Nueva edición | 12-02-26

Ya puede conseguirse en todos los kioscos de diarios y revistas del distrito de Ezeiza (Barrio Uno, Canning, José María Ezeiza, Tristán Suárez y Carlos Spegazzini) la edición papel Nº 1618 del semanario La Palabra de Ezeiza del jueves 12 de febrero de 2026. Valor: $700.

PRINCIPALES PUNTOS DE VENTA:
► Ruta 205 y 9 de Julio (JM Ezeiza)
► Ruta 205 y Ramos Mejía (JM Ezeiza)
► San Juan y Mitre (JM Ezeiza)
► Perón y Avellaneda (JM Ezeiza)
► Ecuador y Perón (JM Ezeiza)
► Ruta 205 y Gaddini (Tristán Suárez)
► Gaddini, entre Iglesias y Canale (Tristán Suárez)
► Ruta 205 y Lima (Tristán Suárez)
► Av. Del Plata y Ruta 205 (Tristán Suarez)
► Estación Tristán Suárez (Tristán Suárez)
► Santiago Cabral y Escribano Vázquez (Canning)
► Ruta 205 y Sargento Cabral (Canning)
► Las Araucarias y Los Cedros (La Unión)
► 25 de Mayo y España (Carlos Spegazzini)
► Estación El Jagüel (El Jagüel)
► Ruta 205 y Las Heras (Monte Grande)
► Estación Monte Grande (Monte Grande)
► Ruta 205 y Vicente López (Monte Grande)
► Matienzo y Arana (Luis Guillón)
► Máximo Paz y Av. Pereda (Máximo Paz)

LA PALABRA DE EZEIZA SALE TODOS LOS JUEVES. Atención: Tucumán 142, José María Ezeiza, lunes a viernes de 9 a 13 horas. Teléfono: (5411) 4232-6274. WhatsApp: 11-2338-2539. Email: ezeizaediciones@yahoo.com.ar

El pueblo escondido

Por Carlos Renoldi | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Carlos Renoldi | #FiccionesEzeicenses



A veces, cuando salía del Centro Atómico en mi moto, solía tomar el Camino Real hasta el Desvío Montevideo, que conecta con el camino de la cárcel. Ese tramo es de tierra y lo evitaba porque, cuando pasaba algún vehículo, me tapaba de polvo. Pero me ahorraba algunos kilómetros y tiempo.
A unos dos mil metros, hay una curva a la derecha, pero también se ve en esa esquina un camino en desuso, con pasto y arbustos, apenas con una huella. Se nota que nadie, o casi nadie, circula por allí. Siempre me intrigó, aunque nunca me animé a investigar.
Sin embargo, la otra tarde vi un rastrojero celeste que entraba lento al camino abandonado, y sin saber por qué, me metí despacio, intrigado. A pocos metros, el camino parecía curvarse hacia la izquierda, impidiendo ver más allá de cincuenta metros. Seguí tranquilo, admirando el paisaje tupido de eucaliptos, espinillos y altos pastizales. Qué camino raro, redondeado. Aunque no lo veía, oculto por la curva, se escuchaba el ronroneo del rastrojero delante de mí.
Después de haber andado unos veinte minutos (cosa que me resultó extraña, porque en ese tiempo ya debería haber llegado a Máximo Paz), vi un cartel viejo y oxidado: “Pueblo Escondido, 100 metros”.
Continué, y allí estaba: un pequeño caserío alrededor de una hermosa plaza. Vi al hombre del rastrojero descargando mercadería en lo que parecía un almacén de ramos generales. Me detuve a pocos metros.
—Buenas —dije, bajando la pata de la moto.
—Buenas —respondió el hombre, de boina y bombacha, mientras levantaba una caja de Hesperidina y entraba al almacén—. ¿Qué lo trae por acá?
—Curiosidad. Siempre quise saber adónde llevaba este camino —dije, mientras levantaba una caja para ayudarle.
—Ah, mire usté… —respondió el gaucho.
—Chiquito el pueblo —comenté, buscando conversación.
—Ajá, ocho casas. Y algunas están vacías —dijo, cargando otra caja—. ¿No quiere tomar algo?
—Bueno, ¿qué tiene?
—Tome —dijo, mientras me destapaba una Pritty—. La casa invita. Siéntese y disfrute.
Mientras tomaba mi gaseosa, miraba las casas que, aunque pocas, no parecían abandonadas. Había dos o tres por cada cuadra alrededor de la plaza. Los carteles decían: “Comisaría”, “Hospital”, “Funeraria” y “Restaurante”.
De pronto, salió del hospital un enfermero con uniforme blanco y un estetoscopio colgado al cuello. Con una gran sonrisa se acercó a la puerta del almacén y preguntó en voz alta:
—¿Todo bien, che?
—Sí, andá tranquilo —se escuchó desde dentro del almacén.
Momentos después, se cruzó el parrillero del restaurante, fumando un cigarro de hoja. Se detuvo en la puerta del almacén y, sonriendo también, preguntó:
—¿Prendo el fuego, che?
—Nooo, todavía no, esperá un poco… —se escuchó desde adentro.
Ya me sentía extraño, no entendía nada y hasta me daba un poquito de cosa. Saboreando el último sorbo de mi Pritty, vi salir al enterrador de la funeraria, con su traje negro y su galera. Como los anteriores, se detuvo sonriendo en el umbral de la puerta del almacén y, dejando de fumar su pipa, preguntó:
—¿Alguna novedad, che?
—No… todavía no…
Me despedí del gaucho, agradeciendo el refresco, y me dirigí hacia el cartel que indicaba “Ezeiza”, tranquilo y pensando en lo raro de la situación. A poco andar por ese camino, me encontré con el mismo rastrojero, pero esta vez con un cartel: “Policía”.
El agente me detuvo. Con una sonrisa, me pidió el registro. Lo miró, me miró y, con amabilidad, me dijo:
—Vaya nomás… todavía le queda tiempo.

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Nueva edición | 05-02-26

Ya puede conseguirse en todos los kioscos de diarios y revistas del distrito de Ezeiza (Barrio Uno, Canning, José María Ezeiza, Tristán Suárez y Carlos Spegazzini) la edición papel Nº 1617 del semanario La Palabra de Ezeiza del jueves 5 de febrero de 2026. Valor: $700.

PRINCIPALES PUNTOS DE VENTA:
► Ruta 205 y 9 de Julio (JM Ezeiza)
► Ruta 205 y Ramos Mejía (JM Ezeiza)
► San Juan y Mitre (JM Ezeiza)
► Perón y Avellaneda (JM Ezeiza)
► Ecuador y Perón (JM Ezeiza)
► Ruta 205 y Gaddini (Tristán Suárez)
► Gaddini, entre Iglesias y Canale (Tristán Suárez)
► Ruta 205 y Lima (Tristán Suárez)
► Av. Del Plata y Ruta 205 (Tristán Suarez)
► Estación Tristán Suárez (Tristán Suárez)
► Santiago Cabral y Escribano Vázquez (Canning)
► Ruta 205 y Sargento Cabral (Canning)
► Las Araucarias y Los Cedros (La Unión)
► 25 de Mayo y España (Carlos Spegazzini)
► Estación El Jagüel (El Jagüel)
► Ruta 205 y Las Heras (Monte Grande)
► Estación Monte Grande (Monte Grande)
► Ruta 205 y Vicente López (Monte Grande)
► Matienzo y Arana (Luis Guillón)
► Máximo Paz y Av. Pereda (Máximo Paz)

LA PALABRA DE EZEIZA SALE TODOS LOS JUEVES. Atención: Tucumán 142, José María Ezeiza, lunes a viernes de 9 a 13 horas. Teléfono: (5411) 4232-6274. WhatsApp: 11-2338-2539. Email: ezeizaediciones@yahoo.com.ar

La acumuladora

Por Eliana Tortorella | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


—Perdí la llave otra vez —dice Mabel, mirando sus manos angustiadas, como si el olvido se le hubiera quedado adherido a la piel—. ¿Tenés la copia que te dejé para hacerme una nueva?
—Sí, Mabel. Es más, le puse un llavero de plástico con tu nombre —responde Ángel, sonriendo, esquivando con cuidado el tono vergonzoso del pedido, como si ambos supieran que esa escena se repite más de lo deseable, como un acuerdo sin pronunciar.
Mabel sale de la cerrajería acariciando el bronce caliente de su llave doble paleta, dorada y áspera. Disfruta cada vez que tiene una llave nueva en sus manos, como si ese objeto mínimo pudiera todavía abrir algo más que una puerta. Por un rato huele al taller mecánico de su papá: a grasa vieja, a metal limado, a aceite derramado. También a los almanaques de vedettes de cejas finas y siliconas esféricas que colgaban torcidos en la pared, que hoy se funden entre la humedad y aniversarios que se quedaron sin festejo.
Sube las escaleras del edificio y entra al 2º B. Empuja la puerta que acaba de abrir, pero se traba con los bultos de ropa que no usa; sin embargo, abrigan su soledad. Caminar entre camisas apiladas, papeles vencidos, botellas de plástico, llaves sueltas y almanaques fuera de fecha es una tarea lenta, casi un ritual. Extraña dormir en una cama. Hace años que no puede entrar a su habitación ni a la que había sido de su padre, ahora colonizadas por montañas de cosas que no se anima a tirar, por miedo a que algo esencial desaparezca con ellas.
Debe ser una de las pocas personas a las que nunca les falta un ingrediente. Entre el caos organizó un locro. Las legumbres se remojaron en tachos apoyados sobre diarios amarillentos; el cerdo lo cortó en un pequeño espacio ganado entre el mate, el aceite y el vino. La hornalla tiene el honor de cocinar el locro más rico de Boedo: hierve, salpica papeles, perfuma la casa, se hunde entre montañas de apegos que crujen con el calor.
Encontrar un tupper en la casa de Mabel sería una tarea desafiante para cualquiera. Pero ella estira el brazo y saca uno entre las camisas, como si supiera exactamente que estaba ahí, como si todo ese desorden tuviera un orden secreto. Abre la bolsa, acomoda bien el tupper, suma dos pancitos, se apura. Sale otra vez, llave en mano, para llevarlo a la cerrajería. Ángel va a almorzar algo calentito, comida casera. Y eso, por hoy, alcanza.

(*)Licenciada en Trabajo Social, escritora y tallerista. Integra Patio al Sur, comunidad literaria de Ezeiza que comprende una editorial, talleres y ciclos de lecturas. En 2025 publicó Astillas, su primer libro.

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Nueva edición | 29-01-26

Ya puede conseguirse en todos los kioscos de diarios y revistas del distrito de Ezeiza (Barrio Uno, Canning, José María Ezeiza, Tristán Suárez y Carlos Spegazzini) la edición papel Nº 1616 del semanario La Palabra de Ezeiza del jueves 29 de enero de 2026. Valor: $700.


PRINCIPALES PUNTOS DE VENTA:
► Ruta 205 y 9 de Julio (JM Ezeiza)
► Ruta 205 y Ramos Mejía (JM Ezeiza)
► San Juan y Mitre (JM Ezeiza)
► Perón y Avellaneda (JM Ezeiza)
► Ecuador y Perón (JM Ezeiza)
► Ruta 205 y Gaddini (Tristán Suárez)
► Gaddini, entre Iglesias y Canale (Tristán Suárez)
► Ruta 205 y Lima (Tristán Suárez)
► Av. Del Plata y Ruta 205 (Tristán Suarez)
► Estación Tristán Suárez (Tristán Suárez)
► Santiago Cabral y Escribano Vázquez (Canning)
► Ruta 205 y Sargento Cabral (Canning)
► Las Araucarias y Los Cedros (La Unión)
► 25 de Mayo y España (Carlos Spegazzini)
► Estación El Jagüel (El Jagüel)
► Ruta 205 y Las Heras (Monte Grande)
► Estación Monte Grande (Monte Grande)
► Ruta 205 y Vicente López (Monte Grande)
► Matienzo y Arana (Luis Guillón)
► Máximo Paz y Av. Pereda (Máximo Paz)

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El poste de Alfonsina Storni

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Flaco, medio torcido, con astillas, grietas y manchas de cal. Carteles de plomeros, tarotistas y otros servicios. Cables tirándole de los hombros. El poste de madera está en el barrio Alfonsina Storni. Sigue firme desde el siglo pasado, como un sobreviviente.
Durante décadas hizo lo suyo sin decir nada: sostuvo el tendido y se bancó pelotazos, perros haciendo sus necesidades, parejas trasnochadas y vecinos que lo usan de apoyo para arreglar el mundo. Lo vi sin verlo hasta que, una noche, el poste me chistó. Yo venía de comer un asado con mis amigos del club.
—Soy de 1937. La ciudad de Buenos Aires tuvo luz antes que nosotros. Acá siempre tenemos que esperar un poco —tiró, medio resentido, como si llevara años esperando que alguien lo escuchara.
—Antes —prosiguió— la noche era oscura de verdad. Todo era negro, viste. Salvo por los bichitos de luz, que andaban entre los pastizales. A mí me gustaba la época en que las ranas y las chicharras cantaban más afinadas.
Saqué el celular para grabar la conversación. Apenas apreté play, cerró la boca. Pasó media hora hasta que entendí:
—Está bien —acepté y apagué el grabador.
—En la zona, el quilombo grande vino al poco tiempo de mi llegada —lanzó—. Aparecieron máquinas, camiones, tipos con planos que miraban todo como si estuvieran viendo el siglo veintiuno. El aeropuerto se estaba armando y la luz se volvió importante.
El poste lanzaba fechas, narraba escenas, repetía frases oídas al pasar. Me mareaba escucharlo.
—Me acuerdo de los carnavales, de los primeros asfaltos, de las vacas que andaban por acá y se fueron volando con los aviones. Una vez vi un asesinato y un choque de motos. Fui testigo de muchas cosas en esta calle. Nací en Entre Ríos y me trajeron en camión hasta Ezeiza. A mí me hubiera gustado ser el marco de un cuadro, una tabla de cortar carne, la base de un martillo, una guitarra, la madera de un bote. Qué lindo hubiera sido recorrer el mundo, conocer otras culturas, aprender distintos idiomas. Por eso todavía no termino de comprender bien una cosa…
—¿Qué? —quise saber.
Escuché una carraspera y un intento de aclarar la voz. Oí que murmuraba “algún día…” cuando pasó un muchacho por la esquina y el palo volvió a callarse.
Me quedé unos diez o quince minutos, hasta que, cansado, le dije:
—Chau —y di media vuelta.
La madera crujió y el alumbrado público titiló. Como última frase, el poste comentó:
—Algún día quisiera que me expliquen por qué me dejaron plantado en este rincón del mundo.
Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar

Nueva edición | 22-01-26

Ya puede conseguirse en todos los kioscos de diarios y revistas del distrito de Ezeiza (Barrio Uno, Canning, José María Ezeiza, Tristán Suárez y Carlos Spegazzini) la edición papel Nº 1615 del semanario La Palabra de Ezeiza del jueves 22 de enero de 2026. Valor: $700.

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► Gaddini, entre Iglesias y Canale (Tristán Suárez)
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► Estación Tristán Suárez (Tristán Suárez)
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► Ruta 205 y Sargento Cabral (Canning)
► Las Araucarias y Los Cedros (La Unión)
► 25 de Mayo y España (Carlos Spegazzini)
► Estación El Jagüel (El Jagüel)
► Ruta 205 y Las Heras (Monte Grande)
► Estación Monte Grande (Monte Grande)
► Ruta 205 y Vicente López (Monte Grande)
► Matienzo y Arana (Luis Guillón)
► Máximo Paz y Av. Pereda (Máximo Paz)

LA PALABRA DE EZEIZA SALE TODOS LOS JUEVES. Atención: Tucumán 142, José María Ezeiza, lunes a viernes de 9 a 13 horas. Teléfono: (5411) 4232-6274. WhatsApp: 11-2338-2539. Email: ezeizaediciones@yahoo.com.ar

El contador de estrellas

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


En Villa Guillermina, el chaqueño Abel Tejada sale por las noches a mirar el cielo. Nadie sabe bien desde cuándo. Suele pasarse una gran cantidad de horas parado en las veredas de Dorrego, Rivadavia, Humberto Primo o Tucumán, siempre con la cabeza inclinada hacia arriba.
En el barrio dicen que cuenta estrellas. Comparten ese chisme con una mezcla de burla y respeto. Algunos agregan que, de chico, no se animaba a levantar la vista hacia el horizonte. Que en el campo, en su pueblo natal, unas viejas le metieron miedo:
—El que cuenta todas las estrellas se muere pa’ siempre. Queda duro ahí nomás, de golpe, igual que si le cayera un rayo.
La otra noche yo iba caminando, distraído, y lo choqué en la esquina de San Lorenzo y Rivadavia. Me lo llevé por delante cuando iba con el celu en la mano, escrolleando unos videos de TikTok.
—Perdón —le dije, apenas lo reconocí, y guardé el teléfono en el bolsillo del jean.
El chaqueño no se enojó. Ni siquiera pareció sorprendido. Me miró un segundo y después volvió a levantar la vista.
Me quedé suspendido entre seguir o quedarme, hasta que él afirmó:
—¿Sabías que ver la luz de las estrellas es ver el pasado?
Algo parecido había oído en un reel de Instagram, sin entender bien el significado.
—La luz no llega enseguida —aclaró, como dándome una respuesta—. Tarda años, décadas, siglos. Cuando mirás una estrella, la ves como fue, no como es. Capaz que ya no existe, pero su luz sigue viniendo.
Tras una pausa causada por el ruido de una moto, Abel agregó:
—¿Pensaste en todas las cosas que alguna vez existieron en el barrio y ya no están: casas, comercios, vecinos, familiares? En el universo hay entre cien mil trillones y trescientos mil trillones de estrellas. Cada una representa infinidad de historias.
No tenía idea qué contestarle cuando me acordé de los rumores y le tiré:
—Dicen que si las contás todas te morís.
—Capaz, sí. Pero podés pasarte toda la vida contándolas —respondió, serio.
—¿Por qué te gusta mirarlas? —pregunté.
A modo de respuesta, volvió su mirada al firmamento.
Lo imité y comencé a escuchar el rodar de su voz. Disertó sobre infinidad de estrellas, galaxias y constelaciones. Mencionó la Vía Láctea, la Cruz del Sur, la nebulosa del Cangrejo, el Omega Centauri.
Cuando terminó o se cansó, bajó la vista y me dio la mano en señal de despedida.
—¿Por qué te gusta mirarlas? —insistí, conmovido por lo que había sentido bajo el cielo enorme de Guillermina.
Se dio media vuelta para irse. Cuando pensé que ya no iba a decir nada más, comentó:
—Si dejamos de mirar, nadie se va a enterar el día que desaparezcan.

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