Del otro lado

Por Karen Valdez | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Hacía frío y llovía. Las calles estaban casi vacías, y el sonido de la lluvia se mezclaba con el de los autos que pasaban a lo lejos. Tomé el camino largo por el golf, sin prisa. Escuché a la chanchita detenerse en la estación de La Unión. Luego, un trueno sacudió los árboles.
Pasé frente a una casa vieja. Un gato negro me observó desde la ventana y siseó. Le sonreí.
—También me alegra verte.
Seguí caminando por las calles de Villa Golf, tan familiares para mí, dejando que mis pasos me llevaran de vuelta a casa.
Los autos estacionados me indicaron que había llegado. La lluvia se hizo más intensa cuando vi mi antiguo hogar. Hacía muchos años que ya no era mío, pero algunas cosas nunca dejan de sentirse como tal.
En el viejo portón verde había gente vestida de negro. Entraban y salían, hablaban en voz baja, lloraban. Pasé entre ellos sin que nadie me prestara atención. No quería escuchar sus lamentos ni ver sus rostros, no estaba allí para despedirme.
Entré a la sala y lo vi. Un ataúd ocupaba el centro de la habitación.
Esperé a que la gente se alejara y me acerqué para apoyar los nudillos sobre la madera.
Toc, toc, toc.
Nada.
Volví a golpear.
Esta vez, desde el interior, llegó la respuesta.
Sonreí.
—Papá, ¿estás ahí?
Levanté la tapa. Allí estaba él. Más viejo, pero con el mismo rostro de siempre. Por un instante volví a ser aquel niño que lo esperaba, buscando su mano.
Sus ojos se abrieron lentamente.
—¿Hijo…? —murmuró.
—Sí. Vine a buscarte.
Intentó incorporarse y le tendí la mano. Sus dedos se cerraron alrededor de los míos con la misma fuerza de siempre.
—¿Cuánto tiempo pasó?
—Mucho tiempo.
Miró alrededor. Las personas seguían llorando, ajenas a nosotros.
—¿Ellos no pueden vernos?
Negué con la cabeza.
—Todavía no.
Entonces me miró como si hubiera comprendido.
—¿Ya es hora?
Sonreí.
—Es hora de irnos.
Lo ayudé a salir del ataúd. Caminamos juntos hacia la puerta, despacio al principio. Luego, su paso se volvió firme.
Antes de cruzar el umbral, se detuvo.
—¿A dónde vamos?
Apreté su mano.
—A descansar. Del otro lado.
Él sonrió.
Salimos bajo la lluvia. Detrás quedaron el funeral y las voces de quienes aún no comprendían que él ya no estaba allí.
Y que yo tampoco estaba.

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