La historia de Eladio Osman

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


—Eladio Osman fue un gran mago hasta que sufrió una maldición bien jodida. La manija lo hundió en la depresión y le causó la enemistad de muchos vecinos de Sol de Oro —dijo la Pirata Domínguez, en su última visita a La Palabra—. Picado por un mosquito que transportaba una sustancia milenaria, el tipo se convertía en una especie de antena que provocaba la desaparición de elementos a su alrededor los días de luna llena.
Con Torosaurio, Chaquetón y el Loco Renoldi no sabíamos si cerrarle la puerta de la redacción para siempre o reírnos del tremendo bolazo que habíamos escuchado. En la indecisión, nos quedamos mudos, mirándola como pavotes. La Pirata, parada en el marco de la entrada, siguió:
—Al principio nadie lo notó. Ni el propio Eladio. La primera luna llena se llevó un juego de llaves y un frasco de Arlistán. Eladio creyó haberlos perdido a causa de los tres litros de malbec que había tomado esa misma noche. En la segunda luna desaparecieron diez bicicletas en domicilios cercanos. En la tercera, se evaporó la máquina de cortar pasto del Zurdo, que le hacía el parque, y también el motor de agua de una maestra. Recién ahí Eladio ató cabos: el zumbido en los oídos desde que bajó la fiebre de la mordedura, la estática en la piel los días de luna llena y los objetos reapareciendo en sus pesadillas.
La Pirata hizo una pausa para darle intriga al asunto, esperando que le preguntáramos algo. Al ver nuestra apatía, agregó sola:
—Eladio empezó a encerrarse los días de luna llena, sumido en el miedo a que lo descubrieran. Chucherías y artículos de valor se perdían y, en el barrio, lo marcaron. Algunos decían que, como nadie lo contrataba, se estaba dedicando a la rapiña. Gianegra fue la primera que habló de la maldición del Mosquito Egipcio, enviado por algún ilusionista enemigo, y propuso un exorcismo urgente, pero nadie le hizo caso. Los chicos inventaron un juego: dejar latas o botellas cerca de la casa de Eladio y apostar cuáles sobrevivirían. Con el tiempo, nos habituamos a las pérdidas y hubo un período de calma.
—¿Cuándo ocurrió todo esto? —le pregunté, como para despedirla.
—Desde el 98 o el 99 hasta diciembre de 2001, cuando estalló la crisis. Me acuerdo perfecto: el 30 fue luna llena y, un poco alborotados por el clima de la época, fuimos con Gianegra y unos fomentistas a aplicarle el tratamiento. Cuando llegamos, donde se ubicaba su casa había un terreno baldío, colmado de pastizales.
El Loco Renoldi se subió a la moto al escuchar el desenlace del relato. Oímos el rugido del motor mientras huía. Chaquetón protestó: “¡¡Tendríamos que estar discutiendo sobre el cierre de fábricas, la reforma laboral, los despidos, la baja de salarios, el maltrato a los jubilados y el desfinanciamiento de la educación, la investigación y la salud, en vez de escuchar semejante estupidez!!”. Y se marchó en su bici. Torosaurio se metió en la oficina y puso en YouTube el disco Ácido argentino a todo volumen. Yo me quedé a su lado.
—Acuérdense —dijo la Pirata, a los gritos, compitiendo con la voz de Claudio O’Connor cantando “Vientos de poder”—. Nos acostumbramos a todo. Siempre. Hasta que, al final, las cosas terminan y nos queda la sensación de haber sido parte de un mal sueño o de un cuento un tanto destartalado.

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