Mostrando entradas con la etiqueta Edgardo Pietrobelli. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Edgardo Pietrobelli. Mostrar todas las entradas

Allá abajo hay un tesoro

Por Edgardo Pietrobelli | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch #FiccionesEzeicenses


Cientos de personas solas miran una pantalla, cada una en su casa, en distintas partes del mundo. Una de ellas, desde Ezeiza, a la madrugada. En la transmisión, un hombre de traje se encuentra junto a un jovencito vestido de jean, remera y zapatillas gastadas. Están de pie en el ingreso a una cueva.
—Allá abajo hay un tesoro —dice el hombre.
—¿En serio? —pregunta el joven. 
—Por supuesto. Cualquiera puede bajar y tomarlo. 
—¿Yo también? —lanza el muchacho. 
—Todos tienen posibilidades. Solo tienen que esforzarse. Nada se logra sin sacrificio. 
—¿Qué hay que hacer? 
—Siga mis indicaciones. Es un camino sinuoso, con muchas dificultades, pero la recompensa es grande. 
—Voy a bajar. 
—Bien —expresa el hombre—. Tome el camino de la derecha y siga el sendero. Jamás, pero jamás, mire una curva que aparece a la izquierda. Eso puede confundirlo. Cuando llegue al fondo, busque una roca. Muévala, escarbe debajo y encontrará el tesoro. Usted conoce las dificultades y elige ir por motu propio. Es su decisión, ¿no? 
—¡Sí! —grita el joven y se mete en la caverna.
El hombre se acomoda en un trono gamer, junto a una mesa con comida y bebidas. Se sirve un Dry Martini. Su cara aparece fugaz en las pantallas.
—Está hecho. Pueden empezar a apostar.
Una cámara sigue al joven, que baja con entusiasmo por angostas callejuelas mal iluminadas. Plantas con espinas lo arañan y le provocan ronchas. Puntas de vidrios inscrustadas en las paredes hieren sus brazos. El valiente muchacho continúa tercamente, sin imaginar otra cosa que el premio soñado.
Arriba, el hombre de traje observa su celular y nota que las apuestas se multiplican. Toma un micrófono y su voz resuena por un altoparlante en la gruta: 
—Falta cada vez menos.
El joven sigue descendiendo. Las ropas están rasgadas, su cuerpo lacerado, el espíritu agotado. Encuentra una gran piedra negra. Intenta moverla, convencido de que debajo encontrará el ansiado botín. Tan absorto está en su labor que no nota cómo se abren las puertas de una jaula. De ella emergen tres leones, que se acercan con sigilo. Cuando las bestias están a escasos metros, el joven se percata del error. Pero ya es tarde. Es devorado.
Los apostadores gritan de júbilo. Acomodado en el trono, el de traje saborea un canapé.
***
El hombre es citado a un interrogatorio: 
—¿Sabía usted lo que podía suceder? 
—Sí. 
—¿Le dijo que había un tesoro en el fondo? 
—Sí. 
—¿Lo obligó a bajar? 
—No. 
—O sea, usted le dijo todo, pero nunca lo obligó. 
—Nadie lo forzó. Fue libre de decidir y él eligió.
—Usted carece de toda culpa.
El juez bebe un sorbo de champán y cierra la investigación con la satisfacción del deber cumplido.

Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar

TEATRO | MULTIESCENA | “El principio de la diversidad”, sobre el sexo y sus tabúes

La obra escrita y dirigida por Marcelo Cosentino puede verse los viernes y sábados de abril y mayo en el Teatro Multiescena (Av. Corrientes 1764, CABA). 


La obra “El principio de la diversidad”, escrita y dirigida por Marcelo Cosentino, se encuentra en la cartelera del Teatro Multiescena (Av. Corrientes 1764, CABA), los viernes y sábados, desde las 20 horas, durante abril y mayo. El actor ezeicense Edgardo Pietrobelli forma parte del elenco, que está formado por Evelynne Ba, Sofi Santos, Seba Pileci, Rocío Giusto, Maru Portela, Conrado Bosio, Sandra Villalba, Sabra Martínez, Martín Castrillón, Facu Castillo, Betsabé Muiña y Guillermina Volpini. Estrenada en el 2018, la obra está basada en hechos reales y reconstruye la odisea del entomólogo Alfred Kinsey (1894-1956), quien se dedicó a investigar las conductas sexuales de los norteamericanos, motivado por un problema en la sexualidad de su esposa. Tomó más de once mil testimonios y los resultados de su investigación causaron sensación. “Este logro no se consiguió sin controversia ni sacrificio. Kinsey ignoró las alarmas éticas y morales, destrozando familias y vidas en su búsqueda de respuestas. La historia se centra en las personas que formaron parte de este apasionante y polémico viaje”, explicó el creador de la obra. El estudio de Kinsey influyó en la legislación norteamericana. “El principio de la diversidad” aborda la violencia de género, el abuso, el racismo y la complejidad de la sexualidad. JMM


 IG: @principiodiversidad

Mi amigo el bromista

Por Edgardo Pietrobelli | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch #FiccionesEzeicenses


Un día, él nos dijo:
—Me voy.
Ante nuestra mirada atónita, continuó:
—Me tengo que ir. Todos nos vamos a ir.
La esposa le preguntó: 
—¿Por qué tanto apuro? Te podés quedar un poco más.
Él la abrazó con ternura.
—Me llegó el momento. No hay motivo para demorarme. Mejor ahora, que estoy presentable.
A ninguno nos gustó la idea de que se fuera. Parecía que se apresuraba. La familia lloraba. Amigos y amigas estábamos angustiados. Sosteniendo las manos de su compañera, nos miró y comentó:
—¿Qué les pasa? Parece que tienen miedo. Allá voy a estar mejor —y dirigiendo la mirada a su pareja, agregó—: Te voy a estar esperando. Hacé tranquila tus cosas. Dame tiempo. Cuando vayas, voy a tener todo perfecto. 
Lo íbamos a extrañar, a él y a sus contradicciones. Podía estar enojado con el mundo y al ratito sacar unos chistes tan tontos como horriblemente malos, que sólo causaban gracia en su boca. Lo mirábamos sorprendidos de sus pésimos relatos, y él, al vernos, largaba una carcajada que nos contagiaba y al final todos nos reíamos en barra. Era un bromista nato. 
Cuando se fue y estábamos dolidos, nos preguntábamos si no sería otra de sus tretas para molestar a sus conocidos.
Hace unos días, cayó una madrugada. Me desperté y estaba al pie de la cama. Aseguró que estaba bien del otro lado, que era un sitio agradable, que tenía que realizar algunas tareas por unas cuentitas que debía pagar, pero era llevadero. 
—Cuidate de tus deudas —me aconsejó—. Lo que no pagás acá, te sigue adonde vayas. 
—Esperá que me levanto y te invito unos mates.
—Quedate ahí. Me tengo que ir —dijo y vaciló un instante—. Te cuento uno en el estribo.
—¡Ay, no! —exclamé—. No perdés la maña ni en el más allá.
Riéndose por anticipado empezó el relato, mientras se evaporaba.
—Escuchá: este cuento me lo contaron justamente ayer.  Estaba un ángel en una nube, con su cítara, cuando, de pronto, se le cayó encima... 

Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar

El sueño del artista

Por Edgardo Pietrobelli | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch #FiccionesEzeicenses


María Clara salió por la puerta de la cocina comedor y se dirigió a la sala de conciertos. 
Pasó cerca de un taburete donde había una caja con la inscripción: “Deje aquí su colaboración”. Tomó un sobre y puso varios billetes. 
Avanzó hacia las sillas ubicadas frente al escenario. Se sentó en segunda fila, al centro. Vestía un trajecito nacarado y una blusa. De una cartera al tono, sacó un abanico y se hizo aire mientras esperaba el comienzo del recital. 
Pasados los minutos de rigor, apareció el músico. Pantalón con rayas verticales, camisa blanca, moño, saco oscuro. María Clara aplaudió. Él agradeció y tomó el violín. Interpretó las dos primeras composiciones sin hablar. Recién saludó antes de la tercera.
—Buenas noches, estimado público. Estoy honrado con su presencia.
Siguió con el repertorio. Ella celebraba cada ejecución. En el cierre, él volvió a tomar la palabra.
—Ya vamos terminando y voy a abusar de su confianza. Quiero dedicar este tema a una persona especial. Ella me acompaña y apoya desde hace mucho tiempo. Es la persona que amo y amaré.
La melodía surcó el aire y María Clara se estremeció. Dos piezas más completaron la función.
—Esta presentación ha concluido. Agradezco que me hayan acompañado. Les recuerdo que no cobramos el ingreso. Trabajamos al sobre. Solo aceptamos una colaboración si disfrutaron de la velada. ¡Muchas gracias!
María Clara vitoreó al solista. Se paró y caminó hacia el taburete. Tomó un segundo sobre y dejó más dinero. 
Regresó a la cocina comedor. Reemplazó la chaqueta por el delantal y calentó comida. Preparó la mesa para la cena. Abrió una botella de vino y sumó una jarra con agua. Él llegó y dejó el instrumento al lado de la biblioteca. Se acercó a María Clara y le dio un beso.
—Es hermoso verte, Mari.
—Es lo que más me gusta escuchar —respondió ella—. Sentate que ya sirvo la cena. ¿Cómo te fue?
El violinista se quitó el saco y, alargando un silencio expectante, le entregó dos sobres a María Clara. 
—¡Fantástico! ¡La gente deliraba! —aseguró, soñador—. La recaudación fue importante.
—Te lo merecés. Sos muy talentoso —expresó ella.
—Gracias.
Se sentaron y se miraron a los ojos.
—Mi mayor suerte es tenerte a mi lado —dijo el artista.
Un nudo en la garganta de María Clara se transfiguró en una sonrisa y lágrimas de alegría.

Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar

Instrucciones para peinar una jirafa

Por Edgardo Pietrobelli | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch #FiccionesEzeicenses

Para peinar una jirafa, primero hay que saber qué es una jirafa. Se trata de un caballo de cuello generoso, aunque la ciencia aún no ha podido ponerse de acuerdo sobre la longitud promedio del cogote. Las hay de pescuezo corto, muy conocidas por ser presuntas mecheras, ya que suelen estar encerradas en prisiones zoológicas. Estas son bastante accesibles de acicalar: alcanza con el peine adecuado y una escalera de unos veinte escalones. Otras viven cerca de arboledas y son tan largas que se desconoce si tienen cabeza, pelos, o usan gorro o galera. Esas nunca se arreglan el cabello. Con las de cuello medio —vivan en libertad o en cautiverio—, la tarea es posible. Sólo se necesitan varios globos, que pueden comprarse a buen precio en la librería Arco Iris, que queda sobre la calle French. Estos deben llenarse con helio, para que el peinador se los ate a la cintura y se eleve. Cuando el coiffeur llega a la cabeza de la jirafa, debe explotar algunos para quedar flotando en el nivel deseado. Cuando la bicha queda presentable, hay que ir pinchándolos  de a poco y descender con delicadeza. De lo contrario, uno termina en el hospital o en el cementerio. Otro modo (también con gas) fue descubierto en la Universidad de Oxford. Las instrucciones son: tener un tubo de helio con una manguera acorde al tamaño del esfínter esofágico superior, introducirla en la boca del valiente trabajador y cargar el fluido hasta que se eleve el peso del cuerpo. El peluquero debe mantener la boca cerrada hasta llegar a la cabeza del animal y allí soltar, en mínimas porciones, el gas hasta lograr el equilibrio. Este método tiene sus peligros y es clave no estar resfriado ni estornudar. Aprendí todo esto durante mi época de ayudante en el zoológico de Jorge Cutini, en los bosques de Ezeiza, donde se contaba que algunos tosieron y terminaron en Rosario o en Uruguay. Un vecino de Guillermina apareció adentro de un ropero y adujo, ante un contrariado marido, que había estornudado luego de hacerle una permanente a una jirafa. Parece que el muchacho no persuadió al dueño de casa y terminó visitando seguido a un traumatólogo. Lo más seguro para evitar accidentes y confusiones —tal como aprendí en estos años—, es convencer a la jirafa amiga de que le queda muy bien andar despeinada.

Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar

Bloqueo de poeta enamorado

Por Edgardo Pietrobelli (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch #FiccionesEzeicenses


Este caso me lo contó el remisero Ramiro Montes (informante calificado de Villa Guillermina), una noche de cervezas clandestinas en tiempos de pandemia. 
En el barrio se sabía que la goleadora Roswell Medina (recientemente transferida a una liga profesional de Ucrania) estaba totalmente loca por el mítico poeta Eleuterio Sairaf, quien sufría un bloqueo a causa de una ruptura y no estaba con fuerzas para escribir ni para volver a tener una relación. Cansada de mandarle señales y no recibir ninguna respuesta, Roswell se olvidó de Sairaf. 
Cuando Eleuterio salió del soponcio nebuloso de los trovadores, buscó a Roswell y estuvo detrás de ella un año entero, enviándole mensajes por Facebook, Instagram, Tik Tok y hasta Twitter. Ella no le daba bola. Sin embargo, la insistencia dio sus frutos y al fin acordaron encontrarse en un bar de Tristán Suárez.
Eleuterio se preparó con las mejores pilchas, un buen perfume, y hasta repasó poemas de Juan Gelman, Oliverio Girondo, Pablo Neruda y Alfonsina Storni para llegar bien afilado. Arribó al bar con tiempo de sobra y eligió un sitio para tener intimidad.
Cuando ella entró, el sol del atardecer daba en su espalda. Para Eleuterio, un halo de luz rodeaba a una diosa y le palpitó tanto el corazón que parecía que iba a salirse del pecho. Quería abrazarla, fundirse con ella y ser sólo una persona, pero se contuvo. Tras saludarse, llamaron al mozo y pidieron café para ambos. Sin siquiera levantar el pocillo de la mesa, él fue directamente a declamar lo que tenía acumulado y le quemaba la garganta:
—¡No voy a andar con rodeos, Roswell! ¡Te amo! ¡Te amo! ¡Te amo! Tanto que me duele. Sueño con despertarme en la mañana y verte a mi lado. Quiero que seas feliz cada día, cada hora, cada segundo, cada micro instante. Ser la gota de rocío que calme tu sed. Ser el manto que te cubra durante el invierno. Ser el ventilador que te refresque en las madrugadas de agobio. 
Eleuterio dijo muchas cosas más, pero sería largo consignarlas en esta sección, y terminó con estas líneas:
—¡Te amo, Roswell! Lo juro por las siete eternidades de Venus y todas sus reencarnaciones en cada universo paralelo.
Ante tanto desborde, ella se sintió abrumada. Apenas pudo pararse y salir del bar corriendo. 
Eleuterio esperó en vano su regreso. Cuando el mozo le dijo que no podía seguir ahí sin consumir nada más, Sairaf le pidió unos minutos para escribirle a Roswell por las redes y descubrió que ella había desaparecido.
En ese momento, Eleuterio Sairaf confirmó su destino: ser un célebre poeta maldito, condenado a los bloqueos.

Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar

Ciclo Relatos | Es sólo codicia

El actor Edgardo Pietrobelli presentó el monólogo “Es sólo codicia” en el Ciclo Relatos en el Teatro Multiescena (Corrientes 1764, CABA). “El ciclo es una creación de Marcelo Cosentino y nació dentro de su Taller de Actuación. Agradezco a Marcelo esta oportunidad, a mis compañeros y compañeras y al público que, especialmente, me acompañó desde Ezeiza”, señaló Edgardo, quien le tocó representar a un inescrupuloso que busca engatusar a su víctima con una filosofía que se jacta de no tener ataduras con la moral ni la ética. La función tuvo lugar el domingo 11 de julio de 2021. Edgardo ha tomado también cursos y seminarios con Nelson Valente, Eloísa Tarruela y la escuela de Claudio Rissi. Es autor de la obra de clowns “Ahora decido yo” (estrenada a fines de 2017 en El Saloncito Teatré) y colabora con la sección literaria “Esto no está chequeado” de La Palabra de Ezeiza. Junto a Adrián Cabral estuvo de gira con la obra “Proyecto Lobizón”, por distintas espacios de la Provincia. 

Una segunda oportunidad

Por Edgardo Pietrobelli (*) | Ilustración: Tomassini | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses

El otro día estaba en la parada de colectivos de ruta 205 y Gaddini, frente a la Estación de Suárez, cuando una jovencita se sentó a mi lado.
—Usted escribe en La Palabra, ¿no? ¿Se anima a contar lo que me dijo mi abuela Elcira? —preguntó con el entusiasmo de sus 15 años, y sin esperar que le respondiese, comenzó con su monólogo—: Cuando era chica, la abu llegó a Tristán Suárez junto a sus padres. Su hermano Josefino tenía poco menos de 20 años cuando vio a Rosario en un almacén y se enamoró por única vez en la vida. El tema es que la veía... ¡pero nunca nada de nada! ¡O sea, Josefino era relenteja! ¡Tartamudeaba de pensar en ella! Se paraba cerca de la casa sólo para verla. ¡Daba reacosador! ¡Todos los hombres son tan bolú! Perdón, son tontos. No lo digo por usted, señor... Abu dice que Josefino era muy tímido, y sufría y lloraba en secreto. ¡A mí los cobardes no me van! ¡Les pego un voleo! Un poco la comprendo a Rosario. Mi abu decidió meterse y le fue dando unos consejos a su hermano. En menos de un mes, Josefino ya estaba por dar el gran paso. Iba a invitarla a un baile en el Club Tamberos, cuando la mina le mandó una notita anunciándole que se iba de Suárez. Tomaba el primer tren de la mañana. ¡Se mudaba a Capital con su tía! Tenía planes de seguir estudiando. En la carta decía que podía pasar a despedirla en la estación, de madrugada, y que algún día ella volvería. ¡Una hija de p... perdón! Era lento Josefino, pero tampoco había que tratarlo así. Lo peor de todo es que Josefino llegó tarde y no pudo ni siquiera decirle adiós. Desde aquella mañana, Josefino se sentaba en el banco de la calle Porqueras a ver pasar los trenes. ¡Esperaba una segunda oportunidad! Un día de mayo lo encontraron congelado, ¡muerto! Abu dice que Josefino sigue estando ahí como fantasma y sólo quienes han perdido un gran amor pueden verlo. El fin de semana pasé por ahí, y lo vi por primera vez. Está igualito a una foto que tiene la abuela. Me asusté un poco. ¡Pero yo no perdí a nadie, eh...! ¡A nadie! ¡¿Escuchaste bien?! Fue un zafe, nada más. ¡Yo no creo en el amor!
La nena guardó silencio y se quedó con una mirada triste. Giró la cabeza y clavó sus ojos en mí.
—Lo va a contar, ¿no? —me dijo.
Asentí con la cabeza, y esbozó un gracias. Luego se paró y cruzó la 205 entre los autos, rumbo a Porqueras.

(*) Actor, director y dramaturgo. Dirige El Saloncito Teatré.

Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar

La artista manos de tijeras

Por Edgardo Pietrobelli (*) | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses


En la búsqueda de misterios para esta sección, di con un anciano sentado al borde del arroyo Rossi. Me dijo: “¿Así que usted busca historias para contar en su diario?”. “Más vale —contesté—. Lo escucho”. Entonces, el anciano arrancó: “Hacia fines de los 50, en mi infancia, tuve una vecina artista. Anastacia Claudel era escultora, pero no usaba gubias, cinceles ni mazas. Lo suyo eran las tijeras. Empezó podando las rosas de su madre, luego los laureles, las plantas de tomates, perejiles y cuanta verdura estuviera a su alcance. En su adolescencia se dedicó a la jardinería. Su fuerte estaba en las casaquintas de la zona. Los arbustos parecían cisnes, y las ligustrinas, épicas batallas. Los árboles se convertían en barcos y hasta un pino thuja oriental podía transformarse en una escultura rupestre. Aunque lo más solicitado era la cara del Tío Sam. Cierta vez, la artista transformó un libro a imagen y semejanza de mi padre, y se lo regaló. Papá lo exhibía orgulloso en el comedor de casa. Ella quedó tan entusiasmada que, sin abandonar la jardinería, se dedicó a la escultura librística y modificó cientos de ejemplares. Esto cayó mal a los miembros del olvidado Círculo de Escritores e Importantes Intelectuales de la Zona Sur (CEIIZS), que vieron sus libros convertidos en animales, autos, casas y cuanto cachivache inspirase a nuestra vecina. El colmo llegó cuando la escultora pasó por una biblioteca pública y cambió la forma de cientos de libros y hasta un tomo de la Enciclopedia Británica. Los escritores salieron a buscarla con viles intenciones. Un vecino alertó a Claudel, quien se escondió en mi casa. Mi madre la maquilló y la disfrazó de varón con ropas de mi hermano. Así, logró escapar. ¿Dónde? Algunos dicen que se fue a Francia donde una abuela suya había sido famosa, pero, en verdad, no se sabe. Los del CEIIZS destruyeron todos los libros transformados. Incluso, los regalados fueron retirados a la fuerza de los distintos domicilios particulares. Yo quise salvar el que había dado a mi padre, pero cometí la torpeza infantil de enterrarlo en el jardín y la humedad lo destrozó. Pensé que todo su arte se había perdido aquí en Ezeiza, pero donde planté la escultura creció un arbusto. Suelo podarlo con el set de tijeras que Anastacia, en el apuro de la huida, se olvidó en nuestra casa. El arbusto se parece a la estatua ‘El pensador’, de Auguste Rodin, aunque con la cara de mi padre”.

(*) Actor, director y dramaturgo. Dirige El Saloncito Teatré.

Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar

Aparatos eran los de antes

Por Edgardo Pietrobelli (*) | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses


Se rumorea que en la redacción de un periódico local nació una amistad entre dos artefactos: un televisor y una radio que llevan décadas en desuso. Ambos descansan sobre una mesada de cemento revestida con cerámicas blancas. El televisor es de lámpara y posee un gran porte, todo lo contrario a las nuevas pantallas, flacas y desgarbadas. La radio forma parte de uno de esos combinados que reproducían vinilos y discos de pasta, además de tener pasacassette y compactera. Los aparatos tuvieron su época de gloria, pero el tiempo los fue relegando a un segundo plano y muy pocos se detienen a observalos. Desde esta sección logramos ubicar a un testigo (que prefirió reservar su identidad), quien comentó que el televisor y la radio cobran vida cuando la redacción queda sola. La radio pasa viejos radioteatros: Hormiga Negra, El León de Francia, La Historia de Juan Barrientos, Carreros del Novecientos, Nazareno Cruz y el Lobo, Isidro Velázquez y hasta Mate Cocido. En respuesta, el televisor muestra imágenes de Alta Tensión, el Club del Clan y de los mundiales de 1978, 1986 y 1990. Violeta Rivas, Johnny Tedesco y hasta un púber Palito Ortega cantan sin parar, mientras que Kempes vuelve locos a los holandeses, Diego le sigue haciendo goles a los ingleses y Goyco ataja todos los penales. Así pasan las noches los dos artefactos y se callan cuando aparece la señora de limpieza durante las primeras horas de la mañana. Otro testigo anónimo contradice esta versión. Este señor (que trabajó en un importante medio de la Capital y que actualmente es profesor y colaborador del diario) comenta que cuando aparece la señora (a quien denominaremos con el nombre ficticio de Chela) no terminan los radioteatros ni los programas, sino que ella es cómplice de la radio y la tele. Que a veces ella suelta una lágrima con los enredos amorosos de la radio, o baila con la escoba y el trapo de piso al ritmo de los musicales beat. El silencio regresa cuando arriban los jóvenes redactores, y Chela, habiendo terminado su trabajo, se retira con una sonrisa que les resulta enigmática a los muchachos. Estos periodistas tienen menos de treinta años y todavía no están preparados para comprender que parte de nuestro pasado sigue tan vivo como ayer.

(*) Actor, director y dramaturgo. Dirige El Saloncito Teatré.

Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar

La ilusión de las elecciones

Por Edgardo Pietrobelli (*) | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses

Lucky Luke González, reconocido timbero de Barrio Internacional, había hecho planes para pasar el domingo de las PASO en el Bingo de Las Toscas, pero el deber lo convocó a ser fiscal general en una escuela en el centro de Ezeiza. Llegó temprano y, con amabilidad, saludó a todo el mundo, deteniéndose especialmente en la Presidenta de la Mesa 39. El 39 es el amor, se dijo recordando la quiniela. Saludó a la desconocida de ojos azules y figura armoniosa, quien respondió con una sonrisa tímida. El corazón del timbero galopó igual que cuando iba al Estadio 20 de Octubre y apostaba por Tristán Suárez, o cuando había agarrado el 732 en la Nacional Nocturna. Se sentó cerca, quería relojearla todo el tiempo y ver si necesitaba algo, cosa de entablar alguna conversación. Pronto notó que la gente venía a votar en oleadas interminables, y todos eran de apellido Pérez. Alarmado, consultó la lista de nombres: todos Pérez, cientos y cientos de Pérez. Qué 17, se quejó pensando en la desgracia. Los Pérez siguieron cayendo hasta pasadas las seis de la tarde, cuando hubo que cerrar la escuela. Lucky Luke se acercó a la Presidenta de la 39 y le ayudó a terminar el recuento. En el medio se fue manijeando: Le voy a preguntar si es casada. ¡Sí, eso voy a hacer! Ella me va a decir que no, ¡¿cómo va a estar casada?! Se nota una mujer liberal. Le voy a contestar que yo tampoco creo en el matrimonio, y ahí le digo: “¿Tu marido te viene a buscar?”, y se la dejo picando. “No tengo”, me va a decir. Y ahí la invito a que vayamos juntos al bingo. “Señor fiscal general —dijo ella interrumpiendo sus reflexiones—, aquí tiene la planilla”. “Gracias”, contestó él y casi sin poder controlarse le preguntó: “¿Estás casada?”. Ella sólo respondió: “Sí”. Cerrados los comicios, un desahuciado Lucky Luke abandonó la escuela y vio cómo la Presidenta de la Mesa 39 subía a una cupé Ford Taunus GT y besaba a su marido. No me puede salir peor, se dijo y se marchó a pie. A mitad de camino, se largó un chaparrón torrencial que paró cuando él llegaba a su casa. Lo último que pensó antes de dormir fue que el 39 no es el amor, sino la lluvia.

(*) Actor, director y dramaturgo. Dirige El Saloncito Teatré.

Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar

Cuidado con los días de luna llena

Por Edgardo Pietrobelli (*) | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses


Un extraño ser está atormentando Villa Guillermina desde hace un par de meses. Las noches de luna llena se escuchan unos terribles aullidos que erizan la piel, aunque, es justo decirlo, hasta el momento sólo han sido atacados un par de gallineros. Consulté a los vecinos por el asunto y todos coinciden en que sería un lobizón. Ana Barrientos, oriunda del Litoral, me explicó que “para que aparezca un lobizón deben nacer siete hijos varones consecutivos. El último se convierte en licántropo cuando descubre el amor. No es peligroso, salvo para las gallinas, que son su principal alimento. Se parece a un perro, pero puede caminar en dos patas. Es peludo y horrible. Debería hacerse una depilación definitiva”. Gladis, una comerciante del barrio, señaló que “lo vi varias veces aullando. Se comenta que andaba enganchado con una chica que vivía cerca del arroyo. El padre de la jovencita no vio con buenos ojos el contacto entre especies, y se llevó a la nena a otra provincia. Yo estoy todo el día en el negocio, así que no sé mucho más y no soy ninguna chusma, pero, si quiere, pregúntele a mi marido, porque él también vio al bicharraco”. El marido se llama Carlos y confiesa que “en una madrugada escuché ruidos en el fondo de casa y salí a ver qué pasaba. Era el malandra. Estaba queriendo llevarse a las gallinas. Le tiré unos cascotazos y salió corriendo. Desde esa noche, cuando hay luna llena, meto las gallinas adentro. Duermen en el pasillo, al lado de la Virgencita de Luján”. Marisa Duarte, otra vecina, comentó: “Que ande mal de amores, no justifica el daño. Entró a mi gallinero y se comió el gallo. ¡Y no sabe qué gallo, señor Pietrobelli, bien parado, hermoso! Hice la denuncia, pero la Policía me dice que no puede detener a un ser mitológico. La próxima vez que se meta en mi casa le voy a dar con el machete, y hago un guiso para todo el barrio”. Estos son los datos que he recabado hasta el momento. Agradeceré a los lectores cualquier pista que me ayude a ubicar el paradero de la bestia, antes de que termine en una olla con arroz, papas, zapallo y salsa de tomate. Mientras pongo mis gallinas a buen reparo, me comprometo a seguir en esta investigación. Me encantaría saber por qué el lobizón eligió mudarse a nuestro barrio.

(*) Actor, director y dramaturgo. Dirige El Saloncito Teatré.

Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar

El tesoro del arroyo Rossi

Por Edgardo Pietrobelli (*) | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses

El Negro Monte, de Villa Guillermina, nació con un sueño: ser millonario. Y junto a esa ilusión, le vino la capacidad de ver una oportunidad a cada paso. Tiempo atrás, mientras andaba cerca del arroyo Rossi, el Negro conoció a Fermio Enciso Estigarribia Olazábal. El anciano se había caído, y el Negro lo ayudó a levantarse. Caminaron hasta la placita del barrio, y en tono de confesión, Fermio le reveló que era bisnieto de un coronel escapado de la Guerra de la Triple Alianza. Según el relato, el militar había traído consigo parte del tesoro nacional, que se usaría para la reconstrucción de Paraguay. Con los años, y sin chances de volver a su país, enterró un cofre con oro, joyas y documentos en lo que hoy es Villa Guillermina. Antes de morir, el coronel le confió el lugar a su hija: “Cuando esté estrellado, mijita, camine desde casa por la vera del arroyo, mirando hacia el oeste, adonde se oculta el sol. Deténgase en la primera curva y dé unos veinte pasos hacia la izquierda. El tesoro está enterrado justo debajo de la Cruz del Sur”. La historia pasó de generación en generación hasta llegar a Fermio, quien viudo y sin hijos vivía en una casilla de chapa, en un sector que se inunda apenas llueve un poco de más. Tras oír con atención, el Negro decidió asociarse con el viejo y lo alojó en un galponcito en el fondo de su casa. Así fue que, juntos, intensificaron la búsqueda. Pero, una mañana, Fermio desconoció a su socio. “¿Quién es usted?”, preguntó mientras empuñaba un tramontina y dejaba que el Alzhéimer tomara el control de sus actos. “El Alemán viene cada vez más seguido”, diría Fermio al recobrar la lucidez y disculparse. No habrían pasado ni diez días cuando, una medianoche, sonó el celular de Monte. “¡Lo encontré! —dijo la voz de Fermio—. Vení rápido. Las tropas germanas me están rodeando”. “¡¿Dónde te metiste?! ¡¿Quién te dio un teléfono?!”, lanzó el Negro, sorprendido. “En el arroyo”, fue la respuesta del viejo. Monte salió urgente hacia la zona donde lo había cruzado por primera vez y lo vio rodeado por vecinos y policías, a quienes amenazaba con una pala. “Lo encontré, pero no recuerdo dónde. Justo volvió el maldito Alemán. El secreto está en las estrellas”, le dijo Fermio al Negro, que pidió perdón por la conducta del anciano y se lo llevó. A la mañana siguiente, mientras tomaban mate, Fermio le dijo: “Vendé mi casita y meteme en algún geriátrico. Ahí voy a estar mejor. El tesoro es todo tuyo. Yo no voy a tener tiempo de gastarlo”. El Negro cumplió con el pedido, y si bien no sacó mucho de la venta del chaperío del anciano, llevó a Fermio a un geriátrico de Quinta Avenida, donde todavía está alojado. En el barrio, de vez en cuanto, los vecinos vemos al Negro Monte por el arroyo meta hacer pozos. Sonríe feliz pensando en el botín que lo espera bajo tierra. Quienes lo conocemos nos preguntamos si quiere llegar a ser millonario, o si, en verdad, su deseo es nunca dejar de soñar con ser millonario.

(*) Actor, director y dramaturgo. Dirige El Saloncito Teatré.

Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar

El secreto de Villa Guillermina

Por Edgardo Pietrobelli (*) | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses

“No sé si debo hablar de esto, pero a alguien se lo tengo que decir —me comentó Rolando M—. Esta historia es como una maldición que se va cuando la contás. Bueno, en verdad, se la pasás al otro, al que escucha, que se convierte en el guardián del rumor y empieza a ver el mundo de otra manera. Este maldito Selava...”. Escuché atento a Rolando M, porque me pareció el comienzo de un buen relato para acompañar el mate de la tarde. “Era un malvado el viejo Selava —continuó mi vecino—. En el final de su vida me llamó y me dijo: Me estoy muriendo. Me quedan pocos días, y ya no puedo llevar este secreto conmigo. Tengo que contarte lo que, tiempo atrás, me dijo Fernando Airaf: Voy a revelarte lo que sucedió en la casa de los Zemog. Al parecer, estaban en una religión rara y descubrieron una forma de abrazar la inmortalidad. Llevaron a cabo sesiones de días enteros, algunas comenzaban a la medianoche en punto, y la última, el corolario del pacto, empezó la mañana del último día de Carnaval. Lograron su cometido los Zemog, pero...”. Rolando M guardó silencio. “Lograron lo que deseaban”, dice que Airaf le dijo al viejo Agustín Selava que dijo a Rolando M que ahora me decía a mí. “Siga el relato, Rolando”, lo animé. Tomó aire y prosiguió: “Tuvieron éxito, pero con una limitación: no podían salir jamás de la casa. El viejo Selava me contó que todavía están ahí: en la casa de la calle Pravaz, en el barrio Villa Guillermina”. Iba a sonreír, pero me contuve al ver temor en su cara. “¿Hace cuánto que están ahí?”, pregunté. “Ezeiza era puro campo cuando esto pasó —dijo Rolando M—. Es un terreno grande, y la vieja casa de los Zemog está en la parte de atrás. Se dice que los dueños del frente jamás van hacia ese lugar. Levantaron muros para simular que esa casa está en otro terreno. A veces, se escuchan tambores y hasta cantan a coro en otro idioma. Andá a saber cómo se las arreglan ahí, encerrados”. Tras indicarme la dirección exacta, Rolando me dijo: “Ya está, ya la pasé”. Se levantó más tranquilo, aliviado, y se fue. No aguanté la curiosidad y, al día siguiente, fui a la dirección que me había dado; intenté conversar con el dueño y sólo logré que me dijera: “Mi terreno es chico. No sé qué hay en la casa del vecino de atrás”. Pregunté en los cuatro lados de la manzana, y todos expresaron más o menos lo mismo... Estoy un tanto obsesionado con este secreto y vengo sufriendo una serie de episodios que me hacen pensar que la maldición puede ser cierta. Eso despertó el interrogante de cómo sacarme de encima este gualicho. ¿Y si lo cuento en un diario?

(*) Actor, director y dramaturgo. Dirige El Saloncito Teatré.

Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar