Por Karen Valdez | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses

Cada tarde, al salir de mi casa, hago el mismo recorrido: cruzo la municipalidad y camino hasta la parada frente a la estación de Ezeiza, nuestro punto de encuentro. En invierno, sobre todo en los días grises, el cielo empieza a oscurecer a esa hora y el movimiento del centro se mezcla con el ruido de los colectivos y los vendedores que cierran sus puestos.
Ahí esperamos, junto con varios compañeros, el micro que nos lleva a trabajar a Mercado Libre, en La Matanza. El recorrido es Ezeiza-Monte Grande y casi siempre subimos los mismos: caras conocidas, saludos rápidos, los “hola, amigo” y “hola, amiga” automáticos. Gente medio dormida, preparándose para el turno tarde-noche.
A la ida, el micro suele pasar cerca de las 15:40 y nos trae de vuelta a las 00:00. La rutina de siempre. Pero hubo una vez en particular que fue diferente.
Ese día, al terminar mi jornada laboral, llegué al estacionamiento unos minutos antes. Eran cerca de las 23:00. A esa hora suele salir todo el mundo, pero el lugar estaba más silencioso y vacío de lo normal.
A todos les tocó afuera, pensé.
Me acerqué al micro. El chofer abrió la puerta y dijo:
—Subí tranquila… hoy solo los llevo a ustedes dos.
Miré alrededor. Estaba sola.
—¿Dos? —pregunté—. ¿Falta alguien más?
El chofer dudó un segundo.
—No… recién subió uno. Faltabas vos.
Pensé que tal vez alguien había subido antes y no lo había visto. Con el cansancio que tenía, no le di importancia. Me senté en uno de los asientos de adelante sin mirar hacia el fondo. El micro arrancó rumbo a Monte Grande, para terminar el recorrido en la estación de Ezeiza.
Cuando estábamos llegando, el chofer miró por el espejo y dijo en voz alta:
—Caballero, usted también baja en Ezeiza, ¿no?
Nadie respondió.
Volvió a mirar el retrovisor, frunciendo el ceño.
—¿Dónde está? —me preguntó.
—¿Quién?
—Tu compañero, el que subió antes que vos.
Un frío me recorrió la espalda. Me levanté y caminé hacia el fondo. Revisé asiento por asiento. Vacíos. Todos.
—No hay nadie —dije.
El chofer frenó de golpe al costado de la ruta. Nos quedamos en silencio; solo se escuchaba el motor, todavía encendido.
—No puede ser… —murmuró—. Yo lo vi subir. Tenía un bolso y una remera amarilla… Me pidió que lo dejara en la estación de Ezeiza.
—Pero no hay nadie —repetí, poniéndome más nerviosa.
El chofer se quedó mirando el espejo, pálido. Yo también.
En el reflejo, por un segundo, vi algo sentado en el último asiento.
Algo oscuro.
Miré hacia atrás. El asiento estaba vacío.
El chofer encendió el motor y arrancó. No dijimos nada en todo el camino.
Cuando llegamos, lo saludé rápido y bajé, aguantando las ganas de llorar. Jamás pude olvidar ese viaje.
Desde ese día sigo tomando el micro frente a la estación de Ezeiza. Todo suele ser normal, la misma rutina… pero en los días más grises, a veces, cuando el micro arranca y miro hacia el fondo, siento que alguien más viaja con nosotros.
Alguien que nadie ve… excepto el chofer y yo.
Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar