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Derivaciones del censo

Por Fernando Garriga (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch


Nos llevábamos bien en la cuadra, hasta que la mujer del censo pasó sólo por la vereda par. Tuvo tiempo de censarnos a todos, pero se fue. Se ve que no le tocaba. Los de la vereda de los números impares quedamos afuera. Ignorados por la estadística. Desconocidos. Sentíamos eso, que no nos habían invitado a una fiesta, de algún modo cívica. Algo que ocurre cada diez años. Empezamos a preguntarnos en el grupo de whatsapp y se confirmó: excluidos los impares. Claro, los distintos. Los no pares. 
Lo primero fue hacer un segundo grupo de whatsapp: impares, por supuesto. Ahí nos pusimos al día de las cosas de los otros, los censados. Que uno es ñoqui del municipio, dicen y el hijo del otro anda vendiendo marihuana, porque tiene plantas. Las diferencias que pudiera haber habido entre nosotros, los impares, fueron olvidadas. Nunca un perro le ensució el canterito al otro, ni las hojas del árbol de uno le taparon la rejilla a otro impar. Al fin y al cabo compañeros unidos por el bien común que, en este caso, como era el ejemplo que bajaba de las más altas jerarquías, se resumía a: 

Destruyan a los de la vereda de enfrente.

La primera acción la tomé al otro día. A plena luz. Sentía el aliento impar. Me espiaron, tras los visillos, cruzar tierra de nadie. Sentí la responsabilidad de ser el pionero, de asumir sobre mis hombros el peso de la acción que, al fin y al cabo, es el de la historia. Crucé la calle hasta la casa de los Tito, mirá vos qué apellido. Me paré frente a la puerta y, con cuidado, despegué la estampilla del censo. Orondo me di la vuelta y la pegué en mi portón. ¡Aguante impar! 

(*) Escritor y paisajista, tiene publicados cuatro libros: Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019).

Esto No Está Chequeado | Sección no basada en hechos reales | Cualquier semejanza con la realidad es mala puntería | Contacto: ezeizaediciones@yahoo.com.ar

Fernando Garriga | Recibió el 1° Premio Municipal 2016-2017 de CABA en literatura, con su libro de cuentos “Continuidad de la obra”

Garriga se formó como escritor en los talleres literarios de Hugo Correa Luna y Mónica Sifrim. Reside en José María Ezeiza donde se dedica además al paisajismo y la jardinería. LA PALABRA lo entrevistó para hablar sobre la obra ganadora, conformada por diecisiete relatos, escritos desde una mirada contemporánea, con un lenguaje nítido, ambientes que enriquecen las ficciones y personajes llenos de matices. 

Por José María Marcos | La Palabra de Ezeiza | Jueves 27 de enero de 2022


El escritor Fernando Garriga (1964) ganó el 1° Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires en la categoría Literatura Cuento Édito Bienio 2016-2017, con su libro de cuentos Continuidad de la obra que fue publicado en 2016 al obtener el tercer Premio de Literatura José Luis de Tejeda 2015 de la Municipalidad de Córdoba. Daniel Jorge Divinsky (SADE), Eduardo Álvarez Tuñón (SEA), Yamila Begné (Academia), Mario Manuel Méndez (GCBA) y Cristian Omar Acevedo (GCBA) fueron los jurados que decidieron el importante galardón para este autor, quien también tiene editados los libros Escuela para ciegos (2013), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019), además de contar con la publicación de cuentos suyos en diversas antologías y revistas de Argentina y España, y ser colaborador de La Palabra de Ezeiza en la sección literaria “Esto no está chequeado”. “Haber ganado el primer premio de la Municipalidad de Buenos Aires es el sueño del pibe —señaló Fernando Garriga en diálogo con LA PALABRA—. La respuesta tendría que terminar aquí, pero como soy un poco compulsivo y verborrágico, sigo: soñé mucho con ese premio. El que va y deja los seis ejemplares de su libro para participar del Premio Municipal de CABA, sueña con eso. Reconforta. Es uno de los premios más importantes de la Argentina. Este reconocimiento, además del natural orgullo que uno pueda sentir por ganarlo, implica un compromiso, un aliciente para seguir produciendo obra. A veces, a los escritores que trabajamos de ‘otra cosa’ (como casi todos), nos cuesta mucho mantener la continuidad de un proyecto ya que estamos tomados por la cuestión diaria que es tan estresante y se empeña en obstaculizar nuestros tiempos mentales de escritura. El premio tal vez ayude a ordenar un poco la salvaje economía y, a lo mejor, ayude a borrar las excusas perezosas que uno antepone para ‘no escribir’. Es mucha la felicidad, por otra parte. De todas maneras, no hay que encandilarse, el prestigio no viene con los premios sino con los libros. Borges decía que su orgullo eran los libros leídos, ni siquiera los que él había escrito”. Garriga se formó en los talleres literarios de Hugo Correa Luna y Mónica Sifrim, además de haber cursado parcialmente la carrera de Letras (UBA). Reside en José María Ezeiza y, habiendo estudiado Floricultura (UBA), se dedica también al paisajismo y la jardinería. Tras conocerse su premio, hablamos con él del libro Continuidad de la obra, conformado por diecisiete relatos, escritos desde una mirada contemporánea, con un lenguaje nítido, ambientes que enriquecen las ficciones y personajes llenos de matices.
—¿Cuál fue el puntapié inicial de Continuidad de la obra? ¿Qué cuento escribiste primero? ¿Cuándo lo diste por concluido?
—Los cuentos fueron escritos entre 2011 y 2014. El cuento “Continuidad de la obra” fue el primero. Es casi una novela. Considero que casi todos mis cuentos en realidad son novelas cortitas. Hay devenir de los personajes. Hay aprendizaje, crecimiento, tal vez perdición. El cuento está basado en la sensación de haber visto las esculturas de Lidia Juárez, una escultora cordobesa. Conocí su obra cuando ella ya había fallecido. Su viudo y el hijo, que no era hijo del viudo, se desprendían lentamente de las últimas piezas que les quedaban con una mezcla de amor, de dolor, de bronca y odio y otra vez amor. Era como si se arrancaran jirones de ella de la piel, de la memoria. Pero volviendo al cuento: “Continuidad de la obra” es la historia del hijo ciego de una escultora que murió. La viveza del muchacho y su ayudante, Francesca, está en que siguen esculpiendo obra. Falsifican la obra de la madre y la venden a coleccionistas como si fuera auténtica. No se desprenden de nada. Se divierten. Los ciegos, a partir de haber leído Informe para ciegos, de Ernesto Sabato, fueron un tema para mí. De hecho, mi primer libro se llamó Escuela para ciegos. Me gusta narrar desde alguna capacidad diferente. Se trata de lo que un ciego puede ver, un sordo puede oír o un parapléjico andar. Ante la imposibilidad existe siempre la búsqueda de alternativas. Si hay un incendio y las puertas no se abren, existen las ventanas. A veces escribir es plantear un buen incendio y ver qué pasa. Los otros cuentos del libro provienen de distintas búsquedas. El conurbano, mi zona actual, Ezeiza, es el escenario natural de estos cuentos. Hay digresiones: “Messi malísimo”, por ejemplo. El libro comienza con un cuento que escribí después de todos: “Tres evangelistas”. Este relato preconfigura la temática que luego inspiró la escritura de mi libro Las invasiones ranqueles según mamá, publicado en 2019. No sé qué es lo que hay que hacer para que un libro funcione. Es cosa de ellos, de los libros, digo. Uno escribe y suelta. Botellas que se tiran al mar del universo. Pienso que existen por su propia fuerza. Algunos son necesidad, otros, reacción. Cada uno tiene su momento y su lector. Los escritores no podemos hacer nada para manipular eso, aunque muchos hagan morisquetas en las redes hasta el hartazgo. 
—¿Tu libro tiene relación con “Continuidad de los parques” de Julio Cortázar?
—Sí, tiene relación, por supuesto. Un homenaje a Cortázar que significó tanto para mí en la adolescencia. Tiene relación con la continuidad de la realidad en la ficción, al menos como escenario. El título del cuento conlleva ese divertimento, esa intención de hacer resonar algo, para quedarse en los reverberos, en los armónicos, que también son parte de la música.

CONTINUIDADES | “Ser artista es un modo de mirar y una necesidad de expresar” 

—En el libro dejás constancia de tu agradecimiento a Hugo Correa Luna, Ezequiel Bajder y Mónica Sifrim. ¿Qué significaron a la hora de la escritura?
—Siempre intento ser agradecido. En esa tríada habría que agregar a Jorge Consiglio, a Adriana Chiatonne y a Martín Sancia. Pero, bien, Mónica Sifrim fue mi primera maestra. La encontré a los 45 años cuando empecé a escribir de nuevo. Ella siempre renegó de ese título, pero me gusta valorar eso de quienes coordinan talleres literarios. Cuando hay material, un maestro se hace cargo de lanzar esa nave al espacio. Implica trabajar en la cabeza del que escribe. En el nacimiento de la escritura, donde se define voz, tonalidad, atmósfera y resonancias. Hay que tener en cuenta que cualquier escritor cuya literatura está viva, está siempre comenzando un nuevo ciclo, una nueva búsqueda. Así que todos los días se pueden encontrar maestros. Incluso en las lecturas. No hay adónde llegar. Sólo buscar, de eso se trata. Cuando estábamos en el taller con Mónica, a veces deteníamos el trabajo y yo empezaba a contar alguna anécdota de mi vida en Ezeiza o de mi infancia. Ella decía que esas historias eran divertidas, que escribiera sobre eso. Vio el material. Muchos de los cuentos de Continuidad, reflejan el trabajo que hice con Mónica. Ahora que gané el premio dice que va a hacer una fiesta. Vamos a ver si invita. A lo de Hugo Correa Luna caí por recomendación de Jorge Consiglio. El cuento que le llevé para ver si me aceptaba en su taller fue, justamente, “Continuidad de la obra”. Hugo fue increíble. Un tipo que le hacía bien a todo lo que tocaba. Un escritor gigante que respiraba, comía y se bañaba en literatura. Un iluminado que, además de ser maestro, me honró con su amistad. Falleció en agosto de 2020, algo que todavía no supero. Hasta el último día leímos sus escritos por zoom. Fue uno de los tipos que más me impulsó a seguir. Le debo mucho. Una apostilla: cuando publiqué Cumpleaños en la isla y Continuidad de la obra, Hugo publicó Los árboles. Él también se presentó al Premio Municipal y pensé: “Si va este, no lo gano ni loco. Si es un maestro”. A Ezequiel Bajder lo conocí en lo de Hugo. Fue mi compañero de taller desde 2012 hasta 2020. Después seguimos juntos en un taller auto coordinado o gestado. Ezequiel es un erudito, un tipo altamente leído al que tengo allá arriba por su modo de leer, por su modo de divertirse escribiendo. Vamos a cumplir diez años de trabajo juntos. Es un genio. Adriana Chiatone se incorporó a nuestros encuentros y los tres somos muy felices. Practicamos la amistad, nos leemos. Ezequiel y Adriana son, además de escritores, editores. De hecho, Adriana Chiatone junto con Mónica Sifrim y Eduardo Gómez, son los editores de Cienvolando, en donde en 2016 publiqué Cumpleaños en la isla. Sólo quiero agregar que es muy importante compartir el camino de la escritura. No es el acto solitario que todos suponen. Hay que hacerse de una red de amigos y maestros para curtirse y evolucionar.
—En el cuento “Continuidad de la obra” los principales protagonistas son el hijo ciego de una famosa escultora (Raquel Marchesse) y la ayudante de la madre, Francesca. Los acontecimientos suceden en una antigua construcción en Villa Pueyrredón, a la sombra de los resplandores de una época de gloria extinta. Hay cierta imposibilidad de los personajes de cerrar una etapa. Están en un espacie de pausa, emulando objetos del pasado en esa vieja casa chorizo. ¿En cuánto el arte puede nutrir a la vida y en cuánto puede ahogarla? ¿En cuánto la vida puede nutrir al arte y en cuanto puede ahogarlo?
—Es una coordenada, ¿no? Ejes cartesianos; el arte que producimos es un punto en ese gráfico que a la vez es tridimensional, porque el otro eje, el que sería el del espacio o el tiempo, es el lector. Sin lectura no hay hecho artístico posible. Arte y vida no son opuestos. Se complementan. Ser artista, sencillamente, es un modo de mirar y una necesidad de expresar. Una sensibilidad. Un poco, con esta pregunta, podemos contestar la de la “Continuidad de los parques”, eso que te decía de la realidad colándose en la ficción de los relatos. Hay que saber que en física toda fuerza provoca una reacción y, por lo tanto, las influencias entre arte y vida o realidad y ficción, no son unívocas.

MEDIO AMBIENTE | “La hegemonía de nuestra especie está terminando con el equilibrio que implica la biodiversidad”


—Arañas, bacterias, hormigas, vacas se vuelven de pronto en personajes importantes en los relatos. ¿Somos conscientes, como especie humana, en cuánto moldean nuestra realidad las demás especies que conforman parte del planeta?
—No son mascotas. Son seres que viven con nosotros. Son nosotros. De ahí en más, la sensibilidad se cuela en los relatos, como en las fábulas. Tengo un jardín al que llegan pájaros. Inclusive aves acuáticas. Las conozco porque repiten las visitas. Mis tres gatos las miran con ojos que piensan, diría el poeta Francis Picabia. Disfruto de cada animal, de su personalidad, de su carácter. Hoy en casa, además de pájaros, peces y gallinetas, conviven con nosotros tres perras, dos gatos y una gata, yo diría que en un plano de igualdad familiar. Aunque los peces son medio ausentes, debo decirte, un poco fríos a la hora de interactuar. Y con esta última idea creo que puedo empezar a contestarte la pregunta. La gracia de nuestro planeta es la biodiversidad. A eso le llamaría Dios. La hegemonía de nuestra especie está terminando con el equilibrio que implica la biodiversidad. Es igual que en la economía, la hegemonía de los ricos y poderosos hace que la riqueza esté muy mal distribuida. El 1% posee el 90% y el otro 10% se reparte desigualmente entre el 99% restante de las personas. Con la ecología es lo mismo: los humanos poderosos dejan para el 99% de las especies, el 10% de la diversidad posible. La consecuencia es el calentamiento global, las inundaciones, la extinción anunciada. El concepto oriental de que el acto que ejerzo sobre otros o sobre el medio ambiente, se espeja sobre mi persona, es absolutamente cierto. Estamos ante situaciones de karma instantáneo. No da para más. Y si me preguntás cuál es la solución, te diría que mejor la dejemos en manos de los bosques, de la regeneración de la diversidad. Las lombrices, como especie, tienen más posibilidades de influir en la salvación del mundo que nosotros, como especie. O si no, que opinen las comunidades originarias. Los koguis de Santa Marta, por ejemplo. Sólo hay que escuchar. Saber no intervenir. Nuestra presencia es violencia. Somos los que pudrimos todo, mejor que nos hagamos a un lado. Como esas cumbres sobre el cambio climático: los poderosos que pudrieron todo están buscando una solución. ¡Por favor! Ahora el agua cotiza en bolsa. Y la envenenan porque siguen buscando oro. Vuelvo a decirte, no da para más.

LA PRESENCIA DE LA REGIÓN |  “Toda literatura implica un viaje”

—En los relatos se nota la presencia de la región (José María Ezeiza, Monte Grande, la autopista, la cárcel, la colectora, el barrio Montana, El Jagüel, Cresta Roja, Camino Negro, el arroyo Santa Catalina). ¿En cuánto aportaron estas locaciones y cierta idiosincrasia?
—A veces provoca una sonrisa la pretensión de pintar el conurbano. Me imagino que la voz de la gente retratada debe ser invento, como las voces en el Martín Fierro. ¿Vos creés que hablaban así? Pero hay una clave: Hernández inventó un mundo con un lenguaje propio que funciona para ese mundo. Por eso lo aceptamos. No importa la verdad, sino el funcionamiento. El relato, qué concepto tan en boga últimamente. Las locaciones, entonces, en las que se sitúa mi literatura, la región, como vos decías, es por donde me pasa y me pasó la vida. No pretendo pintar ninguna aldea, sólo escribir algún que otro cuentito, si se puede. ¡Sí, se puede! 
—En “La muchacha que no calla”, una extraña mujer sale de un arroyo, comienza una relación sombría y cruel con un jardinero y el barrio, y luego, sale de escena. ¿Cuántas cosas nos trae y se lleva el tiempo sin que podamos hacer nada? 
—De todo quedan cicatrices. El tiempo es como el aire o el agua: nos envuelve. Flotamos, lo suponemos lineal como le suponemos valor al dinero. La memoria es la marea, siempre trae y siempre lleva. Así que respecto a eso, no podemos hacer nada más que vivir aquí y ahora. Por otra parte, sí, la relación con el barrio y los vecinos es inquietante. Hasta violento. No poder hacer nada, respecto a lo que pasa, es violento. La meditación es una llave: aceptación, desapego, impermanencia. La realidad nos es impuesta como un relato. La historia y la moral también nos son impuestas. El significado de las palabras. Por suerte, la rebelión existe en el lenguaje. El habla está viva, sigue reglas y las rompe. Se inventa, se reinventa, se mata y se renace. Todo está ahí. La lengua, como el tiempo, trae consigo huellas del pasado y las palabras pronunciadas vuelan hacia el futuro que, al ser nombrado, es producido, comienza a existir. Intuimos las consecuencias. Nada es inocente en la lengua. Nos es necesaria y estructural. Al margen de esta digresión, puedo decirte que el jardinero de “La muchacha que no calla” es un tanto bestial en el trato hacia la muchacha que aparece en el barrio. Todo el barrio es brutal. A mí, qué querés que te diga, me resulta estremecedor. 
—En el cuento “Tres evangelistas” el narrador cuenta el viaje de “Olivos a Ezeiza” para visitar al amigo Abel, “que se había tenido que mudar tan lejos”. Naciste en Coghlam, viviste en varias ciudades y pasaste tu infancia y adolescencia en Olivos. Luego en Coghlan, Flores, Luján, entre otras localidades, y ahora estás radicado en Ezeiza hace varios años con tu familia. ¿Tiene algo de autobiográfico este relato? ¿Cuán lejos quedó Olivos hoy, después de tantos años?
—Toda literatura implica un viaje. Una conversión. Pasar de un punto a otro implica transformarse. Porque ese que soy, a medida que va leyendo, es transformado por la lectura. El sólo paso del “tiempo-espacio” (de la historia que leo) produce una transformación. A cada “palabra-segundo” ya no soy el mismo. ¿Por qué querría serlo? Olivos, además de mi infancia, fue dejar atrás la memoria de la dictadura del 76, la construcción cultural de una derecha con pretensiones aristocráticas. El colegio privado, parroquial, lleno de conceptos y prejuicios medievales. Verdades aristotélicas, españolas, imperiales. Deserté de todo eso: desperté. Distintos proyectos me llevaron de aquí para acá. Ahora mi vida se está transformando y escribir empezó a ser el proyecto central. Lo bueno es que puedo hacerlo en cualquier lugar. De Olivos a Ezeiza y más allá. “Tres evangelistas” tiene, claro, algo autobiográfico. Igual que Las invasiones ranqueles según mamá, igual que muchos de los cuentos de Continuidad. Es divertido inventarse biografías. Fijate en Instagram, en Facebook. Sólo gente feliz. Nadie tiene problemas en el trabajo, con las drogas o con el alcohol. Nadie está deprimido ni toma pastillas. Nadie es machirulo. Los poetas retorcidos, sufrientes, pervertidos no existen. Todo es cool, todo está bien, nadie quiere ser cancelado. Sonreímos desde la foto de perfil como si fuéramos los de esa foto. Pretendemos parecer agradables, contamos la cantidad de amigos, las interacciones. La soledad no existe. El vacío no existe en las redes. Es un tanto ridículo. Para lo que más sirven las redes, es para atrapar peces y convertirlos en pescados. Para ese vacío, en cambio, es muy recomendable la escritura. Inventar biografías, como en las redes. Los libros no pierden la señal ni se les acaba la batería, igual que el chiste. Pueden ser vistos todas las veces que se quiera. No llevan la cuenta. Ahí están, esperan. Son la telaraña tejida.
—Un personaje (Herbert, el alemán) aparece en el cuento “Salsa o chimi (Un cuento con varios finales felices)” y luego en el “Epílogo: Herbert”, que cierre al libro. Se trata de un hombre común, casado, empleado en una fábrica, con sueños y deseos, que a la hora de contraponerlos con la realidad lo dejan un tanto maltrecho. ¿Qué pensás de los anhelos secretos que mueven a las personas y al mundo?
—Está bien lo de los anhelos. Cuanto más lejos estamos de concretarlos más secretos son. Pero, ojo: hay que trabajar por esos sueños. No sólo soñarlos. “Mereces lo que sueñas” dicen los cartelitos que decoran las casas. Así de tú, en otro idioma, casi. Meritocracia al palo. Por eso te digo, hay que darle y darle todos los días, levantarse más temprano, quedarse hasta más tarde. Lo que sea. No es que sea sacrificado. Es lo que hay que hacer. Soñar no cuesta nada. Trabajar sí cuesta, pero hay que hacerlo. Primero hay que saber soñar, después se trabaja por ese sueño. Y se trabaja fuerte y constante. No es trabajo, en realidad. Lo hacemos aunque no nos paguen. A eso se viene al mundo. A trabajar en esos sueños. Triste es no tener anhelos. O soñar nada más que con cosas materiales. Eso no es progreso, nos vuelve densos, rígidos como una piedra. Es más linda la sutilidad ¿no es cierto? Respecto a la inspiración, alguien, no recuerdo quien, dijo: “Si la inspiración llega, bueno, que me encuentre trabajando”.

ALGO DE FÚTBOL | “Messi malísimo”

—Tenés un cuento titulado “Messi malísimo” donde el narrador, Baltasar, recuerda el día que se cruzó con el jugador en el fútbol de inferiores y todo lo que imagina a partir de aquel encuentro. ¿Qué relación tenés con el fútbol? ¿Con Maradona, con Messi? ¿Por qué pensás que estas figuras calan tan profundo en tantas personas? 
—Mi relación con el fútbol es una relación equivocada: me crié en Olivos y soy hincha de Banfield. Hay algo bastardo en eso. Tengo cero fútbol. Cero. De casualidad conozco el nombre de algún que otro jugador. Hoy ni sé quién es el director técnico. Me hice de Banfield en los ochenta, cuando se fue a la B (una costumbre que el club tiene, que por suerte, últimamente viene esquivando). No era de ningún equipo y un amigo del trabajo (fui bancario por seis años) que era fanático, siempre me decía que yo tenía que ser del Taladro. Debía estar llorando por descender. Así que como consuelo, lo llamé y le dije: “Palo, desde ahora soy de Banfield, para que no digas que estoy sólo en las buenas”. Y cumplí. Seguí siendo del Taladro. Pero qué poca alegría, ¿no? Messi y Maradona andan en distintas naves espaciales, viajan por distintos universos, a distinta velocidad. Maradona fue mi adolescencia. Comunicaba cosas, el tipo. Mensajes cifrados, señales. Te llegaba al alma. Sabía leer perfectamente la violencia del poder. Murió solo, cuando nadie lo esperaba. Le exprimieron todo el jugo. Algo lo entristecía, tenía una herida adentro. Messi es otra cosa, una maquinita, comunica menos, pero qué bien juega. Ahora se lo juzga, un poco, al Diego, por algunas cosas feas. Yo no soy digno de juzgarlo o más bien “lo juzgo tan eterno como el agua y el aire”. No es casualidad la cita al viejo Borges (no vaya a enjuiciarme la viuda por lo que voy a confesar): los nombres de todos los personajes del cuento “Messi malísimo”, los jugadores, la hermana, todos, son los mismos nombres de los juegan también en las páginas de Borges.

EN MARCHA | Una novela casi japonesa

—¿Qué proyectos tenés en marcha?
—Este año, con suerte, sale publicado mi quinto libro:  Una novela casi japonesa. Va a salir en ediciones Salta el Pez. Trata de unos japoneses que cuando termina la guerra, La Segunda Guerra, se vienen para Argentina. El chico perdió a su madre, la mató un aviador norteamericano. Crece. Madura. Se casa. Tiene una hija, Kumi Isabel, que es malévola y a la vez divina. Estos japoneses se van volviendo argentinos. Son seres algo extraños, o están narrados desde cierta extrañeza. La novela cierra con una apostilla o agregado: la historia del aviador que mató a la madre del niño. Japoneses y norteamericanos se encuentran sin saberlo en Argentina; concretamente, en el Jardín Japonés. Hay que ver lo que sucede con ese encuentro. La acción sucede entre 1943 y 1973. Pretendo continuarla, hablar de los hijos y de los nietos y bisnietos y tataranietos. Va a ser divertido. Por lo menos para mí, hay que ver qué dicen las lectoras y lectores. Por otra parte, tengo terminados dos libros más que pretendo publicar. Uno se llama La desmesura: un niño cuadripléjico realiza viajes astrales y aparece en los sueños de los habitantes del pueblo. El pueblo está ubicado en la zona que llaman núcleo, rodeado de campos de soja. El libro describe la vida de ese pueblo: una cantante, un borracho, el intendente, los chicos, un maestro de karate, el abuelo y la abuela del chico cuadripléjico. Aparece también una ex pesista olímpica, Nadia, que se enamora de un tipo que se llama Santiago y es enano. También narra la historia de una perra, Bunda, y la de un ternero y la de un pez naranja. El tercer libro es de relatos. Tal vez su nombre sea La risa de las hormigas. Tiene historias variadas. Un abuelo que se enfurece por la música en la quinta de al lado y agarra la escopeta. Un tipo que se mea encima, en una fiesta. Un herrero que fabrica un arma casera para matar al cuñado. La vida de tres obesos, uno trabaja en la Chacarita y está enamorado de una compañera de trabajo en el crematorio. Otro hace inversiones online y vive en San Telmo. La tercera obesa es Berenice, que trabaja en una casa de repuestos en Warnes y está de novia. Otro cuento ocurre en un bar de la calle Brasil, en Constitución. Hay un gato que se deja acariciar: un homenaje a Jorge Consiglio que, en “Diagonal sur”, homenajea al cuento “Sur” de Borges. Una carambola de billar. Acabo de darme cuenta de que Borges aparece un montón en esta entrevista.

TALLERES. Fernando Garriga dicta talleres individuales y grupales (virtuales). “Todo es bueno para escribir, o para empezar. Me gusta dar talleres y trabajamos proyectos. Ojalá pueda convertirme en la mitad de maestro que fueron mis maestros, Mónica y Hugo. La gente que viene parece contenta. Yo siempre pido más. Pido trabajo. Que sueñen y que trabajen”. Le pueden escribir al email fergarriga@gmail.com, o contactar a través de las redes sociales Instagram y Facebook.

Entrevista a Fernando Garriga | Entre Vidas

El escritor Fernando Garriga —radicado en Ezeiza— fue entrevistado en el Ciclo En Casa, en el canal Entre Vidas TV de YouTube. Recomendamos este mano a mano y el espacio cultural impulsado por Mauro Yakimiuk.

Secuestros en tiempos de pandemia

Por Fernando Garriga (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Digital Snatch


No puedo dar nombres.Tengo familia y temo por ellos. Pero la historia es cierta, ocurrió  en Ezeiza y la narraré tal como me fue referida por gente de los suburbios adonde a veces recurro para mis investigaciones.
El día de su secuestro, el conocido almacenero E fue llevado encapuchado a una cámara secreta. El aguantadero era parte de una obra de alcantarillado y, por la erosión de las lluvias, se había ido formando una cueva a la que se accedía alzando una boca de tormenta, que me privo de decir en qué esquina queda. Sólo diré que es por la calle Lamadrid, cerca de la rotonda nueva, llegando a Canning. 
La negociación para el pago del rescate fue llevada adelante por un delincuente de alias Sifón, altamente conocido en el bajo mundo por resonantes robos. Del otro lado del teléfono fue la madre de E quien quiso llevar por sí misma y con hidalguía las negociaciones.
Los secuestradores comenzaron por pedir un millón a lo que la madre casi se muere primero de incrédula risa y luego de furia, vaya descaro. Pidió una prueba de vida: grabaron un video en el que aparecía E con los ojos vendados y el diario La Palabra de Ezeiza de ese jueves. 
Al tiempo, las pretensiones de los malvivientes franquearon descendentemente la barrera de los cincuenta mil pesos. La madre de E seguía negándose. Alegaba que un almacén no da para tanto. Al final se pusieron de acuerdo en una pieza de jamón, media de mortadela, un cajón de cerveza y dos paquetes de aceitunas. La madre de E se negó a entregar descarozadas y puso de las comunes.
La liberación de E llegó tras el pago del gastronómico rescate. Sano y salvo abrazó a madre y a tíos. 
Lo que narran los sorprendidos secuestradores es que el teléfono que fue usado para las negociaciones volvió a sonar esa misma medianoche. No atendieron pensando en que podía tratarse de una emboscada policial. Sin embargo escucharon un audio en el que la ofuscada voz de la madre de E, tras insultarlos, les reclamaba la devolución de los envases de cerveza. 
Así de peliagudas están las cosas con esto de la pandemia. 

(*) Escritor y paisajista, tiene publicados cuatro libros: Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019).

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Cuando el río suena

Por Fernando Garriga (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini


¿Un cuento ezeicense puede ocurrir en el Delta? No lo sé. Es que me encanta el Delta del Paraná. Hubiese querido vivir ahí, pero, bueno. Cada tanto alquilo una casa, en la Isla. Intenté pescar con mi hijo. Quedamos en que devolvíamos el pez al agua. Un bagrecito, en ese caso. Los dos eran chiquitos, mi hijo, el pez. Una emoción la de ver la línea que se movía. Le hice sentir el pique cruzando la tanza entre índice y anular. Me supuse alto pescador. Parecía feliz, mi hijo. Recogimos el sedal. Era una línea de fondo. Traía un bagrecito. Lloraba o gruñía. Ese sonido que hacen los bagres. “Cuidado las aletas”, le advertí, porque tienen esa púa que pincha en el costado. Sufría, el pescadito. Se había tragado el anzuelo hasta el fondo del estómago. Ni modo de quitárselo. Por poco que lloraba. Cinco tenía mi hijo y me miró con esa candidez acusatoria con que los niños señalan las tantas contradicciones de ese mundo de espanto que llamamos la vida adulta. Se rompió el anzuelo adentro del estómago del pez que rebotó en los tablones del muelle retorciéndose de dolor, hasta que cayó al río. Nos quedamos mirándonos y fuimos a guardar las cañas. Suficiente. No ocurrió en Ezeiza, pero somos ezeizanos. El pez, no, pero, seguramente, ha muerto.

(*) Escritor y paisajista, tiene publicados cuatro libros: Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019).

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La garza en el estanque

Por Fernando Garriga (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini


Los que tienen niños chicos, tienen problemas chicos: los que tienen hijos grandes, problemas grandes. Claro que los problemas surgen de eso, del concepto de tener. En mi caso, yo tengo problemas de estanques. Es decir, los que tenemos estanques, tenemos problemas de estanques. Estanques chicos, problemas chicos; estanques grandes, problemas grandes. Los peces anaranjados nadaban libres dentro de sus limitaciones. ¿Quién cuernos puede ser libre del todo en este mundo? Ni qué hablar en estos tiempos pandémicos. El tema es que esa cantidad de peces nadaba moderadamente libre en el estanque grande, entre rocas y nenúfares y algún que otro loto. Entre camalotes que florecen lilas en verano. Allí nadaban se supone que felices o al menos auténticamente “pecificados”, calculo. El tema de los mundos maravillosos es que siempre atraen predadores. Se quejan los que tienen negocio y los de los campos de más de dos mil hectáreas. ¿Por qué no puedo quejarme yo, que tengo estanque? En este caso mi problema se trató de una Garza mora. Vino una mañana y me pareció preciosa. Volvió a la tardecita y a la mañana siguiente. La cosa es que se morfó todos los peces. La caniche le tenía miedo. Ni modo de espantarla. Debe medir un metro, posada, su imagen reflejada en el agua mucho más grande que la esculturita del Buda. Sólo se echaba a volar cuando yo aparecía gesticulante y a los gritos. Recién ahí, elegante, lerda y parsimoniosa, alzaba el vuelo, la garza, no sin antes echarme un graznido que significaba algo así como: “Pelado vigilante, dejá a la naturaleza seguir su curso”. Bueno, el punto, es ese: me quedé sin peces y ella ya no viene más. Oportuno, por lo acuático y garcezco, nos parece, entonces, citar a Garcilaso de la Vega:

Hermosas ninfas, que, en el río metidas, 
contentas habitáis en las moradas 
de relucientes piedras fabricadas 
y en columnas de vidrio sostenidas;

agora estéis labrando embebecidas
o tejiendo las telas delicadas,
agora unas con otras apartadas
contándoos los amores y las vidas:

dejad un rato la labor, alzando
vuestras rubias cabezas a mirarme,
y no os detendréis mucho según ando,

que o no podréis de lástima escucharme,
o convertido en agua aquí llorando,
podréis allá despacio consolarme.

Nada que el tiempo no pueda remediar. El agua quieta refleja el mundo. Yo espero, garza que me hiciste mal. A veces lo bello puede ocultar lo trágico: me he comprado un arco y flechas.

(*) Escritor y paisajista, tiene publicados cuatro libros: Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019).

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Así de malo era Cristóbal

Por Fernando Garriga (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini


Evaristo y Cristóbal eran hermanos.
Evaristo era bueno. Trabajaba de cartero en un correo privado que hacía entregas por la zona de Las Toscas. Además ayudaba a la madre con la casa: con plata, o remedios. También hacía los arreglos hogareños.
Cristóbal, en cambio, andaba como los vampiros. Odiaba a la sociedad. Era un inadaptado. Le robaba plata a la madre y siempre tenía novias que abandonaba cuando se embarazaban. Había estado preso una o dos veces, Evaristo no sabía qué hacer para enderezarlo: cada día era peor. Salía de estar preso y le gritaba a la vieja hasta hacerla llorar. Incluso, le robaba la plata del sueldo del correo a Evaristo, porque sabía que la guardaba en el bolsillo de adentro de la campera azul, en el ropero.
Después vino la cuarentena y todo cambió. Ambos se quedaron en casa junto a la madre. Compartieron tiempo, tortas fritas y largas charlas. Evaristo le contó que tenía mucho miedo (era un poco hipocondríaco) de contagiarse el virus. Que por eso tomaba tantas precauciones: alcohol en gel y spray con lavandina. Cristóbal lo escuchaba y a su vez le contaba cuentos de la cárcel. Evaristo nunca lo había visto tan tranquilo. No fumaba, no tomaba. Parecía haberse vuelto evangelista. Aprovecharon para limpiar el frente con la hidrolavadora. Sorprendía ver a Cristóbal con la pala carpiendo el jardincito. Parecía como si la cuarentena lo estuviera volviendo bueno. Lijaba la reja y todas las noches los hermanos cocinaban algo rico para ellos y para la viejita.
El problema fue cuando a la semana declararon al correo actividad esencial. Evaristo tenía miedo de morir. No quería salir de la casa. Se había acostumbrado. Cristóbal lo convenció de que, como eran parecidos y tenían que usar barbijo, nadie en el correo se iba a dar cuenta si él lo reemplazaba. A Evaristo le pareció bien porque le parecía una oportunidad de comprobar si su hermano realmente se había vuelto bueno y, además, tenía mucho miedo de enfermarse. Cristóbal le dijo que se quedara tranquilo, que él no le tenía miedo a nada, ni siquiera a la policía, así que por qué iba a arrugar con un virus de morondanga.
Un día, empezó a repartir las boletas de la luz que hubiera tenido que repartir su hermano. Hacía lo más bien el trabajo. Lo único distinto era que escupía los sobres antes de meterlos en los buzones para —si se daba la casualidad de que estuviera enfermo— se contagiaran todos. Así de malo era Cristóbal.

(*) Escritor y paisajista, tiene publicados cuatro libros: Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019).

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Extraterrestres en la cuarentena | Teorías conspirativas


Por Fernando Garriga (*) | Esto No Está Chequeado | Ilustración: Tomassini

Después de tantos días de cuarentena y sin ya saber qué reja pintar de su casa de la calle Chaco casi Racedo, Julio se dedicó a pavear en internet. Se encontró con un montón de teorías sobre una próxima invasión de aliens. Disimulando su presencia entre las nubes, al final se dejarían ver: venían, decían los videos, a ayudarnos a arreglar los problemas de este mundo porque la humanidad estaba entrando en la Era de Acuario. Que Bill Gates era el más malo de los malos. Que los poderosos tenían granjas de niños esclavizados a los que les chupaban la sangre y otras cosas. Que la red 5G nos hervía las neuronas y unas cuantas cosas más que Julio no llegaba a comprender muy bien del todo.
Los artículos recomendaban la meditación tipo budista para hacer contacto. Se trataba de civilizaciones avanzadas.
La cuarentena abrumaba a Julio con tanta soledad. Ni siquiera recordaba el rostro de su hijo, quien vivía a una cuadra pero, como trabajaba en el Hospital, debía aislarse de él, que estaba entre la población de riesgo por ser mayor de edad. Le traía, una vez a la semana, una bolsa con la comida y los remedios. Se la alcanzaba con un palo sin abrir la puerta reja. Ese era todo el contacto que Julio tenía con el resto de la humanidad además de Víctor Hugo en la radio y en la tele.
Fue tanto su fervor de contactar extraterrestres que el día que se oyeron algo así como trompetas en el cielo, se convenció de que al fin habían aparecido. Se vieron luces en el descampado próximo a la Escuela 25. Nubes de humo que algunos distraídos atribuyeron a la fumigación del dengue. No se sorprendió entonces, Julio, de ver aparecer de entre ese humo una encorvada silueta de ojos grandes y arrugado cutis. Sus manos de largos dedos se movían lentamente como si quisiera pedir ayuda. Pensó que tal vez algo le había salido mal en el viaje a la criatura celestial, o en el aterrizaje. La hizo pasar, le ofreció mate cocido y abrió el último paquete de bizcochos Don Satur para ofrecerle. Tenía unos ojos tan enormes que en ellos se reflejaba toda la cocina.
Cerró puertas y ventanas. No quería compartir su hallazgo con la chusma que eran los vecinos. Tampoco con esa gente que había aparecido por la calle y entre las nubes de insecticida llamaba: “Abuela, ¿dónde estás abuela?”. Explicaban a todo aquel que quisiera oírlos: a las seis de la mañana la abuela había salido para cobrar las diez lucas de la IFE y no había vuelto a casa.

(*) Escritor y paisajista, tiene publicados cuatro libros: Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019).

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Con mi amigo Daniel nunca se sabe

Por Fernando Garriga (*) | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses

Claro que con mi amigo Daniel, todo se complica siempre. Es que vive en París y viene nada más de vacaciones. Generalmente en agosto, que es cuando allá entran en receso; todo al revés, hasta el verano, incluso. Y viene en tren de joda. Quiere salir a tomar cerveza, a comer medialunas con dulce de leche a las tres de la mañana. Porque está de vacaciones. Y nos acompaña a nuestros trabajos, a nosotros, que somos sus amigos. Porque quiere ver qué hacemos y qué no hacemos. Por ejemplo el otro día quedamos de comer asado en casa pero antes acompañó a P. a ver un trabajo. Una locación para hacer una película de cine. P. trabaja de eso. De buscar locaciones. Y, bueno, resulta que van a ver un lugar que es una excavación de no sé qué cuernos. Y P. le tiene miedo a los perros así que después de hablar lo que tenía que hablar con los ingenieros de esa excavación, se metió rapidito en el auto, no fuera cosa. Pero a mi amigo Daniel, que no le tiene miedo a nada, se le había metido en la cabeza que ahí, en esa excavación, tenía que haber restos de dinosaurios. La cosa es que pasa entre los perros y le dice al encargado: “Acá tiene que haber huesos de dinosaurios” y el encargado va y le dice que sí, que había algunos, que se los llevara. No te digo. Daniel es increíble. Encontró huesos de dinosaurios, lo que a la gente le lleva una vida. Se trajo uno, petrificado. Grande. Como un metro tiene. No se lo puede mover si no es entre tres personas. Te impone respeto, calculo que es un fémur. Mi hermana que no lo ha visto pero le gusta opinar, cree que debe ser de megaterio. Daniel se volvió a París hace unos días, ya. No lo puedo quitar del sillón yo solo. Por eso te digo que con él siempre se complica. Nunca un vino, un haute medoc, un queso brie, por ejemplo. O un perfumito para mi hija que es su ahijada. Nunca nada. Un hueso, nomás, de como media tonelada sobre el sillón del living. No se puede. Es difícil de sentarse con el coso ese cruzado. La perra a veces lo lengüetea un poco, pero se nota que le da asco. Así estamos. Veremos qué sucede el agosto que viene, con Daniel nunca se sabe.

(*) Escritor y paisajista, tiene publicados cuatro libros: Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019).

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Viajes en el tiempo desde calle French

Por Fernando Garriga (*) | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses

Estación Ezeiza. Plaza. Calle French. Dos jubilados. Uno con la boina sobre los ojos harto de escuchar al primero que repite lo de siempre: “Para la humanidad, los viajes en el tiempo son sencillos”. En este caso a mí me lo dice, que justo pasaba. “Viajar a lugares que estén a años luz de distancia es una nimiedad”, agrega el viejo. La explicación es algo complicada. Incluye una nave grande y autosustentable. Un plantel de hamsters que al correr en sus ruedas generan energía eléctrica, un plantel de cerdos que además de chorizos y bondiolas nos dan, con sus pedos, gas. Y gente, por supuesto. Gente con capacidad de procrear. Muchas familias en la nave grande. Científicos con toda la información del mundo para fabricar remedios y resolver problemas: miles de bits de información que hablan sobre cómo reparar la nave o cómo curar las plantas. Porque un sector de la nave es para las plantas que sirven para alimentar a los cerdos y a su vez para renovar el oxígeno. “Una nave sustentable”, repite el viejo. El otro, el de boina, el que está harto del primero, menea la cabeza con gesto de fastidio. “Porque gracias a las plantas, en el período carbonífero, la atmósfera se volvió respirable. De no haber plantas la vida no sería posible. Por eso las plantas son tan necesarias. Además de servir de alimento para nosotros y los hamsters que hacen girar la rueda de la electricidad”. “¿Pero cómo se atraviesan los años luz?  Son muchos años recorrer un año luz”, digo. “Familias enteras”, contesta el viejo. “Los que llegan son los hijos de los hijos, los nietos de los nietos. Con este sistema la humanidad puede llegar a cualquier parte del espacio, se tarde un siglo o se tarden diez”.
El de la boina levanta la cabeza y dice: “Eso no es ciencia ficción, eso ya está inventado”.
Lo miro sin entender.
“La nave es el planeta Tierra; nosotros, las familias. Los animales, animales; y las plantas, plantas”.
“Siempre me arruina el final del chiste”, se queja el primero.
Hay un sol tibio en la mañana. Ya hay cola en el Banco Provincia y los de la heladería levantan la persiana. Se escucha el tren. La gente se apura, no deben llegar tarde a sus trabajos. La Tierra gira.

(*) Escritor y paisajista, tiene publicados cuatro libros: Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019).

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Perros que van y vienen

Por Fernando Garriga (*) | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses


Vivo en la calle Racedo y tengo un problema: se me escapan los perros. No puedo tenerlos en casa y les da por irse de paseo. Generalmente vuelven. Ahora tengo una marrón que rescaté de la calle. Esa sí que una loca: se va y no sabe volver. Le escribimos el número de teléfono en el collar y la gente que la encuentra nos llama. Funciona como si tiráramos una botella al mar: sorprende hasta donde llega el mensaje. Aparece en Monte Grande. Es mucho de ir a los shoppings, la perra. Le gusta Las Toscas o el Canning Design. Se ve que en otra vida fue, no sé, consumidora compulsiva.
Supe tener un perro que se llamaba Tekila. Era marrón también, y grandote. Y se escapaba. Claro. Era un galán. Vino el vecino y me dijo que le había entrado a la casa y que había estado con su perra que tenía atada. Que atara al mío, dijo. Que yo no tenía derecho. Que si no lo hacía, me atuviera a las consecuencias. Pero para mí sencillamente no existe perro atado ni pájaro enjaulado.
La cosa es que al tiempo la que se escapó esta vez fue la perra del vecino y vino a instalarse con el mío. Fue romántico. Les puse agua y comida y estuvieron encerrados en el galpón dos o tres días. Vino el vecino y preguntó por su perra, y yo —algo que lamentaré de por vida— me hice el canchero y le dije que sí, que estaban pasándola bomba.
Me lo envenenó, el hijo de puta. Yo sé que fue él.

(*) Escritor y paisajista, tiene publicados cuatro libros: Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019).

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Misterios ezeicenses

Por Fernando Garriga (*) | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses


Fabricio perdió una zapatilla el otro día cuando vino de visita y se quedó a dormir; las había dejado en el lavadero porque había pisado barro. Pero a la mañana siguiente, domingo, no estaban. Bah, no estaban, no: había una sola. Culpamos a los perros. Pero estuvieron adentro, si duermen con nosotros. Recorrimos el jardín de pe a pa. Miramos los canteros, bajo el auto, detrás del lavarropas y atrás del escritorio. Nada. No estaba. Tuvimos que prestarle unas crocs que le iban grandes. No supimos. Un misterio, de tantos que ocurren.
Pasó el tiempo: una semana o más. La Escuela Media N° 1 queda a unas seis o siete cuadras de casa. Mi hijo iba caminando y, de golpe, con esa costumbre que tienen los adolescentes de andar por las veredas pateando cosas, patea la zapatilla de Fabricio. Quedó azorado, parecía estar contemplando los aparecidos restos de un naufragio o una momia inca. ¿Cómo podía ser que apareciera a tantas cuadras de casa?
Un perro que entró por los tantos agujeros del alambre, supusimos. Porque ladrones no tenía sentido, salvo que fuera uno rengo. ¿Por qué no puede haber ladrones rengos? Igual la zapatilla estaba bastante baqueteada. O sea: el misterio de la desaparición se tornó en el misterio de la aparición. Por suerte Fabricio, que no es rengo, no había tirado la otra con la esperanza de que, bueno, apareciera la perdida. Un tipo positivo, como quien dice.
Quedará entre esos raros misterios que a pocos les importan. Hay cosas más trascendentes que nunca se resuelven. Crímenes peores. Desapariciones: Oriel Briant, por ejemplo. O gente que se ahoga sola, en Bariloche, rodeada de gendarmes. Así somos. Igual buscamos testigos. Alguien que haya visto un perro con una zapatilla en la boca. O a un ladrón rengo que tomó la equivocada. Necesitamos saber quién anda en nuestro lavadero.

(*) Escritor y paisajista, tiene publicados cuatro libros: Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019).

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Las palmeras de Uruguayana y Brandsen

Por Fernando Garriga (*) | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses


En la esquina de Uruguayana y Brandsen hay un negocio con dos palmeras hermosas, tan altas que llegan a los cables. Cerquita, en una casa al fondo de un terreno largo, viven Rocío y Jonás. Rocío tiene pesadillas por las noches. Sueña con unos monstruos parecidos a perros o lobos rabiosos que caminan como humanos en dos patas. Tienen ojos rojos y echan fuego por las fauces babeantes y hediondas, y la quieren morder. Jonás la despierta porque llora dormida. La abraza y le dice que los monstruos no existen. La secuencia se repite: ella sueña que huye y esos lobos lanzallamas la persiguen para matarla. La voz amada de su Jonás la salva atravesando la membrana que envuelve en su burbuja a los que sueñan. Y así todas las noches. Ella, una vez despierta, mira sin saber quién es ni dónde está. Jonás pregunta: “¿Pero, qué estabas soñando?”. Es tan horrible lo que sueña y tan lindo Jonás, que mejor acurrucarse contra su pecho y olvidar. Una noche soñó que se quemaban un bosque. “Ya. Tranquila, mi amor. Es un sueño nada más” dijo Jonás acariciándole el cabello. En ese momento el perro del vecino dio un aullido triste, como cuando hay difuntos. Después se escucharon los bomberos. Jonás salió a ver. Los vecinos estaban consternados porque las dos hermosas palmeras se habían prendido fuego. Y como tocaban los cables, se cortó la luz. Jonás medio con miedo porque le pareció sentir unos jadeos en la oscuridad, fue y se acurrucó contra Rocío. Informó del incendio afuera: “Sí, las palmeras, ya lo sé. Te lo había dicho” contestó ella que ni se había movido de la cama; después se dio vuelta y se quedó dormida. Las palmeras están allí, cualquiera puede verlas en la esquina de Uruguayana y Brandsen al frente de un negocio de comida para perros, qué casualidad. Se les aprecia todavía la marca de los fuegos aunque hayan podido, por suerte, volver a brotar.

(*) Escritor y paisajista, tiene publicados cuatro libros: Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019).

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Los mil y un modos de llorar

Por Fernando Garriga (*) | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses

Hay una señora que vive al lado de una casa velatoria, casi sobre la ruta 205. Tiene la costumbre de sacar la silla a la vereda para, con grandes anteojos, observar los mil y un modos de llorar que tiene la gente. Porque los hay, como los hay de reír, de palmear la espalda, de caminar y de estornudar. Hay quien llora, despacio y contenido, sin ganas de ser visto. Hay otros que actúan su llanto como si se tratara de una obra de teatro en la que los demás son meros espectadores del dolor más grande de todos los dolores. Hay gente que necesita de otra gente para llorar: la abrazan y le dejan moqueadas las solapas. Hay otros que se apoyan en una pared para que nadie los vea porque asocian el llanto a una necesidad fisiológica. Los hay remilgados que arrugan pañuelitos. En fin. Los niños rara vez lloran en los velorios. Se impresionan con los muertos. Además no han perdido todavía la capacidad de comunicarse con espíritus. Los ven sin ningún problema. Esta vecina que digo, con su casa que linda con la velatoria, en su catálogo de experta, sabe distinguir perfectamente el llanto constipado y fingido de los/las amantes de aquel que proviene de un dolor verdadero. Ve en las caras de primos lejanos el deseo de los buitres. Asiste impertérrita a discusiones susurradas sobre inmuebles y otras propiedades. Ya bien lo dice el tango: “Cuando manyés que a tu lado se prueban las pilchas que vas a dejar...”. Hay otros que lloran con odio, con ganas de descargar piñas y patadas. Más de una vez la señora se despertó sobresaltada por golpes en su puerta a cualquier hora. Lo que no termina de aceptar, nuestra señora, es esa costumbre de ahora de interrumpir el velatorio y dejar al muertito solo hasta la mañana en la que se reinicia todo. Sucede que a veces, cuando quedan solos, los muertitos lloran lágrimas de arena. La vecina los escucha, pared de por medio. Son quejidos de tela, goteos apagados, como un deslizarse de orugas.  Por la mañana recrudecen los llantos. El clímax se alcanza cuando se produce el traslado. Entre velorio y velorio la señora aprovecha el aburrido tiempo libre para barrer la vereda. Se pregunta si existirán otros modos de llorar o es que ya conoce todos. Pone cara pícara cuando piensa que en su propio velorio, por el modo de llorar, va a poder deducir exactamente el sentimiento de cada uno. Lo que no sabe es si ella misma va a llorar lágrimas de arena cuando por fin se quede sola.

(*) Escritor y paisajista, tiene publicados cuatro libros: Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019).

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Travestismo vegetal

Por Fernando Garriga (*) | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses

Los árboles a veces se miran entre ellos con recelo. Porque no es lo mismo ser casuarina que eucalipto, fresno o liquidámbar. Es que algunas especies vegetales desarrollan métodos reproductivos súper eficientes: ponele, los ligustros o las moras. Con el tema de que meten la semilla en la caca de los pájaros, logran brotar por todas partes. Son plaga odiada por los jardineros.
A su vez, los autos y los frentes de las casas quedan hechos un asco con las cagarrutas de las palomas que comieron moras y frutos de ligustro. Cuando encuentro así el parabrisas, puteo hora y diez minutos. Al ver en el vidrio el tornasol entre blanco y morado de la caca de paloma pienso en dos cosas: la primera, si no es algo personal que la paloma tiene en contra mía. La segunda: nunca más tomo helado sabor frutos del bosque.
Pero a lo que iba es a otra cosa: a los fresnos por ejemplo les gusta mucho estar en grupete. Igual que los álamos. Charlan de sus cosas, se polinizan en lentas orgías que duran la primavera entera. Miran volar su polen hacia la dispersión total. Compiten, como todos, por la luz, por el espacio. Así es la vida.
En la calle Racedo, frente al campo de deportes de un colegio, hay una larga fila de paraísos. Son árboles originarios de la India, con frutos algo venenosos y flores blanco liláceas de aroma delicioso. Se ve que las casuarinas los envidian. Sobre todo por lo bello de sus flores y por el nombre y porque provienen de la India y porque con eso andan dándose corte, estoy seguro.
Resulta que, junto a la puerta de entrada de la cancha de rugby de ese colegio, existe el primer caso de travestismo vegetal. Cualquier lector de esta columna puede ir a comprobarlo per se. Hay una casuarina que quiso ser paraíso. Se la ve muy oronda, erguida, creciendo sobre el tronco de un paraíso añoso. ¿O será que el paraíso quiso ser casuarina y un día brotó así?
Vaya uno a saber: en este país todo sucede. ¿O acaso ya una vez no asistimos a la situación de un ministro peladito que se volvió arbusto? (1)

(*) Escritor y paisajista, tiene publicados cuatro libros: Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019).

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(1) Nota de la Redacción: en agosto de 2017, el ministro de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, Sergio Bergman, se sacó una foto disfrazado de árbol y desató una catarata de memes y chistes en las redes sociales.

Los deseos de la fuente

Por Fernando Garriga (*) | Esto No Está Chequeado | #FiccionesEzeicenses

Pocos ezeicenses saben que lo último que ve la moneda cuando vuela hacia la fuente es el pulgar hacia arriba de la mano que la impulsó, igualito al Me gusta del Facebook o al de Argentinos a Vencer que aparecía en la tele cuando la guerra de 1982. Pero no nos distraigamos con mis cosas de abuelo, lo importante, en este caso, es que la moneda al volar tal vez se sienta mariposa o gorrión. O pez cuando, por último, con un chapoteo plateado se sumerge en la fuente del shopping. Es el shopping que queda cerca de casa, en Ezeiza (Canning le dicen ahora) pero a mí me gusta más decir Ezeiza. Lo otro que ve la moneda al volar es el gesto de quien la arroja, un gesto devoto y contrito, porque pedir deseos echando monedas a la fuente es un acto religioso que implica fe. La moneda, en su humilde vuelo, algo torpe quizás, ve los ojos cerrados de quien la arrojó, la semisonrisa que anticipa el disfrute de aquello que se desea, echado con fuerza a volar. Después, claro, quien la arrojó la olvida porque es domingo y anda de paseo y ahora desea las cosas que se ven en las vidrieras que para eso están, al fin y al cabo, para ser deseadas, porque nadie escapa a la situación de formar, entre todos, una sociedad de consumo, ¿no? La moneda queda en el fondo, ahora olvidada y oscura, a la espera, junto a otras iguales a ella. Uno se pregunta cuál será el destino de esa moneda porque dicen que las que arrojan los turistas en la Fontana di Trevi suman tres mil euros diarios, u once mil dólares semanales las que caen a la fuente del Hotel Casino Bellagio, en Las Vegas. Que el destino que se les encuentra es el de la caridad, alguna ONG mediante. Me pregunto: ¿cuál será el destino de las monedas del shopping Plaza Canning de Ezeiza? No lo sé. De lo que sí estoy seguro es de que, cuando las recogen de la fuente, los deseos vuelan por aquí y por allá como alegres fantasmitas en busca de encontrar a alguien que los realice: lo que nunca pierde el deseo es la esperanza. Por eso, concluyo, cuando uno va de shopping y de repente siente ganas de tomar una chupaleta o comprarse una remera o una muñeca, se trata, a lo mejor, de cumplir el deseo que alguna otra persona pidió echando monedas a la fuente, que es como deben pedirse los deseos.

 (*) Escritor y paisajista, Fernando Garriga (1964) tiene publicados cuatro libros: Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015), Cumpleaños en la isla (2016) y Las invasiones ranqueles según mamá (2019).

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“Pequeñas intenciones” de Jorge Consiglio

Palabras de Fernando Garriga durante la presentación de la novela Pequeñas intenciones (Club Cinco, 2019) de Jorge Consiglio (*)

Como buen talibán que es, Consiglio atrae gente a sus talleres con la promesa de “armar un texto como una bomba”.
Nada más cierto: no bien recibimos el libro, advertimos que es una granada y que, chau, sin darnos cuenta, con sólo ojearlo, le hemos quitado el seguro. La granada ahora rueda entre nuestros pies. Ha empezado una cuenta regresiva.
La lectura de Pequeñas intenciones ocurre en el lapso de esa cuenta. La fuerza radica en que la explosión es posibilidad, está a punto.
Se inicia con la metáfora de una tormenta. Silencio y pesadez la presagian. Uno puede distraerse con las nubes o el vuelo de los pájaros que buscan apresurado refugio pero, se sabe, está todo tan calmo que es obvio que se va a pudrir.
Leer a Consiglio es como espiar a la araña que teje la tela. Sólo que somos la mosca.
La inocente y boba mosca a la que todo le parece divertido. La mosca que cree que la tela de la araña es una cama elástica para jugar.
Es que engaña el hecho de que los hilos pueden parecer líneas de un pentagrama sobre las que han escrito músicas amables. Funcionan también como el engarce de esas joyas que son los remates de algunas frases. Y para los remates, déjenme decirlo, Consiglio juega de diez y es zurdo. Las sentencias tienen el valor de las verdades más absolutas. Son goles, son amores. El texto como artefacto parece estar hecho para el placer lector y en eso, y en otras cosas, Consiglio me hace acordar a Borges.
Pero las arañas son venenosas; su naturaleza es hacer de los textos, trampas.
Consiglio armó una bomba de retardo. Estalla de un modo a la primera lectura y de otro a la segunda. No todos los libros resisten generar lecturas e interpretaciones distintas luego de tres leídas.
La escritura de Pequeñas intenciones, como la de toda telaraña, es concéntrica.
En este mundo de insectos, dependiendo de en qué hilo de la tela quede pegado el lector mosca, será la sustancia que se inocule. En todos los casos es droga de la buena. Lo malo para Consiglio es que nos vuelve adictos, pedimos más.
Es un libro que respira: se abren grietas y canales. La historia en sí misma resulta ser la superficie, lo visible; pero como en los hormigueros: debajo de un simple montículo existe una ciudad entera.
No deja de ser una novela de peripecias. Distintos hechos fortuitos van cambiando la deriva del protagonista. En esos cambios vamos haciéndonos cabal idea de la condición humana, de la profundidad de la caída de ese personaje. De las abyecciones y el extrañamiento de los vínculos y, sobre todo, del extrañamiento en su relación con el mundo exterior: se trata de un relato fóbico.
Es la descripción —tal vez metáfora de la crisis post 2001 lo que la actualizaría a hoy— de un tipo que lo va perdiendo todo, incluso el sentido que le da a los afectos que se van, de a poco, deformando.
La búsqueda de adaptación resulta en un raro Lazarillo de Haedo que pretende sobrevivir en un medio cada vez más devastado, detonado, mutilado de sus partes más simples y esenciales.
El cultor de la frase “tres empanadas” lo definiría como el mundo en el que existe una pobreza digna.
Se puede ser feliz con poco. Una huerta, unas gallinas, una casa que se cae a cachos pero con terrenito al fondo. Unos tomates, unas lechugas. Hay que acostumbrarse a la vida low cost , ¿no es cierto?  Pero esa caída no sólo es económica sino psicológica en el sentido más amplio.
Hay un verso del Altazor de Huidobro que marida perfectamente:

¿No ves que vas cayendo ya?
Limpia tu cabeza de prejuicio y moral
Y si queriendo alzarte nada has alcanzado
Déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo
          (de la sombra
Sin miedo al enigma de ti mismo 
Acaso encuentres una luz sin noche
Perdida en las grietas de los precipicios

La peripecia resulta interior, siempre.
La mención de la luz, viene justamente al caso.
Hay algo de creación de un universo en la escritura consigliana. El acento está en la física. El extrañamiento lleva a contemplar el propio cuerpo como algo raro. El propio pie parece estar hecho de materia extraña: “tosco y mineral”, dice Consiglio.
La química y la física pueden ser tomadas como disciplinas poéticas. La concepción de las definiciones de los cuántos de luz, de los bosones y los fotones, es orgásmica. La energía de la luz, aunque sea refractada, excita al ojo. Funciona como estimulante: es éxtasis y, se sabe, todo el mundo quiere éxtasis.
Pequeñas intenciones es escritura por omisión. Describe voluptuosamente el acto de cocinar para señalar la falta de comida. Es en torno a la cocina que ocurre la sensualidad o, si se quiere, el más fuerte vínculo entre dos hermanos. Es por eso que, digo, la fuerza de lo que se narra está en lo omitido. Cuando dirigimos el haz de luz hacia las cosas, aparecen también las sombras. En ellas se detiene la narración.
Estas cuestiones de la física de la luz puede ser usadas para definir a Consiglio en general. Yo lo categorizaría como un autoroftalmológico: su universo es el del ojo. Su subproducto, la mirada. En ese universo el iris es la galaxia. El agujero negro o núcleo es la pupila, fuente de gravedad que absorbe y aprisiona todo lo que cae en ella.  Igual que el agua con restos de comida en el drenaje de la pileta de la cocina. La mirada es el aleph: todos los mundos posibles de ser vistos caben en esa mirada.
Volvimos con esto a Borges: Consiglio me resulta una especie de muñeco Borges, un artefacto
Borges. Pero este es un Borges que ve. Es Jorge Menard, autor del aleph, en eso se constituye.
Hay un incendio que es central en el relato. Otro de los hechos fortuitos que a cada tanto ocurren en la trama y lo cambian todo. Quedan marcas en el cuerpo del narrador, la renguera es descripta no bien empieza la novela. Todos tienen alguna marca en el cuerpo sean Montescos o Capuletos, lusers o güiners. Marcas y cicatrices. Hablamos de lunares, por ejemplo. La lucha entre el bien y el mal ocupa a los que tienen lunares versus el resto de la familia que no los tiene. El narrador rengo, por ejemplo y su hermano bobo. Nuria sí tiene un lunar en la cara. Nuria es la hermana exitosa, según el relato esquizoide del narrador protagonista. El sobrino bizco, hijo de Nuria, tiene las mismas manchas en la piel que la madre. Mira al narrador con inquina. Se trata de una mirada premonitoria de lo que después vendrá. La pasividad del protagonista es lo más angustiante del relato. La tensión que se logra con la pasividad del narrador se vuelve insoportable.
Pequeñas intenciones es una novela violenta. Pero de una violencia furtiva, solapada. Al estilo El cuento de la criada de Atwood. El tema, lo tremendo, es la pasividad. A la realidad el protagonista se la fuma pero como fumador pasivo. Es violento el mundo, pero no de un modo explícito. Me recuerda, en esto, al cuento “Nochero” de Saer.
Se trata de una presión atmosférica. Un choque subrepticio de placas tectónicas, que provocarán tsunamis invisibles, pero comprobables. La clave de esta novela es que la violencia se encuentra inserta en el punto de vista del cordero.
Pequeñas intenciones, de algún modo, es la historia del cordero feroz.
En este texto bomba, la explosión es polisémica
Si nos apuramos, antes de que nos coma la araña, podemos darnos el lujo de una lectura más:
Consiglio construye con cuestiones estéticas, elucubraciones políticas.
Cito un párrafo crucial a propósito de la caída y de tantas otras cosas: “En ese momento me sentí opuesto al común de los hombres: resbalaba por esa cuesta con la misma arbitrariedad con la que cae una piedra. Conforme con la más pura inmediatez, vacío y limpio, sin un maldito proyecto en qué pensar. La mayoría no se mueve así; son fieles a una lógica que termina resultando saludable porque tiende a una simplificación brutal.”
Por un lado es el párrafo anterior al incendio. Hacia su concreción se dirigía el narrador en bicicleta. Por otra parte es un planteo, de alguna manera, estético ante los cultores minimales del menos es más en la literatura. Los que pretenden narrar poco, con frases cortas. Los que  escriben con el freno de mano puesto. Este párrafo es un manifiesto estético pero como artefacto no como discurso.
Porque ya lo dice el I Ching: el único modo de luchar contra el mal, es un enérgico progreso en el sentido del bien. Nada más ni nada menos. Y eso es lo que hace Consiglio. Arma su bomba: hace volar por el aire la hegemonía banal y estética. Pero no lo dice: simplemente escribe.
Y al escribir funda territorios, universos cotidianos y simples tan próximos que nos son extraños, casi extraterrestres, abisales.
En este encuadre desde una especie de ciencia ficción, los aparadores funcionan como portales. Son atajos. La entrada es el aparador de la casa de Haedo. La madre pegaba en el dorso de la puerta recortes del diario Clarín (no creo que sea cashualidad, ¿no, Conshiglio?). El hecho de que se vuelvan amarillentos le permite al narrador hacerse cabal idea del paso del tiempo. Es por ese aparador que uno se mete —como en un portal del espacio-tiempo— para aparecer en otro aparador en Salta, en Nacanto. Un aparador que es una nave que tiene todo lo que uno necesita, carne seca, ajo, el té y los vasos en los que convida a su interlocutor, pasivo oyente de toda esta historia. Como ejemplo, el siguiente párrafo: “...me apoyaba en la puerta del aparador y así, parado, me iba ausentando”. No se trata, según veo, de otra cosa que de una especie de teletransportación.
Mi conclusión es que son tantas las lecturas posibles de Pequeñas intenciones que nos hacen pensar que estamos ante una novela aleph; una novela que contiene a todas las novelas posibles.
Lo que no se puede explicar es: cómo hace alguien para armar con tanta simpleza semejante bomba.
Salvo que, Consiglio, claro, sea la araña que teje. Entonces:Viva el veneno, carajo.

(*) Miércoles 19 de junio de 2019 en el Centro Cultural Macedonia (Sarmiento 3632, CABA)


Entrevista a Fernando Garriga

“Escribir una historia es estar conviviendo con ella todo el día”. Fernando Garriga tiene tres libros publicados y prepara un cuarto para el año próximo. En diálogo con LA PALABRA habló de sus inicios, los talleres literarios, su obra, los proyectos en marcha y su admiración por Juan José Saer. “Yo no podría dar consejos a la hora de escribir. Sólo uno: escribir. Escribir todo el tiempo, de noche y de día, en invierno y en verano. Sólo vale la escritura que se escribe a sí misma. Lo demás es artificio”, señaló.

Por José María Marcos - La Palabra de Ezeiza - Jueves 9 de noviembre de 2017
Fernando Garriga, escritor, jardinero y paisajista.
Fernando Garriga (Buenos Aires, 1964), residente en Ezeiza, tiene publicados tres libros, Escuela para ciegos (2013), Continuidad de la obra (2015) y Cumpleaños en la isla (2016), y para el 2018 prepara Lengua madre. Cuentos suyos han aparecido en diversas antologías y revistas de Argentina y España, y fue premiado en el marco del Concurso José Luis de Tejeda 2015 auspiciado en la Municipalidad de la Ciudad de Córdoba. En diálogo con LA PALABRA, Garriga habló de los inicios, su obra y los proyectos en marcha, y además, de su actividad de paisajista y jardinero.
Habiendo estudiado Letras en la Universidad de Buenos Aires, contó que para su formación fue clave haber concurrido a los talleres literarios de Mónica Sifrim y Hugo Correa Luna: “Empecé a escribir con alguna intención ‘seria’, con alguna constancia ya de grande, y eso a pesar de que de chico ya me inclinaba por la escritura. A los 45 años fui al taller de Mónica Sifrim. Ella fue mi primera formadora que años más tarde se transformó en la editora de Cumpleaños en la isla. Toda una experiencia de aprendizaje. Nunca antes había ido a un taller literario y lo considero una parte esencial en la formación de un escritor. Tanto Mónica como Hugo Correa Luna son dos personas absolutamente generosas en su entrega. Es un trabajo de mucha responsabilidad hay que estar muy preparado. Hay que tener un don. No es fácil lidiar con textos, saber ver qué les falta y hacia dónde pueden dispararse. Mónica y Hugo me han enseñado que siempre hay que ir un poco más allá de lo que uno puede llegar, traspasar los propios límites. Yo no podría dar consejos a la hora de escribir, sólo uno: escribir. Escribir todo el tiempo, de noche y de día, en invierno y en verano. Sólo vale la escritura que se escribe a sí misma. Lo demás es artificio”.

ESCUELA PARA CIEGOS

—En 2013 publicaste tu primer libro, Escuela para ciegos, por Malas Palabras Buks. El cuento que da título al volumen podría ser tomado como una reflexión sobre la escritura. ¿Qué significó en tu camino de escritor?
—Además de darle el título a mi primer libro publicado, es un cuento bisagra en mi historia. Y sí, también puede ser leído como una reflexión sobre la escritura, ¿por qué no? Un tipo pierde los anteojos y puesto en la obligación de leer ante un auditorio de niños ciegos, se ve en la necesidad de improvisar una historia: termina acudiendo al lugar donde acudimos muchos, su historia personal, su actualidad. De esa manera desgrana una narración de un cinismo demasiado fuerte para esos chicos. Disfruta con la molestia que provoca porque está molesto. Es un tipo ácido. Se sorprende, por supuesto: la acidez corroe todas las cosas; por eso, la gente se protege de lo ácido. Terminó quemándose.
—¿Qué tienen para enseñarnos los ciegos?
—La ceguera y cualquier discapacidad que alguien pueda tener nos pueden enseñar miles de cosas. De hecho la falta, la ausencia, es lo que a veces se destaca sobre lo que está presente. Un ciego puede enseñarnos a ver, su modo de percepción puede ser maravilloso ante la rústica mirada de aquellos que gozamos, todos los días, con un sentido más y apenas usamos. La mirada, el punto de vista, también puede ser ejercido por aquel que no puede ver.
—En 2015 fuiste distinguido en el Premio José Luis de Tejeda 2015, que trajo consigo la publicación de tu segundo libro, Continuidad de la obra. ¿Qué significó este reconocimiento?
—Es un orgullo haber sido distinguido en un concurso literario y más con la publicación de un libro de cuentos. Fue un estímulo. Esperemos que vengan más.

EL DELTA DEL PARANÁ

—Tu nuevo libro, Cumpleaños en la isla (Cien Volando, 2016), se sitúa en El Tigre. ¿Cuál es tu relación con esa región?
—La novela se desarrolla en el Delta del Paraná, en aquello que conocemos como El Tigre. Es un lugar maravilloso para mí. De chico viví en Zona Norte. Me rateaba del colegio para ir a remar. Mis padres me creían en clase y yo estaba en un bote por el Sarmiento llegando al Capitán. Fueron momentos de soledad muy importantes. Lo selvático del Tigre, lo desenfrenado de la naturaleza, las mañanas solitarias, brumosas y luminosas. En cualquier momento puede suceder la inundación, sin aviso. El desborde. La hosquedad de los isleños. La selva, los animales, el interior de las islas, inexplorado. ¡Me encanta el Tigre! Qué más puedo decir.
—Cumpleaños en la isla comienza con un acápite de Juan José Saer de El limonero real: “Pero ahora que la canoa verde atraviesa el río gris, el influjo de la muerte apenas si acaba de comenzar”. ¿Cómo te llevás con el “influjo de la muerte”?
—Difícil hablar de la muerte, de su influjo. Todo lo que podemos exhibir sobre ella es nuestra ignorancia. Estamos muriendo todo el tiempo. Está a nuestro lado, es poderosa, cierta e incierta. Que la llamemos inesperada sólo significa que nunca estamos preparados. También matamos, nosotros. A animales. Destruimos ecosistemas enteros, gente. El humano es el perfecto asesino y el perfecto psicópata que se declara a favor de la vida. Matamos todo el tiempo al niño que llevamos dentro. Incluir a la muerte como una posibilidad cotidiana, creo, hace que seamos más exactos, más sueltos en el vivir. Hay que estar livianos. En el caso de Cumpleaños en la isla, se trata de una muerte que a la vez es una llave que abre una serie de posibilidades a los integrantes de una familia. La ausencia de esa madre permite a los que quedan, asumir diferentes roles. Eso es la muerte: una probabilidad, un día nos llega y es el cien por cien de lo que nos pasa.
—¿Por qué Juan José Saer y El limonero real?
—Admiro a Saer. Lo admiro profundamente. Tiene una escritura que se escribe a sí misma, que pone en pie de igualdad a la materia, al texto, con lo narrado. El texto es lo importante, el camino. No importan tanto los finales ni aquello que se cuenta. La belleza de su escritura me subyuga. Leo un párrafo y me siento, en comparación, un eterno principiante. Sé que no es un escritor fácil. Inaccesible para algunos. A mí me parece que sólo hay que dejarse llevar por su música. De hecho pienso que estamos un poco mal acostumbrados, que se nos ha impuesto la escuela de lo simple; aquella que dice que menos es más, como si fuera una verdad revelada. Bueno, en el caso de Saer, no. Menos no es más. La simpleza en sí es un valor, pero hay otros. Cada obra, si es buena, genera sus propios universos, sus respiraciones internas. Eso es lo grande de Saer. El acápite de El limonero real fue elegido justamente porque es un libro que habla de una ausencia también, de la muerte de un hijo. Además su atmósfera tiene que ver con la atmósfera que hay en el Tigre.

LOS VÍNCULOS FAMILIARES

—Tanto en Escuela para ciegos como en Cumpleaños en la isla son centrales los vínculos entre padres e hijos. ¿Es uno de los temas que te movilizan a la hora de la creación?
—Sí, es una buena lectura la pregunta. Resulta una temática familiar a mi escritura. De hecho mi próximo libro, Lengua madre, cuya publicación esperamos para marzo o abril de 2018, trata de la relación con mis padres haciendo hincapié en el lenguaje. Habla de mí, de mis hermanas, de la campaña al desierto, de la revolución libertadora de 1955, del golpe del 76 y de mi infancia en esa dictadura siendo hijo de un marino militar. Padres e hijos y el leguaje como posibilidad de evadir la ceguera de los que no quieren ver. En ese caso las palabras son como llaves que abren puertas. A la luz y a la oscuridad también.
—¿Qué otras problemáticas/tópicos te motivan?
—Me intereso en las pequeñas traiciones cotidianas, en la bajeza y en la altura de los actos de los que son capaces los personajes más pérfidos. Me intereso en la idiotez, en las tradiciones mínimas, en no moralizar, en simplemente narrar;  al fin y al cabo, eso somos: narradores.
—Trabajás como jardinero y paisajista. ¿Qué le da esta actividad a tu escritura literaria?
—Claro que mi trabajo de jardinero y paisajista está en mis relatos. Tengo cuentos enteros escritos sobre el tema. Una novela incluso, no editada. Trabajo para gente que vive en los barrios privados más pudientes de esta zona. Es una oportunidad. Gente muy rica. Entre ellos uno conoce, como en cualquier ámbito, las miserias y las bellezas de toda alma humana. Hay de todo, como en un barrio carenciado. Todos tenemos dramas y alegrías, es nuestra mente la que termina, siempre, complicando las cosas, seamos pobres o seamos ricos. En definitiva, hacer paisajes es crear universos que, si están bien equilibrados, tal vez lleguen a sobrevivirnos igual que una novela o un cuento. Es obra, es aquello que uno es, lo que uno hace y que nos perdura.
—¿Qué lugar ocupa la creación literaria en tu vida?
—Ocupa un lugar muy importante en mi vida. Escribir una historia es estar conviviendo con ella todo el día. Trato de escribir tres o cuatro horas diarias. Hay veces en las que la inspiración no aparece, bueno, me siento lo mismo, a leer, a corregir. Como esa frase que no recuerdo a qué escritor pertenece: “si la inspiración me encuentra, que me encuentre trabajando”. El hecho de trabajar de “otra cosa” quita tiempo a la escritura y a la vez enriquece la creación. Estoy agradecido por eso, por poder trabajar de “otra cosa” que también me gusta. Si no necesitara dinero para vivir, creo que emplearía mi tiempo en arreglar mi jardín y en seguir escribiendo.

Garriga y barriguita

Fernando Garriga es creador del blog Garriga y Garriguita. Al respecto contó: “En un primer momento fue un blog en el que subía textos con dibujos de mi hijo. Iba probando cómo le llegaba a la gente mi escritura. La blogósfera es un lugar de ida y vuelta genial. He hecho amigas y amigos de mucho intercambio. Con el tiempo, que siempre es una frazada corta, tuve que abandonarlo para dedicarme más a mis textos. En algún punto lo lamento, me siento en falta. Hoy en día, cada tanto, me limito a subir algún cuento o algún fragmento. De hecho hoy está colgado un cuento, ‘Messi malísimo’, que es mi único cuento que habla de fútbol. Y de qué manera extraña... supongo que si Messi lo lee me ganaré un juicio”. Para los curiosos: www.solocarneysangrefresca.blogspot.com

Perros ladran desde la costa invisible

Cumpleaños en la isla (Cien Volando, 2016), de Fernando Garriga, transcurre en el Delta del Paraná, que funciona como espacio real, ubicándonos en una geografía y un tiempo actuales, y también, como referencia simbólica, por la presencia del río y su permanente transformación. El relato se enfoca en una instancia clave de la vida: el momento en el que un hijo atisba el mundo privado de su progenitor, con sus necesidades y deseos. Los sucesos elegidos para el inicio son prometedores: Jito (un chico mudo de 20 años) llega a la casa del Tigre para festejar el cumpleaños de Jorge (su padre, recientemente viudo) y lo encuentra manteniendo relaciones con Mario, el vicedirector de una escuela donde ambos trabajan. Esta escena —que podría preludiar una larga pelea familiar, o un melodrama— resulta el puntapié para acompañar a Jito y Jorge (y, también, a Mario) en el comienzo de un nuevo período, cargado de gestos mínimos que le ponen cuerpo a palabras que no logran pronunciarse. En estas circunstancias, Jito se da cuenta de que su padre sigue siendo “su padre” y además “casi un desconocido”, mientras que él, en tanto hijo, “es él” y a la vez “otro”. Escrita con un lenguaje directo y poético, esta nouvelle de Garriga podría llamarse también “Bautismo en la isla”, si se piensa en la ceremonia de iniciación que representa el final de una vida, para renacer en otra a través del agua, región en la que forma y consistencia se encuentran en estado latente. Las corrientes, la amenaza de la tormenta, la copiosa lluvia, la casa recibiendo los embates de la naturaleza, una pala en el jardín y hasta los restos de un espantapájaros son algunos de los elementos que le brindan carnadura a esta historia construida de manera sutil, como si cada hecho narrado fuera la resonancia de una fuerte emoción, o, tal vez, la estela de un inspirado sueño, donde “hay perros que ladran, con ecos, desde la costa invisible”. (José María Marcos, La Palabra de Ezeiza, 09-11-17)