Por Marco Millán(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses
En algún lugar de Ezeiza podemos encontrar, si escuchamos con claridad, a un maestro de música poco convencional: un enseñante retórico.
Bruno y Agustina, iniciando el camino de convertirse en guitarristas, guiados por leves susurros de la existencia casual de este maestro de música, se aliaron con una misma finalidad: encontrarlo.
Un miércoles de lluvia, por la mañana, sin saber muy bien cómo, dieron con él en el barrio La Porteña.
—¿Será acá? —preguntó Agus, preocupada por la Fender en su espalda.
—Creo que sí —le respondió Bruno, poniendo su mano derecha en forma de arco cerca de su oreja—. Las gotas lo dicen.
Ambos rieron después de ese comentario. Mientras tanto, un muchacho delgado y alto, caminando como si fuese a caerse, tiraba del mango de un portón metálico que sonaba con cada gota que caía en una nota diferente.
Indecisos, Agus y Bruno siguieron al maestro hasta el interior de una casa demasiado grande para una sola persona.
—Es por la acústica —fue su respuesta cuando intuyó la pregunta en sus invitados—. No se preocupen por el barro de sus zapatillas. Me dice de ustedes justo lo que necesito saber —concluyó.
La teoría se impartía de forma metafórica, y la práctica, de forma intuitiva. Frases como: “Toquen las notas del cantar de un gorrión saliendo de su nido después de siete días de lluvia”; “¿Qué notas componen la ducha después de dejar correr el agua siete segundos?”; “Deduzcan los tiempos percutivos idiófonos en el croar de ese sapo”; “¿Cuántos bemoles hay cuando lloramos de risa? ¿Y de dolor?”, establecían la elástica extrañeza de las clases.
Agustina y Bruno aprendieron canciones improbables, escucharon el tempo de sus nombres y abrazaron el ruido de ahogados silencios.
Intrigado, Bruno le consultó al maestro musical retórico si Agustina y él eran sus únicos estudiantes. La respuesta fue afirmativa, explicando que recibía visitas, siempre con el calzado más impoluto posible. Y, por lógica, no eran aceptados. Afirmó que el barro tiene su propia música, canciones tristes y felices, de esfuerzos y esmeros, de buenos valores, de esperanza.
—El rechinar del barro de sus zapatillas canta eso y más. ¿Cómo no voy a disfrutar de la mejor música, junto a excelentes personas, a través de la amplia acústica de mi casa?
Bruno y Agustina, iniciando el camino de convertirse en guitarristas, guiados por leves susurros de la existencia casual de este maestro de música, se aliaron con una misma finalidad: encontrarlo.
Un miércoles de lluvia, por la mañana, sin saber muy bien cómo, dieron con él en el barrio La Porteña.
—¿Será acá? —preguntó Agus, preocupada por la Fender en su espalda.
—Creo que sí —le respondió Bruno, poniendo su mano derecha en forma de arco cerca de su oreja—. Las gotas lo dicen.
Ambos rieron después de ese comentario. Mientras tanto, un muchacho delgado y alto, caminando como si fuese a caerse, tiraba del mango de un portón metálico que sonaba con cada gota que caía en una nota diferente.
Indecisos, Agus y Bruno siguieron al maestro hasta el interior de una casa demasiado grande para una sola persona.
—Es por la acústica —fue su respuesta cuando intuyó la pregunta en sus invitados—. No se preocupen por el barro de sus zapatillas. Me dice de ustedes justo lo que necesito saber —concluyó.
La teoría se impartía de forma metafórica, y la práctica, de forma intuitiva. Frases como: “Toquen las notas del cantar de un gorrión saliendo de su nido después de siete días de lluvia”; “¿Qué notas componen la ducha después de dejar correr el agua siete segundos?”; “Deduzcan los tiempos percutivos idiófonos en el croar de ese sapo”; “¿Cuántos bemoles hay cuando lloramos de risa? ¿Y de dolor?”, establecían la elástica extrañeza de las clases.
Agustina y Bruno aprendieron canciones improbables, escucharon el tempo de sus nombres y abrazaron el ruido de ahogados silencios.
Intrigado, Bruno le consultó al maestro musical retórico si Agustina y él eran sus únicos estudiantes. La respuesta fue afirmativa, explicando que recibía visitas, siempre con el calzado más impoluto posible. Y, por lógica, no eran aceptados. Afirmó que el barro tiene su propia música, canciones tristes y felices, de esfuerzos y esmeros, de buenos valores, de esperanza.
—El rechinar del barro de sus zapatillas canta eso y más. ¿Cómo no voy a disfrutar de la mejor música, junto a excelentes personas, a través de la amplia acústica de mi casa?
(*)Coordinador del Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.
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