Por Ezequiel Pelliza Goicochea | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses
El camino a mi trabajo incluye la puerta de la guardia del Hospital Eurnekian. Pasar por ahí me permite hacerme una vaga idea de cómo las gripes u otros virus calan en la zona y de cómo el clima participa en todo esto: en invierno hay más pacientes que en verano.
Cuestión que fui desarrollando un juego, un pasatiempo que no dura más que unos segundos: al pasar por la guardia, miro a las personas e invento el motivo por el cual están ahí. “Ese tipo tiene dolor estomacal”, pienso. “Esa que está sentada allá se esguinzó el tobillo”, determino. “Aquel nene tiene fiebre”, imagino. Y así voy endilgándoles pestes e hipocondrías. Busco darles contexto, un trasfondo. Busco distraerme del trabajo que se avecina.
Pero hay que tener cuidado cuando uno busca demasiado, porque puede encontrar algo que no quiere, e, incluso, algo que ni siquiera entraba dentro de sus posibilidades.
Una vez vi a un hombre de blanco. Bueno, de remera blanca. Parado afuera de la guardia. En mi habitual paneo, buscando diagnosticar desconocidos, lo vi. Él ya me estaba mirando. Me incomodó mucho. No sabría explicarlo, pero me sacó las ganas de jugar ese día.
La situación se repitió unos días después, pero con una nena. Llevaba un pantalón blanco. Yo acababa de sentenciar que un señor tenía apendicitis cuando la vi. Mi inquietud y mi reacción fueron iguales que antes.
Cuando la semana siguiente vi que un adolescente que tenía un buzo blanco me miraba de la misma forma, combatí la incomodidad y me acerqué a él. Le pregunté quién era. Él sonrió, miró para otro lado e hizo un gesto con la cabeza para que volteara. Lo hice y, al ver que no había nada, me volví hacia él. Pero ya no estaba. Les pregunté a las otras personas que había ahí. Ninguna entendió. Una señora me dijo que me vio hablando solo. “¿Estás bien?”, me preguntó. “Sí”, le mentí.
Desde ese día, cambié mi recorrido. Prefiero caminar dos cuadras más antes que arriesgarme a ver de nuevo las miradas de las personas de blanco.
Si pasan por la guardia del Hospital Eurnekian, recomiendo no buscar nada ni a nadie.
Pero cada uno sabrá.
Cuestión que fui desarrollando un juego, un pasatiempo que no dura más que unos segundos: al pasar por la guardia, miro a las personas e invento el motivo por el cual están ahí. “Ese tipo tiene dolor estomacal”, pienso. “Esa que está sentada allá se esguinzó el tobillo”, determino. “Aquel nene tiene fiebre”, imagino. Y así voy endilgándoles pestes e hipocondrías. Busco darles contexto, un trasfondo. Busco distraerme del trabajo que se avecina.
Pero hay que tener cuidado cuando uno busca demasiado, porque puede encontrar algo que no quiere, e, incluso, algo que ni siquiera entraba dentro de sus posibilidades.
Una vez vi a un hombre de blanco. Bueno, de remera blanca. Parado afuera de la guardia. En mi habitual paneo, buscando diagnosticar desconocidos, lo vi. Él ya me estaba mirando. Me incomodó mucho. No sabría explicarlo, pero me sacó las ganas de jugar ese día.
La situación se repitió unos días después, pero con una nena. Llevaba un pantalón blanco. Yo acababa de sentenciar que un señor tenía apendicitis cuando la vi. Mi inquietud y mi reacción fueron iguales que antes.
Cuando la semana siguiente vi que un adolescente que tenía un buzo blanco me miraba de la misma forma, combatí la incomodidad y me acerqué a él. Le pregunté quién era. Él sonrió, miró para otro lado e hizo un gesto con la cabeza para que volteara. Lo hice y, al ver que no había nada, me volví hacia él. Pero ya no estaba. Les pregunté a las otras personas que había ahí. Ninguna entendió. Una señora me dijo que me vio hablando solo. “¿Estás bien?”, me preguntó. “Sí”, le mentí.
Desde ese día, cambié mi recorrido. Prefiero caminar dos cuadras más antes que arriesgarme a ver de nuevo las miradas de las personas de blanco.
Si pasan por la guardia del Hospital Eurnekian, recomiendo no buscar nada ni a nadie.
Pero cada uno sabrá.
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