Por Eliana Tortorella | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses
—Perdí la llave otra vez —dice Mabel, mirando sus manos angustiadas, como si el olvido se le hubiera quedado adherido a la piel—. ¿Tenés la copia que te dejé para hacerme una nueva?
—Sí, Mabel. Es más, le puse un llavero de plástico con tu nombre —responde Ángel, sonriendo, esquivando con cuidado el tono vergonzoso del pedido, como si ambos supieran que esa escena se repite más de lo deseable, como un acuerdo sin pronunciar.
Mabel sale de la cerrajería acariciando el bronce caliente de su llave doble paleta, dorada y áspera. Disfruta cada vez que tiene una llave nueva en sus manos, como si ese objeto mínimo pudiera todavía abrir algo más que una puerta. Por un rato huele al taller mecánico de su papá: a grasa vieja, a metal limado, a aceite derramado. También a los almanaques de vedettes de cejas finas y siliconas esféricas que colgaban torcidos en la pared, que hoy se funden entre la humedad y aniversarios que se quedaron sin festejo.
Sube las escaleras del edificio y entra al 2º B. Empuja la puerta que acaba de abrir, pero se traba con los bultos de ropa que no usa; sin embargo, abrigan su soledad. Caminar entre camisas apiladas, papeles vencidos, botellas de plástico, llaves sueltas y almanaques fuera de fecha es una tarea lenta, casi un ritual. Extraña dormir en una cama. Hace años que no puede entrar a su habitación ni a la que había sido de su padre, ahora colonizadas por montañas de cosas que no se anima a tirar, por miedo a que algo esencial desaparezca con ellas.
Debe ser una de las pocas personas a las que nunca les falta un ingrediente. Entre el caos organizó un locro. Las legumbres se remojaron en tachos apoyados sobre diarios amarillentos; el cerdo lo cortó en un pequeño espacio ganado entre el mate, el aceite y el vino. La hornalla tiene el honor de cocinar el locro más rico de Boedo: hierve, salpica papeles, perfuma la casa, se hunde entre montañas de apegos que crujen con el calor.
Encontrar un tupper en la casa de Mabel sería una tarea desafiante para cualquiera. Pero ella estira el brazo y saca uno entre las camisas, como si supiera exactamente que estaba ahí, como si todo ese desorden tuviera un orden secreto. Abre la bolsa, acomoda bien el tupper, suma dos pancitos, se apura. Sale otra vez, llave en mano, para llevarlo a la cerrajería. Ángel va a almorzar algo calentito, comida casera. Y eso, por hoy, alcanza.
—Sí, Mabel. Es más, le puse un llavero de plástico con tu nombre —responde Ángel, sonriendo, esquivando con cuidado el tono vergonzoso del pedido, como si ambos supieran que esa escena se repite más de lo deseable, como un acuerdo sin pronunciar.
Mabel sale de la cerrajería acariciando el bronce caliente de su llave doble paleta, dorada y áspera. Disfruta cada vez que tiene una llave nueva en sus manos, como si ese objeto mínimo pudiera todavía abrir algo más que una puerta. Por un rato huele al taller mecánico de su papá: a grasa vieja, a metal limado, a aceite derramado. También a los almanaques de vedettes de cejas finas y siliconas esféricas que colgaban torcidos en la pared, que hoy se funden entre la humedad y aniversarios que se quedaron sin festejo.
Sube las escaleras del edificio y entra al 2º B. Empuja la puerta que acaba de abrir, pero se traba con los bultos de ropa que no usa; sin embargo, abrigan su soledad. Caminar entre camisas apiladas, papeles vencidos, botellas de plástico, llaves sueltas y almanaques fuera de fecha es una tarea lenta, casi un ritual. Extraña dormir en una cama. Hace años que no puede entrar a su habitación ni a la que había sido de su padre, ahora colonizadas por montañas de cosas que no se anima a tirar, por miedo a que algo esencial desaparezca con ellas.
Debe ser una de las pocas personas a las que nunca les falta un ingrediente. Entre el caos organizó un locro. Las legumbres se remojaron en tachos apoyados sobre diarios amarillentos; el cerdo lo cortó en un pequeño espacio ganado entre el mate, el aceite y el vino. La hornalla tiene el honor de cocinar el locro más rico de Boedo: hierve, salpica papeles, perfuma la casa, se hunde entre montañas de apegos que crujen con el calor.
Encontrar un tupper en la casa de Mabel sería una tarea desafiante para cualquiera. Pero ella estira el brazo y saca uno entre las camisas, como si supiera exactamente que estaba ahí, como si todo ese desorden tuviera un orden secreto. Abre la bolsa, acomoda bien el tupper, suma dos pancitos, se apura. Sale otra vez, llave en mano, para llevarlo a la cerrajería. Ángel va a almorzar algo calentito, comida casera. Y eso, por hoy, alcanza.
(*)Licenciada en Trabajo Social, escritora y tallerista. Integra Patio al Sur, comunidad literaria de Ezeiza que comprende una editorial, talleres y ciclos de lecturas. En 2025 publicó Astillas, su primer libro.
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