Por Carlos Renoldi | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Carlos Renoldi | #FiccionesEzeicenses
A unos dos mil metros, hay una curva a la derecha, pero también se ve en esa esquina un camino en desuso, con pasto y arbustos, apenas con una huella. Se nota que nadie, o casi nadie, circula por allí. Siempre me intrigó, aunque nunca me animé a investigar.
Sin embargo, la otra tarde vi un rastrojero celeste que entraba lento al camino abandonado, y sin saber por qué, me metí despacio, intrigado. A pocos metros, el camino parecía curvarse hacia la izquierda, impidiendo ver más allá de cincuenta metros. Seguí tranquilo, admirando el paisaje tupido de eucaliptos, espinillos y altos pastizales. Qué camino raro, redondeado. Aunque no lo veía, oculto por la curva, se escuchaba el ronroneo del rastrojero delante de mí.
Después de haber andado unos veinte minutos (cosa que me resultó extraña, porque en ese tiempo ya debería haber llegado a Máximo Paz), vi un cartel viejo y oxidado: “Pueblo Escondido, 100 metros”.
Continué, y allí estaba: un pequeño caserío alrededor de una hermosa plaza. Vi al hombre del rastrojero descargando mercadería en lo que parecía un almacén de ramos generales. Me detuve a pocos metros.
—Buenas —dije, bajando la pata de la moto.
—Buenas —respondió el hombre, de boina y bombacha, mientras levantaba una caja de Hesperidina y entraba al almacén—. ¿Qué lo trae por acá?
—Curiosidad. Siempre quise saber adónde llevaba este camino —dije, mientras levantaba una caja para ayudarle.
—Ah, mire usté… —respondió el gaucho.
—Chiquito el pueblo —comenté, buscando conversación.
—Ajá, ocho casas. Y algunas están vacías —dijo, cargando otra caja—. ¿No quiere tomar algo?
—Bueno, ¿qué tiene?
—Tome —dijo, mientras me destapaba una Pritty—. La casa invita. Siéntese y disfrute.
Mientras tomaba mi gaseosa, miraba las casas que, aunque pocas, no parecían abandonadas. Había dos o tres por cada cuadra alrededor de la plaza. Los carteles decían: “Comisaría”, “Hospital”, “Funeraria” y “Restaurante”.
De pronto, salió del hospital un enfermero con uniforme blanco y un estetoscopio colgado al cuello. Con una gran sonrisa se acercó a la puerta del almacén y preguntó en voz alta:
—¿Todo bien, che?
—Sí, andá tranquilo —se escuchó desde dentro del almacén.
Momentos después, se cruzó el parrillero del restaurante, fumando un cigarro de hoja. Se detuvo en la puerta del almacén y, sonriendo también, preguntó:
—¿Prendo el fuego, che?
—Nooo, todavía no, esperá un poco… —se escuchó desde adentro.
Ya me sentía extraño, no entendía nada y hasta me daba un poquito de cosa. Saboreando el último sorbo de mi Pritty, vi salir al enterrador de la funeraria, con su traje negro y su galera. Como los anteriores, se detuvo sonriendo en el umbral de la puerta del almacén y, dejando de fumar su pipa, preguntó:
—¿Alguna novedad, che?
—No… todavía no…
Me despedí del gaucho, agradeciendo el refresco, y me dirigí hacia el cartel que indicaba “Ezeiza”, tranquilo y pensando en lo raro de la situación. A poco andar por ese camino, me encontré con el mismo rastrojero, pero esta vez con un cartel: “Policía”.
El agente me detuvo. Con una sonrisa, me pidió el registro. Lo miró, me miró y, con amabilidad, me dijo:
—Vaya nomás… todavía le queda tiempo.
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