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La Orquesta de Alitas Vibrantes

Por La Dedos Negros | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch


Con los dedos cada vez más negros —haga de cuenta que escribo con pluma y tinta—, me embarro en estas cuitas sonoras. 
El “covicho” se llevó vidas y, además, vivencias y expresiones: la sonrisa y la identidad detrás del barbijo. La memoria: estás a cinco cuadras de tu casa y te apiolás de que no te pusiste el tapabocas. La sociabilidad se escondió dentro de la tecnología. La seguridad del transeúnte se asemeja a los años del Proceso: toque de queda, documentos si te sentás en la plaza. Codazo en vez de abrazo, y así las cosas, porque es prioritario cuidarnos la salud entre todos.
La quietud hizo del campo un prado de orégano fragante. La fauna se animó a entrar en las casas con toda su humanidad y cornamenta. En Londres, los zorros esperaban en la vereda el verde del semáforo para cruzar a Piccadilly Circus, al tiempo que en nuestros pagos la Asociación Protectora de Animales de Ezeiza tuvo récord de adopciones. Es como si el Covid-19 hubiese encarnado la canción “Un día Baltazar” de León Gieco. 
Pero, realmente, ¿todos los insectos y los animales salieron tan rápido de sus escondites? 
“Que por mayo, era por mayo, / cuando hace la calor, / cuando los trigos encañan / y están los campos en flor, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor”, dice el español Romance del prisionero, que la profesora Alejandrina me hizo aprender de memoria en segundo año. 
Cierto: la calor llegó temprano... pero la Orquesta de Alitas Vibrantes tardó en hacerse escuchar. 
Las esperé durante semanas, como ese colectivo que nunca viene. Tal vez me querían decir algo estas sabias cultivadores de la paciencia, que permanecen entre trece y diecisiete años bajo la tierra antes emerger.
La otra tarde, al fin, las chicharras se hicieron oír en mi jardincito y recordé que, tarde o temprano, todos volveremos a tener ganas de cantar.

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Los siete duendes del ombú

Por La Dedos Negros(*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini


Hasta no hace mucho tiempo conmovía al viajero que iba en tren de Ezeiza a El Jagüel la gallarda presencia de un ombú solitario en la pampa, en el campo ubicado a la izquierda. Se lucía erguido en un terraplén que servía de sombrilla a las vacas practicantes de alpinismo. 
En el ombú de Sotelo vivían siete duendes payadores. Amigos de la rima, reyes de la improvisación y diccionarios vivientes de palabras, tenían los clásicos en la punta de la lengua. Los vecinos nos preguntábamos cómo lograban trepar hasta allí.
Bajo su fronda se armaban unas guitarreadas con duendes que venían de distintas latitudes. Todos querían medirse con nuestros trovadores.
Los duendes eran gordos como cerditos mini pig. Era raro no imaginar su caída de las ramas esponjosa, pero nunca se caían.
Eran como los Santos Vega de este pago. Se las arreglaban payando por turnos. Nunca faltaba un Juan Sin Ropa con ganas de torearlos. 
El tema es que un día el ombú no estuvo más. El pasto y las espinas también desaparecieron. Ocupó el lugar una construcción seca de esas que afloran de un rato para otro.
Dicen que lo mudaron a una esquina del terreno. Dicen que los duendes ya no payan tanto y andan tristes. Se separaron. Viven de a dos o de a tres. Payando unos atrás de la estación de Canning, otros en el Parque Central de Ezeiza, o en los ombúes de lo Spinetto. Desperdigados, continúan resistiendo aferrados a su canto improvisado e inspirado.

(*)Texto escrito a partir de relatos de vecinos, recopilados por la Junta de Estudios Históricos del Distrito de Ezeiza.

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La rabia de los murciélagos


Por La Dedos Negros | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini

El viento arrastra escamas de mariposas trasnochadas que todavía no enfilaron para California.
Como no se puede sacar el producto de la poda para su recolección, algún Nerón local incendia Roma... ¡Eh!, quiero decir: ramas.
Y a la noche: un olor feo. ¿Será para protegerse del mosquito dengue? ¿Será para ahuyentar otros animalitos nocturnos? ¿Querrán espantar fantasmas, malas ondas o un karma ancestral?
Hay rabia contenida en la zona, por las ganas y la necesidad de trabajar de los empleados acodados en el mostrador. Tan estresados como los que están en las áreas de salud y seguridad en esta cuarentena.
Hay rabia por los precios... por la crisis... con los rollos acumulados en la cintura... los contratiempos burocráticos. Y el rollo sería largo.
Hace unos días vimos ralear las plantas de calle Avellaneda que bordean el edificio municipal y las del Parque Central también. Parvas de hojas de palma y otros arbustos. Montañitas de prevención y miedo.
¿Será por los murciélagos? Ellos también tienen rabia. Vecinos: a cuidar lo que mastica el gato o el perro en su patio. “¡Y dale con los murciélagos! ¡Ni que estuviéramos en Wuhan!”, me dice una vecina de French.
Mejor me olvido de la rabia colectiva y me tomo una sopita. Tengo una muy rica que traje del súper chino.

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Sólo Abregú cortando el pasto


Por La Dedos Negros | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini | #FiccionesEzeicenses

Había una vez de las tantas que había...
Había... que salir a espiar casas en barrios enumeradas por duplicado, embocando preguntas justo a los que no eran de la zona. Entre agotador y divertido.
Un reino del revés en una república nomenclada a la sin ton ni son.
Hoy, esos fragmentos locos están juntos en una caja dentro de otra caja.
Y ahí, en ese mundo... ¡nosotros!
Vamos respirando sin filtro un silencio espeso como barro podrido. Ni las aves cantan de mañana.
Sólo Abregú cortando el pasto.
Una chica bruñendo el cajero.
Algún cazafantasmas flyteando.
Las costureras dejan sus cervicales pespunteando batas.
Los sedentarios dejan sus ojos secos en el frasquito de Netflix cada noche.
Todos, atorados de whatsapp.
Así como los zorros van al trotecito lo más panchos por Londres (bah, siempre estuvieron allí), también andan rondando las bondades y las miserias.
Los diez mil son un chiste que despierta una risa de payaso triste... Y si en vez de sillas... acorto la fila ¡aunque sea una o dos cuadras!
Médicos, policías, bomberos, trabajadores que viajan, colectiveros a la buena de Dios. O con poca protección.
Si precisás algo avisá, te dicen.
Preciso quien me alcance la medicación, responde alguno. Y nada.
Los partidos siguen… partidos, en un rompecabezas donde no encajan las piezas.
Siguen en cartelera. Denuncian. Se pronuncian. Alinean sillas.
Las aves siguen en silencio.
Y los zorros patrullan Londres como los verdaderos dueños de esta caja llamada planeta Tierra.
Los médicos siguen a full. Como los colectiveros, los voluntarios, los cortadores de pasto, los recicladores... casi como si nada.
Y eso no es poca cosa.

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Sorpresa para Chiki en el Día de Reyes

Por La Dedos Negros | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses


A la perra Chiki no le daban ni cinco de atención. Los dueños la tenían tirada en la calle, a la intemperie. Se volvió experta en calores y heladas, lluvias, comer tierra, ser el plato favorito de cuanta pulga y garrapata anduviera por ahí. Candidata a la erliquiosis. De castrarla... ni hablar.
La buena y fiel Chiki se pasaba el día entero mirando desde la (digamos) vereda. Miraba con ojos de corazoncito a su (digámosle) madre de dos patas (es un suave eufemismo ante tanta maldad hecha persona).
Fue en la cuarta o quinta vez que tuvo cría. Los guareció donde mejor pudo: una alcantarilla con un mullido colchón de tierra y suaves pelitos lanudos de invierno. Ahí armó la cuna de los seis perritos. Como toda perrita que se deja abandonada en la calle, era madre soltera. Ratas, ratones, cucarachas, lagartijas y lagartos la acompañaron como padrinos y madrinas en su pesebre donde brillaba una estrellita. Esa estrellita era el rayo de luz del extremo del caño.
El caso es que se vino la tormenta. Esos tormentones que hubo en noviembre. “¿Y mami Chiki dónde está?”, se preguntaban los proteccionistas, devotos de Santa Clara, San Francisco de Asís, San Roque y San Martín de Porres. (A los proteccionistas les gusta el anonimato. No son santos. A veces... se le parecen. Pero hay que verlos cuando se les despierta el instinto asesino. Como cuando se enteraron que un hombre adoptaba en distintos refugios a cachorros para alimentar a su boa. La boa es un animal digno de respeto, pero no para tenerla en Lomas de Zamora y darle de comer otras mascotas. Alguno fantaseó con colgar al Señor de la Boa de la boa...).
Con la tormenta chispeando y haciendo comer tierra por el viento, de pronto la estrellita de Belén se apagó para Chiki.
Unas proteccionistas (o unas cotorras, tal vez) le apagaron la luz con el tamaño de su corporalidad y, reptando por el caño, pusieron a salvo a sus hijitos, uno a uno. Pero Chiki se pegó tal susto que no quería salir.
Vuelta a cortarse la luz: esta vez fue un decidido bombero voluntario que tapaba el extremo de la alcantarilla y logró rescatar a la mami hacendosa.
Fueron a vivir con otra persona desaprensiva, y entonces, los hermanitos pasaron de seis a cinco. Encontraron otro hogar de tránsito donde por fin crecieron muy bien. Fueron dados en adopción a distintas familias. Hay noticias de tres. (Ya los proteccionistas están pensando en contratar un detective para lograr tener noticias de los dos cachorros restantes).
Este lunes 6 de enero, Chiki encontró algo en su zapatito: la magia del Día de Reyes se hizo presente y fue adoptada. Familia responsable, casa bien cercada. Y la pidieron cuando ni se la había ofrecido. Les nació del corazón, porque Chiki tiene esa gracia divina de ayudar a despertar buena onda.
(¡Por favor, humanos, déjense de jorobar: si no quieren a sus mascotas, mejor no las tengan y cómprense un peluche!).

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Habitantes de otro planeta

Por La Dedos Negros | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses

Tres de nuestros personajes más queridos del pueblo se marcharon en tres estaciones distintas. Dejo mi testimonio para recordarlos al pie del andén regido por el dios Cronos.
INVIERNO. Este invierno se nos fue Carlitos. El frío habrá dado su última estocada y nos escamoteó la bonhomía de saber que siempre estaba por ahí. Abonado a unas baldosas en la vereda del Atlético Ezeiza, su lugar en el mundo se completaba con algún marco de ventana cercano donde hubiere sol o sombra, según la época y el estado climatológico, y un cuartito arriba de lo que era la cancha de bochas. Atento a todos los puntos cardinales, saludaba con los brazos pinochescos a casi todos, como político en campaña. Calculamos que hacía unos 40 años que Carlitos estaba aquerenciado en el club. Instalado definitivamente, unos años menos cuando se quedó sin familia: una tía que vivía por el fondo. Testigo sin opinión de bailes giratorios en la cancha de básquet, trifulcas en la esquina, mandadero oficial de Juanita. Saludamos con venia y cabeza de costadito al único habitante permanente de ese lado de la calle French.
VERANO. Gustavo nos dejó antes, en el verano. Su deambular era más reciente. Su presencia la imponía con alguna frase célebre que embocaba como una pelota al arco del pasante casual: “Hay que matarlos a todos” o “Están todos locos”. Y sus ojos grandes perforaban buscando otro par de ojos hasta encontrar respuesta, que surgía de corte fundamentalista, al uso nostro en las épocas que atravesamos. Era un Juan Botazo que amaba a los animales y al que le gustaban los dulces. La perra Pequi aún deambula buscando a su protector, husmeando las huellas de fuego y tratando de no quemarse los rubios bigotes.
PRIMAVERA. Hace unos días, de tanto sol se nos dio por la jardinería y dejamos todas las puertas abiertas para que el abrazo del pulpo amarillo llegue hasta la cueva de los ratones. Pastos, ramas y raíces secas, cambio de macetas, ¡qué lindos los nuevos brotes! ¡Viva la primavera! Suena el teléfono de línea. Atiende Jorge Luis Tomás Burgos  y escucho que habla con un poeta inglés. “Murió El Loco de la Cinta”, comenta Jorge al colgar y entorna agobiada su mirada por el peso del recuerdo. Tatá (como también le decíamos) ya tenía como cincuenta y pico, y parece que hace un ratito lo esquivábamos por los andenes, haciendo flamear una cinta, con su ecolálico arreo del aire en una sola rienda. Era un Upa eterno adherido a ese cordón umbilical, un pañaludo con alfiler de gancho sin su Patoruzú, al que siempre veremos entre las sombras de la ruta 205 y las vías.
CODA. En el pocito del compost va todo lo biodegradable, como esta Dedos Negros que escribe entreverando imágenes sepias y tierra gastada con el adiós a estos tres lindos que ya antes de fallecer vivían en otro planeta.

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