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Buscando la pareja ideal

Por Tomassini | Esto No Está Chequeado | Foto: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


—¿Por qué será tan difícil encontrar la pareja ideal en Ezeiza? Habría que hacer una investigación —me dijo Jorge, un hombre de unos 60 años, vecino de Villa Guillermina, en la entrada de La Palabra. Luego preguntó—: ¿Podré poner aquí un aviso para buscar novia?
—Por supuesto. Soy Tomassini, para servirlo —le respondí y pasamos a la oficina.
Tras acordar un texto básico y mirar el valor de los anuncios, Jorge agregó:
—Ojalá sirva. Hace mucho que busco. Mi crisis se intensificó en el 2001 cuando existía un creciente resentimiento contra todo y me quedé sin trabajo. En aquellos días descubrí que para sobrevivir en Argentina no debemos estar solos. Los amigos te ayudan hasta donde se les da la gana, pero una pareja posta te debe acompañar siempre. Como dicen los curas: “Hasta que la muerte los separe”. No pido mucho: sólo una novia generosa. Y para eso debe tener dinero, claro.
El ruido de una frenada en la calle Tucumán nos sobresaltó, y se produjo un incómodo silencio entre nosotros.
Superada la involuntaria pausa, él exclamó:
—¡No me malentienda, señor Tomassini! Usted lo debe tener claro, como administrador recibido en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Quiero que la plata esté ahí cerca, para cuando sea necesario. Nunca se sabe, vio. Si tiene dólares en el colchón, mejor. Mis últimas parejas cobraban poco. Ahora estoy saliendo con Anastasia, una chica muy linda y trabajadora. Aunque nos llevamos bastante bien, algo empezó a fallar. Por eso, quiero ir publicando el aviso. El otro día fuimos a Súper Centro y protestó cuando le pedí que pagara y llevara las bolsas. ¡Estoy harto! Encima, se negó a cargar las más pesadas.
Jorge se quedó cabizbajo, y entonces, le informé:
—Puede abonar con efectivo, transferencia o Mercado Pago.
Como si no me hubiera escuchado, se paró y me dijo:
—¡No publique aún el aviso, señor Tomassini! Lo pensé mejor. ¡En unos días vuelvo con Anastasia! Si me quiere de verdad, ella le va a pagar. 
Cuando se estaba yendo, se detuvo en la puerta y comentó: 
—Una última cosa. Dígame, señor Tomassini, ¿por qué será tan difícil encontrar la pareja ideal en Ezeiza?

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Sombras en una pared

Por Elías Ibáñez (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini


Un día aburrido como cualquier otro decidí entrar en la escuela abandonada. Ese lugar siempre me llamó la atención. La gente suele decir que ahí ocurren sucesos perturbadores y que nadie se atreve a investigar. El edificio se encuentra a pocas cuadras de la ruta 205, cerca de la estación de El Jagüel.
Escéptico, me propuse husmear. “Quizá pueda escribir una nota para La Palabra”, pensé, divertido. Anduve un buen rato por el pasillo y las aulas, sacando unas cuantas fotos con el celu. Nada extraordinario, sólo un espacio vacío, sucio y abandonado.
Recorría el lugar cuando a lo lejos escuché voces de niños. Un escalofrío en la espalda me paralizó. Con la linterna del celular apunté hacia lo oscuro y las sombras de aquellos chicos se proyectaron sobre una pared descascarada.
La mente me estaba jugando una mala pasada y me invadió un miedo profundo. Con el corazón latiendo a mil, decidí huir de ahí lo antes posible. Se me cayó el teléfono, pero no quise ni detenerme para levantarlo. Sólo me importaba salir. Corría y corría, sin mirar atrás, y me parecía que el pasillo no tenía fin.
En medio de la marcha oí un portazo fuerte precedido por una risa demoníaca. Seguí huyendo y pidiendo auxilio. Choqué al fin con la puerta y salí de aquel sitio, temblando. El sol y una suave brisa me devolvieron cierta serenidad.
Pasaron unos días del episodio. No hablé con nadie y me fui convenciendo de que lo vivido había sido producto de mi imaginación. Hasta que hace unos días llegué a casa y mi madre me dijo que un niño le había dejado mi celular. Desde hace días me buscaba por todo el barrio.

(*)Estudiante de la Escuela Técnica Nº 1 de La Unión, trabajó el relato con la profesora de Lengua y Literatura Graciela Castruccio, para participar del Concurso Buenos Aires Fantástica.

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Una parábola de Navidad

Por Hugo Alberto Panza (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini

Dicen que esto ocurrió hace pocos años durante las celebraciones de Navidad en un templo de Villa Guillermina, donde se congregan los fieles de la religión “X”. Y digo “X” porque con esto de la fe hay que ser cuidadoso. Muchos pueden disgustarse si no se habla bien de su congregación. La historia me la contó un testigo presencial de los acontecimientos. La máxima autoridad invitó a los presentes a dar su testimonio. Pidió hablar un hombre de barba que participaba por primera vez. Había llegado con un amigo, un tal Pedro. Ambos se sentaron bien al fondo del salón.
Cuando le dieron la palabra, el hombre se expresó de esta forma:
—Les quiero contar lo que he visto hace unos pocos días, no muy lejos de aquí. Caminaba cerca del centro de Tristán Suárez, me dirigía a una parada de colectivo sobre la 205. En la vereda, debajo de un alero frente a un local cerrado, se amontonaba una familia con sus pocas pertenencias. Habían colocado un cartel de cartón en el que se leía: “No tenemos trabajo y fuimos desalojados por no pagar el alquiler. Por favor, ayúdennos”. A su lado podía verse una canastita con unas pocas monedas. Pasó por allí el pastor de la religión “Z” y, ¿saben una cosa?, ¡no sólo no los ayudó! ¡Ni siquiera los miró!
Al escuchar esto, los fieles se miraban y comentaban: 
—¡Claro, tenía que ser de la religión “Z”! ¡Son así!
El hombre continuó tras una breve pausa:
—Luego vi pasar a una persona que conozco que va al templo de los “Y”. ¡Tampoco los ayudó!
Se escucharon comentarios del mismo estilo:
—¡Y claro! ¡Los de la religión “Y” son unos hipócritas!
—¡Qué barbaridad! ¡Tenían que ser de la “Y”!
El barbudo continuó:
—Vi pasar también a uno de la religión “X”...
Todos prestaron mucha atención esperando para ver qué buena acción había llevado adelante el que pertenecía a la congregación. 
—Y también pasó de largo... —dijo el recién llegado que daba testimonio.
Las expresiones de los fieles pasaron de la atención al fastidio. Algunos se levantaron de sus asientos y miraron de forma amenazante a los recién llegados.
El hombre continuó:
—Pasó alguien de la religión “A” y les dio dinero, alimentos y ropa.
—¡Eso es falso! —gritó uno de los feligreses. 
—¡No puede ser! —gritó otro.
—¡Usted es un mentiroso! ¡Usted ha venido a mentir! ¡Fuera de aquí, los dos!
La cosa se había puesto muy fea, y Pedro llamó a su amigo haciéndole señas para que se retiraran pronto. Mientras salían casi corriendo, recibieron algunos proyectiles lanzados por quién sabe qué fiel exaltado. Fue allí que los siguió muy de cerca la persona que me contó esta historia. Escuchó lo que se decían:
—¡Te dije que es inútil! ¡No van a entender nunca esta parábola! ¡No sé por qué insistís tanto! Un día nos van a romper la cabeza —le reclamaba Pedro a su amigo.
—¡Pedro, no seas tan escéptico! Más en diciembre cuando renacen las esperanzas. ¡Hace apenas dos mil años que lo intentamos!
—¡Es que no entienden que lo importante no es el samaritano! ¡El samaritano era un personaje para los judíos! ¡Cuando se lo explicás a estos, tenés que cambiar los personajes! ¡Para nosotros es obvio, pero se quedaron con el samaritano y no entienden nada! ¡Te dije que no había que escribirlo así! ¡Tienen la cabeza más dura que un adoquín!
—¡Pedro, ya no tenés la paciencia de antes! 
—Es verdad. Sólo vos tenés paciencia infinita.
—Vas a ver que en dos o tres mil añitos más lo van a entender.
—¡Ufff! ¡La próxima vez que te acompañe Santiago! ¡Yo ya me cansé!
—¿A ver? —dijo el barbudo, mientras miraba el Google Map en su celu—. ¡Vamos para El Jagüel! Ahí tenemos una reunión en el templo de la religión “Y”.
—¡Ufa, ufa y mil veces ufa! 

(*) Es autor del libro Cuentos (2009), integrado por las historias “La moneda mágica”, “Mariana” y “La verdadera historia de Gaspar”.

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Viajes astrales en pandemia

Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses
Rosana es profesora de Biología en distintas escuelas de Ezeiza. Antes, donde un pibe desviaba la vista del pizarrón, ella le disparaba un tizazo entre los ojos. Un método infalible. Todo marchaba relativamente bien hasta que llegó la pandemia. Los alumnos apenas se conectaban a clase. ¿Entrega de trabajos prácticos? Ni ahí. “Un dolor de ovarios”, decía Rosana. Ella amenazaba con aplazos y llamadas a sus padres, y nadie le daba bola. Se pasaba todo el día despotricando y de noche soñaba con subirse a un bombardero Boening B-29 para arrojarles tizas nucleares a esos vagos. Su novio, el Beto, ya no la aguantaba, a pesar de ser un budista de ley. Quería escuchar a los Doors tranquilo, pero Rosana protestaba constantemente. Una mañana, ella lo interrumpió mientras sonaba L.A. Woman, su disco favorito. Harto, le gritó que por qué no armaba “un aula en el plano astral” y daba clase ahí. Ella se convenció y le manoteó el libro Viajes astrales para principiantes. Aprendió cómo tenía que respirar y meditar, y en media hora ya iba y venía como campeona entre distintos planos dimensionales. Les mandó el libro escaneado completo a los pibes, amenazó con expulsiones, materializó algunas tizas etéreas y las clases volvieron más o menos a la normalidad. En la primera evaluación todos los pibes aprobaron con 10. Rosana sospechó lo peor y el Beto se lo confirmó: “Lo más probable es que se hayan copiado. Viajes astrales para principiantes contiene técnicas de comunicación intercerebral a distancia”. Frustrada, Rosana anunció que volvería a la metodología online. Hoy sus alumnos organizan picaditos en el plano astral, además de intercolegiales de truco, festicholas y recitales. La pasan bomba y no tienen apuro por volver a las clases presenciales. Quieren agradecerle a la profe Rosana por haberlos introducido al budismo, pero últimamente ella no se conecta a darles clase.

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Copperfield anda al acecho

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses


Entre los trabajadores de los supermercados de Ezeiza corre la leyenda urbana sobre un sagaz forajido que se llenó de dinero a expensas de saquear las arcas de sus patrones. Los rumores indican que, en sus inicios, el facineroso llevó a la quiebra a un kiosquito de El Tala, un almacén de Vista Linda y dos súper chinos de La Unión y Spegazzini. Luego se especializó en grandes marcas, para dejar tranquilos a los emprendimientos más modestos.
Un viejo empleado de Coto nos contó que hace un par de años se vigiló a un repositor durante meses. En la sucursal de Tristán Suárez temían estar ante la presencia de este mito de la delincuencia vernácula.
Un guardia detectó,  a través de las cámaras, la conducta sospechosa de un hombre de cuarenta años. Cada tarde, a la salida de su horario, se marchaba empujando hacia el estacionamiento un changuito cubierto por una tela negra. Presumieron que transportaba mercadería y se preparó una acción para detenerlo. Con las filmaciones y testigos, se lo podría despedir con causa y sin indemnización.
Un viernes, según el relato, se demoró al empleado, que se mostró sereno ante el operativo y accedió a quitar el paño. Quienes presenciaron la acción dicen que sacó el velo como si fuera el mago David Copperfield, con elegancia, glamour y suspenso. Grande fue la sorpresa cuando los presentes vieron que el carrito estaba vacío. 
El repositor declaró que usaba ese lienzo oscuro para proteger a los changuitos del sol. Ante la sorpresa generalizada, nadie se animó a pedirle que dejara de lado esta inusual práctica. En los meses siguientes, se lo requisó un par de veces más, con igual resultado.
Con el tiempo, los agentes fueron trasladados a otro objetivo. El asunto se olvidó y nadie sabe bien qué sucedió con las imágenes donde se registró la extraña conducta de este hombre, a quien nadie recuerda con precisión, porque no era afecto a las amistades ni participaba de redes sociales. Entre los empleados, por lo bajo, se lo empezó a llamar Copperfield. Nuestro informante dice que desapareció de un día para el otro y nunca más se lo vio por allí. Muchos opinan que trabajaba con una identidad falsa.
Versiones no descartan que el ladrón sea una mujer, o, bien, una poderosa organización. No hay certezas.
Los que se inclinan por la épica del solitario dicen que Copperfield ya se retiró y con el dinero recaudado compró propiedades para vivir de rentas. Muchos siguen en estado de alerta porque se comenta que él sigue entrando a Coto como cliente (tal vez con anteojos, barba y peluca) y ejecuta nuevos atracos para despuntar el vicio. Una hipótesis reciente señala que este alquimista de la ratería nunca sustrajo dinero, comestibles ni electrodomésticos. Copperfield habría amasado su enorme fortuna robando changuitos. 

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Pasión iluminada

Por Antonella Corallo(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses


En Ezeiza hay seres sobrenaturales, pero existe algo más interesante.
Una vez acabado el prestigioso ritual de la rutina, cuando ya cenamos y la jornada está por terminar, la vemos. 
Su luz nos deslumbra más que el sol y es habitual deleitarnos al contemplarla.
Sabemos que si tenés un mal día ella lo mejora, fortifica tus valores, te hace ser un vecino preocupado por los intereses de la comunidad. Somos agradecidos de tenerla, ¡bah! 
No se parece en nada al Monstruo del Lago ni a las fantasías descabelladas esas. Es coherente, real, ¡angelical!, sobre todo cuando comienza a hablar. Ayer me recomendó: “Dejá de faltar a la escuela”. Y la verdad que, escuchándolo de su voz, comprendí que mis padres tenían razón. Debo confesar que me parecía insignificante eso de la educación hasta que ella clavó su mirada en mí. 
Anoche, esos ojos que han visto al pueblo, que lo han querido y entendido, abrieron sus puertas y dos palomas vinieron a buscarme. 
Elevándome por la estructura, llegué a tocarla, ¡moría por acariciarla! Pero debía continuar el vuelo hacia mi destino. Las palomas me chocaban contra ramas, ninguna situación lograba detenerme. 
Llegué a la escuela. Alumnos sonámbulos a punto de perder el año habían sido iluminados igual que yo, y los maestros nos explicaban de manera dedicada. 
No tenía que copiar del pizarrón. Sólo me entregaba a la tan sublime comprensión. 
La clase terminó a eso de las tres de la madrugada, el café nos incentivó a mantenernos despiertos; luego descubrí que sólo se trataba de chocolatada. 
Vimos el mundo y entendimos que somos el futuro. Sofía, la de los auriculares; Facundo, el que tiraba bollos; y yo, el que cebaba mates, rompía termos y desconocía todas las ecuaciones. 
Cada anochecer, los ezeicenses comprendemos que la imagen de Eva Perón no es una réplica. Es un puente mágico que nos convierte en mejores ciudadanos.

(*) Más relatos de Antonella en su Instagram: Mil_rosass

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¡Por favor, no deje de leernos!

Por Hugo Alberto Panza (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini


Fernando y Héctor caminaban por French en dirección a la Estación de Ezeiza. Eran hermanos. Hacía un tiempo que no se veían y a ambos les gustaba filosofar mientras caminaban, aunque no siempre coincidían en sus ideas. Pasaron frente a la iglesia y se detuvieron un instante frente a la figura de Jesús observando los rayos que salían de su corazón. Reanudaron su marcha y Héctor comentó:
—¿Será cierto que vino y que es parte de una trinidad? ¿Lo veremos alguna vez cuando nos toque partir?
—No creo. A mí me parece que te morís, te comen los gusanos y se acabó —le respondió Fernando.
—¡Ah, ja, ja! ¡No, no! ¿Sabés lo que estuve pensando? —replicó Héctor.
—¿Qué?
—Imaginate un programador que invente un jueguito cualquiera. ¿Viste esos que juegan los chicos? ¡Esos que son ciudades enteras!
—Sí.
—Bueno, ahora imaginá que el programador fuera tan genio que lograra introducirse dentro del juego, como un personaje más. O sea, no sólo jugarlo desde afuera si no que fuera parte de él. ¡Que lo pudiera vivir en carne propia! 
—¿Y por qué se te ocurrió eso?
—¡Porque es lo que dicen los católicos! ¡Dios bajó a la Tierra y se hizo carne en Jesús!
—¡Bah! Es una locura. Pensar que existe un creador es una locura. Y la trinidad, un sinsentido. Admito que tu comparación es buena.
—Yo creo que algo de eso existe —insistió Héctor.
—¡Bah! ¡No puedo creer que creas esas cosas!
—Es más: yo creo que formamos parte de la imaginación de una mente superior —volvió a insistir Héctor.
Toda la conversación transcurría mientras caminaban y, frente al correo, Fernando insistió:
—¡Pero dejate de jorobar! ¡Nada de eso puede probarse! ¡Son puras especulaciones! ¿Y si esa mente dejara de pensar en todo? ¿Entonces todo desaparecería?
—¡Exactamente! ¡Vos lo dijiste! Todo desaparecería. Nosotros somos dioses. Somos el dios de los personajes que están en nuestra mente. Y nosotros somos parte de una mente infinitamente superior que creó el universo entero.
—¡Jaaaa! ¡¿Qué te fumaste hoy?! Me parece que leíste algo de Hermes Trimegisto.
—¿De quién?
—¿No lo conocés? Buscá en internet. 
Cruzaron la vía y llegaron al kiosco de diarios y revistas.
—Tu idea me hace acordar a las muñecas rusas. ¿Viste las mamushkas? Una dentro de la otra y, además, muchas. Una mente crea un universo en el que hay mentes que crean universos. ¡Pero cada vez más simples a medida que las muñecas son cada vez más chiquitas! Ja, ja. ¡Es una locura!
—¿Tiene La Palabra? —le preguntó Fernando al diariero.
—Sí. Aquí tiene.
—Quiero ver la sección “Esto no está chequeado”. El director del periódico está medio chiflado. ¡Deja escribir a cualquiera! —le dijo Fernando al diariero, mientras abonaba el ejemplar.
Fernando comenzó a leer y un sudor frío corrió por su frente. Su expresión cambió completamente. El terror había inundado su psiquis en un instante.
—¡Qué pasó! —le preguntó Héctor al advertir su expresión.
—Tenías razón —le dijo Fernando mientras le extendía el periódico.
Héctor leyó en voz alta:
Fernando y Héctor caminaban por French en dirección a la Estación de Ezeiza. Eran hermanos. Hacía un tiempo que no se veían y a ambos les gustaba filosofar...
—¡Dios mío! ¡Esto no puede ser! ¡Es terrible! ¡Somos parte de un cuento! —gritaba desesperado Héctor.
—¡Tenías razón! Sólo existimos en la imaginación del lector. ¡Es el Creador!
—Sí, es el Creador. Pero también significa que cuando termine de leer, todo desaparecerá —agregó desesperado Héctor.
—Incluso, nosotros —afirmó Fernando, apesadumbrado—. El lector nos imaginó frente a la iglesia, cuando pasamos por el correo, cuando cruzamos las vías. Imaginó al diariero...
—¡Por favor, señor lector! ¡No deje de leer! ¡Sí, le hablo a usted que está leyendo estas líneas! ¡No se distraiga con otras noticias! ¡Si es necesario, comience otra vez el cuento! —gritaba Fernando mirando hacia el cielo.
—¡La sección es muy corta! ¡Debe estar llegando al final!
—¡Noooo! ¡No nos deje! ¡No deje de leernos! ¡Noooooooooooooooo...

(*) Es autor del libro Cuentos (2009), integrado por las historias “La moneda mágica”, “Mariana” y “La verdadera historia de Gaspar”.

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Magnetismo matrimonial

Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses


El físico cuántico Alfred Montagne Noire sostiene que “cada tanto algún pobre diablo desarrolla la telekinesis magnética (facultad de mover objetos metálicos con la mente), pero no la sabe usar y hace desastre”. Eso mismo sucedió con Irma y Ambrosio Alberdi, matrimonio de setenta años residente en Tres Américas. El odio que se proferían despertó sus poderes mentales y los usaban para revolearse la pava, la estufa, las hornallas de la cocina, los cubiertos y demás artefactos. Sus discusiones les valieron varias corridas al Hospital de La Unión y el susto de los vecinos, quienes los querían denunciar por ruidos molestos pero temían amanecer con un tenedor clavado en el ojo. Las grescas concluyeron una noche del 2014. Los Alberdi estaban en pleno revoleo de cubiertos cuando los interrumpió un meteorito oriundo del cinturón de asteroides más allá de la órbita de Marte. “Hay que tener cuidado con esa telekinesis”, amplía Montaige Noire. “Estamos rodeados de objetos metálicos, y no todos son de tamaño manejable”. El cuerpo extraterrestre dejó una casa reventada, dos cadáveres calcinados y el alivio de los vecinos. Norma Alonso (porteña en busca de paz y tranquilidad) adquirió el ex terreno de los Alberdi al poco tiempo de la explosión. Construyó una casa, se instaló y se llevó un tremendo chasco cuando diversos proyectiles —la pava, la estufa, las hornallas de la cocina, los cubiertos y otros artefactos— entraron a volar de acá para allá. Norma terminó en la guardia del Eurnekian con un par de contusiones y el deseo de vender la propiedad. Hasta ahora no pudo, por lo que se fabricó una armadura de plástico que evita la mayoría de las lesiones. “Es incierto si los espíritus errantes conservan la telekinesis de sus vidas pasadas —apuntó Montagne Noire—. Puede determinarse el despertar de esos poderes, pero nunca cuándo se duermen”.

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Una segunda oportunidad

Por Edgardo Pietrobelli (*) | Ilustración: Tomassini | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses

El otro día estaba en la parada de colectivos de ruta 205 y Gaddini, frente a la Estación de Suárez, cuando una jovencita se sentó a mi lado.
—Usted escribe en La Palabra, ¿no? ¿Se anima a contar lo que me dijo mi abuela Elcira? —preguntó con el entusiasmo de sus 15 años, y sin esperar que le respondiese, comenzó con su monólogo—: Cuando era chica, la abu llegó a Tristán Suárez junto a sus padres. Su hermano Josefino tenía poco menos de 20 años cuando vio a Rosario en un almacén y se enamoró por única vez en la vida. El tema es que la veía... ¡pero nunca nada de nada! ¡O sea, Josefino era relenteja! ¡Tartamudeaba de pensar en ella! Se paraba cerca de la casa sólo para verla. ¡Daba reacosador! ¡Todos los hombres son tan bolú! Perdón, son tontos. No lo digo por usted, señor... Abu dice que Josefino era muy tímido, y sufría y lloraba en secreto. ¡A mí los cobardes no me van! ¡Les pego un voleo! Un poco la comprendo a Rosario. Mi abu decidió meterse y le fue dando unos consejos a su hermano. En menos de un mes, Josefino ya estaba por dar el gran paso. Iba a invitarla a un baile en el Club Tamberos, cuando la mina le mandó una notita anunciándole que se iba de Suárez. Tomaba el primer tren de la mañana. ¡Se mudaba a Capital con su tía! Tenía planes de seguir estudiando. En la carta decía que podía pasar a despedirla en la estación, de madrugada, y que algún día ella volvería. ¡Una hija de p... perdón! Era lento Josefino, pero tampoco había que tratarlo así. Lo peor de todo es que Josefino llegó tarde y no pudo ni siquiera decirle adiós. Desde aquella mañana, Josefino se sentaba en el banco de la calle Porqueras a ver pasar los trenes. ¡Esperaba una segunda oportunidad! Un día de mayo lo encontraron congelado, ¡muerto! Abu dice que Josefino sigue estando ahí como fantasma y sólo quienes han perdido un gran amor pueden verlo. El fin de semana pasé por ahí, y lo vi por primera vez. Está igualito a una foto que tiene la abuela. Me asusté un poco. ¡Pero yo no perdí a nadie, eh...! ¡A nadie! ¡¿Escuchaste bien?! Fue un zafe, nada más. ¡Yo no creo en el amor!
La nena guardó silencio y se quedó con una mirada triste. Giró la cabeza y clavó sus ojos en mí.
—Lo va a contar, ¿no? —me dijo.
Asentí con la cabeza, y esbozó un gracias. Luego se paró y cruzó la 205 entre los autos, rumbo a Porqueras.

(*) Actor, director y dramaturgo. Dirige El Saloncito Teatré.

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Tita, mecánica de aviones

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses


Fanática de los trabajos manuales, mi abuela Tita trabajó como mecánica de aviones dentro del Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Ella conoció tanto al ministro Juan Pistarini como al General Perón, y se enorgullece de haber integrado una generación que soñó con hacer grande nuestro país. Siempre que puede nos recuerda que asesoró a quienes fabricaron el mítico avión Pulqui, diseñado en Argentina en 1947.
Cuando le tocó jubilarse, Tita entró en un período de tristeza. Extrañaba andar engrasada con su mameluco por grandes hangares y se ponía a llorar apenas oía el ruido de algún motor.
A mamá se le ocurrió que una manera de ayudarla era buscarle un hobby que la reconectara con su pasión. Tras algunas idas y vueltas, logró convencerla de que se asociara a un club de aficionados a construir aeronaves a escala. Al principio, Tita sintió que su deseo estaba siendo jibarizado, pero se fue entusiasmando y hoy es presidenta de esta pujante institución.
Para su último cumpleaños se nos ocurrió regalarle un mini helicóptero Kamov Ka-52 Alligator ruso, con sus planos correspondientes. Al abrir el paquete, se puso tan contenta que su pelo canoso y enrulado lanzaba chispas, mientras gritaba:
—¡Gracias, chiquis, este regalo me renueva el hambre por los desafíos!
Cuando dijo “hambre” no creímos que se tratara de algo literal. Sin embargo, Tita guardó el obsequio en su habitación y, por las noches, se fue tragando las piezas, el pegamento y hasta la caja.
Hace unos días, la abu le dijo a mamá que se habían acabado las partes del helicóptero. Mamá, ingenua, le preguntó dónde estaba el Alligator, y ahí fue cuando se enteró de que Tita se mandó todo al buche.
Asustadísima, mi vieja subió a su madre a la camioneta y la llevó al Hospital Eurnekián, aunque no presentara ningún síntoma. Entraron por la guardia, y la abu fue internada de inmediato para recibir un lavaje.
Desde el Hospital, mamá nos llamó por celular y nos contó que, en líneas generales, la abuela está de buen ánimo y que el mismísimo Director del Eurnekián se involucró para reunir un equipo médico que estudie el caso. 
Tal vez deban operarla.
Las radiografías han confirmado que Tita sigue siendo una persona habilidosa y fuera de serie: en su estómago se ve perfectamente ensamblado el helicóptero biplaza Ka-52, a punto de despegar.

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Cajero humanomático

Por Antonella Corallo(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses

—¡Quiero tragarme todos los virus y bacterias del mundo! —dije.
Tenía un sabor a cáscara de banana, olor a mandarina, palitos salados, cebolla y pescado crudo. No era sushi, sino un filet de merluza que tocaron ligeramente para ponerlo en la asadera, que luego se arrepintieron de tan horrible, acuoso, remojado e insulso que era. Contuvieron las arcadas y finalmente pidieron unas pizzas. Para pagar el delivery tocaron el billete de cien y después el de quinientos, y así es cómo uno se explica con certeza el origen de lo recientemente ingerido. 
Acabo de devorarme esos billetes. ¡En mi vida había probado cosa más rica! ¡Se los aseguro! ¡Nada se compara! Sentí una erradicación de impuestos en el paladar, una ganancia sin inversión en la laringe y una posible faringitis de cientos de gérmenes bursátiles.
Es difícil explicar de dónde surge esta necesidad. La economía me acaricia las cuerdas vocales y me dice: “¡Comé el billete de mil!”, y  hago caso. Una vez tragado, toso un poco, se escapa entre la tos y el escupitajo un pedazo ya baboseado y masticado... ¡y me lo trago!
¡Confieso que es más rico regurgitado! 
Todos mis compañeros me aplauden.
Me siento el más afortunado de los cajeros de Ezeiza. El Banco Provincia me hizo un altar entre vidrios, para que no me moleste el cajero de al lado. 
Sirvo para los días ajetreados. Me como todos los billetes sin contarlos. Si se descuidan, les garroneo la billetera, de cuero o tela, ¡lo que sea! Me atrae la belleza lujuriosa de aquel papel, de aquellos números apasionados... ¡Ay!,  me dieron ganas de uno de doscientos. ¿Alguien tiene? 
La gente hace fila y me dice amablemente:
—¡Quiero depositar $500! 
 Yo contesto:
—¡Adentro!
Cuando estuve en otros distritos, las personas eran más codiciosas, desesperadas por preservar la plata en sus cuerpos, nutrirse de parámetros económicos y construir una mansión de cinco pisos en el hígado. 
Acá, todos donan la plata, e invierten en cosas que verdaderamente generan ganancias. 
Me tienen podrido y les grito:
—¡Sean codiciosos! ¡Necesito que se endeuden! ¡Dónde está la ambición en estos días!
Llegué a la conclusión de que en Ezeiza estilan ser felices sin derrochar dinero. ¡Qué pena! Yo pensaba que la felicidad se trataba de eso.

(*) Más relatos de Antonella en su Instagram: Mil_rosass

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Los siete duendes del ombú

Por La Dedos Negros(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini


Hasta no hace mucho tiempo conmovía al viajero que iba en tren de Ezeiza a El Jagüel la gallarda presencia de un ombú solitario en la pampa, en el campo ubicado a la izquierda. Se lucía erguido en un terraplén que servía de sombrilla a las vacas practicantes de alpinismo. 
En el ombú de Sotelo vivían siete duendes payadores. Amigos de la rima, reyes de la improvisación y diccionarios vivientes de palabras, tenían los clásicos en la punta de la lengua. Los vecinos nos preguntábamos cómo lograban trepar hasta allí.
Bajo su fronda se armaban unas guitarreadas con duendes que venían de distintas latitudes. Todos querían medirse con nuestros trovadores.
Los duendes eran gordos como cerditos mini pig. Era raro no imaginar su caída de las ramas esponjosa, pero nunca se caían.
Eran como los Santos Vega de este pago. Se las arreglaban payando por turnos. Nunca faltaba un Juan Sin Ropa con ganas de torearlos. 
El tema es que un día el ombú no estuvo más. El pasto y las espinas también desaparecieron. Ocupó el lugar una construcción seca de esas que afloran de un rato para otro.
Dicen que lo mudaron a una esquina del terreno. Dicen que los duendes ya no payan tanto y andan tristes. Se separaron. Viven de a dos o de a tres. Payando unos atrás de la estación de Canning, otros en el Parque Central de Ezeiza, o en los ombúes de lo Spinetto. Desperdigados, continúan resistiendo aferrados a su canto improvisado e inspirado.

(*)Texto escrito a partir de relatos de vecinos, recopilados por la Junta de Estudios Históricos del Distrito de Ezeiza.

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La app de las cosas perdidas

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses


Hace pocos días soñé que instalaba en mi celular una aplicación que permitía encontrar las cosas perdidas de la vida. Descargué Total Map desde mi Play Store y sonreí con sólo pensar en lo feliz que sería ante cada hallazgo. Arranqué con algo sencillo para ver si la tecnología funcionaba. Puse en el buscador: “Muñequito de Martín Karadagián, ese que venía con los chocolates Jack”. La app determinó que la figura se hallaba enterrada en un baldío de Güemes. Eran las tres de la mañana y salí hacia el descampado en mi bici de montaña. Con una palita de jardinero cavé en el punto indicado. Casi decapito al armenio en mi búsqueda, pero su cuerpo de titán resistió. Guardé al luchador en mi bolsillo y decidí probar con otro objeto: “Pelota del Mundial de Fútbol México 86”. El sistema me informó que la Azteca dormía en el arroyo de Sol de Oro. Retomé la travesía y, al llegar a destino, me tiré de cabeza al agua. Tras espantar a un ratón del tamaño de un gato y revolver entre el barro, apareció la pelota número cinco que tantas alegrías me dio en la infancia. La dicha se evaporó cuando comprobé que los cascos y la cámara estaban podridos. Devolví el balón al arroyo y, sin dejar que mi ánimo decayera, puse: “Angélica, mi primera novia”. El software señaló que ella me esperaba en una esquina de Barrio El Paso. Salí prendido fuego ante la posibilidad del reencuentro. Había sido muy tonto al perderla. Su belleza era única, irresistible.Acercándome, vi que Angélica hablaba desde su iPhone 11 Pro Max. Con su característico tono agudo, decía una serie de insensateces que aquí no vale la pena consignar. Decidí huir y desinstalar Total Map. Noté que mi ex corría detrás mío y que acortaba la distancia por más que yo redoblara el pedaleo. Cuando estaba por alcanzarme, regresé a mi habitación. Solo, por fortuna. Mientras tomaba ánimo para volver a dormir, en la mesita de luz empezó a sonar mi celular. El brillo de la pantalla me mostró a Karadagián, serio, al lado del reloj despertador. Me aconsejó no atender.

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Haceme caso, Ricardito

Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses
¡Iupi! ¡Iupi! ¡Somos tan felices en esta sección cuando los lectores nos escriben! ¡Parece que supieran cómo cuesta encontrar noticias verdaderas en tiempos de pandemia! 
Esta semana, nos whatsapeó Ricardito Ruiz, de 8 años, vecinito de Villa Guillermina. Emocionados, compartimos su mensaje: “Querido Torosaurio, amo Esto no está chequeado. ¡Extraño los cuentos psicológicos de Jade Shung y la filosofía barrial de Freddy Montenegro! ¡Deciles que vuelvan pronto! Te cuento: estoy muy triste y necesito consejo. Hace dos años, mis papás se separaron y me alegraron la vida: ¡empecé a tener dos cumpleaños, dos Navidades, dos todo! Mamá y papá estaban atentos a lo que el otro me regalaba, y competían por ver quién era el más jugado. Ligué una guitarra eléctrica, un autito de karting, un drone, una espada samurái, viajes a Disney y a Corea del Norte, incluso seis AK-47 soviéticas que uso para matar el tiempo. Hace tres meses, fui a un almacén y volví con Covid-19. Con el afán de cuidarme, mis viejos se reencontraron. Ni bien superé la enfermedad, ellos me anunciaron su reconciliación, así que ahora volvimos a ser una sola familia. ¡Un desastre! Se terminan las dos Navidades, los dos cumpleaños, los dos todo. Tengo miedo de que a falta de competencia, se arme un monopolio y los regalos se achiquen. ¡Me quiero matar, Torosaurio! ¡Más con esta economía! Por favor, ¡decime algo! ¡¿Qué hago?!”. 
Querido Ricardito: mi solidaridad. Entiendo que la estás pasando horrible. No es para menos. Lo único que queda es no complicarla. Tratá de no enfermarte, pegarte un palo con el karting o volarte un dedo con las AK47. Podría ser peor. Si cuando te agarraste el virus chino tus viejos se reconciliaron, con la próxima tosecita te van a hacer otro regalo. Un regalo que se cocina nueve meses, grita, lloriquea y no te deja dormir. Haceme caso: no empeores el panorama. He vivido y sé de estas cosas. 
Ahora te dejo. ¡Chau! Tengo que darles la mamadera a los mellizos. 

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Tres monedas

Por Hugo Alberto Panza (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini


Esta historia ocurrió hace algunos años, cuando aún las monedas tenían valor.
Amanecía en Ezeiza. Tomás caminaba por Paso de la Patria. Hacía frío, iba cada vez más rápido. No quería perder el tren y llegar tarde a su trabajo en Llavallol.
Tenía una moneda para viajar y otras tres para comer.
Era fin de mes, y no había otra salida que ir a trabajar sólo con eso. Mañana era día de cobro, y esperaba que no se atrasaran en el pago. Si así ocurría, se vería obligado a pedir prestado, nada más humillante para él.
¿Podría alguna vez salir de la pobreza?
Sus padres, honrados, trabajadores y caritativos (aún sin tener nada), no habían escapado del pozo en toda su vida, tal vez precisamente debido a estas virtudes. Pero no cometería el mismo error: él ya sabía a qué conducía eso.
Una moneda era para viajar al trabajo. Eso era lo que le salía el boleto ida y vuelta en el Roca. Por suerte no era un largo viaje. Las otras tres eran para comer al mediodía. Solo había desayunado mate cocido pelado y sabía que tendría mucho apetito.
¿Pero qué podría comer con tres monedas?
En su mente repasaba las opciones. 
¿Un pancho? ¿Un paquete de bizcochitos? ¿Y si compraba cuatro facturas y las comía al mediodía? ¿Un paquete de Criollitas tal vez? ¿Y para tomar? De última, agua de la canilla y que sea lo que Dios quiera.
Ya en el tren, comenzaron a circular los vendedores y los necesitados. Pasó el que hablaba de las Malvinas, el que tenía SIDA, la que vendía medias, el de los CD y el de los diccionarios para los chicos en edad escolar. Se sucedían uno tras otro sin darles respiro a los pasajeros. Luego entró el niño de las estampitas.
“¡Pobrecito! ¡Hace frío y no tiene mucho abrigo!”, pensó.
Pero Tomás estaba decidido a no conmoverse ante nada. No cometería el mismo error que sus padres: esta vez no se le escaparía el dinero en ayuda alguna. Tres monedas tenía para almorzar, y les sacaría el mayor provecho posible.
Llegó a destino, bajó del tren y vio correr hacia la calle al chico de las estampitas. Lo siguió. En la plaza frente a la estación, ese chico observaba unos pocos juguetes de plástico que vendía una mujer aún más pobre que él. Le prestaba especial atención a un autito amarillo. Tomás comprendió que cometería el error de sus padres.
Compró el autito y se lo dio al niño.
Tres personas eran ahora un poquito más felices. La mujer había vendido el auto en tres monedas. El chico sonreía como Tomás nunca lo había visto sonreír en el tren. Y él estaba satisfecho con su acción.
“Será sólo un poco de hambre —pensó—. A la noche cenaré”.

***

En ese momento, Tomás despertó. Tenía ocho años, y se había dormido en el asiento del tren, cansado de tanto caminar. Había tenido el mejor sueño de su vida: ya era adulto y poseía tanto dinero que podía ayudar a otros niños como él, que repartían estampitas.
Pero no terminó ahí. El sueño lo había impactado tanto que decidió cambiar en algo la rutina de sus días. Cuando la jornada repartiendo estampitas terminaba, contaba las monedas y separaba tres. Le entregaba todas a su madre, excepto las tres separadas. Al otro día se las arreglaba para comprarle algo a algún niño que como él repartía en el tren. A veces, comida; otras, un juguete. Tomás no sabía por qué, pero volvía a sentir la alegría que había experimentado en aquel sueño. Dicen que, si no encontraba alguien en los vagones, muchas veces bajaba y comenzaba a caminar por la ciudad hasta encontrar a aquel que sería el destinatario de sus monedas. Se lo vio por el barrio ATE, por el barrio Capolupo, por Villa Guillermina.
Tomás creció, estudió, más tarde consiguió un buen trabajo y ya no necesitó caminar por los vagones del Roca. Todos lo que lo conocen saben de su permanente sonrisa. 
Hace poco alguien le preguntó:
—Che, Tomás, ¿por qué siempre estás contento? ¿Cómo hacés? ¡Decime!
—Es fácil. Sólo tenés que regalar tres monedas.

(*) Es autor del libro Cuentos (2009), integrado por las historias “La moneda mágica”, “Mariana” y “La verdadera historia de Gaspar”.

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Reflexiones de un esquizofrénico

Por Tomassini | Esto No Está Chequeado | Ilustración y texto | #FiccionesEzeicenses


Este momento de crisis es ideal para reflexionar, y aunque sólo escribo, no puedo evitar que mis pensamientos intervengan a medida que avanzo. (¡No me echés la culpa por ser esquizofrénico!). Hoy, esta voz tomó conciencia propia. (Hola, soy Patricia). Se me cortó internet (¡ni me lo recuerdes!) y tengo varias reuniones agendadas en Meet, Zoom y Jitsi (Jitsi es horrible). Si no busco algo en qué ocuparme, puede ser malo para mi cabeza. (Tranqui, soy muy egocéntrica para suicidarme. Gracias por tu preocupación). Una de las reflexiones que hice fue tomar conciencia de la fortaleza, la voluntad y la imaginación que hacían falta antes de la llegada de internet. (Te felicito, hiciste el descubrimiento del siglo). Las redes permiten que nos comuniquemos fácilmente, y, a veces, no recordamos cómo era en el pasado. (¿Para qué recordar si tenemos una app que lo hace?). Hace tiempo en la escuela nos esforzábamos por copiar (por lo menos practicabas caligrafía), íbamos a la biblioteca a leer de libros impresos (“íbamos” me suena a manada... no te engañes), sólo visitábamos amigos de carne y hueso (no te olvides de la piel), hablábamos en persona y nos organizábamos para salir (vos salías a hacer mandados). No dependíamos de un aparato para hablar con alguien, y eso traía dificultades cuando uno no estaba atento. (Podrías haberte ocupado de estar más atento cuando dejaste plantada a esa chica). De grandes, nos preocupábamos por ir bien a una entrevista (a la única entrevista laboral que fuiste, te rechazaron), no así por saber algo de nuestros hijos en meses (sobrinos, a lo sumo). Era difícil, pero tenía cosas buenas. (¡No tuvo nada de bueno y fue reemplazado sin objeciones!). Pensábamos con más libertad y sin ningún condicionamiento. (¡¿Alguna vez pensaste?!). Podíamos jugar y divertirnos al aire libre. (Lo dice un ermitaño...). ¡Ya me cansé de vos! (Tampoco soy tan pesada). ¡No te quiero escuchar más! (…). ¡Un momento de paz! (Mentí, ja ja. ¿Me extrañaste?). ¡Ojalá vuelva internet! (Por fin coincidimos en algo).

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De los errores no se aprende

Por Antonella Corallo(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses
Dicen que un error es el mejor método de aprendizaje, pero esa frase no está hecha para las personas que nos equivocamos todo el tiempo. Habremos escuchado millones de advertencias, las guardamos en nosotros, las acumulamos en nuestro interior, ponemos el cartelito de “recordar con reiteración”, y finalmente las ignoramos. Nos gusta perseguir el peligro, ¡qué va a ser! Aficionados a darnos la cabeza contra la pared, después contra el pavimento y por último con cualquier cosa que se nos cruce en el medio. Finalizado este ritual repetimos la frase:
—Lo sé para la próxima.
Simboliza un nivel de aprendizaje extremo, pronunciarlo te exime de culpas, te hace superior y más grande. Yo me siento igual que siempre, pero si lo comentan debe ser cierto. No importa cuál sea el error: desde quemar el bizcochuelo hasta atropellar a alguien, ¡la frase funciona siempre! Sentís un renacer de oportunidades, viene el angelito de la equivocación y te confiesa:
—¡Qué bueno que te hayas equivocado, ahora vas a aprender!
Nunca nos explica nada, pero con sólo escucharlo sentís que aumenta tu intelecto. De repente descubrís nuevas tablas, idiomas jamás utilizados y juegos de mesa sin mesa. Nos regaló el piedra, papel o tijera. Debe ser invisible, ya que todavía no lo estrenamos.
—El error te hace crecer —mencionan a diario.
No sé cuál es el error de porquería del que están hablando. Son errores, ¡plural! Dejen de lado el singular. Además de no saber contar dicen mentiras, ¡no crecí un mísero centímetro! Sigo con el mismo tamaño y... ¿será que me tengo que confundir más veces? Para comprobarlo me caí una vez más al arroyito Pinkufi, a la altura de la calle San Lorenzo. Normalmente suelo pasar cuando llevo a mi sobrina a la plaza, luego otra vez, otra vez, ¡y otra vez! Hasta llegar a distinguir que el arroyito se convirtió en mi boleto al más allá, y sentí abandonar mi cuerpo.
El angelito vino a buscarme, iba a premiarme por ser el hombre con más errores de Ezeiza.

(*) Más relatos de Antonella en su Instagram: Mil_rosass

El Museo Internacional de Las Estafas

Por Míster Afro | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses


Un informante calificado me contó que en un barrio de La Unión están trabajando a todo vapor para la inauguración del Museo Internacional de Las Estafas. El plan es súper ambicioso y contempla biblioteca, exposiciones fijas y móviles, salas de juegos, restorán y boutique. Los asistentes podrán disfrutar desde las defraudaciones más antiguas hasta las más novedosas.
Anuncian, por ejemplo, juegos 3D para revivir la sensación de que te vendan un buzón, delito extinto que consistía en detener a alguien en la calle y ofrecerle el buzón de las cartas —propiedad del correo— a cambio de dinero, con la excusa de un viaje repentino al exterior, o de la enfermedad terminal de un familiar.
Habrá juegos inspirados en financieras que han ofrecido a sus clientes una renta del 40% o 50% antes de desaparecer y un simulador donde revivir la adrenalina de ser víctima de un falso secuestro telefónico. Un plato fuerte será un microcine para volver a escuchar promesas no cumplidas a lo largo de toda nuestra historia, por parte de publicidades, bancos, amantes y dirigentes políticos de distintas extracciones. Siguiendo el estilo del Cirque du Soleil, se están ultimando detalles para que el mimo ucraniano Chaquetón presente una obra de acrobacia con falsificadores de billetes, monedas y títulos universitarios. Una vez que superemos la pandemia del Covid-19, el Museo tendrá varias compañías internacionales, que brindarán sus espectáculos en distintas partes del mundo, llevando el nombre de Ezeiza a cada rincón del planeta.
Dado que cotizará en las Bolsas de Estados Unidos, Hong Kong y Londres, la institución se está preparando para cumplir con los estándares más rigurosos, bajo el asesoramiento de especialistas de Francia, Australia y Filipinas. Tienen la meta de obtener la certificación ISO 9100, entregada por la International Organization for Standardization, que garantiza la calidad de estos emprendimientos.
Para darle mayor exclusividad al Museo, por el momento se mantendrá en secreto su ubicación exacta. Pueden buscar a los emprendedores en internet y contactarlos. En este mismo momento, de manera exclusiva, se están vendiendo acciones del proyecto, que darán altos dividendos en un futuro no muy lejano. “Los que más inviertan podrán llegar a vivir sin trabajar por el resto de sus vidas”, destacó mi informante. Él opina que “el Museo Internacional de Las Estafas será un éxito rutilante”, y aconseja que “una vez que reciban por inbox, email o WhatsApp la data no duden en sumarse, porque una oportunidad así no aparece todos los días”.

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Un caso de levaduritis en Guillermina

Por Antonella Corallo(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses
Llegué a la conclusión de que sólo se trataba de un consumo excesivo de levaduras. Si me preguntaran, no comí tanto, no desistí de hacer ejercicio y tampoco me dejaron pagando en el altar. Simplemente la levadura leudó en mi cuerpo... y generó ¡una estrepitosa porción de grasa!
Sé, por boca del médico, que tengo dos kilos de más.
—Usted está perfecta de peso.
—¿En serio, doctor?
Seguido a esto, el botón del pantalón salió volando.
Recuerdo el día en que comencé a comprar la levadura en el supermercado chino Chan Chun, del barrio Guillermina. Estaba tan barata que me dieron ganas de llevarme ochenta, y así fue.
El chino se me reía en la cara. Mis vecinos preferían comprar en el súper de French. Para mí, era caminar demasiado.
—Esa panza es de embarazada... —me dijo más de uno.
Cuando sientas incomodidad frente a estos comentarios, mencioná:
—Me diagnosticaron levaduritis.
Decilo con pena, triste, como si fueras a morir. Fruncí el ceño, pero no demasiado, no debe parecer un enojo.Seguido a esto, acariciarán tu hombro y pronunciarán muy sentidamente un...
—Lo siento.
No te asustes si tu enemigo te abraza. O si llegan a tu domicilio innumerables regalos. Aprovechá la situación y aceptalos. Poco a poco vas a ir llenando tu casa.
La mayoría aguardaba expectante un final que estaba tardando en llegar: el día en que dejasen de ver mi cara.
Algunos hasta se apresuraron a comprar ropa negra, prendas que usaban para ir a la iglesia.
En ocasiones, el sacerdote se sorprendía:
—¿Quién es el fallecido?
—Nadie, padre. Nos vestimos de negro, por las dudas.
Yo me reía.
Y llegó el bendito instante en que hicieron la pregunta:
—¿Qué es la levaduritis?
—Es una técnica muy efectiva para que dejen de joderme la vida —aseguré.
Al término de esa frase, nadie más vino a visitarme. Ahora sé cómo lidiar con los comentarios ajenos y, de paso, me divierto.
La levadura del chino me provocó algunos malestares. Terminé yendo a un hipermercado muy conocido de la zona.

(*) Asiste al Taller de Literatura y Escritura de la Municipalidad de Ezeiza. Instagram: Mil_rosass

El ataque de los cruzados

Por Torosaurio | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses


En 1990 —después de pelear contra una cabra y adoptar un vikingo (anécdotas detalladas anteriormente en Esto no está chequeado)—, doña Ramona Aguirre se mudó de Sol de Oro a Tristán Suárez. Necesitaba una casa más amplia porque quería dedicarse a un nuevo emprendimiento, instalándose en Liniers casi Porqueras. La primera tarde de siesta, un sonido horrísono la hizo saltar de la cama. Ferviente católica, pensó que se trataba del anuncio del Juicio Final. Salió, y se decepcionó al ver un chatarrero en un carro con parlantes tirado a caballo. Doña Ramona se quejó por el ruido, el chatarrero contestó que se dejara de hinchar, y ella le advirtió que no le cortara más la siesta “o le voy a pegar un julepe grande como ocho ñanduces”. El chatarrero siguió su camino a puro parlantazo, ahora con más intensidad. Al día siguiente, el comerciante prestó especial atención al pasar cerca de lo de Aguirre, e incrementó el volumen: “¡COMPRO FIERROS, COMPROOO!”. Su sonrisa se trastocó en una mueca de espanto al ver ocho ñandúes con crucifijos colgados de los cuellos saliendo de lo de doña Ramona y corriendo hacia él. Aquí vale detenerse en los ñandúes de doña Ramona. Al trasladarse a Suárez, la señora se había transformado en traficante de esa especie, negocio muy en boga en aquellos años. Luego, los convirtió al catolicismo y empezó a usarlos como un ejército de cruzados. Volviendo al chatarrero, sufrió la furia de los implacables picotazos cristianizantes ante la risa de doña Ramona. Abandonó su carro, saltó al caballo, agarró Porqueras y no se detuvo hasta llegar a la autopista, donde desapareció. Doña Ramona felicitó a sus fieles animales (nunca mejor dicho), y los premió leyéndoles sus pasajes favoritos de la Biblia. Sin embargo, los vecinos ya habían llamado a la policía. Tras dos horas de pelea con los ñandúes, lograron reducirlos y trasladarlos a un convento en Virrey del Pino. En cuanto a doña Ramona, se la condenó por agresión y tráfico de especies peligrosas, delitos que le valieron una condena en el Penal de Ezeiza. No descartamos contar otra de sus aventuras, esta vez tras las rejas.

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