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Discusiones bajo la luna llena

Por Carlos Renoldi| Esto No Está Chequeado | Ilustración: Carlos Renoldi | #FiccionesEzeicenses


Se iba terminando el 2025. Mi libro La palabra inquieta estaba a punto de salir de imprenta y, una noche de luna llena, alguien me preguntó de qué hablaban mis escritos. Expuse algunas cosas y, de pronto, la discusión de “Dios sí, Dios no” empezó a ponerse picante.
Estábamos con Gladys en el patio de una peña, compartiendo una larga mesa con amigos, allegados y otros desconocidos, todos amantes de la música, la poesía, el baile.
Mientras exponía los motivos que me llevan a pensar en que no puede existir un creador omnipresente, una señora mayor del interior tucumano, que conocemos desde hace años, me respondió que Dios era el creador del cielo, las estrellas y todo eso.
Hablé del azar y la evolución; ella, que va a misa todos los domingos, me interrumpió diciendo:
—Dígame, Carlito, ¿qué ve en la luna? 
Y miró hacia el cielo, que esa noche de diciembre estaba claro y limpio.
Giré la cabeza y observé, como queriendo ver algo que ella veía, una cara, qué sé yo, y le dije:
—Veo sombras, cráteres —enumeré—. Las sombras son las partes donde el sol no la ilumina.
—No —me cortó—. Se ve el pesebre.
Me causó gracia la inesperada revelación y no pude ocultar la risa.
—¡No se ría, Carlito! No sea irrespetuoso —me retó—. La luna fue creada por Dios para que el hombre pueda ver el campo y sus animales durante la noche.
—Doña, la luna no tiene luz propia —comenté.
—¡¿Cómo que no?! ¡¿No ve cómo está brillando?! ¡¿O usted es ciego?! —lanzó, enojada.
Tratando de contener la risa, le dije:
—La luna es un satélite que refleja la luz del sol. La vemos gracias a que el sol la alumbra.
Le expliqué lo mejor que pude cómo funciona el sistema solar, pero ella, enojada y poniéndose de pie para retirarse de la conversación, respondió:
—Sí, claro... El sol alumbra la luna, ¡qué pavada! Las cosas que hay que escuchar hoy en día. ¡¿No ve usted que ahora es de noche?! No sea inorante, Carlito.

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El reino de los ecos

Por Victoria Paniagua(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Por Victoria Paniagua(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses

En el reino de los ecos, donde las palabras cobran vida y se convierten en burbujas de colores, tres niños llamados Jax, Pomni y Kinger(1) exploraban el Bosque Susurrante.
Jax se detuvo ante algo que sobresalía del suelo. No tenía forma definida. Se sentía frío al tacto y vibraba con un zumbido bajito.
—No sé qué es este pendorcho —dijo Jax, intentando encontrarle un uso—. No parece una herramienta ni tampoco una fruta del bosque.
Pomni, que siempre escuchaba los murmullos de los árboles, se acercó con cautela.
—Tengan cuidado —comentó—. Acabo de escuchar un rumor muy extraño en el Bosque de los Susurros. Dicen que alguien robó el sonido de las risas de los niños y lo escondió en un objeto como ese.
Kinger, que era muy pragmático, resopló con fuerza.
—¡¡Eso es absurdo!! ¿Cómo alguien va a robar las risas de los niños? Pomni, ¡deberías dejar de creer esos cuentos!
Mientras discutían, un duende parlanchín apareció de la nada. Colgado de una rama, comenzó a recitar poemas sin rima y a cantar canciones desafinadas a gritos, sin detenerse ni un segundo. Les estaba dando un fastidio insoportable: su voz era tan persistente que los niños no lograban ni siquiera escuchar sus propios pensamientos. Jax, desesperado por un poco de paz, decidió tomar acción.
—¡¡Ey, duende! —le gritó—. Si saltás hacia la Cascada de Cristal y gritás al revés, vas a encontrar una montaña de caramelos infinitos.
El duende, creyendo aquel engaño, salió corriendo hacia la cascada, gritando palabras al revés con todas sus fuerzas, perdiéndose en la espesura.
Los tres niños se sentaron bajo un árbol, disfrutando finalmente del silencio del Bosque Susurrante, preguntándose si alguna vez descubrirían qué era realmente aquel objeto que los había unido en esa extraña aventura.
Tiempo después, ese árbol sería el pulmón, el alma y el corazón de los Bosques de Ezeiza.

(*)Concurre al Taller Municipal de Literatura y Escritura (Infantil-Juvenil), coordinado por Marco Millán.
(1)Personajes de The Amazing Digital Circus.

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Scaloni convocó a Harry Toshiba

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Tras la entrega de trofeos y medallas de la Copa del Mundo, Harry Toshiba fue citado de urgencia por Lionel Scaloni.
El mentalista ezeicense se estaba retirando del estadio de New Jersey con su tele de 20 pulgadas en un carrito cuando recibió un WhatsApp de uno de los colaboradores más cercanos del entrenador. En el inesperado mensaje se le pedía que se acercara a una sala de conferencias del estadio.
Harry llegó al lugar y en la puerta lo atendió el propio Scaloni, quien le contó que conocía su trayectoria, que sabía de su Premio al Mejor Mentalista de Qatar 2022 y que le habían hablado de su trabajo de acompañamiento astral a la selección. Harry apenas balbuceó unas torpes frases de admiración y el deté de Pujato le explicó:
—Necesito que hables con los muchachos. Dieron lo máximo y, aunque saben que el segundo puesto es importante, se sienten apenados por no haberle podido ganar a España.
Harry entró al salón. El plantel entero, con Messi a la cabeza, estaba en silencio. Dibu, De Paul y Enzo lloraban sin consuelo. Paredes seguía bufando como un perro lastimado. El mentalista no se animó a pronunciar ni un “buenas tardes” por miedo a que el saludo les pareciera una ironía.
Apoyó la tele de 20 pulgadas sobre una mesa que enfrentaba al auditorio. Con nerviosismo, pero también con cierta templanza, pidió un alargue y encendió el aparato. Respiró hondo y concentró todas sus fuerzas para que la estática dejara lugar a otras imágenes.
En la pantalla aparecieron primero Passarella levantando la copa y después Maradona cargando el trofeo sobre los hombros de un hincha argentino. Enseguida surgió Italia 90: los penales atajados por Goyco y el seleccionado cantando el Himno e insultando a los italianos. La final de Brasil 2014 se mezcló con la Copa América de 2021.Los goles más significativos de la campaña de Qatar 2022 fueron el preludio de Messi alzando el oro, llevado en andas por el Káiser y luego por el mismísimo Diego. En un torbellino, las postales en movimiento se entreveraron con infinidad de hinchas festejando en distintas ciudades, nenes y nenas desbordados de alegría por los goles.
Extasiados, los jugadores y los integrantes del cuerpo técnico trocaron las lágrimas y los gestos adustos por rostros colmados de plenitud. La pantalla les siguió mostrando la felicidad que acababan de sembrar y que, en el porvenir, dará frutos en ellos, en sus familias, en las amistades y en tantos desconocidos que vibraron durante estos años. Todos se pudieron ver más canosos, contando anécdotas, riéndose y recibiendo afecto en distintos momentos de su vida.
Harry decidió retirarse del recinto y dejar al equipo en esa intimidad. Cerrando una etapa junto al plantel, le regaló a Scaloni la famosa tele de 20 pulgadas.
Iba a decirles “gracias” antes de irse, pero otra vez prefirió callarse y llevarse en sus retinas las caras de esos hombres volviendo a iluminarse como chicos.
Las palabras sobraban en la tarde del domingo.

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El perro mundialista

Por Rosana Ramos | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Durante la remontada de Argentina frente a Egipto en el Mundial 2026, la locura fue tan grande que doña Chela olvidó un detalle: su perro Simón quedó del lado de afuera de la casa.
Con el pitazo final estallaron los cohetes, las bocinas y los gritos por la victoria 3-2 tras ir perdiendo 0-2. Las ventanas vibraron, los vecinos salieron con banderas celestes y blancas y una caravana improvisada comenzó a recorrer las calles.
Simón, lejos de asustarse, sintió el llamado de la gloria. Enfundado en su camiseta oficial de la Selección, levantó las orejas como si hubiera escuchado el Himno Nacional y enfiló decidido hacia el Parque Central de Ezeiza.
En el camino pasó frente a un kiosco de French donde le regalaron unas galletitas, esquivó una fila de autos tocando bocina y recibió innumerables caricias como si fuera campeón del mundo.
Varios vecinos lo vieron avanzar solito y comenzaron a fotografiarlo y filmarlo. Un motociclista lo reconoció y le gritó “¡Vamos, Simón!”. El perro respondió con un trote orgulloso. En cuestión de minutos, las redes sociales se llenaron de imágenes del adorable pichicho, con infinidad de mensajes. Algunos usuarios aseguraban que era “el primer perro convocado de emergencia por Scaloni”, mientras otros juraban haberlo visto dirigir una hinchada entera desde una vereda. Un comerciante incluso colgó una foto de Simón en su muro de Instagram con la leyenda: “Acá pasó el héroe de cuatro patas”. Cada nueva publicación sumaba cientos de comentarios y corazones, y el nombre de Simón empezó a circular por grupos de WhatsApp como si se tratara de una celebridad.
Cuando doña Chela se acordó de Simón y no lo vio por ningún lado, sintió un escalofrío. Salió corriendo por el barrio llamándolo a los gritos, preguntó en el almacén, en la remisería y hasta en una parada de colectivo. Un vecino le mostró el celular: “¿No es este?”. Chela lo reconoció enseguida y casi se desmaya.
Uno de sus videos era viral. Allí estaba su amado Simón: ni perdido ni desorientado. Hacía pogo en la ruta, frente a la estación, con un grupo de hinchas, saltando feliz como uno más bajo un enorme cartel improvisado que rezaba: “Furor por Simón, el perro mundialista”.

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Que nadie deje de alentar

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Harry Toshiba, reconocido psíquico ezeicense que viajó a Estados Unidos para seguir de cerca a la selección de Scaloni, se comunicó con La Palabra para contar cómo se vive el Mundial 2026 en el universo de las fuerzas invisibles, tras la victoria de Argentina por 3-2 frente a Egipto. 
La semana pasada partió desde el Aeropuerto un chárter especial para darle apoyo al equipo. Viajaron expertos con la misión de levantar un escudo protector para que los jugadores y los hinchas puedan desplegar al máximo sus habilidades. Con la meta de encauzar energías, Harry llevó su televisor de tubo de 20 pulgadas, que suele mantener a punto en Panza Hermanos. Luego de acompañar la victoria ante Cabo Verde, se trasladaron a Atlanta para el cotejo contra los Hijos del Nilo. 
—Nos instalamos en una de las tribunas bajas y trabajamos desde temprano. La tarea fue difícil y ardua porque había muchos seguidores de Ra, Nut, Anubis, Horus y Hathor operando en el estadio. Yo me puse una careta de Messi para dirigir las acciones y, de paso, por si me enfocaba la tele. Quiero mantener mi cara lejos de la fama. Lucía Archiboldo repitió frases de Scaloni para generar vibras positivas; Zulema Gianegra intervino en infinidad de grupos de WhatsApp y redes sociales mediante frecuencias vibracionales, memes y otros artefactos digitales; Bram Foguista convenció a fantasmas de la Guerra de la Independencia de Estados Unidos para hinchar por los libres del sur. El Pollo de Spegazzini armó un streaming junto a los amigos de El Campeón del Sur y Chumbazo TV, y relató todo el partido en décimas espinelas. 
—¿Y por qué se nos complicaron tanto las cosas? —le pregunté, intrigado.
Harry respiró profundo y explicó: 
—En el minuto 15 del primer tiempo, la diosa Bastet distrajo al Cuti y a Lisandro, y permitió que Yasser Ibrahim pusiera el 1-0. Después, Amón-Ra le susurró algo al oído a Lionel Messi y Mostafa Shoiber atajó el penal con la ayuda de Osiris. Nos propusimos contrarrestar estas maniobras, pero nos tenían contra las cuerdas. Cada vez que anulábamos una manija aparecía otra. A los 22 del segundo tiempo, Mostafa Ziko, guiado por Thot, marcó el 2-0. Decí que logramos bloquear algunos conjuros porque, si no, la historia hubiera sido peor. 
—¿Y qué hicieron para dar vuelta esta tendencia? —La tele de tubo de 20 pulgadas no quiso arrancar en el primer tiempo —reveló Harry—. Mediante una comunicación urgente con Hugo Panza, pudimos encenderla durante la pausa de hidratación del complemento. Al principio, la pantalla estaba muerta, llena de estática, hasta que aparecieron hinchas en blanco y negro, que se mezclaron con imágenes coloridas del 78, del 86 y del 2022. Eso ayudó a frenar a Egipto, pero faltaba algo… Entonces vimos las canchas de tierra y los arcos sin redes. El barro, las camisetas gastadas, los alambrados caídos, los vestuarios sin revocar, el mate cocido, las caritas de las pibas y los pibes soñando. El dios Potrero fue el que, al final, nos salvó. 
Al cierre de esta edición, Harry Toshiba y la delegación de expertos estaban planificando cómo ingresar temprano al Kansas City Stadium para ayudar a Argentina frente a Suiza, en los cuartos de final. Toshiba decidió no brindar ningún pronóstico. Solo pidió que nadie, en ningún rincón, deje de alentar.

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Toshiba vs. Kwaku Bonsam

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Harry Toshiba, reconocido psíquico ezeicense que recibió el Premio al Mejor Mentalista Qatar 2022, viajó de urgencia a Estados Unidos para ayudar al equipo de Scaloni en su compromiso contra Cabo Verde, a jugarse este viernes en el Hard Rock Stadium de Miami.
De acuerdo con lo informado por mi abuela Achebe, Toshiba partió para enfrentar al peligroso brujo Nana Kwaku Bonsam, quien confesó haber hechizado al goleador inglés Harry Kane para que no convirtiera ningún tanto frente a Ghana. Ese partido terminó sin goles y el delantero del Bayern Múnich se mostró muy distraído. Envalentonado por este resultado, el místico pronosticó la eliminación de Argentina a manos de los Tiburones Azules.
—¡Soy el brujo más poderoso del mundo! Después de neutralizar a Kane, ya hice todos los trabajos para que Cabo Verde elimine al equipo argentino y siga avanzando.
Achebe me contó que Toshiba se trasladó en un chárter especial junto a una comitiva de asesores convocados por el Chiqui. Entre ellos viajaron Lucía Archiboldo, que tiene un consultorio sobre la calle San Lorenzo; Zulema Gianegra, mentalista que hace trabajos por WhatsApp; Clotilde Chisseira, alquimista de barrio El Tala; y Bram Foguista, vecino experto en fantasmas y vampiros. También llevaron a la Pirata Domínguez, que conoce mucho de relaciones públicas; al agente Frank Chino, por sus contactos con la CIA; y Roberto Esquivel, el Pollo de Spegazzini, que suele cautivarnos con sus payadas.
—¿Cuál es el plan, abuela?
—Harry busca armarle un escudo protector a la selección de Scaloni para que todos los jugadores y los hinchas argentinos puedan mostrar sus habilidades al máximo. Lleva su tele de tubo de 20 pulgadas para encauzar las energías. Si el brujo trabaja con maldiciones, nosotros responderemos con olas albicelestes.
Chiqui invitó a mi abuela a viajar, pero ella prefirió alentar desde acá.
—Este diablo es muy poderoso y debemos trabajar, desde todas las latitudes, para aprovechar su mayor debilidad: pierde la concentración cuando se enfrenta a los bombos y los cánticos de una hinchada cosmopolita.
—¿Y para qué llevaron al Pollo? —pregunté.
—¡Es nuestra arma secreta! —reveló Achebe—. Hace años que opera a favor de Argentina desde Spegazzini. Les tira buena onda cuando vienen al predio de la AFA. Si algo falla el viernes, Toshiba conectará la mente del Pollo con la de Bonsam para que reciba un shock. Él ya preparó una décima espinela para hacerlo naufragar:

Por más famoso que seas,
brujo Nana Kwaku Bonsam,
tus manijas fallarán;
el equipo tiene ideas
pa’ vencer lo que planeas.
Con la banda de Lionel,
una hinchada, pura piel,
y con Diego desde el cielo,
va a vibrar el mismo suelo,
¡¡lo dice el Pollo Esquivel!!

Toshiba les pide a los lectores y las lectoras que repitan esta plegaria gaucha antes del partido y durante el entretiempo.
Todo suma a la hora de salir a la cancha.

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Imaginando a Catalina



Una tarde de otoño te pensé, forjé tu alma, amoldé tu espíritu y, como lo hace el artesano que despaciosamente pule la figura, te di forma y nombre. Te doté de una personalidad como no hay otra igual. Te di un tiempo, un espacio y un lugar. Eras mi creación perfecta: naciste del susurro lento entre la mente y el latido del corazón.
Recuerdo la tormenta, la puerta del granero azotada despiadadamente por el viento. Tú, parada, mirando a través de la ventana con el candelero en la mano. Encerrada en la habitación, recuerdo las glicinas destrozadas rodando sobre el piso de ladrillos del patio; recuerdo el molino, el jardín, el Padrenuestro que tu boca temerosa repetía sin cesar, pero no puedo recordarte por completo: solo pequeños fragmentos vienen a mí.
Ahora te he perdido, y mi mente me castiga con el olvido; no puedo construirte de nuevo. El susurro no es el mismo; tu imagen se ha borrado, tal como se apagan los colores en una foto vieja.
Te busco, pero no estás. Me obligo a pensarte una vez más, pero no es lo mismo: aparece otra Catalina, una que no quiero. Yo busco a la primera, la que inspiró a la musa que dormía. Yo busco a la que se vistió de negro y juntó las calas chamuscadas, aquella que embarró sus pies camino al cementerio. Yo busco a la que nació del susurro lento entre la mente y el corazón.
Te busco en la rueda del molino, en el vestido a lunares, en la claridad del día, en el tenebroso aullido de la noche.
Yo busco a Catalina, a aquella a quien el verbo se negó en la boca, porque no era poesía. Su destino apaciguó su alma y la hizo frágil, quebrantó su voluntad y la hizo tierna.
Yo quiero a Catalina, la que despertó a la musa que dormía. Aquella del amor tardío, que la sorprendió una tarde, bajo el jazmín de la plaza. Onorio, que suele caminar por allí, la vio sentada a solas con sus pensamientos.

(*)Vecina de Ezeiza que dejó textos inéditos y que su familia va subiendo al blog www.nellyfiasque.blogspot.com

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La manija de Harry Toshiba

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Ayer miércoles vino Harry Toshiba a nuestra redacción, manijeado por el 3-0 de Argentina frente a Argelia en el Kansas City Stadium.
—¡Ese Joachim Klement no sabe nada! —tiró Harry apenas entró a nuestra redacción, envuelto en una bandera argentina, rodeado de papelitos que orbitaban por su cabeza y portando en brazos su célebre televisor de 20 pulgadas.
—¡¿Quién?! —dijimos a coro Torosaurio, Beto y yo, ocupados en el cierre de la edición.
—¡Burros! —gritó Harry, fuera de sí, irreconocible, quien siempre se ha caracterizado por la serenidad y la templanza—. ¡Klement es un chanta! Anda presumiendo que acertó a los ganadores de los tres últimos mundiales.
—Ah —dijo Beto y se metió en internet a buscar quién era el fulano.
—Ese personaje —siguió Harry— dice que el próximo campeón va a ser Países Bajos. ¡¿Vieron a los tipos jugar el otro día contra los japoneses?! Empataron 2-2 y tuvieron suerte de no perder.
—Siempre tienen buen equipo los holandeses —opinó Torosaurio, estrenando su título de analista deportivo—. Ya estuvieron en tres finales.
—Sí, pero perdieron en todas —respondió Harry—: en 1974, 2-1 ante Alemania; en 1978, 3-1 con Argentina; y en 2010, 1-0 frente a España. No tienen chances.
—Acá en internet —lanzó Beto mirando la compu— dicen que Klement es “un destacado economista y escritor alemán, que cuenta con más de veinte años de experiencia en servicios financieros globales”.
—¡Un trucho! —ladró Harry y pidió un alargue para su tele.
Tan alterado estaba que obedecimos sin hacer ningún comentario. Además, queríamos que encendiera el aparato para conocer algo del futuro. Damos fe de que, con él, Harry vaticinó el triunfo de Argentina en el Mundial de Qatar 2022.
Cuando al fin prendió el equipo, en la pantalla apareció estática.
—¡Ven! —nos dijo apretando los dientes y con ojos rojos—. ¡Ven lo que les digo!
Nos miramos desorientados. No entendíamos nada, y fue Torosaurio quien se animó a preguntar:
—¿Qué tenemos que ver?
—¡Por favor, despierten! —bramó Harry—. Estas señales muestran que el futuro es incierto y necesitamos unirnos. ¡Hay que apoyar a Scaloni, Messi y todo el equipo! Es la única manera de vencer a la banca internacional que nos hace vivir en una mátrix. Klement y sus cómplices quieren vencernos en el plano astral.
La puerta de la oficina se abrió de golpe y entraron Frank Chino, Jade Jung, Dezz, Chela, Muscio, Condenanza, los contadores Pintos y Vega, Panza, Renoldi, Millán, Pietrobelli, Eliana, Verónica, Garriga, Tomassini y Digital Snatch. Mientras cantaban “Muchachos”, bailaban y hacían pogo. Por la ventana se sumaron el Pibe Gómez, la Faure, Juan Carlos, el Loco Marcelo, Ruocco, el Negro Cortez, Sammu y otras tantas voces, provenientes de infinidad de barrios.
En la redacción, el televisor empezó a parpadear al ritmo de la hinchada y, en otro punto del planeta, un sueño albiceleste sacó a Klement de su plácida siesta.

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¡A la carga, mis valientes!

Por Carlos Renoldi(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Carlos Renoldi | #FiccionesEzeicenses


Algunas veces al año, el tío Meca venía a los pagos de Ezeiza a comer un costillar. Según él, era más rico que los de Gualeguay. “Tiene gusto a chancho” lanzaba y nosotros pensábamos que tal vez tenía razón a causa de la alimentación.
A sus 80 años, como todo viejo, le gustaba repetir sus historias de juventud. Aunque ya las habíamos oído varias veces, le pedíamos que las vuelva contar. Nos causaba mucha gracia cómo se poseía en su relato.
Una era de su época de policía rural novato. Comandaba la tropa un comisario que soñaba con dirigir un ejército, pero debía conformarse con un sargento y el tío como único soldado de tropa.
Una noche, el ejército del comisario, el sargento y el tío patrullaban la zona montados a caballo.
Se detuvieron en la oscuridad a unos cincuenta metros de un rancho donde estaba en pleno esplendor una fiesta donde el gauchaje bailaba en un patio de tierra, al compás de algunas guitarras y una acordeón, iluminados por faroles a kerosene.
El comisario se acercó sigiloso a la multitud y detuvo su corcel en el centro de la pista de baile. Mientras se producía un tremendo silencio, advirtió en voz alta y clara:
—La cosa es hasta las doce de la noche. Lo dice la ley.
—Sí, sí, comisario, no se haga problemas —contestaron algunos, bastante alegres.
El comisario se retiró adonde lo aguardaba su tropa.
Los tres esperaron el paso del tiempo, bajo el manto de la noche.
Cuando estaba por llegar la medianoche, el comisario volvió a entrar al patio de tierra donde nadie parecía haber escuchado su advertencia.
—¡Son las doce menos cinco! —gritó—. ¡Hay que terminar la fiesta!
—No hay problema, comisario —decían los concurrentes, casi burlándose.
El comisario una vez más giró su caballo y volvió a retirarse. Reunido con el sargento y el tío Meca, esperaron esos cinco minutos.
Pasado ese tiempo, el comisario ordenó a su caballería:
—¡Desenvainen, patriotas! —y apuntando con su sable a fiesta, que seguía como si nada, gritó a toda voz—: ¡A la carga, mis valientes!

(*)El relato forma parte de La palabra inquieta.

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El ladrón de libros

Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Por suerte, la Casa de la Cultura de Villa Golf me quedaba re cerca. Llegué temprano al taller de los lunes. Tenía que hacer pis, así que pregunté en la entrada y me indicaron dónde estaba el baño.
Justo cuando iba hacia allí, me frené de golpe. Había visto de reojo muchos libros. Muchísimos. Un chico bajito, de rulos abultados, leía sentado detrás de una mesa.
—Hola, ¿querés pasar? —me preguntó al notar que me había quedado quieto.
Entré, hipnotizado por aquella cantidad de eso que yo no tenía.
—Si sos estudiante de algún taller —dijo el chico, sin levantar demasiado la vista de su lectura—, podés llevarte dos libros y traerlos cuando termines de leerlos.
¿Traerlos de vuelta?
Miré los estantes. Eran demasiado lindos para devolverlos.
El chico volvió a concentrarse en su libro. Yo me quedé observando las repisas y empecé a calcular. Al cabo de unos minutos ya tenía elegidos cinco ejemplares: uno por su tamaño, dos por las ilustraciones, otro porque parecía nuevo y el último porque parecía muy viejo.
Fui sacando y poniendo, moviendo y desordenando. El truco estaba en el caos.
Cuando estuve seguro de que nadie me observaba, me di vuelta y salí caminando con torpeza. Llevaba los libros escondidos entre la ropa.
—Tengo que ir al baño —mentí.
En lugar de volver, me fui a mi casa. Le dije a mi mamá que la clase se había suspendido y me encerré en mi habitación a contemplar mi botín.
No sabía si iba a leerlos. Nunca había sido un gran lector.
Volví a esa biblioteca.
Y después volví otra vez.
Más de una vez repetí la misma rutina.
Ese año pasé de tener cero libros a tener veinticuatro.
Empecé a leerlos. Descubrí que me gustaban. Después conocí bibliotecas más grandes, más amplias, con mejores catálogos. Al terminar la secundaria ya tenía cuatrocientos quince libros.
Con el tiempo me volví más selectivo. Dejé de elegir por el tamaño o por las tapas. Aprendí a buscar autores, editoriales y traducciones.
De adulto, viviendo solo en un departamento alquilado, rodeado de libros y algunos vicios, encontré en ellos mi razón de ser. Aquello que de chico no había sabido comprender.

***

Radio 10 informa: Tras el misterioso fallecimiento del famoso crítico literario argentino, galardonado fuera y dentro del país, la rueda de prensa ha dado a conocer parte del peritaje realizado en el último domicilio conocido del occiso, ubicado en la provincia de Buenos Aires: “En el departamento de la víctima hemos encontrado doce mil quinientos ochenta y tres libros catalogados por distintas bibliotecas públicas y privadas que, en su momento, los habían denunciado como extraviados o sustraídos. ¿Justicia poética por mano propia? Por el momento desconocemos el alcance de esta evidencia”.

(*)Coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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El lector de haikus

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


El martes pasó por nuestra oficina un hombre de traje, con un maletín, anteojos negros, una cicatriz en la sien y un chicle en la boca. Estábamos con Beto, Chela y Torosaurio tomando mates y comiendo magdalenas cuando, sin mayores preámbulos, se presentó:
—Soy el agente especial Joe Frank Chino. ¿Dónde puedo encontrar a Oku No Hosomichi?
—¡¿Quién?! —respondió Beto, como vocero de todos nosotros.
—El que escribe “Los haikus del tiempo” en la contratapa —aclaró Joe.
—¡Los anunnakis! Así los llama Renoldi —exclamó Chela, con una sonrisa.
—¡Renoldi es un hippie! —señaló el visitante—. Debe ser cómplice.
—¿De qué? —preguntó Beto.
—Esos haikus son una mala influencia para nuestra juventud —precisó Frank Chino.
Con la intención de que la charla no se empantanara, le dije:
—¿Señor, podría explicarnos qué necesita?
El agente apoyó su maletín sobre el escritorio de la recepción. Puso una clave y quitó la traba. Sacó un ejemplar de La Palabra de la semana pasada y leyó:
—Jueves 21 de mayo: Versos helados, / el cactus de los vientos / abre sus ojos. Se dan cuenta del peligro, ¿no? —enfatizó Joe, masajeándose la cicatriz y sin dejar de mascar el chicle.
Nos miramos desorientados durante un largo rato, hasta que me animé a lanzar:
—Perdón, señor Frank Chino, no entendemos.
—¡Así anda el mundo! ¡Brutos! ¡Mandriles! ¡Ensobrados! ¡La batalla cultural! —gritó—. Estas líneas buscan inocular una peligrosa subjetividad revolucionaria. Hablan de un mundo congelado por la presunta alienación capitalista. ¡Hay que frenar este tipo de expresiones! ¡Su objetivo es demoler occidente!
—¿Eh? —lanzó Beto, que se había distraído mirando el celular.
—Les leo otro —anunció Joe—: Lápices grises / dibujan horizontes / sobre la escarcha. ¡Clarísimo! Otro sucio intento de instalar una tensión dialéctica: la escarcha puede derretirse y el dibujo puede borrarse, pero el acto mismo de crear horizontes ya plantea una provocación. La figura de los lápices grises, como infiltrados entre los obreros, es central en la tradición trotskista, que busca crear una vanguardia a la espera de una crisis.
—Claro, claro —intervino Torosaurio, tratando de evitar que Frank Chino continuara.
—¡¡Y escuchen el tercero de la semana pasada!! —arremetió—. Ranchitos blancos, / entre troncos macizos. / Un sol a cántaros. ¡Inmoral! ¡Obsceno! ¡¿Lo ven?! Representa una realidad social donde la pobreza convive con la rebelión. Los ranchitos dejan de ser lugares pintorescos para convertirse en espacios donde habita una amenaza. ¡Entréguenme ya a Oku No Hosomichi! —vociferó al cerrar su alocución.
En medio de un clima de tensión, Torosaurio le explicó:
—No sabemos dónde vive. Él manda los haikus por email.
Joe Frank Chino sacó un sobre del maletín y lo dejó arriba del escritorio.
—Dénselo. Él va a entender —dijo y se marchó dando un portazo.
Torosaurio abrió el sobre y leyó:
Nubes espías, / el verano dormita. / Puede llover. Firma: Su Máximo Admirador.
Salimos a la vereda para ver si lográbamos frenar al agente y hacerle algunas preguntas. Quizá podía ser un lindo personaje para las ediciones del verano. Con Torosaurio corrimos hasta la esquina de Tucumán y Deán Funes, pero ya no se veía por ningún lado.
Como los grandes poetas incomprendidos, Joe Frank Chino escribió una estela lírica en el aire y nos dejó a solas con el misterio.

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Se viene el Mundial

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Pronto arrancará la Copa Mundial de Fútbol 2026 y la selección argentina tendrá el desafío de defender la copa obtenida en Qatar 2022. En el partido inaugural se enfrentarán México y Sudáfrica, el jueves 11 de junio, en el estadio Azteca. Argentina debutará contra Argelia el martes 16 de junio, en el Kansas City Stadium.
En el anterior Mundial, Harry Toshiba —vecino de Ezeiza y amigo de Hugo Panza— recibió el Premio al Mejor Mentalista Qatar 2022 por haber vaticinado que Argentina ganaría la Copa por tercera vez. El gurú aseguró haber visto imágenes del futuro en su televisor de 20 pulgadas, un aparato de tubo gris al que, según confesó entonces a la prensa, debía hablarle “con respeto y paciencia”.
Con motivo de la llegada del Mundial 2026, volví a contactar a Harry para que me hablara de lo que vendrá. Tras algunas evasivas, aceptó, aunque con una condición: no grabarlo ni sacarle ninguna foto para mantener su rostro en el anonimato. Solo me permitió tomar apuntes. Nos reunimos una noche en Los Primos, el bar del Club Ezeiza. Para la charla trajo su vieja televisión envuelta en una tela negra, la apoyó sobre una silla y la enchufó con la ayuda de un alargue.
Pidió un café cortado y un vaso de soda.
—Desde hace un año estoy desencontrado con la tele —me dijo apenas entramos en confianza—. Como es habitual, empecé a hablarle del Mundial para que me diera data. Yo también tengo mi orgullo y quiero ganar el Premio al Mejor Mentalista 2026. Le conté que este año hay 48 selecciones y 109 partidos repartidos entre México, Canadá y Estados Unidos. Pero las respuestas son muy extrañas.
—¿Por ejemplo?
—Le pregunté cómo iba a salir Argentina en el primer partido y apareció Messi dándole la mano a Donald Trump. Le pedí que me mostrara algo de la fiesta inaugural y emergió Messi cuando visitó al Papa Francisco en 2013. Le volví a preguntar y me tiró cientos de imágenes de Messi con Maradona, con fans ignotos, con cientos de famosos, ofreciendo publicidades, dando reportajes… pero nada más.
Harry hizo una breve pausa y miró la pantalla apagada.
—Antes era distinto. En Qatar 2022 me tiró la posta enseguida. Me mostró jugadas enteras. El penal de Montiel lo vi seis meses antes. Ahora todo viene mezclado. El fútbol se le cruza con otras cosas.
—¿Con qué?
—Primero pensé que se estaba rompiendo el tubo —comentó, y le dio un golpecito al costado del aparato—. La tele me empezó a mostrar noticias del mundo. Tanques. Drones. Gente corriendo entre edificios destruidos. Bombardeos, incendios, mares desbordados. Pantallas de computadoras repletas signos. Gente discutiendo con máquinas. La tele parece obsesionada con otros temas, como si el Mundial no alcanzara para darnos un respiro.
—¿No viste nada de la selección? ¡¿En serio?!
—Algo. Vi a una inteligencia artificial con la cara de Mauro Viale llorando…
—¿De tristeza o de alegría?
—No sé. Desfilaron otros periodistas deportivos muertos hablando de distintos mundiales: José María Muñoz, Dante Panzeri, Ernesto Cherquis Bialo, Julio Ricardo, Marcelo Araujo. Y muchas veces Messi hablando a la cámara. Con una frase.
—¿Qué decía?
—“El mundo cambió”.
Durante unos segundos no dije nada. En la televisión del bar pasaban un compacto de Qatar 2022: el gol de Di María, atajadas del Dibu, los penales, Messi levantando la copa.
—¿Y entonces? —pregunté—. ¿Argentina puede ser campeón de nuevo?
Harry sonrió por primera vez en la entrevista.
—Mirá… en estos años hubo nuevas guerras, crisis, inflación, ataques a la salud y a la educación, problemas graves con el medio ambiente, máquinas que hablan, fantasmas de perros, presidentes y líderes muy raros, crueles… hay un malestar generalizado… Aun así, millones de personas en breve mirarán una pelota rodar a nivel global. Eso debe querer decir algo.
—¿Pero la tele qué dice?
El mentalista suspiró.
—Que el campeón del mundo 2026 va a salir de un país donde todavía la gente se emociona cuando sus compatriotas dan lo mejor de sí, pese a las dificultades.
La pantalla, apoyada sobre la silla, se encendió sola. Primero vimos estática. Después, una imagen borrosa con papelitos, cánticos distorsionados y la copa en alto.
Cuando la ilusión nos hacía dibujar algún rostro conocido en las retinas, la luz se cortó en todo el barrio.
En cuanto volvió, Harry Toshiba y la tele se habían esfumado.

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La palabra inquieta

Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Carlos Renoldi | #FiccionesEzeicenses


El lunes pasó por La Palabra el músico y escritor Carlos Renoldi. Lo invité a tomar un feca y le pregunté si tenía alguna anécdota para el diario.
—¡Obvio! —respondió Renoldi entre sorbo y sorbo—. Tengo una de 2010, cuando visité Disneylandia en California. Un sábado almorcé comida mexicana en el hotel y fui al parque. Me subí a una montaña rusa con Pluto, anduve en bote con el Capitán Garfio y jugué al golf con Aladín. A la tarde, el almuerzo hizo efecto y pasé un rato largo en el baño. Cuando salí, el parque había cerrado. Vagué pidiendo ayuda a los gritos y nada. ¡Un desastre! Encontré una puerta herrumbrosa y me mandé. Pasé a una sala oscura, con cables colgando del techo y disfraces de Mickey desparramados. Encontré una heladera. Pensé que quizás ahí había agua, así que abrí. ¡No sabe lo que encontré!
—¡¿Qué, Renoldi?! ¡¿Qué?! Tanto suspenso me sube la ansiedad.
—¡El cadáver congelado de Walt Disney, Torosaurio! ¡El creador de la marca Disney! ¡Y tenía las manos de Perón!
—¡¿Posta?!
—¡Mire que no voy a reconocer semejantes manos! Ahí apareció un guardia de seguridad. Me llevó a las patadas al aeropuerto y me deportó.
—¿Qué hacían las manos de Perón encajadas al cuerpo de Disney?
—Especulo que es una estrategia para crear un híbrido justicialista-cinematográfico. De ahí vienen las películas de zombis. Piense, Torosaurio: los muertos vivos constituyen un monstruo colectivo imposible de frenar. Eso remite al poder de las masas. ¡Hace décadas que Hollywood bombardea con películas peronistas! Todavía no dilucido si esos mensajes son a favor o en contra. Veremos el efecto. Quizás un día nos levantemos y el mundo sea peronista.
—¡Qué historia, Renoldi! ¿Dónde puedo leer más anécdotas suyas?
(Lo que sigue es posta, lectores. Está chequeado).
—En mi nuevo libro, Torosaurio. Se llama La palabra inquieta y reúne todos los escritos que saqué en “Esto no está chequeado”, más unos cuantos nuevos. ¡A usted le va a encantar! Cuenta con artistas invitados y un gran prólogo del reconocido conferencista Fernando Farías.
—¿Va a haber presentación?
—Más vale. Este viernes 15 de mayo acá mismo, en Tucumán 142, a las 19, acompañado por la gente de La Palabra y Patio al Sur. Sammu anunció empanadas y bebidas a precios populares. ¡Mil gracias por el feca, Torosaurio! La próxima menos fuerte, por favor.

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Las pintadas del MRGE

Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Durante las últimas semanas, paredones en distintos puntos del distrito aparecieron con la pintada “Ezeiza es Echeverría”. Investigué su origen y di con el Movimiento de Restauración del Gran Echeverría (MRGE), una agrupación clandestina que busca reunificar el distrito ezeicense con el de Monte Grande. Realiza actividades de, en sus palabras, agitación y propaganda.
—Graffitis, Torosaurio —especificó el líder del MRGE, que usa el alias Esteban—. Hacemos graffitis.
Nos encontramos de madrugada, cerca del arroyo Aguirre, junto a un paredón intervenido. Esteban llevaba un pasamontaña en la cabeza y anteojos negrísimos. Expuso que el MRGE busca “retornar a las fronteras previas a 1994”.
—Nuestra cultura, identidad y tradición están ligadas a Esteban Echeverría —amplió Esteban—. La criminal balcanización de los 90 separa familias y vecinos, segmentando al pueblo trabajador y descomponiendo el tejido social.
—Uno hace un par de cuadras y listo.
—¡A los palestinos les dijeron lo mismo y mire ahora!
El MRGE adhiere a los principios del marxismo leninismo y se inspira en los movimientos de liberación nacional de Irlanda y Kurdistán. No reconoce las autoridades municipales ni la policía de Ezeiza, a quienes tilda de fuerzas de ocupación.
—¿Cuántos miembros tiene el MRGE? —indagué.
—¿Conmigo? Uno. El reclutamiento viene lerdo.
Por la esquina apareció un patrullero municipal. Exaltado, Esteban se despidió.
—Más adelante ponemos publicidad en el diario —dijo. Salió corriendo, tropezó y desapareció en la noche.
Frené el patrullero y pregunté al conductor si el MRGE le daba problemas a la policía.
—¿El loco de las pintadas? —respondió el oficial—. ¡Qué problemas va a dar!
—¿Y el vandalismo?
—Esto no es vandalismo, hombre —dijo, señalando la pintada—. Es un sueño. Yo soy gorra pero no tanto. A veces le prendo la sirena al loco, así piensa que lo persigo. ¿Quién no ha peleado contra molinos de viento?
El patrullero se alejó y yo enfilé para la oficina.
Sinceramente, dudo que el sueño de Esteban se transforme en una idea colectiva. Por ahora, su agitación y propaganda solo son pintadas. En cuanto a que el MRGE publicite en el diario, ¡eso sí es un sueño!

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La curiosidad de César

Por Carlos Renoldi(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Carlos Renoldi | #FiccionesEzeicenses


En el año 2000 se instalaba Motos La Corta en el pago, junto al Club Atlético Ezeiza, sobre la calle Vicente López. A pocos días de nuestra llegada al barrio, un loquito curioso, de esos que nunca faltan, comenzaba a merodear cíclicamente en su diaria rutina y en sus mismos horarios. Primero pasaba lento por la vereda de enfrente con sus manos tomadas por la espalda, sigiloso, observando, tanteando el terreno, serio, como queriendo disimular su presencia.
Algún vecino nos aseguró que César era un loquito inofensivo que pasaba todos los días como dando la vueltita del perro. No pasaron muchos días para que tomara confianza y se acercara cada vez más. Se paraba frente al local, y desde allí, balanceando su cuerpo siempre con las manos detrás, se asomaba y observaba. Desde afuera, él no podía ver demasiado hacia adentro, pero nosotros sí lo veíamos a él.
—Me parece que tenés un enamorado —le dije a La Corta, y nos reímos.
Días después, él ya sabía que la Corta se llama Gladys, y más confianzudo y suponiendo que estaba sola, se ponía en su posición de siempre y la llamaba:
—¡Laqui…! ¡Laaaquiii…!
Gladys salía y lo saludaba. Él salía casi corriendo y exclamando entre risas:
—Uh, ¿y ahora qué hago? ¡¿Qué hagoooo…?!
Si me veía a mí, se volvía de inmediato, gesticulando bronca.
Una tarde, se ve que no sabía que yo estaba adentro. Se paró como era habitual y comenzó a llamar a Gladys.
Nosotros lo observábamos desde adentro y, como ya teníamos cierta confianza, salí a la puerta, lo miré serio a los ojos y le dije:
—¡Gladys es mía!
Me miró con odio, cerró sus puños en actitud amenazante, comenzó a retroceder despacio, gesticulando, mirando de un lado al otro y murmurando entre dientes:
—Uh… ¡quilooooombo! ¡Quiloooombo! ¡Quiloooombo!
Se fue caminando despacio sin dejar de amenazarme con su puño y diciendo a toda voz:
—¡Requeteparió!

(*)El relato forma parte del libro La palabra inquieta (2026)

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Resonancia

Por Martín Etchandy | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


El miércoles asistí a un centro médico para hacerme una resonancia magnética. Si bien se puede concurrir solo, mi esposa Alejandra quiso acompañarme, lo cual siempre es bienvenido
Debo decir que era la segunda que me hacía y, en la anterior, no tuve ningún inconveniente; no experimenté la sensación de encierro (claustrofobia) que muchas personas suelen sufrir. En consecuencia, fui muy tranquilo, firmé la autorización, me coloqué la bata en el vestidor y, a los pocos minutos, ingresé al resonador. El médico radiólogo me había tratado con mucha amabilidad, así que estaba sumamente tranquilo. Cuando empecé a oír los sonidos más intensos, no sé cómo, recordé una noticia que había leído dos horas antes, acerca de un hombre que estuvo cuatro horas encerrado, a oscuras, en un estrecho ascensor y que fue rescatado con un cuadro de deshidratación. De repente, sentí sed, muchísima sed, y la necesidad de respirar aire, más del que tenía disponible dentro del resonador. Intenté pensar en otra cosa, que viajaba en un globo aerostático, que respiraba la pureza del aire de un bosque, pero no lo logré. En mi cabeza, solo una idea se había instalado: quería salir de allí, de inmediato, que pararan el estudio; no podía seguir teniendo esas paredes del cubículo encima de mi nariz y pecho, esa escasa luz artificial, sumada a los ruidos ensordecedores que se repetían de manera demoníaca. 
Pulsé el botón de llamada para avisarle al médico que no me sentía bien; nada sucedió. Pulsé otra vez, y otra y otra. ¿El botón estaría funcionando? Como pude, realicé movimientos con mis pies; no quería dañar el resonador, pero tenía que comunicarme de algún modo. Levanté, hasta donde pude, las rodillas; tampoco hubo respuesta. La desesperación, a esta altura, era absoluta y, como último intento, empecé una serie de golpes con mi mano izquierda y los pies, hasta donde podía. Noté que el botón de llamada se había desprendido, lo cual me preocupó aún más. ¿Qué pasaba con el radiólogo? ¿Se había ido? ¿Y Alejandra? ¿Acaso ella tampoco registraba mis pedidos de auxilio? A los pocos segundos, perdí el conocimiento y quedé inmovilizado.
Supe luego que me sacaron unos quince minutos más tarde, cuando el estudio terminó. Al abrir los ojos, me encontré con la sonrisa de Alejandra y la mirada amable del médico. Los acompañaba un señor con una camisa carísima y zapatos relucientes. Se presentó:
—Soy Luciano Funes, representante de la firma Lugens Medical Corporation, los fabricantes de este resonador. Le agradezco su paciencia y le pido que nos disculpe por cualquier molestia ocasionada, pero estamos haciendo una prueba de control de calidad de nuestro producto: necesitamos saber cómo reacciona ante un paciente desesperado y con un ataque de claustrofobia. Nos alegra comprobar que resiste todos los golpes del paciente y que incluso puede albergarlo muy bien en caso de desmayo. ¿Se sintió cómodo al perder el conocimiento? Seguro que sí: nuestros productos son excelentes. Ahora quiero regalarle este vale para una pizza de mozzarella; puede disfrutarla en cualquier sucursal que la cadena Pizzamarca tiene en la provincia de Catamarca. A su señora acabo de entregarle una orden de compra para dos pares de zapatos. Se la ofrecí cuando usted estaba dentro del resonador y aceptó gustosa; ella firmó la autorización para la prueba. Espero que le queden hermosos, seguramente será así. Gracias nuevamente por su predisposición. Buenas tardes.
El señor se retiró y Alejandra me ayudó a cambiarme. Al salir, necesité con urgencia comprar una botella de agua mineral en el kiosco de enfrente: la obra social no me cubría el vaso de agua que solicité en el centro médico.

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¿Dónde está Irasco Borrokatu?

Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Al Instagram de La Palabra nos escribió Aitana Ladiosa con el siguiente mensaje: Querido Torosaurio, ¡me encanta Esto No Está Chequeado! Es mi sección favorita. Amo casi todos los textos. Los tuyos, no. Son malísimos. ¡Quiero leer más de Irasco Borrokatu! ¿Cuándo vuelve?
Por un tiempo no va a aparecer, Aitana. Te explico lo que pasó: en junio de 2025, Irasco y yo nos juntamos a jugar al pool en Tristán Suárez. Irasco pasó por el baño del boliche, salió y en cinco minutos me ganó dos partidos. Luego, nos tomamos unas birras y le pregunté cómo hacía para jugar así.
—Invoco las habilidades de los espíritus, Torosaurio —respondió, directo—. Yo soy miembro de la logia de los Caballeros del Capitalismo Metafísico. Mis maestros me enseñaron a contactar ánimas y absorber sus cualidades. Recién fui al baño e invoqué a todos los difuntos jugadores de pool que pasaron por este boliche. De ahí mi capacidad.
—¡Interesante! ¿Y cómo hace para que los espíritus no lo controlen a usted, Irasco?
—Qué desconfiado, Torosaurio. ¡Los fantasmas son todos buenos!
Un mes después, Irasco fue a jugar al Mundial de Pool en Berlín (Billard-Weltmeisterschaft). Su primer partido sería contra el israelí Noam Rabinovich. Yo sintonicé el match de madrugada, por computadora. Cuando ambos jugadores llegaron a la mesa, algo en la mirada de Irasco me inquietó. Sus ojos no parecían los suyos. Se plantó ante Rabinovich, levantó el brazo derecho haciendo el saludo fascista y entró a gritar en alemán. Rabinovich agarró su palo y lo partió en la cabeza de Irasco. La yuta berlinesa contuvo al israelí y se llevó a mi amigo. Antes de que se cortara la transmisión, contemplé con horror y alivio que los ojos de Irasco habían vuelto a la normalidad.
En resumen: Irasco está preso en Alemania por imitar a Hitler. El escándalo fue tan grave que ni el embajador argentino se quiso meter. A menos que alguien garpe una jugosa fianza, pasará diez años en prisión. Sus amigos estamos ahorrando, pero la crisis no ayuda y a este ritmo Irasco va a salir antes de que terminemos de juntar. Si querés colaborar, Aitana, venite a La Palabra. Es por una buena causa. Tu sección favorita no puede quedarse sin escritores.

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El logro de la felicidad

Por Joana Rodríguez(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


No tengo trabajo, tengo que sobrevivir con lo que tengo hasta que encuentre algo. ¿Qué va a pasar? Tengo que ver a mi familia, si están bien. Tengo, tengo, tengo…
Una seguidilla de pensamientos, unos tras otros, aparecían y se comprimían en su mente, como si no hubiera espacio para el silencio. Preocupaciones de todo tipo (laborales, familiares, del barrio) no dejaban de azotarlo.
De pronto, levantó la cabeza. Viajaba sentado en el colectivo 306, sobre la ruta 205, rumbo a su hogar, que quedaba en la ciudad de Ezeiza. En ese momento se dio cuenta de que el tiempo había pasado tan deprisa que no había notado los cuarenta minutos. Viajando. Pensando.
Llegó a su departamento. Caminó hacia su cuarto, pero, en un momento, se detuvo y observó: en una de las paredes había algo escrito con lápiz… Un escalofrío recorrió su cuerpo. Eran las mismas palabras que habían resonado en su cabeza durante el viaje.
Quedó inmóvil. Parecía una pesadilla: eran sus angustias enfrentándolo de manera directa. Se mantuvo rígido unos segundos, hasta que vio un lápiz tirado en el suelo. Lo tomó con mucho cuidado y pensó: “¿Qué es esto?”. Automáticamente, la frase se proyectó en la pared. Se lanzó contra ella y comenzó a rayar todo lo escrito. Segundos después, observó que las palabras y las rayas se borraban al mismo tiempo que desaparecían de su mente. La pesadilla se convirtió entonces en un sueño en el que podía suprimir cada una de sus tribulaciones.
A lo largo de los días, en un contexto de crisis y de guerras en el mundo, en el barrio no se hablaba de otra cosa. Cuando los vecinos le pedían una opinión al respecto, su pensamiento se reflejaba en lo que tuviera más cercano (una hoja, una pared, un árbol), y con su lápiz lo tachaba.
No quería razonar sobre lo que sucedía. Quería paz, ingenuidad, como cuando era niño y disfrutaba de una felicidad plena, sin preocupaciones. Y al fin tenía la posibilidad de lograrlo.
Con el correr del tiempo, cada vez se comunicaba menos. Claro, ¿cómo podía expresarse si cada pensamiento era borrado antes de ser confrontado con los demás? Nada quedaba, solo su mirada vacía. Mientras todos estaban preocupados, una mueca aparecía en su rostro. Sonreía.

(*)Concurre al Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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El último asiento

Por Karen Valdez | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Cada tarde, al salir de mi casa, hago el mismo recorrido: cruzo la municipalidad y camino hasta la parada frente a la estación de Ezeiza, nuestro punto de encuentro. En invierno, sobre todo en los días grises, el cielo empieza a oscurecer a esa hora y el movimiento del centro se mezcla con el ruido de los colectivos y los vendedores que cierran sus puestos.
Ahí esperamos, junto con varios compañeros, el micro que nos lleva a trabajar a Mercado Libre, en La Matanza. El recorrido es Ezeiza-Monte Grande y casi siempre subimos los mismos: caras conocidas, saludos rápidos, los “hola, amigo” y “hola, amiga” automáticos. Gente medio dormida, preparándose para el turno tarde-noche.
A la ida, el micro suele pasar cerca de las 15:40 y nos trae de vuelta a las 00:00. La rutina de siempre. Pero hubo una vez en particular que fue diferente.
Ese día, al terminar mi jornada laboral, llegué al estacionamiento unos minutos antes. Eran cerca de las 23:00. A esa hora suele salir todo el mundo, pero el lugar estaba más silencioso y vacío de lo normal.
A todos les tocó afuera, pensé.
Me acerqué al micro. El chofer abrió la puerta y dijo:
—Subí tranquila… hoy solo los llevo a ustedes dos.
Miré alrededor. Estaba sola.
—¿Dos? —pregunté—. ¿Falta alguien más?
El chofer dudó un segundo.
—No… recién subió uno. Faltabas vos.
Pensé que tal vez alguien había subido antes y no lo había visto. Con el cansancio que tenía, no le di importancia. Me senté en uno de los asientos de adelante sin mirar hacia el fondo. El micro arrancó rumbo a Monte Grande, para terminar el recorrido en la estación de Ezeiza.
Cuando estábamos llegando, el chofer miró por el espejo y dijo en voz alta:
—Caballero, usted también baja en Ezeiza, ¿no?
Nadie respondió.
Volvió a mirar el retrovisor, frunciendo el ceño.
—¿Dónde está? —me preguntó.
—¿Quién?
—Tu compañero, el que subió antes que vos.
Un frío me recorrió la espalda. Me levanté y caminé hacia el fondo. Revisé asiento por asiento. Vacíos. Todos.
—No hay nadie —dije.
El chofer frenó de golpe al costado de la ruta. Nos quedamos en silencio; solo se escuchaba el motor, todavía encendido.
—No puede ser… —murmuró—. Yo lo vi subir. Tenía un bolso y una remera amarilla… Me pidió que lo dejara en la estación de Ezeiza.
—Pero no hay nadie —repetí, poniéndome más nerviosa.
El chofer se quedó mirando el espejo, pálido. Yo también.
En el reflejo, por un segundo, vi algo sentado en el último asiento.
Algo oscuro.
Miré hacia atrás. El asiento estaba vacío.
El chofer encendió el motor y arrancó. No dijimos nada en todo el camino.
Cuando llegamos, lo saludé rápido y bajé, aguantando las ganas de llorar. Jamás pude olvidar ese viaje.
Desde ese día sigo tomando el micro frente a la estación de Ezeiza. Todo suele ser normal, la misma rutina… pero en los días más grises, a veces, cuando el micro arranca y miro hacia el fondo, siento que alguien más viaja con nosotros.
Alguien que nadie ve… excepto el chofer y yo.

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El último número

Por Oscar Salmón | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Existe en Argentina una gran cantidad de gente que cree que los sueños y los números están ligados entre sí. Específicamente hay una o varias tablas para averiguar qué números representan las imágenes que hemos soñado. Por ejemplo, el 00 son los huevos, el 01 es el agua, y así sigue. Esto es utilizado como método para apostar y acertar en la lotería o en la quiniela.
Dicho esto, paso a contar la historia de un amigo que se llamaba Juan Martín, al que le decíamos el Gato. Trabajé con él en su vivero unos años, en temporadas de verano, junto a su mujer Nani. Ellos, ya mayores de 60 años, tenían mucha paciencia para enseñar ese oficio al que dedicaron parte de su vida.
Pasé tanto tiempo charlando con el Gato que empecé a memorizar los números de las tablas, casi como un juego, porque él me había contado muchas anécdotas sobre eso. A veces, mientras trabajábamos, hablábamos de lo que soñábamos y de los números que salían; él a veces jugaba; yo no tenía esa costumbre.
A medida que pasaba el tiempo, la salud del Gato desmejoraba, su memoria más que nada. Había sido fumador durante más de treinta años y, para su cumpleaños número cincuenta, decidió dejarlo. Sin embargo, las secuelas de aquello y algún accidente que tuvo en uno de sus anteriores oficios hicieron que tuviera que tomar diez pastillas por día para poder funcionar con normalidad en la vida diaria.
Una mañana teníamos que irnos a trabajar y, en el transcurso del viaje, me contó que había soñado que un caballo lo pasaba por encima. Parecía tan real que despertó a los manotazos a su mujer, que dormía a su lado. Según él, se cubría para que aquel caballo no le pisara la cara.
Yo le dije:
—El caballo es el 24, jugale.
Él me respondió:
—Sí, pibe, pero más allá de eso fue tan real que me desperté asustado, ¿entendés?
La charla tomó un color diferente y quiso hablar de otra cosa, aunque, durante ese mismo día, volvimos al asunto varias veces, porque era algo que lo tenía preocupado.
Después de esa semana y de algunos días más, dejé de trabajar con ellos por un temporal que hubo en la zona. Llovió casi dos semanas seguidas y no tuve noticias del Gato ni de Nani. Cuando eso pasaba, no trabajaban o no necesitaban que yo estuviera para ayudarlos.
Un día recibí un llamado que no llegué a atender porque estaba profundamente dormido. Cuando desperté para agarrar el teléfono, ya había dejado de sonar. Me habían dejado un mensaje. Era Nani diciendo que Juan había fallecido el 24 de marzo. Ya habían pasado unos días desde esa fecha, pero se me vino a la cabeza la charla que había tenido con el Gato y entendí entonces por qué le había dado tanta importancia al sueño del caballo.

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