Resonancia

Por Martín Etchandy | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


El miércoles asistí a un centro médico para hacerme una resonancia magnética. Si bien se puede concurrir solo, mi esposa Alejandra quiso acompañarme, lo cual siempre es bienvenido
Debo decir que era la segunda que me hacía y, en la anterior, no tuve ningún inconveniente; no experimenté la sensación de encierro (claustrofobia) que muchas personas suelen sufrir. En consecuencia, fui muy tranquilo, firmé la autorización, me coloqué la bata en el vestidor y, a los pocos minutos, ingresé al resonador. El médico radiólogo me había tratado con mucha amabilidad, así que estaba sumamente tranquilo. Cuando empecé a oír los sonidos más intensos, no sé cómo, recordé una noticia que había leído dos horas antes, acerca de un hombre que estuvo cuatro horas encerrado, a oscuras, en un estrecho ascensor y que fue rescatado con un cuadro de deshidratación. De repente, sentí sed, muchísima sed, y la necesidad de respirar aire, más del que tenía disponible dentro del resonador. Intenté pensar en otra cosa, que viajaba en un globo aerostático, que respiraba la pureza del aire de un bosque, pero no lo logré. En mi cabeza, solo una idea se había instalado: quería salir de allí, de inmediato, que pararan el estudio; no podía seguir teniendo esas paredes del cubículo encima de mi nariz y pecho, esa escasa luz artificial, sumada a los ruidos ensordecedores que se repetían de manera demoníaca. 
Pulsé el botón de llamada para avisarle al médico que no me sentía bien; nada sucedió. Pulsé otra vez, y otra y otra. ¿El botón estaría funcionando? Como pude, realicé movimientos con mis pies; no quería dañar el resonador, pero tenía que comunicarme de algún modo. Levanté, hasta donde pude, las rodillas; tampoco hubo respuesta. La desesperación, a esta altura, era absoluta y, como último intento, empecé una serie de golpes con mi mano izquierda y los pies, hasta donde podía. Noté que el botón de llamada se había desprendido, lo cual me preocupó aún más. ¿Qué pasaba con el radiólogo? ¿Se había ido? ¿Y Alejandra? ¿Acaso ella tampoco registraba mis pedidos de auxilio? A los pocos segundos, perdí el conocimiento y quedé inmovilizado.
Supe luego que me sacaron unos quince minutos más tarde, cuando el estudio terminó. Al abrir los ojos, me encontré con la sonrisa de Alejandra y la mirada amable del médico. Los acompañaba un señor con una camisa carísima y zapatos relucientes. Se presentó:
—Soy Luciano Funes, representante de la firma Lugens Medical Corporation, los fabricantes de este resonador. Le agradezco su paciencia y le pido que nos disculpe por cualquier molestia ocasionada, pero estamos haciendo una prueba de control de calidad de nuestro producto: necesitamos saber cómo reacciona ante un paciente desesperado y con un ataque de claustrofobia. Nos alegra comprobar que resiste todos los golpes del paciente y que incluso puede albergarlo muy bien en caso de desmayo. ¿Se sintió cómodo al perder el conocimiento? Seguro que sí: nuestros productos son excelentes. Ahora quiero regalarle este vale para una pizza de mozzarella; puede disfrutarla en cualquier sucursal que la cadena Pizzamarca tiene en la provincia de Catamarca. A su señora acabo de entregarle una orden de compra para dos pares de zapatos. Se la ofrecí cuando usted estaba dentro del resonador y aceptó gustosa; ella firmó la autorización para la prueba. Espero que le queden hermosos, seguramente será así. Gracias nuevamente por su predisposición. Buenas tardes.
El señor se retiró y Alejandra me ayudó a cambiarme. Al salir, necesité con urgencia comprar una botella de agua mineral en el kiosco de enfrente: la obra social no me cubría el vaso de agua que solicité en el centro médico.

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