Por Jade Shung | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses
Farfullando frases y melodías, Ciro solía deambular por los alrededores de la estación Ezeiza, la calle 12 de Octubre, la ruta 205 y el Paseo La Trocha. Tenía días en que se hacía llamar Clara Luna, pero la mayoría de las veces se presentaba como Ciro. Bajo una frazada, dormía cerca de los arbustos, a quienes abrazaba como personas amadas. Andaba siempre con un termo y disfrutaba de ver el paso de los trenes mientras se tomaba unos mates fríos, fuese invierno o verano. Hablaba con los perros de la calle y con las palomas que se posaban en los alambrados. Incomodaba un tanto a los vecinos cuando pedía monedas a cambio de un matecito o un besito, aunque nadie se llegó a enojar con él en serio. Algunos dicen que enloqueció por algo que le sucedió de niño. Cada tanto gritaba oraciones inconexas que, para muchos, revelaban parte de su pasado: “Yo creía en tus palabras”. “Yo no quise lastimarte”. “Fuiste mucho para mí”. “Yo sólo quería amor”. “Me ponía una tanguita para andar y desfilar”. “Si aún te queda algo de amor en tu corazón, no me mires a los ojos, que me muero, yo me muero de dolor”. A más de uno escuché decir que el padre (un viudo que no volvió a formalizar otra relación) habría sido asesinado de dos balazos por un travesti llamado Clara Luna, y entonces, Ciro se quedó en la calle. Otros dicen que se había escapado de su casa siendo adolescente, a raíz de una enfermedad mental que se le despertó cuando su ídolo, el cantante Ciro Pertusi, abandonó el grupo Attaque 77. Yo no sé cuál será la verdad. Tal vez, nuestro Ciro —a quien no veo desde hace unos meses— sólo se desconectó de este complicado mundo para iniciar una gira imaginaria. De la mano de grandes éxitos del rock argentino, el tour lo trajo hasta nuestro distrito y, ahora, quién hacia qué otros cielos lo habrá guiado.
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Lucho vs. Robin Hood y Jesse James
Por Jade Shung | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses
Todos los días viajaba a mi trabajo en Ezeiza. Desde la estación tenía que caminar unas cuantas cuadras hasta llegar a la oficina. Cada mañana me cruzaba con las mismas personas. El uruguayo que vendía café y el tucumano que ofrecía artesanías. El chaqueño que se dedicaba al teatro callejero. El socialista que vendía libros de Alfredo Palacios y el evangelista que, con un megáfono, convocaba al reino de Dios a infieles y descarriados. También estaba él, Lucho. Pertenecía a un grupo que ayudaba a quienes querían abandonar las drogas y el alcohol. Era feliz con su misión y nunca perdía el buen humor. Un día llegué temprano y me invitó a tomar unos mates.
—Jor, ¡¿no te imaginás lo que vi anoche?!
—¿Qué cosa?
—Estaba acá, mirando para allá, y se aparecieron dos hombres a caballo. Uno vestía como cowboy y el otro como armero. Por dentro pensé: qué parecido a Robin Hood. En eso, me miraron, los miré, y eran ellos.
—¿Quiénes?
—Ellos: Robin Hood y Jesse James. Discutían. Que ésta es mi área. No, la mía. Que sí, que no... Escuchá, Jor, escuchá el galope. ¡Ahí vienen por la calle French! Y siguen peleándose. ¿Qué se piensan estos tipos? Esta tierra no es de ellos ni para ellos, es sólo nuestra y la tenemos que defender. ¡Vengan! —gritó Lucho, llamando a los demás—. ¡Hay que proteger el territorio!
El uruguayo, el artesano, el chaqueño, el socialista y el evangelista empezaron a arrojar objetos hacia donde señalaba Lucho.
—¡Ahí, ahí! —indicaba Lucho—. ¡Péguenles! Vos, también, Jor, agarrá algo.
Yo miraba asombrada cómo todos revoleaban vasos de café, Biblias, artesanías.
El pastor preguntó:
—¿Y, Lucho? ¿Cómo vamos?
—¡Sigan, sigan! ¡Hay que darles duro!
Todos obedecían las órdenes de Lucho, quien entre ademanes permanentes organizaba la operación.
—Bien ahí, equipo —dijo Lucho, luego de un buen rato.
—¿Ahora sí se fueron? —preguntó el artesano.
—Sí, amigos, ya está.
—Mirá, Lucho, intentá la próxima echarlos vos solo, porque salen caras tus locuras —dijo el cafetero.
—Salvamos Ezeiza, ¡¿qué más quieren?!
—Sí, claro, Lucho. Dejá de fumanchar.
—No le hagas caso, Luchito. Lo importante es que se fueron. Tranqui, che, siempre vamos a estar de tu lado —cerró el chaqueño.
Así, cada tanto, Lucho peleaba contra seres imaginarios que pasaban por Ezeiza con la intención de rapiñar algo. Y ahí estábamos nosotros, sus cientos de amigos que jamás lo olvidaremos.
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Todos los días viajaba a mi trabajo en Ezeiza. Desde la estación tenía que caminar unas cuantas cuadras hasta llegar a la oficina. Cada mañana me cruzaba con las mismas personas. El uruguayo que vendía café y el tucumano que ofrecía artesanías. El chaqueño que se dedicaba al teatro callejero. El socialista que vendía libros de Alfredo Palacios y el evangelista que, con un megáfono, convocaba al reino de Dios a infieles y descarriados. También estaba él, Lucho. Pertenecía a un grupo que ayudaba a quienes querían abandonar las drogas y el alcohol. Era feliz con su misión y nunca perdía el buen humor. Un día llegué temprano y me invitó a tomar unos mates.
—Jor, ¡¿no te imaginás lo que vi anoche?!
—¿Qué cosa?
—Estaba acá, mirando para allá, y se aparecieron dos hombres a caballo. Uno vestía como cowboy y el otro como armero. Por dentro pensé: qué parecido a Robin Hood. En eso, me miraron, los miré, y eran ellos.
—¿Quiénes?
—Ellos: Robin Hood y Jesse James. Discutían. Que ésta es mi área. No, la mía. Que sí, que no... Escuchá, Jor, escuchá el galope. ¡Ahí vienen por la calle French! Y siguen peleándose. ¿Qué se piensan estos tipos? Esta tierra no es de ellos ni para ellos, es sólo nuestra y la tenemos que defender. ¡Vengan! —gritó Lucho, llamando a los demás—. ¡Hay que proteger el territorio!
El uruguayo, el artesano, el chaqueño, el socialista y el evangelista empezaron a arrojar objetos hacia donde señalaba Lucho.
—¡Ahí, ahí! —indicaba Lucho—. ¡Péguenles! Vos, también, Jor, agarrá algo.
Yo miraba asombrada cómo todos revoleaban vasos de café, Biblias, artesanías.
El pastor preguntó:
—¿Y, Lucho? ¿Cómo vamos?
—¡Sigan, sigan! ¡Hay que darles duro!
Todos obedecían las órdenes de Lucho, quien entre ademanes permanentes organizaba la operación.
—Bien ahí, equipo —dijo Lucho, luego de un buen rato.
—¿Ahora sí se fueron? —preguntó el artesano.
—Sí, amigos, ya está.
—Mirá, Lucho, intentá la próxima echarlos vos solo, porque salen caras tus locuras —dijo el cafetero.
—Salvamos Ezeiza, ¡¿qué más quieren?!
—Sí, claro, Lucho. Dejá de fumanchar.
—No le hagas caso, Luchito. Lo importante es que se fueron. Tranqui, che, siempre vamos a estar de tu lado —cerró el chaqueño.
Así, cada tanto, Lucho peleaba contra seres imaginarios que pasaban por Ezeiza con la intención de rapiñar algo. Y ahí estábamos nosotros, sus cientos de amigos que jamás lo olvidaremos.
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