Una tarde de otoño te pensé, forjé tu alma, amoldé tu espíritu y, como lo hace el artesano que despaciosamente pule la figura, te di forma y nombre. Te doté de una personalidad como no hay otra igual. Te di un tiempo, un espacio y un lugar. Eras mi creación perfecta: naciste del susurro lento entre la mente y el latido del corazón.
Recuerdo la tormenta, la puerta del granero azotada despiadadamente por el viento. Tú, parada, mirando a través de la ventana con el candelero en la mano. Encerrada en la habitación, recuerdo las glicinas destrozadas rodando sobre el piso de ladrillos del patio; recuerdo el molino, el jardín, el Padrenuestro que tu boca temerosa repetía sin cesar, pero no puedo recordarte por completo: solo pequeños fragmentos vienen a mí.
Ahora te he perdido, y mi mente me castiga con el olvido; no puedo construirte de nuevo. El susurro no es el mismo; tu imagen se ha borrado, tal como se apagan los colores en una foto vieja.
Te busco, pero no estás. Me obligo a pensarte una vez más, pero no es lo mismo: aparece otra Catalina, una que no quiero. Yo busco a la primera, la que inspiró a la musa que dormía. Yo busco a la que se vistió de negro y juntó las calas chamuscadas, aquella que embarró sus pies camino al cementerio. Yo busco a la que nació del susurro lento entre la mente y el corazón.
Te busco en la rueda del molino, en el vestido a lunares, en la claridad del día, en el tenebroso aullido de la noche.
Yo busco a Catalina, a aquella a quien el verbo se negó en la boca, porque no era poesía. Su destino apaciguó su alma y la hizo frágil, quebrantó su voluntad y la hizo tierna.
Yo quiero a Catalina, la que despertó a la musa que dormía. Aquella del amor tardío, que la sorprendió una tarde, bajo el jazmín de la plaza. Onorio, que suele caminar por allí, la vio sentada a solas con sus pensamientos.
Recuerdo la tormenta, la puerta del granero azotada despiadadamente por el viento. Tú, parada, mirando a través de la ventana con el candelero en la mano. Encerrada en la habitación, recuerdo las glicinas destrozadas rodando sobre el piso de ladrillos del patio; recuerdo el molino, el jardín, el Padrenuestro que tu boca temerosa repetía sin cesar, pero no puedo recordarte por completo: solo pequeños fragmentos vienen a mí.
Ahora te he perdido, y mi mente me castiga con el olvido; no puedo construirte de nuevo. El susurro no es el mismo; tu imagen se ha borrado, tal como se apagan los colores en una foto vieja.
Te busco, pero no estás. Me obligo a pensarte una vez más, pero no es lo mismo: aparece otra Catalina, una que no quiero. Yo busco a la primera, la que inspiró a la musa que dormía. Yo busco a la que se vistió de negro y juntó las calas chamuscadas, aquella que embarró sus pies camino al cementerio. Yo busco a la que nació del susurro lento entre la mente y el corazón.
Te busco en la rueda del molino, en el vestido a lunares, en la claridad del día, en el tenebroso aullido de la noche.
Yo busco a Catalina, a aquella a quien el verbo se negó en la boca, porque no era poesía. Su destino apaciguó su alma y la hizo frágil, quebrantó su voluntad y la hizo tierna.
Yo quiero a Catalina, la que despertó a la musa que dormía. Aquella del amor tardío, que la sorprendió una tarde, bajo el jazmín de la plaza. Onorio, que suele caminar por allí, la vio sentada a solas con sus pensamientos.
(*)Vecina de Ezeiza que dejó textos inéditos y que su familia va subiendo al blog www.nellyfiasque.blogspot.com
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