El logro de la felicidad

Por Joana Rodríguez(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


No tengo trabajo, tengo que sobrevivir con lo que tengo hasta que encuentre algo. ¿Qué va a pasar? Tengo que ver a mi familia, si están bien. Tengo, tengo, tengo…
Una seguidilla de pensamientos, unos tras otros, aparecían y se comprimían en su mente, como si no hubiera espacio para el silencio. Preocupaciones de todo tipo (laborales, familiares, del barrio) no dejaban de azotarlo.
De pronto, levantó la cabeza. Viajaba sentado en el colectivo 306, sobre la ruta 205, rumbo a su hogar, que quedaba en la ciudad de Ezeiza. En ese momento se dio cuenta de que el tiempo había pasado tan deprisa que no había notado los cuarenta minutos. Viajando. Pensando.
Llegó a su departamento. Caminó hacia su cuarto, pero, en un momento, se detuvo y observó: en una de las paredes había algo escrito con lápiz… Un escalofrío recorrió su cuerpo. Eran las mismas palabras que habían resonado en su cabeza durante el viaje.
Quedó inmóvil. Parecía una pesadilla: eran sus angustias enfrentándolo de manera directa. Se mantuvo rígido unos segundos, hasta que vio un lápiz tirado en el suelo. Lo tomó con mucho cuidado y pensó: “¿Qué es esto?”. Automáticamente, la frase se proyectó en la pared. Se lanzó contra ella y comenzó a rayar todo lo escrito. Segundos después, observó que las palabras y las rayas se borraban al mismo tiempo que desaparecían de su mente. La pesadilla se convirtió entonces en un sueño en el que podía suprimir cada una de sus tribulaciones.
A lo largo de los días, en un contexto de crisis y de guerras en el mundo, en el barrio no se hablaba de otra cosa. Cuando los vecinos le pedían una opinión al respecto, su pensamiento se reflejaba en lo que tuviera más cercano (una hoja, una pared, un árbol), y con su lápiz lo tachaba.
No quería razonar sobre lo que sucedía. Quería paz, ingenuidad, como cuando era niño y disfrutaba de una felicidad plena, sin preocupaciones. Y al fin tenía la posibilidad de lograrlo.
Con el correr del tiempo, cada vez se comunicaba menos. Claro, ¿cómo podía expresarse si cada pensamiento era borrado antes de ser confrontado con los demás? Nada quedaba, solo su mirada vacía. Mientras todos estaban preocupados, una mueca aparecía en su rostro. Sonreía.

(*)Concurre al Taller de Escritura y Literatura de la Municipalidad de Ezeiza.

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