cualquier sucursal que la cadena Pizzamarca tiene en la provincia de Catamarca. A su señora acabo de entregarle una orden de compra para dos pares de zapatos. Se la ofrecí cuando usted estaba dentro del resonador y aceptó gustosa; ella firmó la autorización para la prueba. Espero que le queden hermosos, seguramente será así. Gracias nuevamente por su predisposición. Buenas tardes.
El señor se retiró y Alejandra me ayudó a cambiarme. Al salir, necesité con urgencia comprar una botella de agua mineral en el kiosco de enfrente: la obra social no me cubría el vaso de agua que solicité en el centro médico.
Nueva edición | 16-04-26
¿Dónde está Irasco Borrokatu?
Por un tiempo no va a aparecer, Aitana. Te explico lo que pasó: en junio de 2025, Irasco y yo nos juntamos a jugar al pool en Tristán Suárez. Irasco pasó por el baño del boliche, salió y en cinco minutos me ganó dos partidos. Luego, nos tomamos unas birras y le pregunté cómo hacía para jugar así.
—Invoco las habilidades de los espíritus, Torosaurio —respondió, directo—. Yo soy miembro de la logia de los Caballeros del Capitalismo Metafísico. Mis maestros me enseñaron a contactar ánimas y absorber sus cualidades. Recién fui al baño e invoqué a todos los difuntos jugadores de pool que pasaron por este boliche. De ahí mi capacidad.
—¡Interesante! ¿Y cómo hace para que los espíritus no lo controlen a usted, Irasco?
—Qué desconfiado, Torosaurio. ¡Los fantasmas son todos buenos!
Un mes después, Irasco fue a jugar al Mundial de Pool en Berlín (Billard-Weltmeisterschaft). Su primer partido sería contra el israelí Noam Rabinovich. Yo sintonicé el match de madrugada, por computadora. Cuando ambos jugadores llegaron a la mesa, algo en la mirada de Irasco me inquietó. Sus ojos no parecían los suyos. Se plantó ante Rabinovich, levantó el brazo derecho haciendo el saludo fascista y entró a gritar en alemán. Rabinovich agarró su palo y lo partió en la cabeza de Irasco. La yuta berlinesa contuvo al israelí y se llevó a mi amigo. Antes de que se cortara la transmisión, contemplé con horror y alivio que los ojos de Irasco habían vuelto a la normalidad.
En resumen: Irasco está preso en Alemania por imitar a Hitler. El escándalo fue tan grave que ni el embajador argentino se quiso meter. A menos que alguien garpe una jugosa fianza, pasará diez años en prisión. Sus amigos estamos ahorrando, pero la crisis no ayuda y a este ritmo Irasco va a salir antes de que terminemos de juntar. Si querés colaborar, Aitana, venite a La Palabra. Es por una buena causa. Tu sección favorita no puede quedarse sin escritores.
Nueva edición | 9-4-26
Ya puede conseguirse en todos los kioscos de diarios y revistas del distrito de Ezeiza (Barrio Uno, Canning, José María Ezeiza, Tristán Suárez y Carlos Spegazzini) la edición papel Nº 1626 del semanario La Palabra de Ezeiza del jueves 9 de abril 2026. Valor: $700.
El logro de la felicidad
Nueva edición | 02-04-26
Ya puede conseguirse en todos los kioscos de diarios y revistas del distrito de Ezeiza (Barrio Uno, Canning, José María Ezeiza, Tristán Suárez y Carlos Spegazzini) la edición papel Nº 1625 del semanario La Palabra de Ezeiza del jueves 2 de abril 2026. Valor: $700.
PRINCIPALES PUNTOS DE VENTA:
El último asiento
Ahí esperamos, junto con varios compañeros, el micro que nos lleva a trabajar a Mercado Libre, en La Matanza. El recorrido es Ezeiza-Monte Grande y casi siempre subimos los mismos: caras conocidas, saludos rápidos, los “hola, amigo” y “hola, amiga” automáticos. Gente medio dormida, preparándose para el turno tarde-noche.
A la ida, el micro suele pasar cerca de las 15:40 y nos trae de vuelta a las 00:00. La rutina de siempre. Pero hubo una vez en particular que fue diferente.
Ese día, al terminar mi jornada laboral, llegué al estacionamiento unos minutos antes. Eran cerca de las 23:00. A esa hora suele salir todo el mundo, pero el lugar estaba más silencioso y vacío de lo normal.
A todos les tocó afuera, pensé.
Me acerqué al micro. El chofer abrió la puerta y dijo:
—Subí tranquila… hoy solo los llevo a ustedes dos.
Miré alrededor. Estaba sola.
—¿Dos? —pregunté—. ¿Falta alguien más?
El chofer dudó un segundo.
—No… recién subió uno. Faltabas vos.
Pensé que tal vez alguien había subido antes y no lo había visto. Con el cansancio que tenía, no le di importancia. Me senté en uno de los asientos de adelante sin mirar hacia el fondo. El micro arrancó rumbo a Monte Grande, para terminar el recorrido en la estación de Ezeiza.
Cuando estábamos llegando, el chofer miró por el espejo y dijo en voz alta:
—Caballero, usted también baja en Ezeiza, ¿no?
Nadie respondió.
Volvió a mirar el retrovisor, frunciendo el ceño.
—¿Dónde está? —me preguntó.
—¿Quién?
—Tu compañero, el que subió antes que vos.
Un frío me recorrió la espalda. Me levanté y caminé hacia el fondo. Revisé asiento por asiento. Vacíos. Todos.
—No hay nadie —dije.
El chofer frenó de golpe al costado de la ruta. Nos quedamos en silencio; solo se escuchaba el motor, todavía encendido.
—No puede ser… —murmuró—. Yo lo vi subir. Tenía un bolso y una remera amarilla… Me pidió que lo dejara en la estación de Ezeiza.
—Pero no hay nadie —repetí, poniéndome más nerviosa.
El chofer se quedó mirando el espejo, pálido. Yo también.
En el reflejo, por un segundo, vi algo sentado en el último asiento.
Algo oscuro.
Miré hacia atrás. El asiento estaba vacío.
El chofer encendió el motor y arrancó. No dijimos nada en todo el camino.
Cuando llegamos, lo saludé rápido y bajé, aguantando las ganas de llorar. Jamás pude olvidar ese viaje.
Desde ese día sigo tomando el micro frente a la estación de Ezeiza. Todo suele ser normal, la misma rutina… pero en los días más grises, a veces, cuando el micro arranca y miro hacia el fondo, siento que alguien más viaja con nosotros.
Alguien que nadie ve… excepto el chofer y yo.
Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar
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