La tetera, los invitados y yo

Por Nelly Esther Fiasque(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


La espera ponía de buen humor a mamá. No era una espera pasiva ni la de alguien que está llegando tarde, no me refiero a eso. Mientras aguardaba la visita, mamá preparaba una increíble torta con una receta heredada, alistaba cucharitas de uso muy restringido, platitos chicos y esa linda tetera.
Tía Porota nos ponía contentas a todas, siempre de buen humor y trayendo algún regalito para mi hermana y para mí. Las visitas no eran comunes en el campo, donde vivía, y ninguna merienda era tan esperada como la de esos días, porque lo normal era tomar mate cocido en jarras de lata y no en tetera de porcelana.
Aprendí a cocinar viendo y ayudando a mi mamá, como sólo puede hacerlo una niña de seis años: jugando. Las comidas eran por demás sencillas, tan sencillas como la vajilla cotidiana, toda de lata. Los comensales no tenían mayores pretensiones, eran hombres hambrientos que, tras levantarse para el ordeñe a las cuatro de la mañana, habían trabajado duro y no era cuestión de hacerlos esperar.
Viviendo ya en Ezeiza y con familia propia, también tenía que satisfacer el apetito de todos en tiempos distintos; mi casa parecía la Pensión del Buen Comer, todos con horarios diferentes, apurados y hambrientos. Sólo podía agasajarlos en los cumpleaños, preparándoles tortas y chocolates, y se volvieron muy asistidos. Sospecho que era porque la Nelly, yo, hacía cosas ricas. Y me envalentoné.
A medida que todos crecíamos, mi sentido del tiempo cambiaba, pero no así mi necesidad de agasajarlos. Aprendí a tomarme el tiempo necesario para cocinarles lo que quería, aprendí a aprender cómo cocinar exquisito y variado. A medida que crecía —uno no envejece mientras aprende—, nuevos amigos me enseñaron, por ejemplo, que el maíz no sólo remitía a polenta. Que también eran nachos mexicanos o arepas colombianas; que los había de colores rojos, blancos o casi negros. Supe que el chocolate no era la cascarilla de mi niñez, que era algo deliciosamente mágico y que había mil maneras de usarlo. Que el té podía tener infinitos aromas, colores y sabores, y que lo importante no era la tetera de ocasiones especiales, sino lo que representaba: poner nuestros lujos para hacer sentir especial a quien lo es.
Que lo importante no era sólo una buena receta, sino haber mantenido viva aquella que una abuela vieja le había enseñado a mi mamá, como yo se la enseñé a mis hijas.
Lo importante es agasajar a quienes queremos, poniendo en ello nuestro amor.

(*) Vecina de Ezeiza que dejó textos inéditos y que su familia va subiendo al blog www.nellyfiasque.blogspot.com

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