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Las vendedoras de flores

Por Hugo Alberto Panza | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch


Hace algunos años, una vecina de Ezeiza llamada Ana, ya fallecida, le contó a mi mamá un hecho curioso ocurrido durante la época de la construcción del Aeropuerto.
Ana era jovencita en aquel momento y junto con otras chicas de su edad se dedicaba a cosechar flores, que luego se vendían en Capital. No sabemos exactamente en qué lugar se realizaba esta actividad, pero Ana contaba que, por allí, circulaba un trencito de trocha angosta, que se había montado especialmente para llevar a los obreros que construían el Aeropuerto.
—Por ahí pasaba La Catalina —decía Ana.
Según cuenta mi tío Juan Carlos, le decían así porque la formación había sido traída desde un lugar llamado Las Catalinas y tenía esa inscripción en la locomotora. El trencito salía aproximadamente de donde hoy está la Municipalidad y seguía en dirección al sur, por lo que hoy es la calle 12 de Octubre. Donde ahora está el barrio ATE, giraba en dirección paralela a la trochita del Ferrocarril Sarmiento (en Ezeiza la conocemos como la vía del Puente de la Trocha) y terminaba en un lugar al que llamaban Puntarrieles.
—En ese tren estaban representadas las provincias. Del país entero venían a trabajar aquí. Había de todo, buenos y malos —cuenta mi tío.
El hecho es que las chicas tenían un pequeño problema cuando llegaba La Catalina. Algunos obreros les gritaban y muchas veces se pasaban de groseros. O se aguantaban lo que les gritaban, o cuando veían venir la pequeña locomotora, dejaban de trabajar y se retiraban lo más lejos posible de las vías.
Pero un día una de ellas tuvo una idea. ¿Y si le escribían una carta a Evita? Así lo hicieron y, aunque no lo crean, la solución llegó de la forma menos esperada.
Los obreros arribaron a la Estación de Ezeiza dispuestos a abordar el trencito, pero en algún momento parece que alguien dio la orden de ubicarlos debajo del tanque de agua de la estación. ¡Qué sorpresa se llevaron! Les vaciaron el tanque en sus cabezas. Quizá estoy exagerando, pero lo cierto es que ese día fueron a trabajar pasados por agua.
—Nunca más nos dijeron nada. Pasaba La Catalina y nadie nos dirigía la palabra —contaba Ana.
Pequeñas historias divertidas de Ezeiza. Tal vez un antiguo poblador de más de noventa años recuerde a La Catalina.

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El secreto de un hombre feliz

Por Hugo Alberto Panza | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch


Hace muchos años que Horacio aparece por mi negocio frente al Club Roca pidiendo alguna ayudita. Puede que lo haga una vez por semana o cada quince días. En eso es muy prudente y respetuoso. No es el único que viene, muchos han pasado desde que abrí el local. Sin embargo, Horacio tiene una particularidad que lo diferencia notablemente del resto. Él siempre ingresa al comercio sonriente, desaliñado y despeinado como si recién saliera del interior de un huracán, con una campera rota en invierno o una remera sucia en verano. Su sonrisa llama la atención. Además de ser auténtica, le faltan algunos dientes. Si hay gente, se queda a un costado y espera pacientemente su turno. Siempre le doy varias monedas, o algún billete. Voy actualizando lo que le entrego a medida que pasa el tiempo calculando más o menos el aumento del costo de vida.
Me llamaba tanto la atención su alegría que siempre le preguntaba:
—¿Y hoy? ¿Por qué estás contento?
Entonces me contestaba:
―Y... no sé.
Miraba afuera y si había sol me decía “¡Porque hay sol!”. Pero si estaba nublado me decía: “¡Porque está nublado!”.
—¿Y por eso estás contento? —siempre le repreguntaba yo.
—Y... sí.
Una tarde de septiembre yo estaba en el negocio arreglando un televisor con mi vieja. Vi llegar a Horacio, siempre sonriente, y tuve una idea. Le dije:
—Vamos a hacer una cosa. Si lográs entrar serio, te doy dos billetes. Si te reís, te doy solo uno. De ahora en más, cuando vengas al negocio vamos a hacer así.
—¡Qué malo! —me increpó mi vieja.
Pero me intrigaba profundamente la alegría de este muchacho. Y digo muchacho aunque no estoy seguro de cuántos años tiene. Me cuesta calcular la edad de aquellos a los que les faltan algunos caramelos en el frasco. Es evidente que estar medio loco no es un obstáculo para su felicidad. Es más, muchas veces pensé que justamente esa es la causa.
Desde el día en que le propuse darle más cuanto más serio lograba entrar, Horacio hace un esfuerzo terrible por no sonreír en sus visitas. Veo que se acerca sonriente caminando por la vereda y, en el momento de abrir la puerta, intenta cambiar su expresión. ¡Pero nunca lo logra! En algunas ocasiones se tapa la boca con la mano, pero basta mirarle los ojos para descubrir su sonrisa interior.
—¡Eso es trampa! Tenés que sacar la mano ―le digo.  Por supuesto que al retirar la mano se puede ver la sonrisa de Horacio en toda su plenitud—. ¡Perdiste! ¡Te estás riendo!
—¡Pero es que vos me hacés reír! ―contesta, siempre sonriendo.
—¡Acordate! ―digo dándole un billete―. La próxima vez, si no te reís, te doy dos.
Por supuesto, Horacio se va sonriente. No importa lo que le dé. ¿Será que alguna glándula le funciona mal y un químico en el bocho lo hace feliz? Es evidente que es muy pobre, pero no parece importarle. ¿La felicidad es solo eso? ¿Algunos compuestos químicos que circulan por nuestra sangre? Si así fuera sería muy fácil. En todas las farmacias te podrían vender pastillas de felicidad. Pero existe un problema. No nos preocuparíamos por nada. Estaríamos totalmente inactivos. No estoy seguro qué ocurriría con una humanidad sin preocupaciones.
Una noche yo regresaba a mi casa en el coche. En el barrio habían cortado la luz. Era todo obscuridad. Mi auto ilumina bien y yo podía ver perfectamente muchos metros hacia delante. Eso me permitía anticipar a cualquier obstáculo que me presentara el camino. Me vino a la mente Horacio.
—¡Ya sé! ―dije―. ¡Seguro que por eso es feliz! ¡Síííííí! ¡Eso debe ser!
Al otro día él se presentó en mi negocio, sonriente como siempre. Le pregunté:
—¿Qué vas a hacer mañana?
—Y... no sé. Nada.
—¡Cómo que nada! ¡Seguro que algo tenés que hacer! 
—insistí
—Y... no sé. Nada —volvió a contestarme.
—¡Dale, pensá! Decime que tenés que hacer.
—Y... no sé. Changas.
—¿Qué changas?
Simplemente se encogió de hombros. Le di dos billetes y se fue saltando sonriente como la niña de Dánica Dorada. (Esto último solo lo entienden aquellos que andan por los cincuenta años).
—¡Lo sabía! —me dije a mí mismo—. No tiene la menor idea de lo que hará mañana. ¡Es eso! ¡Horacio vive en el presente! Su mente no tiene la capacidad de ver más allá. ¡Horacio no tiene preocupaciones!
Es como ir conduciendo un auto mirando un hermoso paisaje por la ventanilla, pero sin ver hacia delante. Horacio está disfrutando del paisaje. Mañana puede caer por un barranco o chocar de frente contra una montaña. Pero hasta ese preciso momento, solo se dedicó a disfrutar.
El ser humano es tal vez el único animal que vive en el pasado, en el presente y en el futuro. Cuando conducimos, disfrutamos del paisaje solo por unos instantes, porque nuestra principal preocupación está en lo que vendrá. Para poder seguir el viaje tenemos que esquivar todos los obstáculos y, para ello, nada mejor que verlos desde mucho antes que se presenten. De vez en cuando también echamos un vistazo por nuestro espejo retrovisor. Pero claro, todas estas precauciones tienen su costo. Casi no disfrutamos del paisaje. En nuestra mente compleja de ser humano, el pasado puede ser una carga y el futuro una preocupación. ¿Cómo disfrutar del presente entonces? ¿Cómo encontrar el justo equilibrio? Recuerdo ahora las palabras de Jesús cuando hablaba de la confianza en la providencia: No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción (Mateo 6-34).
Pero parece que Dios nos ha puesto un desafío. Nos dio la capacidad de ver muy lejos y al mismo tiempo Jesús nos dice que disfrutemos del presente o que hagamos lo mejor que podamos con él (a cada día le basta su aflicción). No creo que nos haya querido decir que seamos totalmente despreocupados, sino más bien que miremos hacia delante solo lo necesario como para que el viaje tenga pocos sobresaltos y disfrutar del paisaje lo más posible. No es sencillo. Nadie dijo que lo sea. Pero estamos en el viaje y en movimiento. El hombre feliz no mira hacia delante y sin embargo Horacio sigue aquí, todavía no ha tenido ningún accidente. Es dichoso como ninguno y no tiene ningún bien material. Horacio me ha hecho pensar. Su simple presencia y su sonrisa me han hecho pensar.
Cuando en la vida se me plantean estos y otros interrogantes, compruebo que son dudas que ya han tenido otros seres humanos que pasaron por este mundo antes que yo y que, muchas veces, han dejado escritas sus experiencias. Parece que Jesús ya pensó en este problema y en cómo afecta la vida del presente del ser humano. Por suerte, el evangelista escribió el citado pasaje que ha llegado hasta mí dos mil años después. Sin embargo tuve que conocer la experiencia de Horacio para comprender la frase de Mateo 6-34. Quién sabe, tal vez a cada experiencia, le corresponda una frase del Evangelio. Tal vez cada pasaje necesita de su experiencia. Parece ser que el Evangelio necesita ser experimentado.

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No tan distintos

Por Hugo Alberto Panza | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch


Muchas veces me he preguntado qué es y cuánto tiempo hace que existe la discriminación. ¿Es algo natural de la psicología humana, podríamos decir, genético, o es algo construido por la sociedad? Hace unos meses tuve pensamientos discriminatorios, lo que me llevó a meditar sobre este tema. 
A Kari, mi esposa, se le había ocurrido ir a Capital a ver los festejos por el Año Nuevo Chino. Un amigo nos había dicho que teníamos que tomar la General Paz, luego Libertador y finalmente Juramento. Cuando circulaba por Libertador comenzamos a notar diferencias: la mayoría vestía ropa de mejor calidad, todas las mujeres lucían peinados de peluquería.
—¡Caminan más lento y miran a lo lejos! ¡No te miran! —dijo mi hijo para mi sorpresa—. Esos no son de acá —agregó, cuando paramos en un semáforo y observábamos a gente en una parada de colectivo—. Tienen ropa común, hablan entre ellos y se ríen como cualquiera.
El semáforo se puso en verde y comencé a pensar en forma discriminatoria. Los de acá admiran al Norte. Siempre maravillándose con Estados Unidos. No importa si ese país bombardea y mata gente como ningún otro. No importa si encarcelan gente y la torturan sin que nadie las defienda. No importa si intervienen en todos los países intentando defender “sus intereses”, aunque “sus intereses” puedan llevar al hambre a millones de personas. Encima se creen que esos del Norte son defensores de la libertad. ¡Cuántos negros estadounidenses habrán muerto en la Segunda Guerra Mundial defendiendo el “mundo libre” siendo que, en ese mismo momento histórico, en el sur de su país debían cederle el asiento del colectivo a los blancos. ¡Y por ley! No por costumbre. Y son admiradores de Suiza. ¡Qué maravilla Suiza! No importa si todos los ladrones del mundo llevan su dinero allí. Ellos los admiran igual.
—¿Dónde estamos? Tenemos que doblar en Juramento —dije, y vi el cartel de la calle F.D. Roosevelt.
¡Será posible! —pensé—. ¡Le tenían que poner el nombre de un presidente norteamericano! Cien metros después llegó la avenida Monroe. ¡Otra vez! ¡Tenía que ser! El de la famosa doctrina: América para los americanos. Está claro que lo que quiso decir es: ‘América para los estadounidenses’. Era una forma de advertencia a los europeos absolutistas para que comprendieran que ya habían decidido que el patio trasero les pertenecía. De pronto reaccioné: ¡Bueno, no quiere decir que todos los que vivan aquí piensen igual. No tengo que discriminar. Pero... ¡los carteles estaban ahí! ¡No puede ser casualidad!”. 
***
Cada clase social tiene sus características, que no son de todos, pero, como dije antes, son de la mayoría y lo que para una clase social es una virtud, para la otra es un defecto. Es muy difícil poder apreciar los defectos de la clase social a la que uno mismo pertenece. Porque justamente lo que se ve todos los días pasa desapercibido, se torna casi invisible y sólo se vuelve notable cuando te lo hace ver un sapo de otro pozo. ¿Entonces qué hay que hacer? ¿Cuál es la conclusión? 
Cuando ingresé al barrio de Belgrano, mi mente se disparó de manera maquinal, sacando conclusiones generales y aplicándolas a cada individuo que veía distinto. Tal vez el truco sea descubrir cómo funciona la mente, poder alejarnos de nosotros mismos y ver las cosas desde otro lugar. 
Siempre existieron y existirán distintas clases sociales, por la sencilla razón de que no somos todos iguales, y siempre surgirán pensamientos discriminatorios, porque, además, somos todos parecidos. 
Habiendo tomado el control de mí mismo y desconectado el automático, bajé la ventanilla y grité:
—¡No hay problema muchachos! ¡Miren al Ratón Mickey! ¡A mí me gusta Hijitus!

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Un simple saludo

Por Hugo Alberto Panza | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch


Hace años que ella está en el mismo lugar. Día tras día, hora tras hora, siempre allí. Lava la verdura en la vereda de la verdulería.
Vino de Bolivia hace mucho tiempo. Quién sabe qué gran necesidad la habrá llevado a dejar su tierra y viajar miles de kilómetros para finalmente encontrar su lugar y su supervivencia en ese pedacito de vereda en el que hace su trabajo.
Casi no levanta la vista. No sé si porque no le hace falta, o porque no quiere ver cómo transcurre la vida a su alrededor.
De tanto verla allí, se ha hecho invisible. Ya nadie la mira. Es algo más en el paisaje de la ciudad.
La gente apurada la esquiva al volver, o ir a su trabajo. Las mujeres que van a la verdulería con sus changuitos son atendidas por el dueño mientras otras esperan y observan la mercadería, aguardando su turno, paradas a su lado. Nadie le pregunta nada. Tal vez muchos piensen que no habla. Y algunos, tal vez, y eso es lo más grave, piensen que no siente. 
Nadie la saluda, nadie la ve.
Como si todos aceptaran que ese es su destino y no tienen por qué mirarla ni saludarla. Como si fuera una planta que ha crecido en ese lugar.
Me encontraba en mi trabajo cuando mi madre, luego de ver la noticia del naufragio de un barco con inmigrantes en el Mediterráneo, me dijo:
—¿Viste la boliviana que lava la verdura en la verdulería de la otra cuadra?
—¡Ah, sí! La vi. ¿Qué pasó?
—Hace muchos años que está ahí, en el mismo lugar.
—Sí. Hace mucho, ¿no?
—¡Sííí! ¡Muchísimo! ¿Y sabés una cosa?
—Qué cosa.
—Hace ya un tiempo, la saludé. Le dije: “¡Buenos días, señora!”. ¡No sabés cómo levantó la vista y me miró! ¡Parecía sorprendida! ¡Claro! ¡Nadie la saluda!
Me quedé mirando a mi vieja y asentí con la cabeza. Mi mamá tenía razón. Sólo esa frase me hizo comprender todo. Yo tampoco advertía que nadie la miraba y nadie la saludaba. 
—¡No sabés! —continuó mi vieja—. ¡Ahora cuando me ve, se levanta, y es ella quien viene a saludarme!
¡Un saludo! ¡¡Se dieron cuenta!! ¡Sólo un saludo!
Con ese simple acto, mi mamá le dijo a esa persona: “¡Somos iguales! ¡Hola! ¡Levantá la vista! ¡Te doy mi respeto! ¡Te respeto! ¡Y respeto tu trabajo!”.
Un simple saludo logró el milagro de hacer levantar la vista a esa mujer y hacerla sentir bien.
—¡Sííí! ¡No sabés! ¡No sabés cómo me viene a saludar! —seguía repitiendo mi mamá.
Tal vez todos, cuando salimos a la calle, deberíamos prestar más atención. ¿No les parece?

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La gran estafa

Por Hugo Alberto Panza | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch


Aquel domingo salí a caminar por Ezeiza. Estaba solo y decidido a disfrutar de un día tranquilo. Pasé por la puerta de un pequeño templo que se anunciaba como Asamblea de Dios; a los pocos minutos vi otro llamado La Nueva Jerusalén; luego a uno bautizado Iglesia del Nuevo Templo, y pensé: “Es cuestión de meter ciertas palabras en una bolsa, como templo, asamblea, últimos, primeros, Dios, Jesucristo, siete, alabanza, luz, etcétera. Luego ir sacando las palabras y algo se forma”. Pero, entonces, pasé por la puerta de una que me descolocó. Decía: Iglesia del Pensamiento Crítico. “¿Cómo es esto? —pensé—. ¿No es una contradicción?”. Si el cartel buscaba generar curiosidad, lo logró. 
La puerta estaba entreabierta, me venció la curiosidad. Tímidamente, entré a ese lugar y pude ver muchos bancos acomodados igual que en cualquier Iglesia. Un hombre, bien vestido, en el otro extremo del salón, desde el atrio, les hablaba a hombres y mujeres, como un cura o un pastor habla a su congregación. Esto fue lo que escuché:
—Dicen que el Rey solía, de incógnito, bien disfrazado, mezclarse con el pueblo, y un día, escuchó una conversación en un mercado. Un hombre quería vender su chancho, y pedía por él, diez gallinas. Muchos querían el chancho, pero nadie tenía las diez gallinas. Ofrecían, en cambio, otros productos que no interesaban al vendedor del chancho. Finalmente alguien le ofreció una bolsa de sal que pesaba más o menos lo mismo que el chancho, argumentando que todo el mundo usaba la sal, por lo tanto, podría luego intercambiarla por lo que quisiera. Cuando el Rey llegó a su palacio, tuvo una idea genial y decidió comunicarles a sus súbditos las nuevas medidas que implementaría en su reino. Sólo deseo la felicidad de mis súbditos —les dijo—. ¿Cómo van a estar llevando de aquí para allá las bolsas de sal para intercambiar sus productos? He ordenado que se construya un gigantesco depósito en mi palacio, y aquel que tenga una bolsa de sal debe depositarla allí. Le entregaremos un certificado que diga “Vale por una bolsa de sal”. Si finalmente alguien quiere la sal, sólo debe venir con el certificado, y entonces se la daremos. Se cumplieron las órdenes del Rey y todos los habitantes del reino llevaron sus bolsas de sal y, a cambio, se les entregó dicho billete con el sello real.
***
—¿Entendés? Había creado el circulante, que es el billete. El respaldo de ese circulante eran las bolsas de sal —le dijo un hombre mayor que se encontraba sentado en el último banco a un joven que estaba a su lado y en voz baja para no molestar al que predicaba.
***
—Pero el Rey era un poco tramposo —continuó el Predicador—, y cuando se dio cuenta que tenía cien bolsas de sal en su depósito, en lugar de emitir cien comprobantes, emitió ciento uno, quedándose él con un certificado sin haber puesto ninguna bolsa de sal en el depósito real. Había inventado la emisión monetaria y la devaluación del billete. Por supuesto que el Rey era más rico: le había sacado un poquito a cada súbdito sin que se dieran cuenta y, cuando se llegó a las mil bolsas de sal, ya tenía emitidos diez certificados extras para él mismo. A más circulante, más rico se hacía el Rey. ¡Y ahora, señores y señoras! ¡A pensar se ha dicho! —concluyó el Predicador.
***
Todos comenzaron a discutir con el que, ocasionalmente, estaba a su lado. Como cuando se da la paz en una misa, pero con más barullo. Y esto fue lo que escuché que hablaban esos dos que estaban cerca mío:
—¿Ahora entendés por qué las transacciones internacionales se hacen en dólares? ¡Estados Unidos estafó al mundo entero! —le dijo el hombre mayor al joven.
—¿Estás seguro? ¡No puede ser! ¿El dólar no tiene ningún respaldo? —preguntó el joven
—¡No tiene! ¡Y hay algo peor! ¡Tampoco es la moneda del Estado! ¡Es de la Reserva Federal! ¡Que es un grupo de bancos privados!
—¡Noooo! ¡No puede ser! ¡Me estás jorobando! ¡Es como si me dieran a mí la maquinista de hacer billetes y me dijeran que los míos valen y cualquier otro es falsificación!
—Tal cual, así es. Vos lo dijiste. Lo hicieron en 1912 en Estados Unidos y estafaron a todos los ciudadanos estadounidenses, en 1944. En un lugar llamado Breton Woods, prepararon la estafa a todo el mundo, al hacer circular el dólar para las transacciones internacionales. En 1971 Nixon concretó la estafa al quitar todo respaldo en forma oficial.
—¿Quiere decir que estamos mantenimiento a unos pocos súpervagos que lo único que hacen es imprimir papelitos?
—Así es mi amigo. Uno sólo de esos vagos ricos vale por varios millones de vagos pobres. Pero siempre te hacen creer que la culpa de todo es de los vagos pobres, como si los vagos ricos no existiesen.
***
Estaba sorprendido, como nunca lo había estado en mi vida. Me encontraba algo aturdido. Mi mente comenzó a funcionar aceleradamente como si hubiera entrado en trance. Mientras caminaba, sentí cómo si toda mi vida hubiera vivido en la oscuridad y, de pronto, viera la luz. ¡Me cayó la ficha! Quien sabe, tal vez vuelva algún día a esa Iglesia de la calle Tuyucué.

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Reunión de padres

Por Hugo Alberto Panza | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch


Dicen que ocurrió en una escuela de La Unión. Alguien lo grabó con su celular. Luego de que la maestra explicara los objetivos del año, uno de los presentes pidió la palabra y dijo lo siguiente:
***
Yo ya no soy padre. Soy abuelo. El papá y la mamá de mi nieto no pudieron venir y me pidieron que los reemplazara.
Debí haber asistido a estas reuniones cuando era padre, pero no pude. Uno está en plena lucha por la familia durante la juventud. Tal vez por eso, en esa etapa de la vida, no se puede ver a lo lejos, detenerse y discernir entre aquello que es importante y lo que no es tanto.
Les pido a la maestra y a los padres que se detengan un poco y traten de ver algo más allá de los libros. Y algo más allá de la educación.
Cuando era niño, hace ya mucho tiempo, me gustaba andar en patines. Sin embargo, no los usé todo el tiempo que hubiera deseado. Recuerdo aquella tarde en la que acababa de llegar de la escuela y me disponía a usarlos, cuando mi madre me dijo, luego de revisar mi cuaderno:
—¡Cuánta tarea de Lengua! ¡No vas a poder jugar! ¡Tenés que estudiar análisis sintáctico!
Y no pude usar mis patines. Tenía que aprender objeto directo e indirecto, sujeto y predicado. Aunque los aprendí, nunca los usé en mi vida. A los pocos años olvidé lo aprendido como se olvida aquello que no se usa. Seguramente no me hubiera olvidado jamás de aquel atardecer andando en mis patines, si los hubiera podido usar. Y yo me pregunto: ¿quién me devuelve aquel instante que no pude disfrutar?
Me gustaba andar en bicicleta. Un día no pude hacerlo, porque tenía que hacer un mapa. Y yo me pregunto: ¿quién me devuelve aquella vivencia que no pude disfrutar?
Me gustaba jugar con mi amigo con los autitos de plástico y hacer carreras. Un sábado no pude hacerlo porque tenía que construir una maqueta. Y yo me pregunto: ¿quién me devuelve aquel fin de semana que no jugué con mi amigo?
Yo le digo a usted, señorita maestra, y a ustedes, señores padres, ¡¡los niños tienen que jugar!! ¡Primero tienen que jugar! ¿Le pedirían a un pájaro que no vuele? ¿A un felino que no corra? ¿A un joven que no se enamore? ¿A una madre que no bese a su niño? ¡¿Por qué les dejamos a los niños cada vez menos tiempo para jugar?!
Y yo me pregunto: ¿es más importante saber cuánto y qué exporta el Mercosur a sentir el olor a tierra mojada después de una lluvia? ¿Es más importante saber cuántos kilómetros tiene el Nilo a jugar con avioncitos de papel?
Escucho a los ministros que dicen tenemos que lograr no sé cuántos días de clase en el año. Y no sé a qué país tenemos que imitar, porque no sé en qué posición estamos en el mundo. Yo me pregunto: ¿qué carrera estamos corriendo? ¿Adónde queremos llegar? ¿Para qué? ¡¿Para qué?!
Yo digo: ¡todos los niños tienen derecho a jugar! ¡Todos los niños necesitan jugar! Y, aun cuando no lo crean, debemos hacer algo urgente: ¡enseñarles a jugar! Pude observar hace unos pocos meses cómo es un recreo en una escuela, y me asusté. ¡Los niños ya no juegan! ¡Sólo miran sus celulares! ¡Todos quietos! ¡¿Qué es lo que estamos haciendo?! ¡¿Qué pasará con esta generación de niños cuando sean adultos?!
¡Es un experimento con resultado incierto! Debemos enseñarles a descubrir el placer de sentir la tierra en las manos cuando se la trabaja para una planta. Debemos enseñarles a descubrir el olor del pasto recién cortado. A ver las hormigas trabajar. A disfrutar del sonido de la lluvia. Dejemos que en algún lugar de nuestras casas crezca los yuyos bien altos y observemos junto a ellos cuántos bichitos encuentran allí su hogar.
¿Acaso es más importante saber cómo se llamaban los emperadores romanos, cuántos kilómetros cuadrados tiene un océano o cuál es el predicado en una oración, que todo esto que acabo de decir? ¿Qué es más importante? ¿Ustedes qué creen?
Dejemos que se arrodillen y se ensucien, que se lastimen de vez en cuando. Un raspón en una rodilla, tan común en los chicos de mi generación, es ahora una rareza. Algunos niños no conocen la cascarita que sale después de lastimarse. Sólo corren y se caen y saltan con un joystick. Tienen que apretar cuadrados o círculos, o no sé qué para hacer todo eso. Cuando dejan de estudiar, los dejamos un ratito con un joystick, ese es su mejor amigo, y luego, de vuelta a hacer tarea, y más tarde, otra vez con su joystick. ¿Y el mundo a su alrededor? ¡No se lo mostramos! ¡No se lo enseñamos! ¿Qué es lo que debemos enseñarles? ¿Todos creen que el plan de estudio del ciclo lectivo es lo mejor que les podemos dar?
Señorita maestra y señores padres, no aspiro a que mi nieto sea un excelente alumno. Deseo que sea un niño feliz.
***
Dicho esto, el abuelo se marchó. Nunca se supo quién era su nieto. Los directivos preguntaron a padres y madres si alguno no había podido ir a la reunión y mandaron al abuelo. Sin embargo, todos habían asistido. Algunos dicen que lo han visto cerca de alguna que otra escuela de Ezeiza observando a los niños en el recreo. Se merece un reportaje. ¿No lo creen? Los del diario La Palabra deberían hacerle uno. Sólo hay que encontrarlo. Si alguien lo ve, avísenle a Marcos.

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Puerta a la irrealidad

Por Hugo Alberto Panza (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch


Ocurrió hace mucho. Yo era un niño de doce años y acompañaba a mis tíos. Ellos trabajaban en la construcción y debían realizar una excavación. Mientras tomaban las palas y daban inicio a la tarea, yo descargaba las restantes herramientas de la camioneta. Estábamos en Canning, no muy lejos de la estación, y recuerdo haber visto pasar el trencito que, por aquella época, todavía circulaba.
En medio de la faena se toparon con algo metálico que les dificultaba la labor. Con esfuerzo, lograron sacar aquel objeto y resultó ser un cofre que parecía haber estado enterrado durante muchísimo tiempo. Luego de observarlo con atención, lo limpiaron con un trapo que tenían a mano.
Yo estaba tan intrigado como ellos. Un fuerte candado impedía su apertura y, aunque no lo crean, el cofre tenía una inscripción en relieve que decía: Aquel que lo abra, jamás volverá a la realidad.
Mis tíos discutían acaloradamente si respetar o no aquella advertencia.

Uno de ellos argumentaba que debía contener algo valioso para que alguien se tomara el trabajo de esculpir esa leyenda. La amenaza tendría el único propósito de ahuyentar a posibles ladrones. 
El otro tío, más temeroso, decía que no tenían que tentar al destino y debían abandonar todo.
La curiosidad y codicia triunfaron frente al temor, y acordaron intentar la apertura del cofre.
Con una masa y un cortafierro, se dirigieron hasta las vías de la trochita. Detrás de ellos se veía el tanque de agua de la estación y se escuchaba el paso de los vehículos por el puente de la trocha de la 205. Yo, temeroso, seguía la escena desde lejos.
Apoyaron el candado en el riel del ferrocarril y lo golpearon hasta que pudieron vencerlo.
Observé cómo se ponían de pie en medio de la vía y, uno de ellos, abría lento la tapa, no sin dificultad, debido a la herrumbre en las bisagras.
La inscripción en el cofre tenía su razón de ser. Apenas abierto, los dos cayeron en un sueño profundo y se desplomaron sobre las vías. Aun cuando no lo crean, mis tíos (que estaban juntos en la realidad) pasaron unidos al mundo onírico. Sí, compartían ahora el sueño que juntos habían empezado a soñar después de la apertura de aquel misterioso objeto: soñaban que llegaban a Canning y realizaban un profundo pozo mientras yo descargaba otras herramientas de la camioneta. Veían pasar el trencito y después se topaban con el objeto metálico.
La frase grabada en el cofre parecía ser real, aunque aún no estoy seguro si es parte del sueño que están condenados a vivir por la eternidad, si es que vivir es la palabra correcta.
Seguramente, usted, se preguntará cómo es posible que yo haya podido ver lo que mis tíos soñaban. Supongo —aunque no estoy seguro—, que, al estar a cierta distancia del cofre, sus efectos sólo me alcanzaron parcialmente y algo de mí vive en la realidad y otra parte en el mundo de los sueños.
Incluso, en este momento, no sé dónde estoy. Preste atención a lo que voy a decirle y, por favor, no se asuste: puedo observarlo a usted que está leyendo La Palabra de Ezeiza. Estoy a su espalda y no sé si puede verme. Si acaba de sentir que alguien lo observa, quién sabe, tal vez usted también sea parte de un sueño.

(*) Es autor del libro Cuentos (2009), integrado por las historias “La moneda mágica”, “Mariana” y “La verdadera historia de Gaspar”.

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El día que cayó un meteorito en Ezeiza

Por Hugo Alberto Panza (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch


Dos hombres conversan en el Anfiteatro de las Américas, sentados en las escaleras, debajo de las banderas. Uno de ellos lee La Palabra:
—¡Faaa! ¡Qué bárbaro! ¿Cómo no me enteré?
—¿Qué pasó?
—¡No lo puedo creer! ¡Es increíble!
—¡Bueno, dale! ¡Decime! ¿Qué pasó?
—¿No te enterarse?
—¿De qué? ¡Me estás desesperando! ¡Decime! ¡¿Qué pasóóó?!
—¡Pero qué tipo impaciente!
—¡Daleee!
—¡Cayó un meteorito en Ezeiza!
—¿Quééé? ¿En serio? ¡Dónde!
—En la Inmobiliaria Vidal. ¡Hizo pelota todo!
—¿La que está cerca de la barrera?
—Esa misma. Por suerte estaba cerrada, y no mató a nadie —dijo, asombrado, mientras seguía leyendo—. ¡De la que se salvaron! ¡Pero no se hicieron problema, eh! Medrano ya está pensando en vender la propiedad con el meteorito y todo.
—¡Epa! ¡Un genio Medrano!
—¡Pero acá dice que el meteorito se dividió en dos!
—¡Uh! ¿Y el otro pedazo?
—¡Cayó acá cerca!
—¿Dónde?
—¡En la imprenta Graffiti’s!
—¡Faaa! ¡Acá nomás, donde está Ponce de León! ¡El de las máquinas de coser!
—¡Acá dice que hizo bolsa los dos locales! ¡Pero estos no se salvaron! ¡No los vieron más! Se supone que están abajo del meteorito.
—¡Uh! ¿Qué más dice?
—Que cuando saquen el meteorito los van a tratar de despegar. ¡Te imaginás cómo deben estar!
—¡Uf! ¡Guácala!
—Dice que van a colocar un monolito recordando el suceso. Los vecinos ya pensaron en los epitafios. A Ponce de León le van a poner: “Se murió”.
—¿Y a los de la imprenta?
—“Ni lo vieron venir”
—No son muy poéticos los vecinos.
—¿Esa que va caminando ahí no es Ana?
—¡Tenés razón! ¡Es Ana! ¡La de la imprenta!
—¡Vamos!
Ambos salieron corriendo al encuentro de ella.
—¡¡Ana!! ¡¿Qué hacés acá?!
—¿Qué les pasa a ustedes dos?
—¡Creíamos que estabas abajo del meteorito!
—¿Abajo de qué? ¿Están locos ustedes? ¿Qué se tomaron?
—¡Acá dice! ¡Mirá! ¡En La Palabra! —insistía uno de ellos y extendía el diario.
—¿A ver? —dijo intrigada y se puso a leer.
Luego de unos segundos:
—Pero, ¿qué pedazo de tontos que son! ¿Hicieron un curso? ¿O ya nacieron así?
Los amigos se miraban con la boca abierta sin entender lo que sucedía.
—¡No se dan cuenta! ¡Están leyendo la sección “Esto no está chequeado”, donde se publican cuentos y bolazos!
Los amigos seguían sin comprender.
—¡Es ficción! ¡Ja, ja, ja! ¡Cayeron los dos! ¡ Marcos, el director del diario, los engrupió! ¡Pero, miren: le salió lindo el dibujito a Tomassini! A mí me gusta el chiste de contratapa —les decía Ana, despreocupada, al tiempo que leía la sección—. Y, además, les digo la verdad —insistía Ana—, me gusta más cuando escribe esa chica que se llama Corallo. El que escribió esto es un tonto como ustedes. ¡Chau, ingenuos! Ja, ja, ja —se despidió Ana y les devolvió el ejemplar del diario.
—¿Y ahora qué hacemos?
—¡Ma’ qué se yo! ¡Vamos a leer el chiste!
—¡Dale! A fin de cuentas es lo mejor. ¡Tendrían que dejarle la dirección del diario al que hace el chiste! ¡Sacar todas las noticias y sólo publicar chistes para levantarle el ánimo a la población en estos tiempos tan difíciles!
—¡Cómo nos engrupió este Marcos, che! ¡Yo me la creí! 
—¡Yo, también! —conversaban los amigos mientras caminaban hacia la Municipalidad.
—Chau. Hasta el jueves que viene. 
—Chau, chau. El jueves que viene compro el diario yo.
—Dale.

(*) Es autor del libro Cuentos (2009), integrado por las historias “La moneda mágica”, “Mariana” y “La verdadera historia de Gaspar”.

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Rumores tóxicos en Spegazzini

Por Hugo Alberto Panza (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch


Dos amigos se encuentran en una parada de colectivos en Spegazzini.
—¿Qué hacés, Juan?
—¡Cómo andás, José! ¡Tanto tiempo!
—¿Todo bien? ¿La familia?
—Bien, che. ¿Y vos?
—¡Bárbaro! ¡Mejor no se puede! Ja, ja.
Se hace un silencio algo incómodo, hasta que por fin Juan lo rompe diciendo:
—Me peleé con mi mujer. Hace un ratito nomás.
—¡Eh! ¡Qué pasó!
—Mi esposa es un poco hipocondríaca.
—¡¿Hipo qué?!
—Hipocondríaca. Son esos que andan todo el día pensando en enfermedades.
—¡Ah, sí!
—¡Ya me tiene cansado con eso de los residuos tóxicos! ¿Te enteraste?
—¿Los que dicen que enterraron por acá cerca?
—Esos. Dicen que alguien se mandó un gran negocio. Compró unos cuantos terrenos muy baratos cerca de la autopista con el único propósito de permitir de que se entierren residuos tóxicos, que en otros países no quieren ni a palos. Le pagan bien por dejar enterrar eso ahí, por supuesto. Parece que el tipo tiene algunos contactos que le permiten esquivar todos los controles. Pero, te digo la verdad: yo no creo que se pueda hacer eso tan fácil. ¡Y mi mujer me tiene loco! ¡Que no tomes agua de la canilla! ¡Que fijate de dónde viene lo que comés! ¡Que cuidado de acá y cuidado de allá! ¡Ma’ qué se yo cuántas recomendaciones! ¡La mandé a la miércoles y me vine para acá!
—¡Tenés razón! ¡Te vuelven loco! ¡Dicen que hay barriles con residuos radiactivos! ¡No puede ser! ¡Ya estaríamos todos muertos!
—¡Pero, claro, hermano! ¡Son esas bolas que se corren y que nunca sabés de dónde salen! ¡Al final terminamos todos trastornados mirando lo que comemos, lo que tomamos y hasta por donde andamos!
—¡Síííí! ¡Dejate de jorobar! ¡Te enloquecen!
Tras otra pausa, José pregunta:
—¿Adónde vas?
—Al Hospital de Ezeiza. El otro día saqué turno con el oftalmólogo.
—¿No ves bien?
—Veo perfecto. Me pica la nuca.
—¿Te pica la nuca? ¿Y qué tiene que ver el oftalmólogo? ¡Ese es para los ojos! ¡No seas bruto!
—¡No, no! ¡No entendés, José! Me pica el ojo que me está saliendo en la nuca.
—¡¿Te está saliendo un ojo en la nuca?!
—Sí. ¡Veo rebien, como cuando era pibe!
—¡Y, claro, es nuevito! 
—¡Pero, me pica mucho! Encima, el párpado es fosforescente. De día no hay problema, casi ni se nota. De noche, no la dejo dormir a mi mujer. ¡Dice que es como si hubiera una luz encendida en la habitación! Me hace poner un gorrito y peor: me pica más.
—¡Qué rompequinotos! ¡Vos también te la fuiste a buscar!
—¡Sí! ¡Dejame de jorobar! ¡Me agarró distraído! ¿Y vos? ¿Qué hacés acá?
—También voy al Hospital. Tengo un tema con las fosforescencias. 
—¿Qué te pasó?
—¡No sé! Las uñas de los pies están fosforescentes.
—¡No es para tanto! ¡Vos también sos hipocondríaco!
—El problema es que son intermitentes.
—¡Como un arbolito de Navidad! Ja, ja.
—Reíte, nomás. ¡No puedo andar en ojotas por el barrio! Todos los vagos de la esquina que se juntan a tomar birra están esperando que salga de noche para gastarme. ¡Ya están haciendo memes con mis pies!
—¿A ver? Sacate los tamangos. Quiero ver —dice Juan mientras le guiña el ojo de la nuca.
La llegada colectivo interrumpe la charla. Frente a la parada, estalla una cubierta.
—¡Uh! ¡Otra vez! ¡Seguro que fue un mosquito!¡Yo no sé por qué vienen tan grandes acá en Spegazzini! —se queja uno de los pasajeros cuando desciende.
—¡Están grandísimos! ¡El otro día hicieron descarrilar la chanchita! —agrega otro.
—Tenés razón, Juan —dice José—. No hay que dejar que te vuelvan loco con esas bolas que se corren.

(*) Es autor del libro Cuentos (2009), integrado por las historias “La moneda mágica”, “Mariana” y “La verdadera historia de Gaspar”.

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Una parábola de Navidad

Por Hugo Alberto Panza (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini

Dicen que esto ocurrió hace pocos años durante las celebraciones de Navidad en un templo de Villa Guillermina, donde se congregan los fieles de la religión “X”. Y digo “X” porque con esto de la fe hay que ser cuidadoso. Muchos pueden disgustarse si no se habla bien de su congregación. La historia me la contó un testigo presencial de los acontecimientos. La máxima autoridad invitó a los presentes a dar su testimonio. Pidió hablar un hombre de barba que participaba por primera vez. Había llegado con un amigo, un tal Pedro. Ambos se sentaron bien al fondo del salón.
Cuando le dieron la palabra, el hombre se expresó de esta forma:
—Les quiero contar lo que he visto hace unos pocos días, no muy lejos de aquí. Caminaba cerca del centro de Tristán Suárez, me dirigía a una parada de colectivo sobre la 205. En la vereda, debajo de un alero frente a un local cerrado, se amontonaba una familia con sus pocas pertenencias. Habían colocado un cartel de cartón en el que se leía: “No tenemos trabajo y fuimos desalojados por no pagar el alquiler. Por favor, ayúdennos”. A su lado podía verse una canastita con unas pocas monedas. Pasó por allí el pastor de la religión “Z” y, ¿saben una cosa?, ¡no sólo no los ayudó! ¡Ni siquiera los miró!
Al escuchar esto, los fieles se miraban y comentaban: 
—¡Claro, tenía que ser de la religión “Z”! ¡Son así!
El hombre continuó tras una breve pausa:
—Luego vi pasar a una persona que conozco que va al templo de los “Y”. ¡Tampoco los ayudó!
Se escucharon comentarios del mismo estilo:
—¡Y claro! ¡Los de la religión “Y” son unos hipócritas!
—¡Qué barbaridad! ¡Tenían que ser de la “Y”!
El barbudo continuó:
—Vi pasar también a uno de la religión “X”...
Todos prestaron mucha atención esperando para ver qué buena acción había llevado adelante el que pertenecía a la congregación. 
—Y también pasó de largo... —dijo el recién llegado que daba testimonio.
Las expresiones de los fieles pasaron de la atención al fastidio. Algunos se levantaron de sus asientos y miraron de forma amenazante a los recién llegados.
El hombre continuó:
—Pasó alguien de la religión “A” y les dio dinero, alimentos y ropa.
—¡Eso es falso! —gritó uno de los feligreses. 
—¡No puede ser! —gritó otro.
—¡Usted es un mentiroso! ¡Usted ha venido a mentir! ¡Fuera de aquí, los dos!
La cosa se había puesto muy fea, y Pedro llamó a su amigo haciéndole señas para que se retiraran pronto. Mientras salían casi corriendo, recibieron algunos proyectiles lanzados por quién sabe qué fiel exaltado. Fue allí que los siguió muy de cerca la persona que me contó esta historia. Escuchó lo que se decían:
—¡Te dije que es inútil! ¡No van a entender nunca esta parábola! ¡No sé por qué insistís tanto! Un día nos van a romper la cabeza —le reclamaba Pedro a su amigo.
—¡Pedro, no seas tan escéptico! Más en diciembre cuando renacen las esperanzas. ¡Hace apenas dos mil años que lo intentamos!
—¡Es que no entienden que lo importante no es el samaritano! ¡El samaritano era un personaje para los judíos! ¡Cuando se lo explicás a estos, tenés que cambiar los personajes! ¡Para nosotros es obvio, pero se quedaron con el samaritano y no entienden nada! ¡Te dije que no había que escribirlo así! ¡Tienen la cabeza más dura que un adoquín!
—¡Pedro, ya no tenés la paciencia de antes! 
—Es verdad. Sólo vos tenés paciencia infinita.
—Vas a ver que en dos o tres mil añitos más lo van a entender.
—¡Ufff! ¡La próxima vez que te acompañe Santiago! ¡Yo ya me cansé!
—¿A ver? —dijo el barbudo, mientras miraba el Google Map en su celu—. ¡Vamos para El Jagüel! Ahí tenemos una reunión en el templo de la religión “Y”.
—¡Ufa, ufa y mil veces ufa! 

(*) Es autor del libro Cuentos (2009), integrado por las historias “La moneda mágica”, “Mariana” y “La verdadera historia de Gaspar”.

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¡Por favor, no deje de leernos!

Por Hugo Alberto Panza (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini


Fernando y Héctor caminaban por French en dirección a la Estación de Ezeiza. Eran hermanos. Hacía un tiempo que no se veían y a ambos les gustaba filosofar mientras caminaban, aunque no siempre coincidían en sus ideas. Pasaron frente a la iglesia y se detuvieron un instante frente a la figura de Jesús observando los rayos que salían de su corazón. Reanudaron su marcha y Héctor comentó:
—¿Será cierto que vino y que es parte de una trinidad? ¿Lo veremos alguna vez cuando nos toque partir?
—No creo. A mí me parece que te morís, te comen los gusanos y se acabó —le respondió Fernando.
—¡Ah, ja, ja! ¡No, no! ¿Sabés lo que estuve pensando? —replicó Héctor.
—¿Qué?
—Imaginate un programador que invente un jueguito cualquiera. ¿Viste esos que juegan los chicos? ¡Esos que son ciudades enteras!
—Sí.
—Bueno, ahora imaginá que el programador fuera tan genio que lograra introducirse dentro del juego, como un personaje más. O sea, no sólo jugarlo desde afuera si no que fuera parte de él. ¡Que lo pudiera vivir en carne propia! 
—¿Y por qué se te ocurrió eso?
—¡Porque es lo que dicen los católicos! ¡Dios bajó a la Tierra y se hizo carne en Jesús!
—¡Bah! Es una locura. Pensar que existe un creador es una locura. Y la trinidad, un sinsentido. Admito que tu comparación es buena.
—Yo creo que algo de eso existe —insistió Héctor.
—¡Bah! ¡No puedo creer que creas esas cosas!
—Es más: yo creo que formamos parte de la imaginación de una mente superior —volvió a insistir Héctor.
Toda la conversación transcurría mientras caminaban y, frente al correo, Fernando insistió:
—¡Pero dejate de jorobar! ¡Nada de eso puede probarse! ¡Son puras especulaciones! ¿Y si esa mente dejara de pensar en todo? ¿Entonces todo desaparecería?
—¡Exactamente! ¡Vos lo dijiste! Todo desaparecería. Nosotros somos dioses. Somos el dios de los personajes que están en nuestra mente. Y nosotros somos parte de una mente infinitamente superior que creó el universo entero.
—¡Jaaaa! ¡¿Qué te fumaste hoy?! Me parece que leíste algo de Hermes Trimegisto.
—¿De quién?
—¿No lo conocés? Buscá en internet. 
Cruzaron la vía y llegaron al kiosco de diarios y revistas.
—Tu idea me hace acordar a las muñecas rusas. ¿Viste las mamushkas? Una dentro de la otra y, además, muchas. Una mente crea un universo en el que hay mentes que crean universos. ¡Pero cada vez más simples a medida que las muñecas son cada vez más chiquitas! Ja, ja. ¡Es una locura!
—¿Tiene La Palabra? —le preguntó Fernando al diariero.
—Sí. Aquí tiene.
—Quiero ver la sección “Esto no está chequeado”. El director del periódico está medio chiflado. ¡Deja escribir a cualquiera! —le dijo Fernando al diariero, mientras abonaba el ejemplar.
Fernando comenzó a leer y un sudor frío corrió por su frente. Su expresión cambió completamente. El terror había inundado su psiquis en un instante.
—¡Qué pasó! —le preguntó Héctor al advertir su expresión.
—Tenías razón —le dijo Fernando mientras le extendía el periódico.
Héctor leyó en voz alta:
Fernando y Héctor caminaban por French en dirección a la Estación de Ezeiza. Eran hermanos. Hacía un tiempo que no se veían y a ambos les gustaba filosofar...
—¡Dios mío! ¡Esto no puede ser! ¡Es terrible! ¡Somos parte de un cuento! —gritaba desesperado Héctor.
—¡Tenías razón! Sólo existimos en la imaginación del lector. ¡Es el Creador!
—Sí, es el Creador. Pero también significa que cuando termine de leer, todo desaparecerá —agregó desesperado Héctor.
—Incluso, nosotros —afirmó Fernando, apesadumbrado—. El lector nos imaginó frente a la iglesia, cuando pasamos por el correo, cuando cruzamos las vías. Imaginó al diariero...
—¡Por favor, señor lector! ¡No deje de leer! ¡Sí, le hablo a usted que está leyendo estas líneas! ¡No se distraiga con otras noticias! ¡Si es necesario, comience otra vez el cuento! —gritaba Fernando mirando hacia el cielo.
—¡La sección es muy corta! ¡Debe estar llegando al final!
—¡Noooo! ¡No nos deje! ¡No deje de leernos! ¡Noooooooooooooooo...

(*) Es autor del libro Cuentos (2009), integrado por las historias “La moneda mágica”, “Mariana” y “La verdadera historia de Gaspar”.

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Tres monedas

Por Hugo Alberto Panza (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini


Esta historia ocurrió hace algunos años, cuando aún las monedas tenían valor.
Amanecía en Ezeiza. Tomás caminaba por Paso de la Patria. Hacía frío, iba cada vez más rápido. No quería perder el tren y llegar tarde a su trabajo en Llavallol.
Tenía una moneda para viajar y otras tres para comer.
Era fin de mes, y no había otra salida que ir a trabajar sólo con eso. Mañana era día de cobro, y esperaba que no se atrasaran en el pago. Si así ocurría, se vería obligado a pedir prestado, nada más humillante para él.
¿Podría alguna vez salir de la pobreza?
Sus padres, honrados, trabajadores y caritativos (aún sin tener nada), no habían escapado del pozo en toda su vida, tal vez precisamente debido a estas virtudes. Pero no cometería el mismo error: él ya sabía a qué conducía eso.
Una moneda era para viajar al trabajo. Eso era lo que le salía el boleto ida y vuelta en el Roca. Por suerte no era un largo viaje. Las otras tres eran para comer al mediodía. Solo había desayunado mate cocido pelado y sabía que tendría mucho apetito.
¿Pero qué podría comer con tres monedas?
En su mente repasaba las opciones. 
¿Un pancho? ¿Un paquete de bizcochitos? ¿Y si compraba cuatro facturas y las comía al mediodía? ¿Un paquete de Criollitas tal vez? ¿Y para tomar? De última, agua de la canilla y que sea lo que Dios quiera.
Ya en el tren, comenzaron a circular los vendedores y los necesitados. Pasó el que hablaba de las Malvinas, el que tenía SIDA, la que vendía medias, el de los CD y el de los diccionarios para los chicos en edad escolar. Se sucedían uno tras otro sin darles respiro a los pasajeros. Luego entró el niño de las estampitas.
“¡Pobrecito! ¡Hace frío y no tiene mucho abrigo!”, pensó.
Pero Tomás estaba decidido a no conmoverse ante nada. No cometería el mismo error que sus padres: esta vez no se le escaparía el dinero en ayuda alguna. Tres monedas tenía para almorzar, y les sacaría el mayor provecho posible.
Llegó a destino, bajó del tren y vio correr hacia la calle al chico de las estampitas. Lo siguió. En la plaza frente a la estación, ese chico observaba unos pocos juguetes de plástico que vendía una mujer aún más pobre que él. Le prestaba especial atención a un autito amarillo. Tomás comprendió que cometería el error de sus padres.
Compró el autito y se lo dio al niño.
Tres personas eran ahora un poquito más felices. La mujer había vendido el auto en tres monedas. El chico sonreía como Tomás nunca lo había visto sonreír en el tren. Y él estaba satisfecho con su acción.
“Será sólo un poco de hambre —pensó—. A la noche cenaré”.

***

En ese momento, Tomás despertó. Tenía ocho años, y se había dormido en el asiento del tren, cansado de tanto caminar. Había tenido el mejor sueño de su vida: ya era adulto y poseía tanto dinero que podía ayudar a otros niños como él, que repartían estampitas.
Pero no terminó ahí. El sueño lo había impactado tanto que decidió cambiar en algo la rutina de sus días. Cuando la jornada repartiendo estampitas terminaba, contaba las monedas y separaba tres. Le entregaba todas a su madre, excepto las tres separadas. Al otro día se las arreglaba para comprarle algo a algún niño que como él repartía en el tren. A veces, comida; otras, un juguete. Tomás no sabía por qué, pero volvía a sentir la alegría que había experimentado en aquel sueño. Dicen que, si no encontraba alguien en los vagones, muchas veces bajaba y comenzaba a caminar por la ciudad hasta encontrar a aquel que sería el destinatario de sus monedas. Se lo vio por el barrio ATE, por el barrio Capolupo, por Villa Guillermina.
Tomás creció, estudió, más tarde consiguió un buen trabajo y ya no necesitó caminar por los vagones del Roca. Todos lo que lo conocen saben de su permanente sonrisa. 
Hace poco alguien le preguntó:
—Che, Tomás, ¿por qué siempre estás contento? ¿Cómo hacés? ¡Decime!
—Es fácil. Sólo tenés que regalar tres monedas.

(*) Es autor del libro Cuentos (2009), integrado por las historias “La moneda mágica”, “Mariana” y “La verdadera historia de Gaspar”.

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Nunca juzgues tan rápido

Por Hugo Alberto Panza (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini


Esta historia ocurrió hace ya unos cuantos años. Es una lección que me dio la vida. Hay experiencias que, por su impacto, parecieran haber sido colocadas con alguna intención por alguien que maneja los hilos del universo.
Una mujer, ya anciana, me pidió que vaya a su casa para retirar un televisor, que necesitaba ser reparado. A veces, si no me lleva mucho tiempo, puedo hacerlo. En este caso, a la mujer se le dificultaba mucho traerlo hasta mi negocio, así que acordamos que pasaría a retirarlo en cuanto tuviera un minuto. Vivía en Ezeiza, en una calle paralela a Uruguayana, no muy transitada por ser una cortada.
Llegué a su domicilio al mediodía. Era una casa sencilla, sin ningún lujo, como la de cualquier jubilado que vive con lo justo.
—Este es el enfermo —me dijo, señalándome un Philips de 20 pulgadas, ya muy viejo en ese momento.
—No sé si voy a poder repararlo. Depende del repuesto. Ya muchos no se consiguen —le advertí.
—¡Por favor, tiene que conseguirlo! ¡Tiene que repararlo! —insistió ella.
—Vamos a intentarlo, pero ya tiene que ir pensando en comprar otro. Es muy antiguo.
—¡Noo! ¡Yo quiero este! ¡Lo tiene que arreglar! —me decía la mujer, mientras se acercaba al aparato y lo acariciaba.
Las personas muy mayores se acostumbran a lo que han usado durante muchos años. No es fácil, para ellos, acostumbrarse a lo nuevo. Es como si el cerebro fuera capaz de amoldarse y adaptarse sólo durante la primera mitad de la vida. Luego, en la mayoría de los casos, esa capacidad se pierde. Están a gusto y seguros con lo que han usado siempre. No importa si lo nuevo tiene mejores prestaciones, es más bonito, o la posee ventaja que se nos pueda ocurrir. No hay forma de convencerlos. Ellos quieren lo mismo, nada de cambios.
Pero, en este caso, parecía ser algo distinto. La mujer acariciaba la tevé y la miraba como si fuera un ser vivo.
—Voy a cargarlo en la camioneta —le dije.
—¡Con cuidado, no lo vaya a golpear! Por favor, repáremelo.
—Vamos a intentarlo.
Llevé el televisor a mi negocio. Después de unos días conseguí los repuestos. Cuando el trabajo estaba terminado, le avisé que pronto se lo alcanzaría.
Cuando se lo informé, la alegría de esa mujer fue inmensa. Tanto, que no parecía normal. Pensé, como algunos dicen, a esta le faltan algunos caramelos en el frasco. No tiene todos los patitos en fila.
Cuando llegué a la casa y dejé funcionando el televisor, inmediatamente comenzó a acariciarlo.
—¡Menos mal que lo pudo arreglar! ¿Vio qué lindo es? —me decía mientras seguía con sus caricias.
Si en algún momento tenía dudas de su cordura, ya no me quedaba ninguna. La señora no estaba bien.
Cuando me retiraba de su casa, y ya casi en la vereda, no me aguanté y regresé para decirle:
—¡Parece que lo quiere mucho a su televisor!
—¡Sííííí! ¡Me lo regaló mi hijo antes de morir!
Sentí como si me hubieran dado un cachetazo. El impacto fue tan fuerte que no tuve palabras. Sólo me salió un estúpido:
—¡Ahhh!
Cuando me senté en la camioneta, estaba aturdido. Me sentía el hombre más tonto del planeta. ¡Esa mujer estaba acariciando a su hijo y yo había pensado que estaba loca!
Desde ese momento, no saco conclusiones apresuradas. Entendí que la vida me había dicho: ¡Nunca juzgues tan rápido! No podés ver el alma de la gente.
El Principito tiene razón: Lo esencial es invisible a los ojos.
Estamos hechos de experiencias. Somos algo así como contenedores que se van llenando.
No sé qué ocurre cuando el contenedor está lleno y llega el momento de partir. Me resisto a aceptar que todas esas experiencias se pierden. A lo mejor, por eso, he decidido escribirlas.
Ahora ando más atento. Tal vez, la vida me dé una nueva lección. Está por verse si tengo la inteligencia suficiente para sacar provecho de ella.

(*) Es autor del libro Cuentos (2009), integrado por las historias “La moneda mágica”, “Mariana” y “La verdadera historia de Gaspar”.

Invasión de fantasmas en Ezeiza

Por Hugo Alberto Panza (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini


Dicen que cuando nos vamos de este mundo no todos lo hacemos con la misma rapidez.
También dicen que no todos los vivos pueden ver a los que aún andan dando vueltas por aquí.
Lo cierto es que una noche, ya muy tarde, y cuando se disponía a cerrar la última puerta, el bufetero del Club Roca pudo ver que alguien entraba al salón donde años atrás estaba la cancha de bochas.
Tremendo julepe se llevó cuando al ingresar al salón, donde vio a Abel Chiaparolli, quien había fallecido años atrás, con una bocha en la mano, haciendo puntería para tirar un bochazo.
Por supuesto que no se quedó para ver si acertaba.
La noticia se propagó como un virus de invierno y, a los pocos días, todos hablaban del fantasma del Roca.
Sólo algunos días después, y cuando todavía se hablaba mucho de Abel, una persona internada en el Hospital de Ezeiza aseguraba haber sido visitada en su cama por un doctor que le había dado consejos para su recuperación, pero (según el personal del Hospital) la descripción no correspondía a ninguno de los galenos que allí trabajan. Sin embargo, uno de ellos sospechaba de quién podía ser. Le mostró a la mujer internada una fotografía del doctor Rebagliatti, y ésta aseguraba que esa era la persona que la había atendido ese día.
Pero la cosa no terminó ahí. Cuando todo el mundo comentaba que Abel y Rebagliatti todavía andaban por Ezeiza, corrió la noticia de que Cachito Panza había sido visto en la cancha de paddle (que está sobre la calle Vicente López) con una paleta en la mano y a punto de realizar una volea.
Sólo unos pocos días después habían visto una citroneta roja por las calles de Villa Golf y muchos aseguraban que quien la conducía era el hermano de Cachito. Sí, era Julio Panza que andaba por ahí con la camioneta llena de televisores antiguos.
Nadie comprendía lo que pasaba, pero muchos comenzaban a pensar que aquello no era bueno y que no tenían que mezclarse muertos y vivos. “Se armará un despelote terrible, al final, nunca vas a saber si ves a uno de acá o de allá”, dijo un vecino quejándose a viva voz en una reunión de amigos.
—¡Apareció Delfino! ¡Apareció Delfino! —comenzó a gritar en la plaza un viejo de Ezeiza.
—¿Y quién es ese? —le preguntaron algunos más jóvenes.
—El de la carnicería de la calle José María Ezeiza. ¡Murió en el 73!
—¡Y Beltrán, también! ¡Era el hermano! —dijo otro.
En sólo un mes se reportó haber visto a Mauro Verea y Carmencita. Vieron pasar a Rubén Apoloni (en su bicicleta mini-roda), al fundador de de una conocida tienda de la calle French, al primer dueño de la Farmacia Vidal, a todos los integrantes de la primer comisión directiva del Club Ezeiza. A muchos de la del Roca, como los Castro, Dieguez y varios más. También vieron a viejos jugadores de fútbol del club vecinal. La lista era interminable, nadie sabía qué ocurría, pero lo cierto es que ya no se sabía si estabas viendo a un vivo o a un muerto.
Una comisión de vecinos se presentó en la Municipalidad exigiendo ver a Granados.
—¿Y qué quieren que haga? ¡Que ponga a todos los fantasmas a pintar las salitas de primeros auxilios para que no anden al cuete por ahí! —les contestó el Intendente, ya cansado de los vecinos más rompequinotos.
—¡Vayamos a ver al cura! —dijo uno de ellos.
Y allí salieron todos. Decidieron concentrarse primero en Ituzaingó y Presidente Perón, ahí frente a la plaza. Querían que llegara más gente. Algunos aprovecharon para ir a buscar antorchas, otros vinieron con horquillas y rastrillos. ¡No sabían para qué! Pero decían que así presionarían a cualquier autoridad y le meterían miedo, fuera de la tierra o del cielo.
Luego de juntarse una cantidad importante de vecinos, salieron con sus antorchas, horquillas y rastrillos, caminando en multitud a hablar con el cura.
—Usted tiene que hacer algo. ¡Para eso es el cura! —le dijo un vecino luego de que lograron hacerlo salir tirando pedradas a la casa parroquial.
—¡Podían haber tocado el timbre! —les recriminó el cura.
—¡Díganos qué va a hacer! —le gritó otro, exaltado.
—¡Soy un simple cura! ¡No sé! Les puedo dar algún consejo...
—¡Tiene que celebrar una misa para que se vayan de una vez! —le dijo un vecino de La Unión—. ¡Allá por Sol de Oro nos tienen locos! ¡Andan como mil dando vueltas día y noche!
—¡Y encima se te meten por todos lados! ¡Atraviesan las paredes como nada! ¡Uno ya no puede tener intimidad! —agregó otro al que se le había metido un fantasma en el baño.
Un canillita (que nadie sabía si estaba vivo o muerto, porque ya casi no hay) aprovechó el barullo y gritaba: “¡¡Compre La Palabra!! ¡¡Excelente artículo sobre la crisis de los fantasmas en Ezeiza!!”.
—¡Bah! Debe ser mentira lo que dice ahí. ¡Qué le vas a creer al Director del diario si se la pasa escribiendo sobre muertos! —gritó uno del fondo.
—Bueno, está bien. Voy a celebrar la misa que quieren. ¡Pero no les garantizo el resultado! Pasado mañana a las ocho de la noche.
Dicho esto, el cura se dio media vuelta y entró a la casa parroquial enojado, y sin saludar a nadie.
Y al fin llegó el día en que se celebraría la misa. El cura, con mucha tranquilidad, se dirigió con sus objetos litúrgicos hacia el altar para preparar todo. Sorpresa se llevó cuando se encontró con la iglesia llena a las seis y media de la tarde.
No más ingresó al templo, dio media vuelta y volvió a la sacristía asustado.
—¿Ya son las ocho? ¡Pensé que eran las seis y media! —le dijo a su ayudante mientras miraban el reloj.
—Nooo. Son las siete menos veinte. ¿Por qué?
—¡Está la iglesia llena! ¡Estos locos se vinieron antes! —insistió el cura.
El ayudante se levantó de su asiento en la sacristía y fue a ver. Se asomó y...
—¡Pero, Padre...! ¡No hay nadie! —le dijo mientras miraba si el cura no se había tomado antes todo el vino Mistela que guardaba en la sacristía.
Ambos se asomaron y...
—¡Pero no los ves! ¡Está llena! —insistió el cura.
—¡Yo no veo nada! —insistió a su vez el monaguillo.
Ambos se miraron y sin decir palabra comprendieron la situación.
—¡Se me llenó la iglesia de fantasmas! ¡Por favor, señor, ilumíname! —expresó el cura elevando su mirada al cielo.
Y fue así. La iluminación llegó un instante después que la había solicitado. Recordó una ceremonia que realizaban los mormones.
—¡Eso es! ¡Los voy a amenazar! ¡Gracias, Dios! ¡Sabía que no me abandonarías!
Ya más calmado y con mucho aplomo, salió el cura al encuentro de los que llenaban su iglesia.
—A ver, a ver. Díganme, ustedes. ¡¿Qué andan haciendo por acá?¡ ¡Allá arriba deberían estar! ¡Y no acá abajo! ¡Cada cosa en su lugar, señores y señoras! —les recriminó el cura con mucha autoridad.
Los fantasmas se miraron sorprendidos por el aplomo del cura. ¡No se había asustado ni un poquito!
—¡Y por qué nos vamos a ir si no queremos! —dijo uno del cuarto asiento.
—¡Así que no quieren, eh!
—No queremos —insistió uno del primer banco.
—¡O se van, o los sello a todos! —les gritó el cura.
Los fantasmas se miraron sin entender con que los estaba amenazando el sacerdote.
—¿Qué va a hacer qué? —gritó uno del fondo.
—¿Se acuerdan cuando se casaron? “Hasta que la muerte los separe”, les dijo el sacerdote. Bueno, ahora voy a hacer algo más. Los voy a unir por toda la eternidad. ¡Un casamiento eterno!
—¿Quéééé? ¿Cómo? ¿Qué dijo?
Se miraban sorprendidos los fantasmas.
—Usted no puede hacer eso. ¡Yo fui seminarista y no hay ninguna ceremonia de ese tipo! —gritó el fantasma seminarista.
—Sí se puede. Un mormón me enseñó cómo hacerlo —le contestó el cura.
El fantasma seminarista reflexionó y recordó que había estudiado que los mormones hacían eso.
—¡Sí, puede! ¡Tiene razón! ¡Puede hacerlo! —gritaba horrorizado.
—Y ahora empiezo. ¡Se van! ¡O los sello a todos! —insistió en voz alta el cura.
—Sí, ¡sí! ¡Yo quiero que me selle! —gritaba una fantasma del fondo, que nunca se había casado.
Entonces se acabó la calma que habían mantenido hasta ese momento y se armó un revuelo de aquellos. Muchos gritaban desesperados tomándose la cabeza. Otros corrían de aquí para allá chocándose entre ellos y contra las paredes.
—¡Pero si hasta nos olvidamos que podemos atravesar todo! —gritó uno, mientras traspasaba la pared para correr hacia el cuartito de Alcohólicos Anónimos.
Otro corrió hacia el cuarto que da a la calle Ituzaingó y comenzó a girar en círculo agarrándose la cabeza.
—¡Noo! ¡Noo! ¡Vayan hacia arriba! ¡Para el costado nooo! ¡Para arriba! —les gritaba el cura que, desesperado, veía que salían corriendo para cualquier lado menos adonde debían ir.
Algunos, al observar la indicación del cura, armaron una torre de fantasmas tratando de llegar lo más alto posible.
—¡Ay, Dios mío! ¡Encima son burros! —se lamentaba el cura mientras los veía armar la torre.
—Por favor, Diosito. ¡Que se produzca el milagro! ¡Pero ya! —imploraba el sacerdote mirando al cielo.
Y el milagro se produjo. Una luz segadora descendió del cielo y atravesó el techo de la iglesia llevándose uno por uno a los fantasmas que, aliviados, sonreían como quien se salva de un naufragio.
Se hizo el silencio. Parecía que todos se habían ido.
—¿Y, padre? ¿Qué pasó? ¿Se fueron? —le preguntó el monaguillo.
—Parece que sí. Ya no hace falta la misa. Se terminó.
Después de aquel día, las apariciones disminuyeron drásticamente. Sin embargo, muy de vez en cuando se manifiestan, unos por Suárez, otros por Spegazzini.
Tiempo después, alguien se dio cuenta de que muchos de los que volvían nunca se habían casado. Es más: muchas veces los veían en pareja. Por ejemplo, a una fantasma se la vio radiante con un fantasmo, a la vera de la 205, y también se vieron fantasmes en yunta. ¿Estará bien decirles así, con esto del lenguaje inclusivo?
En fin, hay espectros inmunes a la amenaza del cura. Y, bueno, hicieron como fantasmas lo que no pudieron hacer como vivos.

(*) Es autor del libro Cuentos (2009), integrado por las historias “La moneda mágica”, “Mariana” y “La verdadera historia de Gaspar”.

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Los volantes de la calle... y el destino


Por Hugo Alberto Panza (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini

Ese día era su franco. Tenía tiempo, y Javier decidió aprovecharlo para pagar algunas facturas. Pensaba cruzar la estación de Ezeiza por el paso bajo nivel y dirigirse al Pago Fácil del Correo. Caminaba por la calle Ramos Mejía, y ya cerca de la estación, comenzaron a ofrecerle volantes de propaganda.
Pero ese día no estaba de humor. Quién sabe por qué, pero estaba haciendo un repaso de su vida, y no la encontraba interesante. ¿Acaso quería engañarse a sí mismo? “La frase exacta debería ser: no soy feliz”.
Tenía 28 años y estaba solo. Ni esposa, ni novia, ni hijos ni nada. Sólo había tenido una novia, unos meses, cuando tenía 20 años, y nada más. Pero lo cierto es que el gran amor de su vida había sido Claudia, esa compañera de secundaria a la que nunca le había confesado su amor. ¡Cuánto la había amado! ¡Cuánto!
El semáforo dio luz verde a los peatones, y comenzó a cruzar la Ruta 205 caminando hacia la estación. Fue en ese momento cuando leyó, en uno de los volantes que le habían entregado, la frase:

VE POR FRENCH

Se detuvo sorprendido en la vereda de la estación mirando el volante, mientras decenas de personas apuradas, lo esquivaban.
“¡¿Qué clase de propaganda es esta?! —se preguntaba—. ¡¿Cómo puede decir ‘Ve por French’ un volante de propaganda?!”.
Trató de descubrir quién se lo había dado mirando hacia el otro lado de la ruta, pero la verdad es que no había prestado la debida atención. Muchas personas estaban entregando volantes. ¿Cuál de todas había sido?
El volante lo había intrigado, y sin saber por qué, cambió de opinión y, en lugar de cruzar por el bajo nivel, decidió dirigirse hacia la barrera. Luego de cruzar las vías, y ya caminando por la vereda de la plaza, decidió comprarse un paquete de garrapiñadas en un pequeño puesto. Comenzó a comerlas inmediatamente, mientras se dirigía al Correo. Cuando llegó, encontró un cartel que decía:

NO HAY SISTEMA

“¡Será posible! —pensó—. ¡Seguro que no hay sistema en ningún Pago Fácil!”.
Resignado, comenzó a regresar, y llegando a la calle Presidente Perón, se le acabaron las garrapiñadas. Estaba por tirar la bolsita a un tacho de basura, cuando descubrió que en su interior había un papel muy pequeño. Cuando lo leyó, no podía salir de su asombro.
“¿Qué está ocurriendo?”, se preguntó.
La nota decía:

POR PRESIDENTE PERÓN, A LA DERECHA

Miró hacia el puesto de garrapiñadas, pero éste ya no estaba.
Estaba totalmente confundido. Parecían notas dirigidas a él, como si alguien le indicara por qué calles debía circular. Pero, ¿quién podría imprimir un volante sólo para él, o introducir una nota en el fondo de una bolsita de garrapiñadas sabiendo que la compraría? Nada tenía sentido, nunca le había ocurrido algo así.
¿Y ahora qué? ¿Seguiría las instrucciones?
“¿Por qué no?”, pensó.
Caminó por Presidente Perón. Hacía calor, era un día de sol, y cuando llegó a los bancos con sus mesas de cemento ubicados bajo los árboles de la plaza, decidió hacer un alto. Alguien había dibujado con tiza, en la mesa, una bandera.
La observó bien.
“Sí, es la de Panamá. Seguramente alguien la copió desde aquí, mirando la Plaza de las Américas”, pensó Javier.
Se levantó, y continuó su camino por Perón, siempre mirando las banderas. Ya muy cerca de ellas, prestó atención a la de Panamá. Siguió con su vista el mástil y pudo ver a una mujer sentada a su lado.
“¿Conozco a esta mujer?”, se preguntó.
¡Sí! ¡Era Claudia! ¡Hacía años que no la veía! No lo dudó un instante, e inmediatamente se acercó a ella.
—¡Claudia! ¿Cómo estás? ¿Te acordás de mí?
—¡Hola, Javier! ¡Tanto tiempo! ¿Qué hacés acá?
—Hoy es mi franco, salí a caminar porque está lindo el día. Pero, decime, ¿qué fue de tu vida? ¿Te casaste? ¿Tenés hijos?
—¡No! ¡Estoy sola! Salí a caminar, y los chicos que reparten volantes me llenaron de propagandas. ¡Todas muy raras! ¿Y vos?
—Estoy solo, también. ¿Querés caminar un rato? —dijo Javier, guardando los misteriosos volantes en el bolsillo de su pantalón.
—Vamos —le dijo Claudia, mientras ella guardaba los suyos en la cartera.
El sol brillaba más que nunca. Las banderas flameaban, recortándose su figura, en un hermoso cielo celeste.
Los corazones latían. Y la vida... apuraba el paso.

(*) Es autor del libro Cuentos (2009), integrado por las historias “La moneda mágica”, “Mariana” y “La verdadera historia de Gaspar”.

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