Ya puede conseguirse en todos los kioscos de diarios y revistas del distrito de Ezeiza (Barrio Uno, Canning, José María Ezeiza, Tristán Suárez y Carlos Spegazzini) la edición papel Nº 1621 del semanario La Palabra de Ezeiza del jueves 5 de marzo 2026. Valor: $700.
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Nueva edición | 05-03-26
La puerta muerta
Con veintitantos años y recién graduado, Kevin estaba comenzando su carrera laboral con grandes expectativas y excelentes promedios. Tenía una buena familia y una vida social activa. Era querido por todos y contaba con un amplio círculo de amigos. No había nada fuera de lo convencional o cercano a lo trágico, y no había presión alguna sobre su vida. Sin embargo, Kevin no era feliz, aunque no sabía el porqué ni cómo poner su desazón en palabras, dentro de un marco teórico que coincidiera con la lógica y la razón.
Aguardó unos cinco minutos a su pareja, Delfina, en la entrada del Club Tristán Suárez. Ella los había anotado a ambos para hacer natación. Después de saludar a varias personas, sonriendo para guardar las apariencias, entró a los baños para prepararse. Aprovechó el ruido del agua de la ducha y la intimidad para llorar. Al salir, vio a un señor mayor.
—Buenos días, joven, no se ve usted muy bien —dijo el anciano sin mirarlo.
—Hola, el agua está un poco fría, tenga cuidado —respondió Kevin en automático, mientras se refregaba la cara más de lo necesario con su toalla para disimular los ojos hinchados.
—Gracias por el aviso. No voy a usarla. Me preparo para entrar en la puerta muerta.
Kevin se quedó parado, observando al anciano, quien señaló hacia el fondo. Desgastada, sin manija y con mucho óxido, la última puerta evidenciaba no haberse usado ni reparado por mucho tiempo.
El anciano se puso de pie y caminó a pasos lentos. Antes de cruzar la desusada entrada, dijo:
—Estaba esperando que salieras. Para que funcione, alguien más tiene que saber sobre su existencia. No duele. No hay regreso, es como ir a dormir.
Sin entender del todo lo que sucedía, Kevin se quedó curioso. Fue hasta la puerta y, al abrirla, no había nada: solo un cuartito vacío sin puertas ni ventanas. Aceptando lo que sugería la situación, Kevin pensó que no estaría mal terminar con su inexplicable sufrimiento y toda su gran mentira. “No duele” quedó como un eco en el húmedo baño del natatorio. “Para que funcione, alguien más tiene que saber sobre su existencia”.
Acompañado por un lúgubre silencio interrumpido por tímidas gotas rompiéndose en el suelo, Kevin volvió a sentarse en los bancos del vestuario.
Esperando.
(*)Coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.
Nueva edición | 26-02-26
Ya puede conseguirse en todos los kioscos de diarios y revistas del distrito de Ezeiza (Barrio Uno, Canning, José María Ezeiza, Tristán Suárez y Carlos Spegazzini) la edición papel Nº 1620 del semanario La Palabra de Ezeiza del jueves 26 de febrero de 2026. Valor: $700.
La historia de Eladio Osman
—Eladio Osman fue un gran mago hasta que sufrió una maldición bien jodida. La manija lo hundió en la depresión y le causó la enemistad de muchos vecinos de Sol de Oro —dijo la Pirata Domínguez, en su última visita a La Palabra—. Picado por un mosquito que transportaba una sustancia milenaria, el tipo se convertía en una especie de antena que provocaba la desaparición de elementos a su alrededor los días de luna llena.
Con Torosaurio, Chaquetón y el Loco Renoldi no sabíamos si cerrarle la puerta de la redacción para siempre o reírnos del tremendo bolazo que habíamos escuchado. En la indecisión, nos quedamos mudos, mirándola como pavotes. La Pirata, parada en el marco de la entrada, siguió:
—Al principio nadie lo notó. Ni el propio Eladio. La primera luna llena se llevó un juego de llaves y un frasco de Arlistán. Eladio creyó haberlos perdido a causa de los tres litros de malbec que había tomado esa misma noche. En la segunda luna desaparecieron diez bicicletas en domicilios cercanos. En la tercera, se evaporó la máquina de cortar pasto del Zurdo, que le hacía el parque, y también el motor de agua de una maestra. Recién ahí Eladio ató cabos: el zumbido en los oídos desde que bajó la fiebre de la mordedura, la estática en la piel los días de luna llena y los objetos reapareciendo en sus pesadillas.
La Pirata hizo una pausa para darle intriga al asunto, esperando que le preguntáramos algo. Al ver nuestra apatía, agregó sola:
—Eladio empezó a encerrarse los días de luna llena, sumido en el miedo a que lo descubrieran. Chucherías y artículos de valor se perdían y, en el barrio, lo marcaron. Algunos decían que, como nadie lo contrataba, se estaba dedicando a la rapiña. Gianegra fue la primera que habló de la maldición del Mosquito Egipcio, enviado por algún ilusionista enemigo, y propuso un exorcismo urgente, pero nadie le hizo caso. Los chicos inventaron un juego: dejar latas o botellas cerca de la casa de Eladio y apostar cuáles sobrevivirían. Con el tiempo, nos habituamos a las pérdidas y hubo un período de calma.
—¿Cuándo ocurrió todo esto? —le pregunté, como para despedirla.
—Desde el 98 o el 99 hasta diciembre de 2001, cuando estalló la crisis. Me acuerdo perfecto: el 30 fue luna llena y, un poco alborotados por el clima de la época, fuimos con Gianegra y unos fomentistas a aplicarle el tratamiento. Cuando llegamos, donde se ubicaba su casa había un terreno baldío, colmado de pastizales.
El Loco Renoldi se subió a la moto al escuchar el desenlace del relato. Oímos el rugido del motor mientras huía. Chaquetón protestó: “¡¡Tendríamos que estar discutiendo sobre el cierre de fábricas, la reforma laboral, los despidos, la baja de salarios, el maltrato a los jubilados y el desfinanciamiento de la educación, la investigación y la salud, en vez de escuchar semejante estupidez!!”. Y se marchó en su bici. Torosaurio se metió en la oficina y puso en YouTube el disco Ácido argentino a todo volumen. Yo me quedé a su lado.
—Acuérdense —dijo la Pirata, a los gritos, compitiendo con la voz de Claudio O’Connor cantando “Vientos de poder”—. Nos acostumbramos a todo. Siempre. Hasta que, al final, las cosas terminan y nos queda la sensación de haber sido parte de un mal sueño o de un cuento un tanto destartalado.
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Nueva edición | 19-02-26
Ya puede conseguirse en todos los kioscos de diarios y revistas del distrito de Ezeiza (Barrio Uno, Canning, José María Ezeiza, Tristán Suárez y Carlos Spegazzini) la edición papel Nº 1619 del semanario La Palabra de Ezeiza del jueves 19 de febrero de 2026. Valor: $700.
El sexto sentido de Hugo
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Nueva edición | 12-02-26
Ya puede conseguirse en todos los kioscos de diarios y revistas del distrito de Ezeiza (Barrio Uno, Canning, José María Ezeiza, Tristán Suárez y Carlos Spegazzini) la edición papel Nº 1618 del semanario La Palabra de Ezeiza del jueves 12 de febrero de 2026. Valor: $700.
El pueblo escondido
A unos dos mil metros, hay una curva a la derecha, pero también se ve en esa esquina un camino en desuso, con pasto y arbustos, apenas con una huella. Se nota que nadie, o casi nadie, circula por allí. Siempre me intrigó, aunque nunca me animé a investigar.
Sin embargo, la otra tarde vi un rastrojero celeste que entraba lento al camino abandonado, y sin saber por qué, me metí despacio, intrigado. A pocos metros, el camino parecía curvarse hacia la izquierda, impidiendo ver más allá de cincuenta metros. Seguí tranquilo, admirando el paisaje tupido de eucaliptos, espinillos y altos pastizales. Qué camino raro, redondeado. Aunque no lo veía, oculto por la curva, se escuchaba el ronroneo del rastrojero delante de mí.
Después de haber andado unos veinte minutos (cosa que me resultó extraña, porque en ese tiempo ya debería haber llegado a Máximo Paz), vi un cartel viejo y oxidado: “Pueblo Escondido, 100 metros”.
Continué, y allí estaba: un pequeño caserío alrededor de una hermosa plaza. Vi al hombre del rastrojero descargando mercadería en lo que parecía un almacén de ramos generales. Me detuve a pocos metros.
—Buenas —dije, bajando la pata de la moto.
—Buenas —respondió el hombre, de boina y bombacha, mientras levantaba una caja de Hesperidina y entraba al almacén—. ¿Qué lo trae por acá?
—Curiosidad. Siempre quise saber adónde llevaba este camino —dije, mientras levantaba una caja para ayudarle.
—Ah, mire usté… —respondió el gaucho.
—Chiquito el pueblo —comenté, buscando conversación.
—Ajá, ocho casas. Y algunas están vacías —dijo, cargando otra caja—. ¿No quiere tomar algo?
—Bueno, ¿qué tiene?
—Tome —dijo, mientras me destapaba una Pritty—. La casa invita. Siéntese y disfrute.
Mientras tomaba mi gaseosa, miraba las casas que, aunque pocas, no parecían abandonadas. Había dos o tres por cada cuadra alrededor de la plaza. Los carteles decían: “Comisaría”, “Hospital”, “Funeraria” y “Restaurante”.
De pronto, salió del hospital un enfermero con uniforme blanco y un estetoscopio colgado al cuello. Con una gran sonrisa se acercó a la puerta del almacén y preguntó en voz alta:
—¿Todo bien, che?
—Sí, andá tranquilo —se escuchó desde dentro del almacén.
Momentos después, se cruzó el parrillero del restaurante, fumando un cigarro de hoja. Se detuvo en la puerta del almacén y, sonriendo también, preguntó:
—¿Prendo el fuego, che?
—Nooo, todavía no, esperá un poco… —se escuchó desde adentro.
Ya me sentía extraño, no entendía nada y hasta me daba un poquito de cosa. Saboreando el último sorbo de mi Pritty, vi salir al enterrador de la funeraria, con su traje negro y su galera. Como los anteriores, se detuvo sonriendo en el umbral de la puerta del almacén y, dejando de fumar su pipa, preguntó:
—¿Alguna novedad, che?
—No… todavía no…
Me despedí del gaucho, agradeciendo el refresco, y me dirigí hacia el cartel que indicaba “Ezeiza”, tranquilo y pensando en lo raro de la situación. A poco andar por ese camino, me encontré con el mismo rastrojero, pero esta vez con un cartel: “Policía”.
El agente me detuvo. Con una sonrisa, me pidió el registro. Lo miró, me miró y, con amabilidad, me dijo:
—Vaya nomás… todavía le queda tiempo.
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