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La granja de pollos

Por Irasco Borrokatu | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


No suelo visitar Spega, pero el Samu se mudó a trabajar en una granja de pollos hace meses y no lo veo desde entonces. Hace veinte minutos bajé del tren; ahí viene él con su viserita ancha, anteojos de sol y una lata de birra en la mano.
―¡Qué hacé’, bigote! ―le digo entre sonrisas mientras lo abrazo.
―¡Qué onda, amigo! ―Me convida―. ¿Todo bien? Vamos, queda por allá.
Llegamos tras seguirlo tres kilómetros. Me dice de acompañarlo a recorrer los galpones a verificar que todo esté en orden antes de acomodarnos en la casa. Entramos al primero.
―¡Fa! ―quedo sorprendido al ver la cantidad de aves amontonadas.
―Son más de treinta mil ―se adelanta a contestarme mientras me da una lata que había abierto.
―Zarpado.
Caminamos entre el mar de pollos, Samu agarra uno que es mucho más chico que el resto y le da la cabeza contra un poste ahí nomás. El bicho muere instantáneamente y lo tira a un costado. Me quedo estupefacto.
―Tienen poco peso ―me dice como leyéndome la mente―, para la empresa no sirven, tengo que matarlos de una. Cuando termina la crianza y se llevan los pollos buenos, todos estos tenemos que acarrearlos hasta un rincón y darles con un palo y, después, al compost. Como dos mil por galpón. ¿Sabés cuántas familias comerían con eso? Y estos mugres nos hacen tirarlos “porque no sirven”
Se me cae la birra.
―¡Uh! Quedé regulando ―digo.
―¡Sos recusco! ¡Ja, ja, ja!
―Che, boludo, ¿cómo te da para hacerlo?
―Y... sabés que toda mi familia trabaja en granjas, ya me crie con esto.
―Claro ―digo y levanto la lata. La limpio.
―Ojo, igual al principio me daba cosa, como que no podía; pero llega un momento en que, cómo decirlo... te deshumaniza, amigo. Ya no ves animales, ves productos. Y si hacés algo mal, la empresa viene y pum, patitas a la calle, corta.
Terminado el recorrido, llegamos a lo del Samu. Él pone Callejeros y preparamos algo para comer.
―¿Qué te pasa? ―me dice al verme serio.
―Nada ―digo ultimando la birra―. Los pollos, vos, yo, esta lata ―la tiro al tacho―, somos descarte.
―Vos tomá y escuchá ―me da otra lata y señala el parlante que nos canta: Todos nuestros hijos van a poder comer y en nuestras almas va a dejar de llover...

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¡Callá las voces!

Por Federico Nieves | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Sabrina, incómoda, camina con su hermano Cristian por los Bosques de Ezeiza.
―¿Tomaste la medicación? ―dice Cristian.
―Sí, la tomé. Eso no quita que me sienta incómoda en este lugar, salame.
Cristian se frena y señala el río Matanza a unos metros.
―Vamos para allá, vemos el sol caer, te das tu relajante baño de bosque o como se llame y nos vamos.
―Pero esta parte es re turbia, boludo, ya está oscureciendo y mamá nos espera para comer.
―Daaale, cortamambo. “Último momento: zombis en los Bosques de Ezeiza se morfan dos personas” ―dice poniendo voz de locutor de Crónica TV.
Sabrina se encorva bruscamente sosteniéndose la cabeza a raíz de una puntada de dolor. Una voz en su mente le susurra: Los decepcionás.
Cristian se acerca a contenerla.
―¿Estás bien, Sa?
―Cris, me quiero ir ―dice ella, lo abraza por el cuello y cierra los ojos―. Las voces de vuelta, me está agarrando un ataque.
Este no es tu lugar.
―¿Cris? ―se sobresalta Sabrina al percatarse de que su hermano desapareció.
¡Lo arruinás!
Las voces se distorsionan. Las sombras de los árboles crecen mientras el sol es tragado por el río.
―¡Cristian! ―Sabrina gira en el lugar―. ¿Dónde estás?
Del río surge una figura oscura sobre una balsa. Rema guiada por un farol de fuego azul.
Lo tragó la tierra ―dice la figura—. Mamá los espera.
Sabrina mueve la mirada al suelo. Se tira a escarbar con sus manos donde un espiral en la tierra evidencia que algo fue tragado.
¡Nada de lo que intentás funciona! ¡Tus manos sólo lastiman!
Sus manos sangran y duelen, las levanta y las observa. De la tierra surge otra mano.
¡No se va a salvar! ¡Morirá!
La mano vuelve a ser absorbida por la tierra antes de que ella la sujete. Sabrina se incorpora y corre unos metros hasta una rama gruesa, vuelve y la usa para cavar. El pozo comienza a llenarse de sangre. De las manos, repletas de astillas, brota un río tinto que desciende por la rama. El último eslabón de la cordura se quiebra, las sombras y las voces se ríen de ella. Ante sus pies está el cuerpo destrozado de su hermano. Las sombras consumen lo último de la luz. Sabrina larga una carcajada cortada y resignada junto con las voces. Cae catatónica junto al cuerpo molido.

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Mirando al cielo

Por Federico Nieves | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch | #FiccionesEzeicenses


Esa mañana era especial. Ezeiza se plagaba de personas de todos los puntos del país para concurrir, como dijo mamá, a un hecho histórico.
Mamá me llevó con ella y sus compañeros de universidad al acto. Pasado el mediodía la columna de gente que caminaba por la Riccheri era colosal, una infinidad de banderas y carteles y cánticos a todas voces. Ya casi llegando al escenario escuché un altavoz. Distinguí “Váyanse” y como por arte de brujería el frente de la columna empezó a enloquecer y correr.
—Son tiros —anunció mamá a sus compañeros, mientras me alzaba upa y buscaba refugio detrás de un árbol—. Quedate acá, ya vuelvo —me dijo y salió corriendo.
Mi confusión se convirtió en terror: perdí a mamá de vista y vi gente llevando armas. Un señor de la edad de mamá cayó al suelo y gritó al tiempo que se agarraba la panza. 
Entré en pánico y salí corriendo sin pensar, sin siquiera mirar donde pisaba, hasta que choqué con una jaula de palomas que cayó y se abrió y los animales alborotados salieron a toda velocidad hacia el cielo. 
El golpe me hizo reaccionar y me di cuenta de que yo había quedado frente al escenario, donde un hombre me miró fijo apuntándome con un arma grande.
Me va a disparar, pensé. 
Congelado, volví la vista al cielo, deseando convertirme en paloma y salir volando de esa pesadilla. 
El grito repentino de mamá entre el barullo me dejó a la espera de un disparo, o de una salvación.

El relato está ambientado en el episodio conocido como la Masacre de Ezeiza. Tuvo lugar el 20 de junio de 1973 en el Puente 12, a diez kilómetros del Aeropuerto de Ezeiza, donde se enfrentaron sectores del justicialismo, en ocasión del regreso a la Argentina de Juan Domingo Perón luego de casi 18 años de exilio.

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