El último número

Por Oscar Salmón | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Existe en Argentina una gran cantidad de gente que cree que los sueños y los números están ligados entre sí. Específicamente hay una o varias tablas para averiguar qué números representan las imágenes que hemos soñado. Por ejemplo, el 00 son los huevos, el 01 es el agua, y así sigue. Esto es utilizado como método para apostar y acertar en la lotería o en la quiniela.
Dicho esto, paso a contar la historia de un amigo que se llamaba Juan Martín, al que le decíamos el Gato. Trabajé con él en su vivero unos años, en temporadas de verano, junto a su mujer Nani. Ellos, ya mayores de 60 años, tenían mucha paciencia para enseñar ese oficio al que dedicaron parte de su vida.
Pasé tanto tiempo charlando con el Gato que empecé a memorizar los números de las tablas, casi como un juego, porque él me había contado muchas anécdotas sobre eso. A veces, mientras trabajábamos, hablábamos de lo que soñábamos y de los números que salían; él a veces jugaba; yo no tenía esa costumbre.
A medida que pasaba el tiempo, la salud del Gato desmejoraba, su memoria más que nada. Había sido fumador durante más de treinta años y, para su cumpleaños número cincuenta, decidió dejarlo. Sin embargo, las secuelas de aquello y algún accidente que tuvo en uno de sus anteriores oficios hicieron que tuviera que tomar diez pastillas por día para poder funcionar con normalidad en la vida diaria.
Una mañana teníamos que irnos a trabajar y, en el transcurso del viaje, me contó que había soñado que un caballo lo pasaba por encima. Parecía tan real que despertó a los manotazos a su mujer, que dormía a su lado. Según él, se cubría para que aquel caballo no le pisara la cara.
Yo le dije:
—El caballo es el 24, jugale.
Él me respondió:
—Sí, pibe, pero más allá de eso fue tan real que me desperté asustado, ¿entendés?
La charla tomó un color diferente y quiso hablar de otra cosa, aunque, durante ese mismo día, volvimos al asunto varias veces, porque era algo que lo tenía preocupado.
Después de esa semana y de algunos días más, dejé de trabajar con ellos por un temporal que hubo en la zona. Llovió casi dos semanas seguidas y no tuve noticias del Gato ni de Nani. Cuando eso pasaba, no trabajaban o no necesitaban que yo estuviera para ayudarlos.
Un día recibí un llamado que no llegué a atender porque estaba profundamente dormido. Cuando desperté para agarrar el teléfono, ya había dejado de sonar. Me habían dejado un mensaje. Era Nani diciendo que Juan había fallecido el 24 de marzo. Ya habían pasado unos días desde esa fecha, pero se me vino a la cabeza la charla que había tenido con el Gato y entendí entonces por qué le había dado tanta importancia al sueño del caballo.

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