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Creando consciencia con el tío Mario

Por Antonella Corallo(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Desde que empezó la pandemia, con mi familia inauguramos un viaje mental que se inicia con el susurro: “Bosques de Ezeiza, Bosques de Ezeiza”. A algunos primos les funciona mal, porque no se saben concentrar. Dicen “Bosques de Ezeiza, Bosques de Ezeiza” y, ¡puf!, aparecen en la YPF del Triángulo, cargando nafta, por ejemplo.
A mis primitos (mocosos dispersos con sólo ver a un mosquito) les explico:
—Ustedes no tienen que correr descontrolados a romper los protocolos sanitarios. Deben quedarse en casa y repetir “Bosques de Ezeiza, Bosques de Ezeiza”, con sus piecitos quietos como rocas, y van a poder distraerse.
Después de tantos meses, ellos han comprendido que cuidarse es cuidar a sus abuelitos, y cuidar también al tío Mario, especialista en contabilizar rebaños imaginarios.
*** 
Les cuento: Mario no será el tío ideal, llega tarde a todas las reuniones, se come hasta lo manteles, no nos regala nada, y escupe al hablar, pero con los números es genial, nos damos vuelta para aplaudirlo, lo usamos para nuestra estabilidad económica, tan difícil de mantener. 
En el campo amaba la ganadería, presionaba los ojos y gritaba:
—Seis becerros. 
Degollando gallinas:
—Seis becerros.
Cosechando maíces:
—Seis becerros.
Juntando el excremento del granero:
—Seis becerros.
Los padres no lo soportaban. De niño parecía una calculadora biológica.  Intentaron asfixiarlo con la almohada, hasta que una noche descubrieron que la famosa vaca Lola parió a seis becerros en el lapso de cinco horas. 
Mi tío Mario todavía cuenta vacas en casa, aunque nuestro cálido hogar no tenga la presencia de estos animales. 
***
A causa de su delirio, el método de los Bosques de Ezeiza le vino al pelo al tío Mario, quien no sale de casa aunque lo amenacen con un arma. En vez de “Seis becerros”, ahora repite “Bosques de Ezeiza”. Hasta convenció a Roberto, su mejor amigo, que era un loco negacionista de la pandemia. De a poco le lavó el cerebro con los viajes astrales. Ahora, Roberto se queda quieto y no puede ni ir al súper. En nuestra familia estamos muy orgullosos de ser parte de una comuna que crea y estimula consciencia.

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De tal palo tal astilla

Por Antonella Corallo(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


—¿Por qué hay tantos relojes acá?
—Porque es una relojería, hija.
La conversación se volvía incómoda. Era la quinta vez que entrábamos con mi marido al local de Paso de la Patria durante la misma semana. 
Encima, ahora teníamos poco tiempo: debíamos ir a la calle Dorrego a pagar la factura vencida de la luz.
—Tenemos que modernizarnos, Rubén. Podríamos pagar por la app —le dije antes de salir.
—De paso, vamos a la relojería —me respondió él—. La nena quiere un regalo.
Ella esperaba muñecas, dinosaurios, o un iPhone, pero mi esposo vio el brazo vacío de la nena y nos trajo de nuevo a la relojería que queda a la vuelta de casa. 
La costumbre de él es tocar todo lo que no va a comprar. Por ese motivo tiene la entrada prohibida en una casa de electrodomésticos. Hace poco tiró un televisor y lo terminamos de pagar el mes pasado. Él lo mantiene arriba de la mesa con la pantalla partida, dice que ve el noticiero, que el dólar no subió, y otras estupideces más, sin entender que el televisor está roto.
—Lo compramos por la mitad, Rubén.
—Vos nunca revisás bien las cosas.
Es un hombre que no acepta sus errores, y yo tampoco me esfuerzo por hacérselos entender.
—¿Estamos en una juguetería, ma? —insistió mi hija.
—Se llama relojería. Ya te lo dije.
—¿Estamos en una emoción atravesada por la ansiedad, el estrés y la nostalgia?
—No, hija, ¡no! Las personas se ubican en lugares. No viven situaciones hipotéticas, abstractas, creativas. 
—Y... ¿dónde vivimos nosotros?
—En Ezeiza.
—¿Dónde queda Ezeiza? ¿En un planeta bueno?
—Nena, ¿qué desayunaste hoy? —le pregunté.
—Cereales. ¿Papá qué hace?
—Papá está manoseando los relojes.
—¿Sabe que el relojero lo está mirando?
—Si lo sabría, no los utilizaría como collares.
Mi marido se hallaba alterado: reloj que veía, reloj toqueteaba. 
De tal palo tal astilla, mi hija optaba por la posibilidad de estar viviendo en Narnia.
Para hacerlos entrar en razón, decidí elegir dos relojes: uno para mi marido y otro para la nena. El relojero me dijo el precio y me preguntó:
—Señora, ¿se los lleva?
—Los dejo a los dos —contesté y salí a pagar la boleta de la luz.
Cuando volví a casa, ambos miraban la pantalla y se reían de una serie graciosa y delirante que, según decían, estrenaban en Ezeiza Tevé.

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Adictos a la perforación de orejas(*)

Por Antonella Corallo | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


—La Secretaría de Perforaciones ha desestimado los derechos de varias orejas y el Consejo de Rostros ni se mosquea. Permite que una putrefacción situada por debajo del párpado haga contacto con la lengua, se familiarice con la faringe y deje a pobladores con dolores estomacales y de muelas. Abrieron un inventario de daños psicológicos, y uno de ellos, el más reconocido por la gente coqueta, es la perforación de orejas —al dar este discurso de bienvenida me encontraba cubriéndolas, no quería que la multitud me tildara de hipócrita—. Trabajo para combatir este mal social, que empezó con un pequeño arito. Pienso proponer una opción muy viable que logrará contener el apetito desmedido por perforarse veinte veces al día. Para eso los cité. ¿Todos están de acuerdo? Contesto preguntas.
—¿Podemos perforarnos ahora? ¿O tenemos que esperar a que usted termine de perforarse?
—Yo no me estoy perforando. ¡¿Qué se piensan?! ¡¿Que soy un adicto como ustedes?! Tráiganme alcohol, por favor —respondí.
—¿Puedo perforarme una partecita solamente? —dijo uno.
—Por lo visto nadie puede contenerse, y he aquí el plan más coherente, hagan una fila —cerré la presentación.
Se fueron acercando. El placer se apropiaba de mis sentidos. Las orejas desfilaban altivas, variadas, de todo tipo, con aros de acero, con aros colgantes, todas repitiendo al unísono: “Cortame”.
Agarré el cuchillo, casi sediento, y sentí la dureza de cada cartílago. Afuera de la iglesia se escuchaban los gritos. Adentro, nos unimos en canciones desafinadas, muy útiles para dormir la siesta, pero que no afectaban nuestro afán decorativo.
—¿Decorativo? —preguntó un rostro.
—Sí, vamos a decorar la iglesia con guirnaldas y orejas —expliqué.
Así fue cómo nos deshicimos de esta adicción en el barrio. Una manera muy original y divertida. Los invito a ustedes a venir a mi iglesia. Soy un padre ejemplar. Cuanta más gente traigan, más compasivo seré. Hagan la fila y en vez de dar el diezmo me conformo con recibir sus orejas. Es casi lo mismo. 

(*) Este relato recrea el testimonio de un peculiar religioso de Ezeiza y me lo confió un atribulado vecino que se niega a pasar cerca de un templo. Con claridad, es producto de una pesadilla.

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Pasión iluminada

Por Antonella Corallo(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses


En Ezeiza hay seres sobrenaturales, pero existe algo más interesante.
Una vez acabado el prestigioso ritual de la rutina, cuando ya cenamos y la jornada está por terminar, la vemos. 
Su luz nos deslumbra más que el sol y es habitual deleitarnos al contemplarla.
Sabemos que si tenés un mal día ella lo mejora, fortifica tus valores, te hace ser un vecino preocupado por los intereses de la comunidad. Somos agradecidos de tenerla, ¡bah! 
No se parece en nada al Monstruo del Lago ni a las fantasías descabelladas esas. Es coherente, real, ¡angelical!, sobre todo cuando comienza a hablar. Ayer me recomendó: “Dejá de faltar a la escuela”. Y la verdad que, escuchándolo de su voz, comprendí que mis padres tenían razón. Debo confesar que me parecía insignificante eso de la educación hasta que ella clavó su mirada en mí. 
Anoche, esos ojos que han visto al pueblo, que lo han querido y entendido, abrieron sus puertas y dos palomas vinieron a buscarme. 
Elevándome por la estructura, llegué a tocarla, ¡moría por acariciarla! Pero debía continuar el vuelo hacia mi destino. Las palomas me chocaban contra ramas, ninguna situación lograba detenerme. 
Llegué a la escuela. Alumnos sonámbulos a punto de perder el año habían sido iluminados igual que yo, y los maestros nos explicaban de manera dedicada. 
No tenía que copiar del pizarrón. Sólo me entregaba a la tan sublime comprensión. 
La clase terminó a eso de las tres de la madrugada, el café nos incentivó a mantenernos despiertos; luego descubrí que sólo se trataba de chocolatada. 
Vimos el mundo y entendimos que somos el futuro. Sofía, la de los auriculares; Facundo, el que tiraba bollos; y yo, el que cebaba mates, rompía termos y desconocía todas las ecuaciones. 
Cada anochecer, los ezeicenses comprendemos que la imagen de Eva Perón no es una réplica. Es un puente mágico que nos convierte en mejores ciudadanos.

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Cajero humanomático

Por Antonella Corallo(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses

—¡Quiero tragarme todos los virus y bacterias del mundo! —dije.
Tenía un sabor a cáscara de banana, olor a mandarina, palitos salados, cebolla y pescado crudo. No era sushi, sino un filet de merluza que tocaron ligeramente para ponerlo en la asadera, que luego se arrepintieron de tan horrible, acuoso, remojado e insulso que era. Contuvieron las arcadas y finalmente pidieron unas pizzas. Para pagar el delivery tocaron el billete de cien y después el de quinientos, y así es cómo uno se explica con certeza el origen de lo recientemente ingerido. 
Acabo de devorarme esos billetes. ¡En mi vida había probado cosa más rica! ¡Se los aseguro! ¡Nada se compara! Sentí una erradicación de impuestos en el paladar, una ganancia sin inversión en la laringe y una posible faringitis de cientos de gérmenes bursátiles.
Es difícil explicar de dónde surge esta necesidad. La economía me acaricia las cuerdas vocales y me dice: “¡Comé el billete de mil!”, y  hago caso. Una vez tragado, toso un poco, se escapa entre la tos y el escupitajo un pedazo ya baboseado y masticado... ¡y me lo trago!
¡Confieso que es más rico regurgitado! 
Todos mis compañeros me aplauden.
Me siento el más afortunado de los cajeros de Ezeiza. El Banco Provincia me hizo un altar entre vidrios, para que no me moleste el cajero de al lado. 
Sirvo para los días ajetreados. Me como todos los billetes sin contarlos. Si se descuidan, les garroneo la billetera, de cuero o tela, ¡lo que sea! Me atrae la belleza lujuriosa de aquel papel, de aquellos números apasionados... ¡Ay!,  me dieron ganas de uno de doscientos. ¿Alguien tiene? 
La gente hace fila y me dice amablemente:
—¡Quiero depositar $500! 
 Yo contesto:
—¡Adentro!
Cuando estuve en otros distritos, las personas eran más codiciosas, desesperadas por preservar la plata en sus cuerpos, nutrirse de parámetros económicos y construir una mansión de cinco pisos en el hígado. 
Acá, todos donan la plata, e invierten en cosas que verdaderamente generan ganancias. 
Me tienen podrido y les grito:
—¡Sean codiciosos! ¡Necesito que se endeuden! ¡Dónde está la ambición en estos días!
Llegué a la conclusión de que en Ezeiza estilan ser felices sin derrochar dinero. ¡Qué pena! Yo pensaba que la felicidad se trataba de eso.

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De los errores no se aprende

Por Antonella Corallo(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses
Dicen que un error es el mejor método de aprendizaje, pero esa frase no está hecha para las personas que nos equivocamos todo el tiempo. Habremos escuchado millones de advertencias, las guardamos en nosotros, las acumulamos en nuestro interior, ponemos el cartelito de “recordar con reiteración”, y finalmente las ignoramos. Nos gusta perseguir el peligro, ¡qué va a ser! Aficionados a darnos la cabeza contra la pared, después contra el pavimento y por último con cualquier cosa que se nos cruce en el medio. Finalizado este ritual repetimos la frase:
—Lo sé para la próxima.
Simboliza un nivel de aprendizaje extremo, pronunciarlo te exime de culpas, te hace superior y más grande. Yo me siento igual que siempre, pero si lo comentan debe ser cierto. No importa cuál sea el error: desde quemar el bizcochuelo hasta atropellar a alguien, ¡la frase funciona siempre! Sentís un renacer de oportunidades, viene el angelito de la equivocación y te confiesa:
—¡Qué bueno que te hayas equivocado, ahora vas a aprender!
Nunca nos explica nada, pero con sólo escucharlo sentís que aumenta tu intelecto. De repente descubrís nuevas tablas, idiomas jamás utilizados y juegos de mesa sin mesa. Nos regaló el piedra, papel o tijera. Debe ser invisible, ya que todavía no lo estrenamos.
—El error te hace crecer —mencionan a diario.
No sé cuál es el error de porquería del que están hablando. Son errores, ¡plural! Dejen de lado el singular. Además de no saber contar dicen mentiras, ¡no crecí un mísero centímetro! Sigo con el mismo tamaño y... ¿será que me tengo que confundir más veces? Para comprobarlo me caí una vez más al arroyito Pinkufi, a la altura de la calle San Lorenzo. Normalmente suelo pasar cuando llevo a mi sobrina a la plaza, luego otra vez, otra vez, ¡y otra vez! Hasta llegar a distinguir que el arroyito se convirtió en mi boleto al más allá, y sentí abandonar mi cuerpo.
El angelito vino a buscarme, iba a premiarme por ser el hombre con más errores de Ezeiza.

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Un caso de levaduritis en Guillermina

Por Antonella Corallo(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses
Llegué a la conclusión de que sólo se trataba de un consumo excesivo de levaduras. Si me preguntaran, no comí tanto, no desistí de hacer ejercicio y tampoco me dejaron pagando en el altar. Simplemente la levadura leudó en mi cuerpo... y generó ¡una estrepitosa porción de grasa!
Sé, por boca del médico, que tengo dos kilos de más.
—Usted está perfecta de peso.
—¿En serio, doctor?
Seguido a esto, el botón del pantalón salió volando.
Recuerdo el día en que comencé a comprar la levadura en el supermercado chino Chan Chun, del barrio Guillermina. Estaba tan barata que me dieron ganas de llevarme ochenta, y así fue.
El chino se me reía en la cara. Mis vecinos preferían comprar en el súper de French. Para mí, era caminar demasiado.
—Esa panza es de embarazada... —me dijo más de uno.
Cuando sientas incomodidad frente a estos comentarios, mencioná:
—Me diagnosticaron levaduritis.
Decilo con pena, triste, como si fueras a morir. Fruncí el ceño, pero no demasiado, no debe parecer un enojo.Seguido a esto, acariciarán tu hombro y pronunciarán muy sentidamente un...
—Lo siento.
No te asustes si tu enemigo te abraza. O si llegan a tu domicilio innumerables regalos. Aprovechá la situación y aceptalos. Poco a poco vas a ir llenando tu casa.
La mayoría aguardaba expectante un final que estaba tardando en llegar: el día en que dejasen de ver mi cara.
Algunos hasta se apresuraron a comprar ropa negra, prendas que usaban para ir a la iglesia.
En ocasiones, el sacerdote se sorprendía:
—¿Quién es el fallecido?
—Nadie, padre. Nos vestimos de negro, por las dudas.
Yo me reía.
Y llegó el bendito instante en que hicieron la pregunta:
—¿Qué es la levaduritis?
—Es una técnica muy efectiva para que dejen de joderme la vida —aseguré.
Al término de esa frase, nadie más vino a visitarme. Ahora sé cómo lidiar con los comentarios ajenos y, de paso, me divierto.
La levadura del chino me provocó algunos malestares. Terminé yendo a un hipermercado muy conocido de la zona.

(*) Asiste al Taller de Literatura y Escritura de la Municipalidad de Ezeiza. Instagram: Mil_rosass